jueves, marzo 29, 2007

La dama del perrito // Anton Chejov

El realismo... ese movimiento maravilloso del cual aparecieron algunos de los autores más importantes de la literatura universal. Bien, sólo por nombrar un par (y sólo por fastidiar un poco), podríamos recordar a Flaubert y sus increíbles técnicas literarias; un autor que no sólo inventó la simultaneidad para la literatura, sino que abrió un campo de posibilidades infinitas para todos los que vinieron después. Pero también podríamos traer a alguien mucho más discreto (al menos en apariencia) y probablemente igual de genial. Se trata de Anton Chejov, ese infatigable autor ruso que publicaría tantas obras de teatro y tantos relatos célebres.

"La dama del perrito" narra el amor de dos personas aparentemente diferentes, y que sin embargo encuentran el único reflejo de ellos mismos en el otro. Por un lado está el maduro y serio Dmitri Dmítrievich Gúrov, hombre de pocos amigos, muchos romances y harto del sosiego y la monotonía, cuya única ambición al inicio de este cuento es, justamente, deshacerse del tedio que parece acosarlo en todas sus acciones. Por otro lado la frágil y todavía ingenua Anna Serguéyevna, uno de los personajes femeninos más memorables de la literatura universal. Lo más hermoso de Anna no es su melancolía, o esos arrebatos inesperados de lágrimas que, ciertamente son conmovedores (está esa escena particularmente memorable en que Anna declara "Nunca he sido feliz, ahora soy desgraciada y nunca, nunca seré feliz, ¡nunca!). No. Lo más hermoso de Anna es su cotidianidad, su sosiego que tranquilamente podría pasar por melancolía. Anna Serguéyevna es el modelo de una mujer cuyas lágrimas son producto de su aburrimiento, pero cuya sonrisa la define como un milagro. Sus eternos ojos grises, su cotidianidad, todo ello es justamente el núcleo de un amor que golpea a cualquiera, porque esta no es una novela sobre seres que afrontan una tormenta invencible, sino una novela de dos seres humanos que sufren, se enamoran y son incapaces de franquear las debilidades sencillas pero inquebrantables de la sociedad humana. Es un amor real en todo el sentido de la palabra, porque ni Gúrov ni Anna pueden ya vivir el uno sin el otro, y para ellos la realidad ha cambiado completamente, aunque ello no les haga la vida más fácil.

Este es un cuento especialmente recomendable no sólo por el extraordinario talento narrativo de Chéjov, que, como él decía, no es el tío que se sienta en la mesa a contar un relato fantástico, sino aquél amigo al que empezamos oyendo por compasión y en el que terminamos identificándonos como humanos. Este cuento vale la pena por esa terrible sensación de fragilidad que esos personajes nos transmiten, y porque esa fragilidad también la compartimos. Después de todo, no somos más que esos seres frágiles, fugaces, que buscan en otros lo que de ninguna manera puede lograr uno solo: saber que, aunque el tiempo aceche en cada esquina, quizás en nuestra capacidad de dejar un rezago de nosotros en otra persona se encuentra uno de los ingredientes de nuestra verdadera fortaleza.

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Recomendable: Como todo lo realista, cuando uno está harto de desvariar.

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"En Oreanda se sentaron en un banco, no lejos de la iglesia, y estuvieron mirando abajo, al mar, en silencio. A través de la niebla del amanecer, Yalta casi no se veía, en las cumbres de las montañas se mantenían inmóviles las nubes blancas. Las hojas no se movían en los árboles, chirriaban las cigarras, y el monótono y sordo rumor del mar, que llegaba desde abajo, les hablaba de paz, del sueño eterno que nos espera.
Así sonaba el mar allí abajo, cuando aún no estaban aquí ni Yalta, ni Oreanda, así seguía ahora el rumor y así seguiría, igual de indiferente y sordo, cuando no estuviéramos. Y en esta inmutabilidad, en la completa indiferencia hacia la vida y la muerte de cada uno de nosotros se esconde, quizá, el secreto de nuestra salvación eterna, del ininterrumpido movimiento dela vida en la tierra, del constante perfeccionamiento."

viernes, marzo 23, 2007

Canción imposible

No hay canción. Contigo no hay canción posible. Es decir, ni lo uno ni lo otro. Ni la canción que suene a melodía ni posibilidad de que eso cambie. En el fondo simplemente pasa por decir algo que más bien he enmudecido: que contigo fui feliz y el resto ya es esa canción que no existirá nunca.

Todo hombre avezado busca su tormenta. Todo aquél que pretende el heroísmo es alguna vez un náufrago. Y buscan tantos sueños locos y buscan amores que golpeen como un rayo feroz y aplastante, como un giro de espada sobre un cuello desnudo y entregado. Y buscan mujeres convertidas en fantasmas y las capturan en vitrinas para sentirse orgullosos. Pero no saben que jamás las poseerán completamente; que el fantasma, intangible como es, no puede ser detenido por un muro.

