Nicho

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Hoy me ofrecieron venderme un nicho fúnebre. Algo así como "evitarle problemas a mis familiares", "prevenir lo inevitable", etc. Eso me hace pensar que uno envejece, indefectiblemente. Que la idea que ahora me causa un poco de gracia puede terminar siendo una verdadera preocupación.

Y si voy a envejecer, quiero que sea contigo.

Pensando en todo eso, recordé esta canción. La transcribo traducida, cosa que normalmente no hago, pero esta vez es para alguien más. La canción es de Radiohead y se llama "A reminder". Un recordatorio de todo lo que quiero tener en mente si alguna vez pierdo la cordura. Si alguna vez envejezco demasiado como para recordar lo mucho que necesito ser el hombre que sabe lo que siente. Un recordatorio de lo mejor de mi vida y lo mucho que quiero conservarlo. Un recordatorio de ti. Va:

Un recordatorio

Si envejezco, no me rendiré
Pero si lo hago, recuérdame esto.
Recuérdame que, alguna vez, fui libre.
Alguna vez fui genial, alguna vez fui yo.

Y si me sentara y cruzara los brazos,
Aférrame dentro, de esta canción.

Déjame inconsciente, aplasta mi cerebro
Si tomo una silla, empiezo a hablar mierda...

Si envejezco, recuérdame esto:
La noche en que nos besamos, y realmente lo hice en serio.

No importa qué pase, si todavía hablamos.
Levanta el teléfono, ponme esta canción.

Franz Kafka :: El proceso

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Valoración: 4.5/5.0
(Cerca del cielo)

No sé qué tiene la gente con eso de querer juzgar. Y no me refiero solo al vulgar prejuicio, sino a la idea de determinar así a priori por qué uno dice, hace o deja de hacer tal o cual cosa. Seguro les ha pasado. La anécdota me viene de hace unos días. Resulta que en un cierto lugar cuyo nombre no pienso decir pero que empieza con Club Hípico y que termina con Peruano, se les ocurre cobrar una cuota "voluntaria" fuera de las cuotas normales. Tres cifras, ni más ni menos. Pero se les ocurre también, oh descuido, no mencionar el detalle de que es voluntaria. Luego empiezan a cobrarla como si de hecho fuera obligatoria (se llama asedio por carta), sin ningún tipo de consideración por el medio ambiente considerando el exceso de papel que utilizaron para esas cartas.

Su servidor resulta pseudo-engañado por las constantes reiteraciones de pago y envía una carta ya algo molesto pidiendo que me dejen aplazar la fecha de pago (para ese momento no tenía idea de que se trataba de una cuota "voluntaria") y resulta que a los señores Junta Directiva no les gusta mi "forma de escribir". La llamaron irónica y sarcástica (lo considero un halago, ciertamente, pero es hilarante que lo consideren una ofensa) y por último me citan a una junta disciplinaria. Lo encuentro divertido porque siempre quise saber qué había sentido el inefable Joseph K. cuando supo que estaba siendo procesado por un crimen que nunca llega a saber en qué demonios consistía.

A mí se me acusó, entre otras cosas, de llamar "caballos" a los miembros de la junta directiva en cuestión (vamos, ustedes me conocen, ¿por qué demonios haría eso cuando los caballos de hecho me agradan?), y se me citó a una reunión para determinar mi "sanción". Me invitaron agua, eso sí (no galletitas), y me dijeron que admita que lo había hecho para apoyar a una amiga que cayó en desgracia con esa gente (delirio paranoico, le dicen). Obviamente, no había nada que decir sobre ese asunto. Finalmente, resulta que el tipo que empieza a gritarme y a fastidiar ahí en el comité es nada más y nada menos que el hermano del señor presidente de la junta directiva, diciendo que cómo podía criticar a la mejor junta que había tenido ese club y...

Y ahí es donde hago gancho con este libro a todas luces fantástico y dejé de prestar atención a lo que el señor cerdo decía. Resulta que este es un libro en el cual el mundo se comporta como una familia, de la cual el protagonista, Joseph K., queda de alguna manera aislado. Todos saben del caso de Joseph, todos lo ven como un hombre que está pagando caro un error que él ni siquiera recuerda haber cometido. La paradoja de la justicia entra a tallar de manera especial: por un lado, un sistema convencido de que Joseph K. debe ser perseguido, y él, un hombre absolutamente seguro de que nada puede alcanzarlo porque nada ha hecho. No creo que haya mejor ejemplo que ese para demostrar que el mundo no es más el lugar en el que las cosas pasan porque las merecemos o las queremos.

