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jueves, febrero 12, 2009

La hora azul // Alonso Cueto

Valoración: 4.0/5.0
(Potencia)


Lo dijo el brillante David Lynch: "los secretos son peligrosos". Nadie mejor que él para decirlo, él que ha dedicado su vida y obra a revelarnos lo que yace debajo de la común y aparente superficie. Creo que hay diferentes maneras de hacer esto en el arte. Digo, revelarnos lo grotesco que es el mundo, pese a que nos hemos acostumbrado a él. Los secretos que esconde un pueblito pequeño en apariencia feliz, una persona de la que nadie sospechó la más sórdia vida oculta, una familia de la que solo se espera cháchara para la hora del té. David Lynch lo hace, claro, mostrándonos un mundo que empieza a absorber esa superficie, nos va adentrando en esa cosmología oculta del pueblerino que termina por entender que todo lo que vivió, todo lo que creyó cierto, en realidad tenía sus cimientos en lo más retorcido del alma humana: el secreto que revela la historia real, la aventura, la verdad.

La hora azul quizás es la antítesis de este tipo de estética. Fiel al estilo de Carver y con la filosa crudeza del realismo urbano, Alonso Cueto logra una auténtica proeza narrativa: superar con creces el hecho real para cargar la anécdota de sentido. Eso me hace recordar que alguna vez gané la enemistad de una periodista que me entrevistaba. Me preguntó mi opinión sobre la obra de Roncagiollo (que por esas épocas acbaba de iconizarse como el héroe de la literatura peruana) y yo recuerdo claramente lo que dije (porque finalmente lo he repetido por ahí alguna otra vez): odio la literatura testimonial. Odio la literatura que pretende superar la realidad porque la realidad siempre será más cruda y más violenta y más terrible que cualquier libro. Basta con ver el sufrimiento de una persona para que el libro de su vida pierda toda la importancia del mundo. Eso, en mi país, lo sabemos quienes hemos visto el terrorismo de cerca, quienes nos hemos molestado en descifrar la verdadera magnitud que esos destrozos dejaron en la vida de tantas personas. Y es ahí a donde apunta el blanco literario de Alonso Cueto. Ahí a donde ya se han escrito tantas otras obras, y donde tantos otros han fracasado sumergidos en un baño de sangre y en un esquema de teleteatro que se precia solo de la violencia, la visceralidad y la morbosidad humana para lograr emoción.

Es en ese sentido que esta obra es particularmente brillante. Su sutileza no deja de lado su terrible dureza como reproche a la sociedad y principalmente a la naturaleza humana. El protagonista es un abogado de condición acomodada, lo justo para que su personaje pueda sentirse extraño en un mundo completamente inhumano, pero también para que sus preocupaciones oscilen constantemente entre lo que conoce y lo que preferiría no haber visto nunca.

Adrián Ormache, un abogado de cierto prestigio, descubre, tras la muerte de su padre, que este estuvo a cargo de una división en Ayacucho, durante la época de la guerra antiterrorista. Al conocer las atrocidades que se cometieron en aquel lugar, empieza a investigar una serie de claves que lo llevan a revelar más de un secreto. Secretos guardados no solo en su familia, sino en la vida de los habitantes de los pueblos que sufrieron los embates de la guerra.

Quizás lo más poderoso en esta novela es el choque. El choque entre un mundo en apariencia perfecto (siempre en la mente del doctor) y la crudeza de una realidad que no deja demasiado lugar al olvido o a la ficción. Y es allí donde se produce la extraña inversión del mundo: donde el ser humano se acostumbra a la muerte y la vida se convierte entonces en la fábula.

Escena favorita personal: el encuentro del protagonista con un personaje místico y misterioso durante su viaje a Ayacucho y su contemplación de la famosa danza de tijeras. Uno de esos momentos literarios que se graban en la mente y se convierten ya para siempre en un referente al cual volver cuando, por ejemplo, descubrimos de la forma más difícil que, efectivamente, los secretos son y seguirán siendo siempre peligrosos.


Se lo regalaría a: Algún extranjero verdaderamente interesado en la historia oculta del Perú. A las personas que creen que los secretos pueden permanecer ocultos para siempre. A David Lynch.
Personalidad: Un aficionado a la fotografía que se pone a escuchar historias pueblerinas. Parte de él sabe que hay mucho de invento en ello, pero la otra parte no deja de fascinarse con la forma en que puede cambiar el mundo con solo unas horas de viaje.

viernes, octubre 26, 2007

Censo

El domingo 21 de octubre de 2007, se realizaría un censo nacional de población y vivienda en el Perú.

Se dio orden de inamovilidad para ese día: nadie podría salir de casa.

La orden se terminaba a las 6 pm.

La gente se quejó durante toda la semana previa al censo.

El día del censo, la gente, ansiosa y aburrida, esperaba el fin del encierro.

A las 5:59 las personas se amontonaban frente a la puerta para invadir las calles.

A las 6 todas las puertas se abrieron y la población en pleno inundó plazas, avenidas y locales en su desesperación por librarse de la claustrofobia.