Y yo era como ellos. Basta con mirar esas canciones que sí fueron. La mujer que desbocaba mi cordura, el ángel que ofreció salvarme, la muchacha que sólo contemplé desde el silencio de unos pocos ratos. Nacieron desde la miseria de mi nombre, de mi incapacidad de hallarles, de mis ansias de contemplar lo que es inexpugnable.

Pero ese no es más mi sueño. En el fondo, jamás lo fue. Hoy entiendo que el imposible es justamente eso. Y lo es para que aprendamos sólo del andar a él o con él, o para él, o no aprendamos nada si ese es su capricho. Pero finalmente, eso es lo de menos. En ti no busqué nada, pero he encontrado; en ti no necesité canción porque tus palabras echaron velo en el silencio; a ti pude quererte porque no había nada más que hacer contigo. Y en ti existe aquello que ningún fantasma tendrá nunca: un don cotidiano, una sonrisa que no golpea pero llena, una mirada que me cautiva sin llegar al miedo, una voz que sabe conducirme a reír de un mundo que también rió a costa mía.

jueves, febrero 08, 2007

El viejo y el mar // Ernest Hemingway

Lo que me gusta de Hemingway es que para él todo es una lucha continua contra la naturaleza. Y lo que me fascina de él es que esa lucha se lleva a cabo en el terreno no de lo metafísico o lo espiritual, sino de lo estrictamente técnico, del conocimiento pequeño que el hombre ha dominado de manera casi primitiva. Y en eso, definitivamente El viejo y el mar es un paradigma no sólo de su obra, sino de la literatura universal.

Esta novela no es la historia de una guerra pre-fabricada. Es la historia de un pescador que va armado sin saber que está armado, porque para él la idea de la guerra contra el mar es la de algo tan natural como comer. No se trata de exigirse lo que no puede alcanzar, sino justamente de hacer lo que sabe hacer. El quiebre está en todo caso, en que este pescador se atreve a hacer lo que nunca antes hizo: adentrarse en aguas más profundas. ¿La recompensa? Bueno, habría que empezar por preguntarse si se le puede llamar así. Y la respuesta ha de ser aquello que más nos conmueva de esta novela absolutamente brillante.

La trama es bastante conocida: Santiago, un pescador artesanal (casi diríase arcaico), parte en su día 85 de temporada sin pesca hacia aguas que jamás había navegado, equipado con unos metros de cordel, un arpón, anzuelos y un pequeño cuchillo. En su mente oscilan los recuerdos de una orilla donde duermen los leones, su amor por el béisbol y su jugador favorito, Joe Di Maggio. Navega en esas aguas intranquilas, infestadas de tiburones hasta que se encuentra cara a cara con el reto: el pez más grande que ha visto nunca en su vida.

Pero ese pez no es sólo un actor externo al que hacer frente. No se trata de una cacería común. Ese pez es su reflejo, es con él mismo con quien Santiago tiene que luchar. Pero no de la manera en que lo hace el ser atormentado que se duela o se quiebra interiormente. Simplemente que la lucha lo refleja. Afuera las leyes las dicta el océano, debajo el pez lucha con tanta pasión como él mismo, pero, solo como está, Santiago no se deja llevar por la introspección, no pretende hallar el significado de su búsqueda, ni siquiera se pregunta si puede haber un significado. Santiago simplemente hace lo que sabe hacer mejor.

Allí radica lo emocionante y terriblemente desgarrador de esta lucha: no se trata de una pelea que se libra con el espíritu, o al menos no sólo con el espíritu. Es una lucha de los hechos, del conocimiento del cordel, de los anzuelos, de guardar las fuerzas para que las manos ensangrentadas puedan sostener el arpón cuando sea hora de dar esa estocada final. Esta es una guerra en la que los movimientos del pescador hablan por el personaje. Esta es una lucha donde la derrota no tiene lugar porque la lucha engrandece a quien la libra; esta es una lucha demasiado grande porque el mar es cruel para un pescador artesanal solo en su pequeña barca, tratando de remolcar a un pez en aguas infestadas de tiburones. Pero, justamente, esta no es la historia de una lucha que se conmemora con una leyenda. Esta es sólo la historia de una guerra que llega a ser librada aunque la recompensa se la lleve ese océano inexpugnable y la historia se hunda con los restos, lejos, hasta el fondo del mar.

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Recomendable: Para los momentos de lucha. Para cuando se tiene que decidir si se sale al mar o no. Cuando uno cree que está a punto de ser destruido. En una guerra cualquiera, en el momento que se te ocurra. Cuando estás perdiendo. Cuando estás ganando.