No creo que se necesite más una justificación "justa" para enjuiciar a alguien. Ni siquiera para condenarlo. Le pasa a Joseph K., me pasa a mí, le pasa al señor vecino de la esquina. Sencillamente que el mundo se ha convertido en eso, un juzgado en el que el jurado se impresiona más rápidamente por lo que ve que por lo que ocurre, un mundo donde un hombre no puede escapar al signo de su destino. Me resulta sumamente especial la escena en la que Joseph entra a la catedral y decide aceptar algo que hasta hacía unos días se le hacía imposible: que el mundo está emitiendo un juicio contra él y que, haga lo que haga, la posibilidad de perderlo y sucumbir ante un sistema que no entiende es real, palpable, próxima.

De mis novelas favoritas, sin duda alguna. El hecho de que esté incompleta (Kafka murió antes de poderla terminar) no le resta una gota de calidad. Acaso hasta le da un sabor puro, lo-fi, si se quiere. Una novela sobre aislarse en la humanidad y la razón propia en contra de un mundo que se deja llevar por la lógica de otros, un otro al que jamás veremos ni accederemos porque muy probablemente, como solo podría ser digno de una lógica tan invariablemente humana, ese otro no existiría sin el miedo que nos obligamos a tenerle.


Se lo regalaría a: Diría a las personas que me juzgaron ese día, pero sería desperdiciar más papel y todos sabemos lo importante que es cuidar los árboles.
Personalidad: Un desterrado que odia a su sistema, pero como no puede revelarse contra él, decide hacer algo terriblemente artístico y genial.

Cerdo juez de disciplina

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Arrástralo hasta el surco arrástralo hasta que la sangre deje un rastro (para que el camino a casa sea claro la madrastra no nos pueda dejar

en el medio del bosque con las fieras y los pájaros carnívoros) canta una canción de cuna y lanza el dado avanza fichas hasta gritar bingo salta el humo de la carta recto en el tabique y gancho en el estómago quiebra las costillas quiebra la espina como una varilla para andar roba en tu bolsillo y en tu paga y en las ganas de decir te amo y arman la canción de tres un juez dos jueces tres jueces cuatro jueces con las manos rojas sangre de los niños las esposas y los viejos no te atrevas a decir culpable no te atrevas no culpable culpable culpable no te atrevas y culpable muere mierda muere mierda muere culpable toma la pena como recompensa tómala y sonríe para cámaras llévala al estrado y saluda

déjenme volver ver a mi hija déjenme volver no diré nada no cantaré no criticaré al presidente ni a su hermano no me quejaré cuando haya que besar sus pies alguien haga algo traigan las armas pie de guerra pie de guerra a las armas desterrado desterrado desterrado vamos con los jueces encarcélenme encarcélenme encarcélenme encarcélenme

me he sentado frente al cerdo juez de disciplina y lo he domado bien pero insiste en acosarme y en querer mojar mi cama deja cartas todo el tiempo y me amenaza con no dejarme nunca regresar y que no veré la luz del sol si me atreviese a hablar a pedir ayuda a la ley nadie me acobarda nadie me acobarda pero en vez bajo la cabeza bajo el cuerpo dejo todo ir un puñal oculto en la garganta y ver al cerdo sangrar sangrar sangrar solo en mis sueños en la realidad me clava por la espalda yo solo sueño con sangrar sangrar sangrar sangrar

Lewis Carroll // Alicia en el País de las Maravillas

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Valoración: 4.5/5.0

(Cerca del cielo)

No creo que haya mejor libro sobre la niñez que este. No solo porque Carroll es un autor extraordinario en el sentido en el que un hombre obsesionado con la niñez (o con una niña, pero no vamos a criticar aquí esas conductas extrañas de nuestros autores favoritos), puede escribir un libro y acercarse a ese mundo. Lo que más me fascina de este libro es la frescura que posee. Como si realmente fuera un gran sueño. Esa lógica surrealista, onírica y completamente adelantada a su tiempo es, quizás, lo más cercano al mundo de fantasía complejísimo que supone saberse un niño. Y lo que más me gusta es cómo puede variar nuestra lectura según la perspectiva. No del modo "juego de espejos" que vemos en la secuela de esta novela, sino en el sentido más específico de la palabra, según el cual cada hecho, palabra o escena escrita puede cobrar un valor inusitado y completamente nuevo según el lector decida incorporarse a la narración.