A las 6:05, todos se miraron las caras, dijeron “ahora qué mierda hacemos” y regresaron a sus casas a tomar el lonche.

viernes, agosto 17, 2007

La metamorfosis // Franz Kafka

Dura vita, sed vita. Puedo extender esa consigna a tantas situaciones diferentes... relaciones afectivas, momentos duros, emociones encontradas, sentimientos que de pronto aparecen y no sabes por qué están ahí. Y definitivamente a lo que está ocurriendo mi país en estos días. Y cuando pienso en esa consigna, pienso, claro, en mi libro favorito y pienso en él justamente porque esa es la razón por la cual siempre estará en el tope de cualquier pila de libros que tome para los momentos de emergencia. Más un día como hoy.

Los sionistas dicen que la obra de Kafka es la gran revelación del sionismo, los existencialistas dicen que más bien lo es del existencialismo, los surrealistas que del surrealismo y todos se pelean por la llave maestra que abra la "hermética" obra de este hombre que, si de algo estoy seguro, nunca se consideró perteneciente a ninguna clase de grupo. Más bien lo veo justamente como su obra: distinto, ajeno, extranjero.

La metamorfosis puede no ser mi top 1 en esa lista que ven a la izquierda, pero es definitivamente mi libro favorito y el libro que le diría a todo el mundo que debe leer al menos alguna vez en la vida. Tiene demasiados contextos, una vastedad de interpretaciones única y especial, y está dotada de una carga emocional tan fuerte que es imposible entrar en ese viaje y no terminar completamente abrumado. Y es que, ¿quién no se ha sentido una cucaracha alguna vez? La primera vez que me di cuenta lo mucho que necesitaba ese libro fue el día que no me dejaron entrar a una discoteca por mis recurrentes fachas. Luego en Argentina, el día que me discriminaron por mi pasaporte peruano, descubrí que Kafka sabía. Y luego mil veces más en situaciones distintas, desde relaciones en las que terminé siendo visto como una especie de criatura extraña, hasta momentos de mi vida en que me sentí impotente por cosas que pasaban alrededor, con todas las fuerzas y todas las ganas del mundo de hacer algo para cambiarlas, pero sabiendo que, algunas veces, la resignación consiste en aceptar la realidad y descubrir que frente a ella no somos sino un insecto.

Quizás ésa es la circunstancia que me lleva a reseñar esta obra ahora y no antes, y no después. Un terremoto que ha devastado a mi país, en más de un sentido. Veo las imágenes de la ciudad de Pisco, una ciudad que visité tantas veces y es como ver una mentira, como una fábula que alguien se inventó para jugarnos una broma cruel, para buscar en nosotros sensaciones y sobrecogimientos que no pensamos podían existir. Cadáveres en la plaza de armas, gente buscando entre ellos a sus familiares, algunos que los encuentran y no pueden hacer nada más que entregarse al dolor de haberlo perdido todo, de perder la esperanza. Y mientras veía eso no pude sino imaginarme estar en ese lugar: buscando lo que más amo, a las personas que quiero y necesito entre un valle de cuerpos, como un vagabundo busca comida en la basura. Y sin derecho además a preguntarse por qué. Como en esta novela (al diablo con los debates literarios sobre si es o no una novela), en la que no cabe preguntarse qué ha generado esa metamorfosis. En la que la primera metamorfosis se da al despertar, pero la segunda se da en la muerte.

Y entonces es que me doy cuenta que despertar y encontrar la realidad que conocemos es algo que deberíamos valorar con cada fibra del alma. Ahora sé que esa metamorfosis significa despertarte un día convertido en algo totalmente diferente: despertar y haber perdido todo lo que conocías, ver que todo alrededor cambia, ha cambiado; y que el porqué pase a un segundo plano porque ni podías preverlo ni puedes explicarlo y ya ni siquiera pensar en controlarlo. Porque para la mayoría de personas, vivir es natural, es el resultado lógico de todas las cosas que hacen en su día a día, en la vida cotidiana. Pero para esa gente, ahora la vida es un milagro, algo raro, algo que se les ha dado aunque se les haya quitado todo lo demás. Ahora ellos también despiertan cada mañana y descubren que están en una especie de mundo surreal, y ya ni siquiera les alcanza el aliento para preguntarse cómo o por qué a ellos, y de pronto toda la existencia se resume a asimilar tu nueva forma o simple y llanamente no sobrevivir. Esa sensación, ese sentirse ajeno en el cuerpo propio, ese haber visto a la muerte a la cara es, en su forma más sencilla, la metamorfosis de todo nuestro mundo.

No diré más porque ni el libro ni la situación requieren palabras. Sólo que de eso se trata este proyecto, de decir desde la perspectiva en que se siente la literatura no sólo como un escape al mundo, sino como un reflejo de él. A los que están aquí, no debería tener ni que decirles. A quienes leen de fuera, no puedo terminar de explicar la sensación. Pero Kafka sí pudo. Por eso, y porque toda persona debería tener ese salvavidas a mano en su biblioteca, para cualquier circunstancia que lo requiera, dejo este mensaje aquí, antes de entregarme a la acción concreta de ayudar a quienes lo necesitan.