Ficha Técnica:

Hemingway, Ernest
El viejo y el mar - Debolsillo.
160 p. ; 19x13 cm.- (Contemporánea)







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"Era demasiado bueno para durar, pensó. Ahora pienso que ojalá hubiera sido un sueño y que jamás hubiera pescado el pez y que me hallara solo en la cama sobre los periódicos.

- Pero el hombre no está hecho para la derrota -dijo-. Un hombre puede ser destruido, pero no derrotado."

viernes, febrero 02, 2007

Victoria o desolación

Entonces mi amiga me dijo: "Pero uno no siempre obtiene lo que quiere. Es más fácil obtener lo que uno dice que quiere en todo caso."

Debe haber algo de verdad en eso. Supongo, siempre he pensado, que todos queremos lo que no podemos tener. Que parte de la naturaleza humana es perseguir aquello que nos es esquivo porque aunque no sepamos qué hacer con ello luego, la caza en sí es lo suficientemente atractiva para tomarse la molestia. El punto es, ¿qué pasa cuando el objeto de nuestra cacería resulta estar a nuestro nivel? Mi amiga es una persona sumamente inteligente, muy hábil, quizás demasiado perspicaz. Y sin embargo, eso la aburre, porque termina haciendo sus retos fáciles. Y es que definitivamente es más sencillo poseer que dejar ir.

La gran pregunta viene después, ¿en qué consiste la victoria, cuándo puede uno sentirse satisfecho? ¿Es cuando uno posee algo completamente, o cuando uno procura poseer lo que sea y ese objeto nos rehuye de una manera inexpugnable? Quizás para algunos la victoria se centra en el desafío, para otros en el objetivo. Lo cierto es que ya sea que se trate de una pareja, un cáncer o un sueño que perseguimos desde hace mucho tiempo, el fin de la búsqueda siempre será incierto. No importa que consigamos estar con esa pareja o que nos enamoremos pero la perdamos, no importa si el cáncer nos consume o logramos su completa remisión, no importa si ese sueño se nos cumple y nos damos por servidos en la vida o si finalmente lo descubrimos imposible y tenemos que contentarnos con un pequeño rezago de él. Nada de eso importa porque es ajeno a nuestro control. Lo que importa es cómo leemos esa historia finalmente, cómo logramos, con el único fin de sobrevivir, escapar de una derrota.

sábado, enero 20, 2007

La negativa // Franz Kafka

La negativa es uno de esos relatos tempranos de Kafka en los que asoman desde ya tanto la ironía como ese conocido toque kafkiano de resignación. Llama la atención la pertinencia, el golpe de dados de un relato que bien podría ser una fotografía de una calle en este siglo XXI. Sobre Kafka se ha escrito y se sabe demasiado. Pocos autores hay tan estudiados como él, y eso es absolutamente comprensible, si aceptamos que el alemán tiene, probablemente, la obra narrativa más importante del siglo XX. Así que no pienso alargar demasiado esta reseña, primero porque es uno de mis autores favoritos, y probablemente al que más recurro cuando es necesario refugiarse en la genialidad (lo que implica muchos posts venideros sobre Kafka, claro); y segundo porque me he tomado la molestia de transcribir este relato. Y sobre lo escrito, sobre todo cuando lo ha escrito Kafka, poner más palabras puede resultar hasta una especie de herejía.

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Recomendable: Para cuando sales a bailar y no te dan bola ni las moscas. Para cuando te das cuenta que las mujeres mienten, y aunque no sea su culpa, te jode.
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"Si me encuentro a una muchachita bonita y le pido: "Sé buena, ven conmigo", y pasa de largo sin decir una palabra, su actitud significa:
"Tú no eres un duque con apellido rimbombante; ningún americano atlético con la estatura de un indio, con ojos horizontales y contemplativos, con una piel acariciada por el aire de las praderas y de los ríos que fluyen por ellas. No has viajado a los Grandes Lagos, ni los has surcado, aunque no sé ni dónde se encuentran. Así que dime, por qué yo, una muchacha bonita, tendría que ir contigo".
"Olvidas que no te llevan en automóvil por la calle, balanceándote con sus sacudidas; no veo ir detrás de ti a los señores pertenecientes a tu séquito, embutidos en sus trajes y murmurándote piropos. Tus pechos quedan bien comprimidos por el corsé, pero tus muslos y caderas se resarcen por esa sobriedad. Llevas un vestido de tafetán con pliegues, como el que nos alegró tanto a todos el pasado otoño y, sin embargo, con ese peligro mortal en el cuerpo, sólo te ríes de vez en cuando".
"Sí, los dos tenemos razón y, para no ser conscientes de ello de un modo irrefutable, preferimos irnos solos a casa, ¿verdad?". "

Desconcierto

No es raro escuchar a las mujeres quejándose de que los hombres carecen de sensibilidad, que sus intenciones son demasiado superficiales; ulteriormente, que no las entienden. Pero lo interesante del tema es que, efectivamente, los hombres no las entendemos, o al menos no en el sentido en que ellas quisieran. Y por otro lado, ellas creen que sí nos entienden y eso es también una gran mentira.