No creo que haya muchos libros que te permitan elegir una perspectiva tan rica en texturas, variedades y lecturas. Posiblemente el gran valor de este libro es ser el precursor de esta lógica del sueño en la cual todo puede darse, pero que tiene que ser contada de manera magistral, para que podamos sumergirnos como lectores desprevenidos en las locuras de un hombre que, valgan verdades, tenía que creer en esa demencia para podérnosla contar.

Personalmente, este libro significa diversas lecturas en diferentes contextos. Hoy en día, creo que es mi libro bandera en lo que se refiere a la búsqueda de una simpleza personal perdida. No tanto por la búsqueda de Alicia en sí (ese intento por volver al mundo real mientras se está en el País de las Maravillas), sino por la búsqueda del autor de encontrar un laberinto del cual no haya escapatoria. Sin embargo, la irrupción final de un golpe de realismo tiene, por fuerza, que dejarnos entender que el tiempo no culmina nunca y que también Alicia algún día crecerá, olvidará el sueño, dejará de ser la mujer que Carroll ama y admira solo por su condición de niña, de amor prohibido.

Solo que yo no soy más un niño y eso quiere decir que ninguno de esos personajes se aparecería en mis sueños a hacerme soñar con que el mundo puede o debe ser así. Quizás esa es la única esperanza que nos queda al crecer: que un día, en algún sueño, un agujero de conejo nos lleve al lugar donde perdemos el control y podemos sabernos nuevamente lo suficientemente puros, lo suficientemente auténticos para solo seguir el camino en busca de un conejo blanco. Y que ese lugar no sea el abismo de la locura, sino el piso franco e incomprendido de la cordura que este mundo, en su incesante velocidad, todavía no ha aprendido a reconocer.

Se lo regalaría a: Si tuviera un hijo, a ella o a él. Como no lo tengo, probablemente a Billy Corgan o a nuestro querido parvulito.

Personalidad: Un pedófilo psicópata que fue acusado de ser Jack el Destripador (pero que, insisto, no deja de ser uno de nuestros favoritos).

De niño, de noche

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Es curioso cómo al jugar arrastramos los pedazos de tiempo que nos quedan. Como si el tiempo nunca hubiese sido tiempo y los años hubiesen pasado más por un asunto de manía que una cuestión de esencia.

Un sábado diferente, de esos que te sacian la sed de vivir algo edificante. La mañana fue tranquila y quizás demasiado apegada a la noción del mundo (trabajar un sábado nunca satisface a nadie demasiado). He estado usando relajantes para tratar la lesión de mi espalda de una maldita vez y resulta que los efectos reguladores del sueño (como era de esperarse) multiplican su efecto en mí. La tarde me la paso cansado, luego nos vamos juntos a dormir a casa un rato. Por la noche, E. me lleva a una fiesta infantil. La hija de una de sus mejores amigas cumple 2 años y yo automáticamente sé que será una fiesta más de esas en las que el que inventa la diversión es uno mismo.

Y no me quejo con eso. La idea era un poco decir que no importa demasiado la circunstancia cuando estás bien acompañado, tienes algo en qué pensar y poco que esperar de todas formas. Es más, quizás un sábado por la noche debería ser algo así como una fiesta infantil, porque en las fiestas a las que uno se acostumbra a ir hay mucho de lo mismo, y casi nada de confrontación. Ver cómo celebra un niño su cumpleaños inmediatamente te hace recordar cómo celebrabas tú los tuyos y descubres que el tiempo ha pasado, lo quiera uno o no.

Estábamos, recapitulando, en Los Olivos, regalo sin envolver en mano (un libro, desde luego), auto estacionado al costado de un enorme hueco de aquellos que las municipalidades suelen abrir más por el gusto de fastidiar que para arreglar algo en verdad y luego de las presentaciones respectivas y de tararear un par de canciones que no conocemos, observo que la animadora infantil comienza con la maldita segregación de géneros que hace de mi país un lugar tan machista: "¿quiénes son mejores, los niños o las niñas?". Bien, mientras detrás de ella una suerte de Cenicienta, una Blancanieves y otra princesa que no tengo idea de qué cuento salió, bailan una coreografía de lo más inusual y divertida.

