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viernes, mayo 07, 2010

Despierta, mira que es de noche

Te he oído nacer
por vez primera, como a la luz de una pantalla desdibujada por el tiempo.
Me he tomado el trabajo de recogerme, de intentar salvarte,
no,
yo también habría muerto.
Por la noche los temblores de las drogas me suscitan al silencio abierto,
pero nada puede más que la fuerza en las muñecas
y la daga sobre el pecho hirviendo.
Imagíname,
cuando no me ames, imagíname, incapaz de hacerle frente a tantas sombras,
retorcido como vivo en este cuerpo joven que a duras penas puede soportar el golpe
de tantos años de derrota.
Recuerdo que decías "lo andaremos. El camino irá sinuoso y lo andaremos".
Si tan solo tuviera la voz de otra persona, podría ser oído,
nunca me he sentido más pobre que esta noche,
solo en la miseria de mi ser que acampa,
cada vez más lejos.
Las estrellas clarean en un cielo que a la vista se hace inmenso,
plagado de constelaciones que no predicen nada más que otra mala noche
de falsos derroches de alcohol, de viento,
de volverme sobre mi costado para ver las paredes desnudas y tu ausencia.
Discúlpame si he sido torpe, si en mi libertad no existe nada tan valioso
como para comprar el abismo que separa el mar de nuestros lechos de costumbre.
Pero aquí la sombra ya se erige vencedora sobre toda la colina,
los pájaros del día trinan aunque sé no están despiertos, mi aullido quiebra los filamentos de la noche en su melancolía y sé que no me queda mucho tiempo.
Mi piel sigue espasmando para despertar al monstruo que se arrulla sobre mí
y mi ropa está empapada de las lágrimas que mis drogas desintegran;
solamente así, vencido como un ser tullido y repugnante,
me atrevo a clamar mi himno de guerra:
defiéndeme si no es de mí,
perdóname si es lo de menos,
ven si quieres probar cómo se siente,
pero ámame si muero en el intento.

sábado, abril 10, 2010

Sobre empacar

Odio empacar. Lo hace todo tan real. Tan objetivo. Me parece demasiado mundano, vaciar cajones, buscar en las esquinas de un cuarto, mirar debajo de la cama y recordar de pronto los escondites caprichosos donde se perdía nuestra ropa. Algunas esquinas guardan un olor, otras alguna frase que nos dimos el lujo de esculpir con cuidado. En otras todo se me hace anónimo. Y entonces la partida ya no me resulta nostálgica, sino lejana, casi impersonal.

No quiero viajar sin llevar conmigo lo importante. Y de todo lo que llevo, es justamente eso lo que dejo. Preferiría no tomar nada, dejarlo todo aquí. Viajar liviano, libre, como sin saber exactamente a dónde voy o cómo solucionaré la ausencia de las cosas a las que me he acostumbrado demasiado.

Cuando esa sensación me asalta de golpe y de repente me doy cuenta de que del otro lado no estarás, me concentro en el vacío que queda cuando dejamos un lugar desocupado. El anonimato vuelve. Parte de ello me parece espantoso: he borrado en menos de una hora lo que tardé días en construir con mi desorden y mis ganas de repartirte por todos los espacios. Y ahora, al borde de la cama destendida, me sorprende la sensación asfixiante de la angustia. Ya es bastante malo irse. Pero empacar, ¿no es como preparar nuestra propia soga?

martes, marzo 25, 2008

Juramento de la lluvia

Yo tengo un pacto con la lluvia, muchacha: yo me dejo empapar por ella, siempre que aparece salgo vestido de gala para que arruine mis mejores trajes y jamás, por nada de este mundo, cargo conmigo un paraguas. A cambio, tengo la libertad de esperanzarme en una recompensa cualquiera. Y mi única recompensa hoy por hoy puedes ser tú. La lluvia no es benevolente, y eso me reconforta. Me empapa como si el mar me cubriera y se volviera una segunda piel sobre la mía, me hiela desde los nervios hasta el alma, me hace desear estar en casa, me hace desear estar contigo. Y jamás amaina cuando estoy, por ejemplo, esperando por un colectivo, cuando simplemente estoy fuera y por ese pacto no camino bajo los balcones sino en la intemperie, para permitir que me torture de esa manera dulce y enervante que sólo conoce la lluvia, entre sus tantos secretos. No, no es benevolente. Aprovecha toda promesa para obligarte a cumplirla hasta la infinitud. Pero de la benevolencia uno no puede esperar más que piedad, compasión, ayudas que no hacen demasiada diferencia. En cambio de la lluvia, de una lluvia que se niega a darme nada a cambio, sé exactamente qué esperar. Y lo único que yo logro arrancarle con las uñas empapadas por su velo eterno desdoblándose sobre mí, lo único que espero, es la espera misma. Es este vivir ya no soñándote, sino amaneciendo de los sueños para esperar que se me cumplan. Me hago fuerte esperándote porque mis dolores son insoportables pero solo quiero transitarlos, solo quiero estar mientras el tiempo se regocija y saber que tú estarás algún día, que mi esperanza aún la llevo conmigo y todo, pese a todo, con todo, sobre todo lo demás. Te extraño y te seguiré extrañando. Pero si la lluvia aún no ha roto con el eco de mi voz, si mis palabras te han llegado, tal vez algún día podamos pararnos bajo la lluvia y saber que es la misma en cada lado del espejo, del mundo, de estas ciudades que nos son ajenas. Quizás ambos podamos sonreír para sentirnos cerca, cerrar los ojos. Y ahí, al abrirlos, descubrir que estamos juntos, mirando el mar, extrañándonos por gusto, porque nuestras miradas convergen y nuestras manos se han enmarañado en una dulzura infinita que solo conoce aquél que ha aprendido, después de tormentas y marejadas, a esperar.