Paso una noche en la playa de Asia, en una discoteca. Mis amigos y yo intentamos sacar a varios grupos de chicas a bailar, pero siempre con el mismo resultado, en diferentes versiones: "tengo enamorado", "estoy en grupo", "después". Eventualmente una que otra acepta, algunas con mejor cara, otras con más o menos educación. Llega un momento de la noche en que algunos "no" pasan de lo descortés y empiezan a sonar como si aceptar el baile fuera una herejía, una especie de violación a un código sagrado. Al respecto, sólo se me ocurre la posibilidad de que en algún rincón remoto de esas chicas, esa proposición es una invitación a mucho más. Que uno las ha visto como algo inaccesible, algo que se desea de manera hasta hiriente. Y supongo también que se siente bien poder decir que no, con la actitud de que se es mejor que eso que te saca a bailar. Pero la verdad es que esa especie de acuerdo no escrito es esa absurda barrera invisible para que tanto ellas como nosotros nos simplifiquemos la vida. Habría que aprender que tanto las mujeres como los hombres, en determinados momentos, sólo queremos bailar.

Al fin y al cabo, lo curioso es que las mujeres en particular diseñan un patrón de señas, un lenguaje propio, pero finalmente no transmiten la manera de descifrarlo y esperan que nosotros desvivamos esfuerzos para leer esa extrañísima serie de señales crípticas. Iluso de su parte y descortés de la nuestra no intentarlo más. Es triste que vivamos resignados a ello, porque nos perjudica a ambos, pero nadie hace nada por remediarlo. Y es que toda mujer, alguna vez en la vida, ha dicho que no al chico que la sacó a bailar, aunque se muriera de ganas y lo que es peor, de aburrimiento.

miércoles, enero 10, 2007

El monte de las ánimas // Gustavo Adolfo Bécquer

La verdad es que Bécquer no es de mis autores favoritos. Quizás porque nunca me gustó mucho el romanticismo en general, tal vez porque no leo tanta poesía y la poca que leo no se orienta mucho hacia las Rimas de este español que, sin embargo, influenció a algunos de mis poetas favoritos, como Rubén Darío. Sea como sea, su cuento, o leyenda, como lo llamarían probablemente los becquerianos, El monte de las ánimas, es uno de mis cuentos de terror favoritos. Y como en el caso de la mayoría de libros que vengo reseñando aquí, no puedo decir exactamente por qué.

Bueno, para contar la historia completa, estuve dedicándole un par de días a reordenar mi biblioteca (sí, al fin todo ordenado por editoriales y todo), y saqué de entre esa pila de libros que uno ya ni recuerda que tiene, una antología de cuentos de terror ("horror", en realidad, es lo que se lee en la portada). Y allí, entre algunos cuentos clásicos y otros bastante mediocres, está este cuento del que supe por primera vez de manera oral, gracias a un tío que, durante muchos años, nos contó a mi hermano y a mí toda clase de cuentos. Durante un par de semanas, pues, mi tío sacó del baúl, a petición nuestra, muchos clásicos de terror que me estoy dando el trabajo de cazar de nuevo por estos días. Ahí va la dedicatoria para mi tío, y ahora vamos con este cuento en particular...

Así como Bécquer no es un autor que me fascine particularmente, este cuento no tiene tampoco nada que lo convierta en algo espectacular. No es, definitivamente, la clase de cuento que mete un gol de media cancha, ni el que uno recuerda para toda la vida. Pero sí es un jugador de repetición, sí es el cuento que llamó mi atención tan pronto pasé sobre él mientras ordenaba absolutamente toda mi biblioteca.

El monte de las ánimas ocurre durante el Día de todos los Santos. Día en que la caza de nuestro protagonista, Alonso, termina temprano: deben alejarse del Monte de las Ánimas antes que anochezca. Su prima, Beatriz, quien viene desde Francia, no comprende por qué, pero Alonso le cuenta la historia de la terrible guerra que allí se libró, así como los terribles relatos que han nacido de ella: los ruidos extraños, el repicar de las campanas, el aullido de los lobos que se oyen todos venir del monte en ese día de los difuntos... Y sin embargo, quizás porque lo considera una falsa habladuría campechana, quizás por curiosidad, quizás porque es mujer y tiene que hacer honor a su género, Beatriz se las ingenia para enviar a Alonso a ese monte durante la noche en busca de un lazo que ella perdió allí, completamente solo... Y entonces el motor de la aventura ha empezado aandar por el gesto más trivial, más insustancial del mundo; que termina siendo, en manos de una mujer, el nudo maravilloso de este cuento por todos los medios recomendable.