Aquí es donde hago un alto. No voy tanto con la intención de marcar sarcasmo (sé que es dudoso para los que me conocen, pero en fin), sino más bien con las ganas de crear ambiente. E. y yo terminamos no tengo idea de cómo arreglando pulseritas psicodélicas de esas que brillan en la oscuridad para que pasen luego a regalarlas. La piñata es una masacre de niños (E. me dice "te apuesto a que alguien va a llorar" y efectivamente, lo predijo o lo provocó), y luego viene el reparto de la torta y la sorpresa. E. quiere la suya, desde luego, y resulta que el regalo es una de esas pelotas aromatizadas que no veía desde que mi abuela me regaló una hace ya varios años. En ese entonces tenía cinco o seis años y probablemente me hubiera sentido mucho más cercano a ese mundo recreado que a mis observaciones buenamente irónicas.

La cosa tuvo su giro en la trama: después de jugar a no dejar que el globo caiga al piso con unos niños (así, sin proponerlo ellos ni nosotros, muda, inferidamente, como solo pueden jugar los chicos), E. y yo terminamos jugando en la calle algo así como una mezcla de voley, fútbol, mata gente y a ver quién hace el ridículo de la forma más graciosa, mientras al lado la fiesta seguía (los niños retirados, la cerveza reemplazando a los párbulos). Jugamos un rato largo. Y entonces recordé. Recordé lo bueno que es poder sentirse un niño algunas veces. Lo bueno que es no haberlo olvidado. Recordé particularmente un día que estaba sentado en el asiento trasero del auto, mirando por la ventana. Estaba en 6to, así que tendría unos 10 o 9 años. Recuerdo claramente haberme dado cuenta que parte de mí ya no quería sentirse como un niño. Recuerdo haber llorado en silencio y haber dicho "Dios, no dejes nunca que me olvide". Lo cierto es que hoy en día ya no creo en Dios y definitivamente he olvidado muchas cosas. Sin embargo, la lección que me he llevado de esta fiesta ha sido enorme, casi para tatuársela en el cuerpo: y es que en realidad, este mundo del arte, de la literatura, de todo lo que hacemos para fantasear y parafrasear alrededor de nuestra humanidad, no es sino justamente eso, un juego de niños en el que las reglas son tácitas, están implícitas en el solo hecho de jugar. Como si el hecho de que un globo pueda o no tocar el piso resultara muchísimo más trascendente que la caída en las acciones de un banco.

Y lo sorprendente es que, de alguna manera, esa lógica es quizás muchísimo más sensata que la de los señores corredores. Y si no, al menos puedo jurar que se ve considerablemente más sensata cuando es uno el que juega con el globo.

Noticias de marzo

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... los redirijo.

Antología poética // Jaime Gil de Biedma

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Valoración: 3.5/5.0
Ahora, esto está bueno


Últimamente me he dado cuenta de algo importante. Desde hace tiempo venía notando un vacío y no sabía muy bien a que se debía. O tal vez sí sabía, pero no encontraba la manera adecuada de llenarlo. Pero de repente (así como cuando ocurren las cosas maravillosas), cuando ya no esperaba nada, apareció alguien que día a día va llenando ese espacio. Y es un sentimiento tan bonito, que nada tiene que envidiar al amor. Precisamente pensando en esto me acordé de unos poemas de Biedma sobre la amistad, donde nos muestra que la amistad puede ser tan importante como el amor, y le dedica varios poemas a este tipo de relación tan trascendente en su vida.

En la obra de Biedma además podemos ver un sentimiento reflejo siempre constante: la nostalgia. Esa nostalgia por los instantes fugaces de felicidad que hacen que nuestra vida sea verdaderamente una vida.

Biedma parece estar recordando continuamente su pasado y cuando nos habla de su presente lo hace en un tono de inconformismo un tanto irónico. Por ello se dice que también utiliza una poesía política, pues critica a la sociedad a la cual pertenece y la rechaza. Esa ironía es uno de los puntos fuertes que define a este autor y que hace que veamos a su poesía moderna, actual.