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Recomendable: Cuando uno es un insecto. Cuando uno se despierta convertido en algo que no era. Cuando la resignación es la única vía para nuestra siguiente metamorfosis.
Se lo regalaría a: Cada estantería de cada casa del mundo.

Ficha técnica:

Kafka, Fanz
La metamorfosis - Alianza Editorial
(Biblioteca Autor); 1998
136 p.; 11x18 cm.
ISBN: 9788420633510




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"Gregor pasaba las noches y los días casi sin dormir. A veces pensaba que al abrirse la puerta volvería a asumir los asuntos de la familia, como antes. Últimamente, después de mucho tiempo, aparecían en sus pensamientos el jefe, el apoderado, los compañeros y los aprendices, el criado tan lerdo, dos de sus amigos de otros negocios, una camarera de un hotel de la provincia; también un recuerdo fugaz y querido: la cajera de una sombrerería a la que había pretendido seriamente pero con demasiada lentitud; todos aparecían mezclados con extraños o con gente ya olvidada, pero en vez de ayudarle a él y a su familia, todos se mostraban inaccesibles, así que se alegraba cuando desaparecían. Después, ya no estaba de humor para preocuparse de la familia, sólo le invadía la furia por la pésima atención que recibía, y aunque no tenía una clara idea de los alimentos que apetecía, hacía planes, sin embargo, para llegar hasta la despensa y allí coger, aunque no tuviera hambre, todo lo que le correspondía por derecho."

domingo, julio 08, 2007

Unas de cal, otras de ti

Ayer por la noche anunciaron a Machu Picchu como una de las nuevas 7 maravillas del mundo. Sin duda, me hace sentir orgulloso. Muchos critican el sistema de elección (particularmente los países que no tuvieron candidatos, bueno), y muchos creen que no hará gran diferencia. Pero está bien, porque ayer me tocó contestarle a algunos amigos con la frase “en Perú todo el mundo está celebrando en las calles”.

Un país que ha sufrido tanto como el mío, no debe privarse de una sola alegría. Ni una sola. Aunque algunas duren poco.

Hoy por la mañana vi a Federer pararse frente a un contrincante que por un momento le reveló una verdad terrible: ya no es el mejor del mundo en cada instante. Sigue siéndolo por ahora, claro… pero ahora sí hay una sombra que le pisa los talones. Y por momentos ese tipo que admiro por considerarlo prácticamente perfecto en el tennis, se me hizo humano. Pero está bien, porque quizás ganó por eso.

Un jugador que se levanta en los momentos más terribles y llora cuando logra una victoria que le costó exigirse al máximo, es una buena razón para seguir creyendo que la vida es franqueable, aunque cueste.

Por la tarde me llamaron a decirme que mi yegua ganó un campeonato al que también le tengo mucho aprecio. No sé bien por qué de todas las competencias de Perú, esa Copa Aniversario es la que verdaderamente me importa más que cualquiera, más que el campeonato nacional, incluso. Para los que me conocen, deben de pensar que siempre digo eso de cada concurso, pero que mi yegua tenga ese campeonato significa una enormidad. Me dolió terriblemente no haber sido yo quien haya saltado con ella hoy. Pero está bien, porque cuando uno es feliz hay dolores que se cargan con gusto, y eso me hace desear estar en casa.

A veces siento que he dejado en ella un reflejo de mí mismo. Y uno no se lo puede explicar a nadie que no lo haya vivido (todos los deportes son así). No sé, pero es que la vida está llena de esas pequeñas cosas que nadie te entiende y que tú no cambiarías por nada.

Hoy por la noche, ocurrió lo que había temido toda la semana: Perú cayó goleada 4-0 contra la selección de Argentina en los cuartos de final de la Copa América. Ayer, cuando veía los otros partidos, sólo pensaba “Dios, si perdemos, al menos que no sea así”. Pero sí fue. Y la verdad es que esa sensación rara de que todos se burlen de algo tan trivial como el fútbol, también duele. Pero está bien, porque sufrir por ser peruano es algo que haría cualquier día de la semana.

No se pueden ganar todas las guerras. Y algunas, de hecho, están hechas para pelearse y sólo morir honrosamente. Probablemente ver ese partido me ha recordado lo difícil que es alentar hasta el último minuto. Pero creo que ahora sé que es la única forma de no ser mediocre. ¿Y saben qué? Hubiera sido mucho más feliz si hubiéramos metido aunque sea un gol, si le hubieran quebrado la pierna a un argentino o si simplemente hubiéramos ganado el partido. Pero lo cierto es que a veces me da gusto que no todo salga tan bien; me da gusto sentirme un vulgar y frágil ser humano, saber que la vida no me va a convertir en una máquina insensible: yo también quiero llorar el día que gane mi partido más difícil.