Dos cosas vale la pena añadir: primero, que entre los muchos cuentos de terror que mi tío me contó hace muchos años, este fue el único que me dejó una noche en vela. Segundo, que en este tipo de obra, la prosa descriptiva de Bécquer y su eterna fijación con la naturaleza la dotan de un ambiente único. Así que les recomiendo conseguirlo (o imprimirlo, pues está disponible en varias páginas de internet) y llevarlo a la playa, como uno de los fundamentales para leer de noche, a la luz de una fogata.

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Recomendable: En un campamento, para asustar a las chicas y a los cobardes del grupo.

Ficha técnica:

Bécquer, Gustavo Adolfo
Rimas y leyendas - Alfaguara.
216 p. - (Serie Roja Alfaguara)






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"- Tú lo sabes porque lo habrás oído mil veces: en la ciudad, en toda Castilla, me llaman el rey de los cazadores. No habiendo aún podido probar mis fuerzas en los combates, como mis ascendientes, he llevado a esta diversión, imagen de la guerra, todos los bríos de mi juventud; todo el ardor hereditario en mi raza. La alfombra que pisan tus pies son despojos de fieras que he muerto por mi mano. Yo conozco sus guaridas y sus costumbres; yo he combatido con ellas de día y de noche, a pie y a caballo, solo y en batida, y nadie dirá que me ha visto huir del peligro en ninguna ocasión. Otra noche volaría por esa banda, y volaría gozoso como a una fiesta; y sin embargo, esta noche..., esta noche, ¿a qué ocultártelo?, tengo miedo. ¿Oyes? Las campanas doblan, la oración ha sonado en San Juan del Duero, las ánimas del monte comenzarán ahora a levantar sus amarillentos cráneos de entre las malezas que cubren sus fosas... ¡Las ánimas!, cuya sola vista puede helar de horror la sangre del más valiente, tornar sus cabellos blancos o arrebatarle en el torbellino de su fantástica carrera como una hoja que arrastra el viento sin que se sepa a dónde.

Mientras el joven hablaba, una sonrisa imperceptible se dibujó en los labios de Beatriz, que cuando hubo concluido exclamó con un tono indiferente y mientras atizaba el fuego del hogar, donde saltaba y crujía la leña. arrojando chispas de mil colores:

- ¡Oh! Eso de ningún modo. ¡Qué locura! ¡Ir ahora al monte por semejante friolera! ¡Una noche tan oscura, noche de difuntos, y cuajado el camino de lobos!"

Antojos femeninos

Me pregunto, ¿qué tendrán las mujeres que tienen la capacidad de manejar el curso de las cosas sin mayor requerimiento que el capricho? Y peor aún, ¿por qué lo hacen?

¿Se trata de simple crueldad? ¿Es su naturaleza dominarnos a nosotros, machos brutos que por siglos las hemos sometido a las más variadas humillaciones? ¿Es entonces una forma de venganza? Pero al fin y al cabo una venganza requiere, para ser verdaderamente válida, el esfuerzo de capturar a una presa digna. Ellas, sin embargo, parecen no necesitar de mucho esfuerzo para colgarnos en su pared como una anécdota más qué contar. No somos ni siquiera un trofeo. Para dominarnos; para conducirnos a donde de ningún otro modo hubiéramos ido, les basta una sonrisa, una palabra clave que suena absolutamente trivial, una mirada que intriga y a la vez no dice nada.

Nostros recaemos, hacemos, desafiamos lo increíble y nos desesperamos intentando impresionarlas. Y al final los aplausos se los lleva el titiritero y la marioneta vuelve a su caja de madera.

miércoles, noviembre 01, 2006

Silencio // Edgar Allan Poe

Venía pensando en postear algo diferente para el 31 de octubre, y pasaron por mi mente muchísimas cosas... Principalmente cuentos bastante clásicos de terror, y considerando que la riqueza del género permitiría citar obras por un buen rato, incluso en un momento consideré hacer una especie de "top 10"... Pero ni el tiempo era muy apropiado ni tampoco la idea terminaba de convencerme, finalmente no soy tan aficionado a la novela negra como para atreverme a hacer semejante tipo de catalogación. Así que recordé un par de antologías que cayeron en mis manos y muchos relatos pasaron por mi cabeza. Finalmente opté por un relato no tan conocido del magistral Edgar Allan Poe, un lado B, como diría un buen amigo. Silencio (Fábula), ese relato de Poe que no se parece a Poe. Por supuesto, de él habría mucho más que citar... Si se trata de hacer honor a un día de terror, valdría la pena comprar su obra completa y echarse a leer, garantizo que si apagan las luces y se dejan iluminar las páginas del libro con únicamente una vela, el resultado es grandioso... La caída de la casa de Usher es sencillamente sublime, El corazón delator, El gato negro, El pozo y el péndulo... En fin, hay demasiados cuentos extraordinarios de este autor que influenciaría la obra de autores tan importantes como Kafka, Borges o Cortázar.