Algo diferente en él, y que me gusta en comparación con otros poetas españoles, es esa mezcla de influencias tanto anglosajonas como francesas que se trajo de su estancia en Londres y sus lecturas de autores franceses, llegando incluso a utilizar algunas palabras de esos idiomas en su obra. Respecto al estilo poético, un detalle que me gusta es esa tendencia a interrumpir la frase con paréntesis o con guiones, lo cual dota al poema de espontaneidad... Si recomiendo una antología es porque su obra es muy breve y creo que queda muy bien recogida en un solo libro.

El tiempo, el tiempo y vuelta el tiempo, el tiempo que ya ha pasado y que solo podemos recuperar en nuestros recuerdos, parece ser lo que más obsesiona a este autor. Mirar hacia atrás está bien, pero no creo que sea bueno vivir solo recreándose en el ayer. Hay veces en que es mejor mirar hacia el presente que construimos día a día, pues será el pasado el que en dos pestañeos miraremos con nostalgia, y creo que mientras esté en nuestras manos debemos apresarlo para que no escape, para que lo podamos compartir con quien nos importa, para que esas personas que nos cambian la vida sean parte de nuestro futuro y, justamente por ello, de nuestro pasado.

De ahora en adelante


Como después de un sueño,

no acertaría
a decir en qué instante sucedió.
Llamaban.
Algo, ya comenzado, no admitía espera.

Me sentí extraño al principio,
lo reconozco -tantos años
que pasaron igual que si en la luna...
Decir exactamente qué buscaba,
mi esperanza cuál fue, no me es posible
decirlo ahora,
porque en un instante
determinado todo vaciló: llamaban.
Y me sentí cercano.
Un poco de aire libre,
algo tan natural como un rumor
crece si se le escucha de repente.

Pero ya desde ahora siempre será lo mismo.
Porque de pronto el tiempo se ha colmado
y no da para más. Cada mañana
trae, como dice Auden, verbos irregulares
que es preciso aprender, o decisiones
penosas y que aguardan examen.
Todavía
hay quien cuenta conmigo. Amigos míos,
o mejor: compañeros, necesitan,
quieren lo mismo que yo quiero
y me quieren a mí también, igual
que yo me quiero.

Así que apenas puedo recordar
qué fue de varios años de mi vida,
o adónde iba cuando desperté
y no me encontré solo.

Se lo regalaría: En principio a cualquier tipo de persona, porque habla de temas conocidos por todos.

Personalidad: Alguien de edad madura que piensa que tiempos pasados fueron mejores.

Imagen: dos amigas, una agarrada a la otra por el brazo, ambas con una sonrisa (de las que ya no quedan), entrando al colegio.

Amistad es compartir

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Un par de copas de whisky,

risas que se comparten,

lágrimas que secarnos mutuamente,

un momento que se cuenta y se hace inolvidable,

un duelo en el que somos la compañía necesaria,

miradas cómplices,

un camino que está hecho para ser andado,

algún adiós que nunca se espera

y llorar, y llorar, y llorar.

Y el final no es sino el inicio cuando todo se termina y nada empieza.

La hora azul // Alonso Cueto

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Valoración: 4.0/5.0
(Potencia)


Lo dijo el brillante David Lynch: "los secretos son peligrosos". Nadie mejor que él para decirlo, él que ha dedicado su vida y obra a revelarnos lo que yace debajo de la común y aparente superficie. Creo que hay diferentes maneras de hacer esto en el arte. Digo, revelarnos lo grotesco que es el mundo, pese a que nos hemos acostumbrado a él. Los secretos que esconde un pueblito pequeño en apariencia feliz, una persona de la que nadie sospechó la más sórdia vida oculta, una familia de la que solo se espera cháchara para la hora del té. David Lynch lo hace, claro, mostrándonos un mundo que empieza a absorber esa superficie, nos va adentrando en esa cosmología oculta del pueblerino que termina por entender que todo lo que vivió, todo lo que creyó cierto, en realidad tenía sus cimientos en lo más retorcido del alma humana: el secreto que revela la historia real, la aventura, la verdad.

