Prosas apátridas no es una novela. Ni tampoco una colección de cuentos, ni nada que pretenda un fin. Es fragmento. Son fragmentos. Pequeños pedazos de literatura arrancados al vacío, pedazos que no pretenden formar nada más que eso. Desde luego, una dispersión constante siempre da una ilusión de concentración, por supuesto que la obra, leída de continuo, tiene un peso total. Pero lo cierto es que la intención no es esa. Los fragmentos que nos deja Ribeyro son pequeñas reflexiones que se le arrancan a la vida, instantáneas, pensamientos, desvaríos, gritos o susurros. Y su idea no es más que agotarse en el fragmento: brillar por un breve momento. Luego, haberlo subvertido todo.
Lo extraño es que la voz de este autor es como un paseo, donde nuestro acompañante es tan lúcido, tiene una voz tan terriblemente irónica algunas veces, tan hermosamente nostálgica otras, que uno no siente más que la necesidad de dejarle hablar, arrancarle trozos de sabiduría a los eventos más mínimos, a las visiones más cotidianas. Y es que la elegancia de Ribeyro consiste en eso, en mirar al mundo como la suma de millones de pequeños fragmentos que pueden ser rescatados de cuando en cuando, como un observador que se vuelve el gran catalizador del universo y de pronto divisa un fenómeno invisible a todo el resto de personas, haciendo que su existencia dependa de él, de su mirada, de sus pensamientos, de su capacidad de revelarlo al resto.
Resulta fascinante encontrar lo mejor de Ribeyro en un libro que se aleja tanto de su proyecto de retratar a la sociedad peruana en sus cuentos... Y sin embargo, aunque el Ribeyro cuentista es también digno de la más absoluta admiración, es aquí donde encontramos al Ribeyro más honesto. Y, verdades sean dichas, la honestidad rara vez es una cualidad en un escritor. A menos que seas Ribeyro.
Y ahora es cuando dejo de escribir, porque hay mucho más qué decir, pero también inútil. Desde luego, para libros como éste, uno siempre creerá que no ha dicho suficiente, pero como siempre digo, decir sobre lo escrito es redundar cuando la obra vale la pena. Quizás sólo agregar que este es un libro para leer siempre, una cualidad que tampoco muchos libros poseen. Y yo tengo a mi lado las Prosas, es un día gris allá afuera, después de uno de esos días difíciles, demasiado duros como para no acusar huella, o al menos cansancio; así que con su permiso, voy a entretenerme un rato con la maravilla. Digo, para esta vez sacarle yo la lengua al mundo.
Ribeyro, Julio RamónProsas apátridas - Seix Barral; 2007
144 p.; 13x23 cm. (Biblioteca breve)
ISBN: 843221230X
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Por la misma vereda desierta por donde yo camino, un hombre viene hacia mí, a unos cien metros de distancia. La vereda es ancha, de modo que hay sitio de más para que pasemos sin tocarnos. Pero a medida que el hombre se acerca, la especie de radar que todos llevamos dentro se descompone, tanto el hombre como yo vacilamos, zigzagueamos, tratamos de evitarnos, pero con tanta torpeza que no hacemos sino precipitarnos hacia una inminente colisión. Ésta finalmente no se produce, pues faltando unos centímetros logramos frenar, cara contra cara. Y durante una fracción de segundo, antes de proseguir nuestra marcha, cruzamos una fulminante mirada de odio.
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Mi error ha consistido en haber querido observar la entraña de las cosas, olvidando el precepto de Joubert: "Cuídate de husmear bajo los cimientos." Como el niño con el juguete que rompe, no descubro bajo la forma admirable más que el vil mecanismo. Y al mismo tiempo que descompongo el objeto destruyo la ilusión.
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Hay veces en que el itinerario que habitualmente seguimos, sin mayor contratiempo, se puebla de toda clase de obstáculos: un enorme camión nos impide cruzar la pista, un taxi está a punto de atropellarnos, un viejo gordo con bastón y bolsa obstruye toda la vereda, una zanja que el día anterior no estaba allí nos obliga a dar un rodeo, un perro sale de un portal y nos ladra, no encontramos sino luces rojas en los cruces, empieza a llover y no hemos traído paraguas, recordamos haber olvidado en casa la billetera, algún imbécil que no queremos saludar nos aborda, en fin, todos aquellos pequeños accidentes que en el curso de un mes se dan aisladamente, se conecentran en un solo viaje, por un desfallecimiento en el mecanismo de las probabilidades, como cuando la ruleta arroja veinte veces seguidas el color negro. Extrapolando esta obervación de una jornada a la escala de una vida, es esa falla lo que diferencia la felicidad de la infelicidad. A unos les toca un mal día como a otros una mala vida.
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Hay momentos en que el sufrimiento alcanza tal grado de incandescencia que diríase nos cristaliza y nos vuelve por ello indestructibles."