Pero bien, ¿por qué Silencio? Hay algo especialmente magistral en ese relato. Algo que es distinto a todo lo que Poe escribiría, pero además algo distinto a todo lo que el resto de autores del género escribirían. Personalmente, hay un romanticismo detrás de todo eso, claro: ese fue el primer cuento de Poe que me hizo comprar uno de sus libros. Lo leí hace bastantes años, y terminó siendo uno de los cuentos más influyentes en mi propia obra. Y es que hasta que leí Silencio, creo que no se me había ocurrido que se podía escribir de esa manera. Tenía 10 años y mi profesora de lenguaje acababa de jalarme por no presentar un cuento con la estructura inicio-nudo-final. Y entonces apareció ese cuento fantástico y por primera vez en mi vida descubrí que los adultos no siempre tienen la razón. Aunque sean profesores.

Lean este relato de Poe; es sumamente corto y además lo van a encontrar en el internet fácilmente (y aunque a pocos les importe, es perfectamente legal que sea así). Quizás no tenga la extraordinaria calidad rítmica de sus otros cuentos, pero eso es perfectamente coherente, porque se trata de un cuento absolutamente experimental. Y no en el sentido de esos autores que pretenden hacer ruido con las palabras y hacerlo pasar por arte, sino en el olimpo literario de los maestros de la literatura de ambiente, lo cual convierte a Silencio en una obra absolutamente adelantada a su tiempo. Bien, esta es mi sugerencia para Halloween, y si luego se quedan ávidos de más, intenten mi experimento, corran a una librería y regresen con Poe bajo el brazo... Prendan una vela y no dejen de comentarme la experiencia...

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Recomendable: Luz de velas, campamentos, playas, casas viejas, cualquier lugar donde quieras pegarte el susto de tu vida. Mientras escuchas algo tétrico como Mars Volta.

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"Era de noche y caía la lluvia. Y cuando caía, era lluvia; pero caída ya, dijérase sangre.

Encontrábame en medio de la marisma, y cerca de los nenúfares gigantescos, y caía la lluvia sobre mi cabeza, en tanto suspiraban los nenúfares. El cuadro era de una desolación solemne.

De pronto, a través del leve velo de la funérea niebla, se levantó la luna. Una luna roja. Y mis ojos se fijaron entonces en una gran roca gris que se alzaba en la margen del río y a la que aquélla iluminaba. La roca era gris, siniestra, altísima... En ella había unos caracteres grabados. Avancé hacia ella por la larga marisma de nenúfares, hasta que me encontré próximo a la orilla, para poder leer aquellos caracteres grabados en la piedra. Pero no podía descifrarlos. Decidí, en esto, retroceder, y la luna brilló entonces con un rojo más vivo. Me volví y miré otra vez hacia la roca. Volví a mirar los caracteres. Y finalmente, pude leer estas palabras: DESOLACIÓN."

domingo, octubre 29, 2006

Tratado de las pasiones del alma // António Lobo Antunes

A este libro le tengo un cariño muy muy especial, porque es el primer libro de Lobo Antunes que cayó en mis manos y fue también el que convirtió en uno de mis autores favoritos. Me lo regalaron una navidad y aunque tenía muchas ganas de leerlo, lo tuve medio abandonado por un tiempo. Me acuerdo perfectamente cuándo lo abrí por primera vez: fue en el aeropuerto, rumbo a Buenos Aires, unos meses antes de mudarme. La verdad lo abrí sin saber muy bien qué podía esperar, y fue como chocarse con la maravilla sin estarla buscando: una sensación suprema. De más está decir que fue el mejor vuelo que he tenido en mi vida... Poco tiempo después lograría hacerme de la trilogía completa de esta serie maravillosa y más aún, llegaría a ver la presentación de una de sus novelas en la feria del libro de Buenos Aires, presentación por demás memorable de un tipo cuyo sentido literario es tan contundente como su obra.