La hora azul quizás es la antítesis de este tipo de estética. Fiel al estilo de Carver y con la filosa crudeza del realismo urbano, Alonso Cueto logra una auténtica proeza narrativa: superar con creces el hecho real para cargar la anécdota de sentido. Eso me hace recordar que alguna vez gané la enemistad de una periodista que me entrevistaba. Me preguntó mi opinión sobre la obra de Roncagiollo (que por esas épocas acbaba de iconizarse como el héroe de la literatura peruana) y yo recuerdo claramente lo que dije (porque finalmente lo he repetido por ahí alguna otra vez): odio la literatura testimonial. Odio la literatura que pretende superar la realidad porque la realidad siempre será más cruda y más violenta y más terrible que cualquier libro. Basta con ver el sufrimiento de una persona para que el libro de su vida pierda toda la importancia del mundo. Eso, en mi país, lo sabemos quienes hemos visto el terrorismo de cerca, quienes nos hemos molestado en descifrar la verdadera magnitud que esos destrozos dejaron en la vida de tantas personas. Y es ahí a donde apunta el blanco literario de Alonso Cueto. Ahí a donde ya se han escrito tantas otras obras, y donde tantos otros han fracasado sumergidos en un baño de sangre y en un esquema de teleteatro que se precia solo de la violencia, la visceralidad y la morbosidad humana para lograr emoción.

Es en ese sentido que esta obra es particularmente brillante. Su sutileza no deja de lado su terrible dureza como reproche a la sociedad y principalmente a la naturaleza humana. El protagonista es un abogado de condición acomodada, lo justo para que su personaje pueda sentirse extraño en un mundo completamente inhumano, pero también para que sus preocupaciones oscilen constantemente entre lo que conoce y lo que preferiría no haber visto nunca.

Adrián Ormache, un abogado de cierto prestigio, descubre, tras la muerte de su padre, que este estuvo a cargo de una división en Ayacucho, durante la época de la guerra antiterrorista. Al conocer las atrocidades que se cometieron en aquel lugar, empieza a investigar una serie de claves que lo llevan a revelar más de un secreto. Secretos guardados no solo en su familia, sino en la vida de los habitantes de los pueblos que sufrieron los embates de la guerra.

Quizás lo más poderoso en esta novela es el choque. El choque entre un mundo en apariencia perfecto (siempre en la mente del doctor) y la crudeza de una realidad que no deja demasiado lugar al olvido o a la ficción. Y es allí donde se produce la extraña inversión del mundo: donde el ser humano se acostumbra a la muerte y la vida se convierte entonces en la fábula.

Escena favorita personal: el encuentro del protagonista con un personaje místico y misterioso durante su viaje a Ayacucho y su contemplación de la famosa danza de tijeras. Uno de esos momentos literarios que se graban en la mente y se convierten ya para siempre en un referente al cual volver cuando, por ejemplo, descubrimos de la forma más difícil que, efectivamente, los secretos son y seguirán siendo siempre peligrosos.


Se lo regalaría a: Algún extranjero verdaderamente interesado en la historia oculta del Perú. A las personas que creen que los secretos pueden permanecer ocultos para siempre. A David Lynch.
Personalidad: Un aficionado a la fotografía que se pone a escuchar historias pueblerinas. Parte de él sabe que hay mucho de invento en ello, pero la otra parte no deja de fascinarse con la forma en que puede cambiar el mundo con solo unas horas de viaje.

En secreto

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Ocúltalo en la oscuridad antes de que haga demasiado daño,

y no lo dejes nunca descubrir el lado puro de la luz, no dejes nunca

que admire el brillo de tus ojos o la facción exacta de un movimiento que no buscabas dar. Ocúltame,

bajo la superficie, entiérrame como si nunca hubiera existido, como si fuera un gran error que no se puede resolver, como si te humillara. Viérteme en el rostro los rezagos del temor, parte en dos mi vientre y destroza mis rodillas para que no me atreva a andar

en busca del reflejo de verdad, la condición de un ser humano que se precia de bailar ligero, ante los ojos de todos. No me dejes ser nunca más que la sangre que brota

cuando el prisionero escupe la lengua degollada por sus propios dientes.

El secuestro // Georges Perec

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Valoración: 2,5/5
(Pudiste ser mucho mejor...)