La verdad es que hace mucho no había vuelto a pensar en este libro, pero hace poco me reencontré con una amiga de hace muchos años... Un reencuentro de verdad emotivo, porque compartimos un pasado bastante tragicómico (la época digamos que fue más trágica que cómica, pero los dos tenemos la manía de burlarnos de la vida un poco), pero sobretodo porque por mucho que hayamos cambiado y por mucho que tengamos para contarnos, creo que es lindo encontrar a alguien que puede renovar tu vida de alguna manera, aunque sea con un sabor conocido y que hasta en algún momento dejaste pasar. Pensando en una novela qué postear, se me ocurrió esta que tiene mucho que ver con mezclar el pasado con el presente e incluso con un inminente futuro, pero basándolo todo en las cosas que ocurrieron alguna vez que, sin llegar a predeterminar el curso de la vida, la hacen ir en alguna dirección.

Tratado de las pasiones del alma es el primer libro de una trilogía sobre la muerte, compuesta además por El orden natural de las cosas (en mi opinión la mejor novela de António Lobo Antunes y una de las más extraordinarias novelas que he leído en mi vida) y por La muerte de Carlos Gardel. Sin embargo, aquí la muerte está plasmada como una función ulterior, como algo alrededor de lo cual giran todas las demás cosas: el pasado que nos aparece repentinamente en el camino, lo esperemos o no; nuestras motivaciones, nuestros miedos, nuestros objetivos y proyectos, y quizás también nuestros amores, nuestros odios... en fin, todo aquello que Lobo Antunes llama con absoluta pertinencia "las pasiones del alma". La trama es sencilla y complejísima a la vez: un terrorista, el Hombre, es sometido a un interrogatorio por un Juez de Instrucción, quien resulta ser un compañero de infancia al que no ha visto en años. Su conversación empieza así a convertirse en un torrencial de sucesos e imágenes pasadas, que se van enmarañando y confundiendo, por un lado el presente y la situación de estos hombres, en posiciones absolutamente distintas; por el otro un pasado completamente distinto: el Juez de Instrucción era un niño de familia humilde, que trabajó en las tierras del abuelo del terrorista que ahora interroga. Y es entonces que surge una dicotomía interna en el personaje del Juez de Instrucción: ¿debe intentar salvar a su antiguo amigo de una condena casi inevitable? ¿O debe mantener su posición y dejar atrás el pasado que le sigue atormentando?

Valiéndose de una prosa musical y absolutamente desgarradora, Lobo Antunes consigue que esta novela se nos abra como un abanico de imágenes y sucesos, tiempos que se confunden y emociones que terminan pareciéndonos propias: la muerte que aguarda al final de todo, la nostalgia por el pasado y el presente donde todo eso se mezcla, intentando hallar claridad en un mundo del que solo podemos esperar nubes oscuras.

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Recomendable: Cuando tienes ganas de "refugiarte", de meterte en un libro que te excede y no quieres estar en otro lugar.
Se lo regalalaría a:
Esa gente que uno no se encuentra hace tiempo y cuando reaparece lo hace dejando huella.

Ficha técnica:

Lobo Antunes, António
Tratado de las pasiones del alma - Siruela.
414 p.; 14 x 22 cm. - (Biblioteca Lobo Antunes)
ISBN 8497932501






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"Si me dejases recomenzar desde el principio, pensé, si pudiese borrar las cosas imperfectas de nuestra historia y diseñarla de nuevo, te compraría un anillo de coral y el cartel de tu signo, y comería, lo juro, de lunes a viernes contigo, repartiendo la chuleta y el periódico deportivo, transido de amor, aturdido por las complicaciones de los cubiertos. Estoy casi seguro de que me alegraría si leyeses el fútbol antes que yo siempre que me contases los titulares, estoy casi seguro de que no saldría de noche, por las cervecerías de la Penha de França, a comer mariscos con los colegas, rodeado de travestis y de jarras vacías, y te ayudaría a levantar la mesa, a lavar la vajilla y a guardar los platos y los tenedores en el armario, estoy casi seguro de que metería la servilleta enrollada en el aro y aprendería ganchillo para impregnarme de la inmensa soledad de las casadas, pescando redes con una agujita de anzuelo."