No creo que se trate de un libro malo. Probablemente si hubiera que hacerle justicia, tendría que decirse que tiene sus arrebatos de genialidad. Como todo lo que hace Perec, bueno. Pero el caso es que estamos ante un experimento que no pasa de eso. Creo que en algún post mencioné la premisa del OuLi Po (ese movimiento literario que inauguró Raymond Queneau en los 60'): la restricción formal. La fórmula es sencilla: ponte una restricción, véncela, la obra está creada. Y la verdad es que hermosas obras han aparecido de ese movimiento fantástico (habría que mencionar La vida, instrucciones de uso de Perec o Si un caminante una tarde de invierno... de Calvino).

Pero este libro me deja con la sensación de que falta algo (irónica oración para quienes han leído el libro). Desde luego, esa es exactamente la gracia: algo falta en este libro, y el reto del lector es hallar esa pieza perdia. No solo la ha perdido el lector, sino que uno de los personajes desaparece ante su ausencia y Perec nos narra, en este libro que fue descrito por un desafortunado crítico que fue despedido al día siguiente de publicar su reseña, como "una extraña novela policial en un lenguaje incomprensible". Seamos justos, la novela tiene sus lados fuertes. Hay que admirar la tenacidad de cualquier autor que se embarca a la tarea colosal de crear un libro y jugar con un argumento tan envolvente en medio de una marea de palabras que el lector podría terminar por encontrar demasiado forzadas. Quizás eso es lo que me pasa. Siento que El secuestro es una versión forzada de algo a lo que no se le pudo dar un acabado elegante y por lo tanto se entregó de manera funcional.

He pensado muchas veces que fue la traducción. Recuerdo haberla leído en un avión, hace ya unos años, camino o vuelta de Buenos Aires. Y recuerdo haber pensado que toda la nota de los editores me parecía sumamente densa, que un libro en el cual existía una tesis completa de por qué SÍ era posible traducir este libro al español, tenía por fuerza que contener su propio antagonismo. Es decir, la imposibilidad.

Ampliamente recomendable, sin embargo, para quienes buscan un libro en el cual el ejercicio de estilo sea claro. Casi lectura obligatoria de taller de narrativa donde se estudie técnica o estilo. Pero no la clase de lectura que eligiría para leer con whisky o con compañía. Para eso, prefiero al Perec genio que al Perec secuestrado por su genialidad.


"No el fin (por mucho que el fin fuese obvio en todo momento), no el tormento (por mucho que el tormento no dejó de sentirse), sino sobre todo omisión: un no, un nombre, un hueco:
Todo es como de costumbre, todo puede seguir siendo como de costumbre, pero después del próximo crepúsculo, dentro de ocho noches, dentro de un mes, dentro de doce meses, todo puede ser solo podredumbre: veremos el lento extenderse de un huevo, olvido ciclópeo, pozo sin fondo, cerco de lo negro. Uno por uno, enmudeceremos por siempre
".


Se lo regalaría a: Alguna persona distraída. A ver si se da cuenta del "truco" del libro.
Personalidad: Esos inventores que te llenan una sala de aparatos, pero ninguno funciona o sirve para lo que fue creado. No dejarías de visitarlo de vez en cuando, sin embargo.

Automutilación

Posted by -daniel in

Cuando muere un pedazo de mí no sé qué hacer con sus restos. A veces me desdoblo en el falso interés de dejarlo donde está y ver cómo se encarga de expandir la infección a lo que queda. A veces sueño con enterrarlo y dejar que lo consuma el tiempo y los gusanos. A veces también lloro.

En mis sueños personales, donde nadie más puede entrar, ese pedazo de mí es velado como yo quisiera serlo algún día. Sin aspavientos, con música, con pocas lágrimas. De noche.

El entierro solo ocurre cuando logro perdonarme haberlo dejado morir. Atado en una balsa, con cuerdas de soga, aferrado únicamente a mi espada y el dolor inevitable de decir adiós a todo, lanzado al mar, al compás de las olas que me mecen mientras todo arde, y entonces ese pedazo de mí se consume en las lenguas delicadas y todo lo demás es humo, y aunque no logre perdonarme nunca, sé que ese pedazo ya descansa allí, durmiendo como los reyes que han tocado el piso del mar, convertidos en ceniza que los peces no se atreven a tocar, mientras yo sigo durmiendo en la cama helada y lo único que veo del fuego es la sensación de ardor cuando los ojos se me empiezan a humedecer.