viernes, octubre 27, 2006

La llamada de lo salvaje // Jack London

Estaba buscando un libro adecuado para abrir esta fase del blog y postear el primer review. Pero mi vida es tan caótica en este momento que mis gustos están volcados en algo demasiado específico y la idea era abrir con un libro quizás más simple, quizás más fiel a la idea de aquello que quería lograr escribiendo sobre lo ya escrito (vano acto de redundancia, ciertamente). Pero buscando entre algunos papeles encontré el rastro de este libro, que no he leído en muchos, muchos años, y sobre el que hace poco tuve una conversación de lo más grata. No fue tanto esto lo que me decidió a incluirlo, sino que fue además uno de los primeros libros que me hicieron entender por qué la literatura es lo que es y uno solo puede apreciar los libros en la medida en que necesite leerlos. Es decir, que nunca, por nada de este mundo se trata de lo que uno escribe, sino de lo que alguien más lee. Como anécdota personal, recuerdo que este libro llegó a mis manos por culpa de ese colegio cuyo nombre prefiero no recordar. El nivel del curso de literatura era bastante bajo en general a lo largo de todos los años, pero recuerdo que era séptimo grado y que nos mandaron a leer 4 libros: La llamada de lo salvaje; las Narraciones extraordinarias de Poe; El Principito y una narración de la historia de la guerra de Troya llamada Naves negras ante Troya: la historia de la Ilíada, de la británica Rosemary Sutcliff. Al año siguiente, nos hicieron una encuesta sobre cuál de los libros nos había gustado más. Yo fui el único que votó por La llamada de lo salvaje. La pregunta no es, desde luego, por qué votaron los demás por lo que votaron, la pregunta era por qué voté yo por ese libro. La llamada de lo salvaje no es, definitivamente, la mejor obra de London. Si hubiera que recomendar algo de él, probablemente sería mejor empezar por sus relatos cortos (To build a fire es particularmente excepcional), sin embargo, hay algo en ese libro que inspira nostalgia por lo simple. Los escenarios de Jack London son bastante similares siempre: una vida dura, externa, que no podemos domar por más que intentemos y a la que simplemente hay que enfrentar de la manera más ardua: sobreviviendo si nos es posible. Pero en La llamda de lo salvaje, ocurre algo extraordinario porque el protagonista, un perro llamado Buck, es sacado de su ambiente natural, un hogar, un lugar donde todos sus instintos han sido dormidos, para ser puesto en el ojo de la tormenta: en esa vida que a él nunca le enseñaron a enfrentar. Pese a que el libro fue traducido muchas veces como "La llamada de la selva", La llamada de lo salvaje es una traducción mucho más fiel: habla de un llamado en el sentido más estricto de la palabra, no solo una cuestión de adaptación, sino de pertenencia. Y es que mientras el protagonista duela con la mejor manera de hacerse a un mundo que no comprende, descubre también que fue hecho para él, que en realidad su ambiente natural es ese afuera, ese orden donde hay que pelear para sobrevivir y vivir "en la ley del garrote", como tan magistralmente narra London en una de las escenas más memorables del libro. Llena de una dureza única, y una ternura absolutamente desgarradora, esta novela es un viaje de la vida: la gente que uno conoce, la que va dejando atrás; los momentos y las circunstancias que cambian constantemente, nos hallamos adaptado a ellas ya o no; un invierno que parece durar para siempre, las personas especiales que aparecen en medio de él, aunque luego tengan que partir. Y sobre todo un mundo absolutamente salvaje, cuya llamada algunas veces odiaremos, otras veces estaremos dispuestos a seguir. Pero una llamada que al fin y al cabo, nadie puede atreverse a ignorar.

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Recomendable: Siempre en invierno.

Ficha Técnica:

London, Jack
La llamda de lo salvaje - Vicens Vives.
224 p. ; 13,5x19,7 cm. - (Aula de literatura)
ISBN
8431673427









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"Lo habían derrotado (Buck lo sabía), pero no vencido. Se dio cuenta, de una vez por todas, de que no tenía ninguna posibilidad frente a un hombre con garrote. Había aprendido la lección, y nunca en su vida la olvidaría. El garrote fue una revelación. Fue su carta de presentación en el reino de la ley primitiva y aceptó las reglas del juego. Los sucesos de la vida tomaron un aspecto más cruel; y aunque afrontó este aspecto sin arredrarse, lo hizo con toda la astucia latente que se había despertado en su carácter. Con el paso de los días, llegaron más perros, en cajones o atados con sogas, unos dócilmente y otros bramando y rugiendo como había llegado él; y, uno tras otro, los vio pasar al dominio del hombre del suéter rojo. Una tras otra, cuando observaba aquellas acciones tan brutales, Buck recordaba la lección aprendida: un hombre con garrote era el legislador, un amo al que obedecer, aunque no necesariamente para ganarse su amistad. Buck no hizo esto último, aunque había visto perros apaleados que fingían delante del hombre, meneando la cola y lamiéndole la mano. También vio a un perro que no se apaciguó ni obedeció y, finalmente, murió en aquella lucha por el dominio."

Una imagen, tal vez

Habría que confesar que no era el fin de este proyecto, pero luego dije "por qué no". La teoría del whisky implicaba entre muchas otras cosas, el análisis del mundo a través de una teoría, pero un proceso semejante, bien puede compartir su espacio con una imagen, tal vez. Y esa imagen es una tarde cualquiera, en un salón lleno de libros y discos, y un etiqueta negra sobre una mesita de roble. Al lado, uno mismo en un sillón, pensando en todos esos ratos del día que nos hacen recordar a alguno de esos libros, alguna de esas canciones, al vaso que sostenemos en la mano.