lunes, mayo 21, 2007

La amigdalitis de Tarzán // Alfredo Bryce Echenique

Este quizás es un libro que se define más bien por lo que no es. No es una historia feliz, pero definitivamente te hace reír, porque la escribe Bryce. Tampoco es un libro para encontrar frases que te llegan al alma, pero empieza con algo tan pertinente como "Diablos... Tener que pensar, ahora, al cabo de tantos, tantísimos años, que en el fondo fuimos mejores por carta". No es tampoco un gran libro y no es, definitivamente, un mal libro. No es el libro que recomendaría de Bryce a absolutamente nadie (Un mundo para Julius, La vida exagerada de Martín Romaña, No me esperen en abril y un par de cuentos se llevan ese laurel, en mi opinión), y no es tampoco un libro que desanimaría a nadie de leer. Este es uno de esos libros que simplemente pasan y dan gusto. Que uno podría incluso llegar a releer o hasta a tomarles algo de cariño, porque no son de esos que se te quedan marcados en la cabeza.

Primero, que quizás sea válido decir que la obra de Bryce es una larga y sucesiva historia de amor. Segundo, que quizás por eso cuando uno lo lee lee más a Bryce Echenique que al libro. Y tercero, que con La amigdalitis de Tarzán pasa exactamente eso: se repiten los personajes (un artista, una única muchacha que es el gran amor de toda una vida), los escenarios (París, Lima, otro montón de ciudades) y hasta las técnicas (aquello de los detalles que componen una relación, una vida, un código que sólo significa algo para y en la historia). Y bueno, como que Bryce se da el gusto de algo que parece gustarle mucho: incursionar en el género epistolar con el mismo estilo con el que lleva la narrativa. Es decir, mostrar que Bryce es Bryce escriba como escriba y escriba sobre lo que escriba, porque sencillamente dice las cosas como quien las cuenta a un amigo.

Pero entonces, ¿por qué este libro? Ah, porque habla de algo que Bryce siempre ha rozado, pero a lo que nunca le había dedicado toda una novela: ese maldito tema de la distancia. Porque debe haber mil novelas sobre ese mismo tema, y mil novelas sobre cartas de amor de dos personas que, ulteriormente y más allá de todos los avatares de la relación, simplemente se extrañan. Pero Bryce es Bryce, y en eso de las cartas de amor hay pocos que digan las cosas de una manera tan pertinente como él. Porque la distancia es algo de nostalgia y algo de tristeza y algo de resignación, y en la prosa de este escritor de eso hay hasta cansarse. O hasta nunca cansarse, mejor dicho.

Y es que La amigdalitis de Tarzán es una historia sobre el desencuentro. Sobre esas relaciones que fallan no porque falte amor, o ganas, o ni siquiera entendimiento. Simple y llanamente que la vida es la vida. Que uno no siempre elige dónde o con quién quiere estar y que el tiempo es una especie de capricho y a veces eso es difícil de aceptar. Y es que hay personas en la vida que pueden tenerlo todo... Todo menos ese "ETA" (Estimated time of arrival) del que tanto habla Bryce en esta novela, de manera absolutamente irónica, pero también absolutamente cierta. Y, lección difícil de aprender, a veces en el oportunismo está la única esperanza de futuro.

Pues este es uno de esos libros que deben caer así, en el momento justo, como para dedicárselos a alguien, como para sentir que uno los entiende; porque de lo contrario probablemente los pasas por alto. Y pues, como no es un libro que uno leería siempre, hay que hacerlo apenas haya oportunidad, porque sólo entonces encuentra uno en él lo mejor que tiene para ofrecernos. Y es que, así como esta novela empieza con una oración que nos advierte desde el vamos de una historia condenada al fracaso, ese fracaso se reivindica por la acción del imposible, de saber sortearlo. Como esas personas que son para siempre porque nos dan lo mejor de sí en el momento en que más lo necesitamos, aunque en el futuro nos terminen doliendo. Y es que pocas veces en la vida uno llega a robarse algo que valga la pena. Y no importa luego el castigo, no importa cómo se vengue la vida. Lo único que importa es que ya nadie podrá quitarnos lo que tomamos.

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Recomendable: Para esos amores que se hacen imposibles y no es culpa de ninguno de los dos. Para el que se dio cuenta que estaba enamorado justo el día antes de que la chica se te vaya para siempre a algún país donde seguro ni hay teléfono. Para el que encuentra una relación que vale la pena en el momento menos oportuno. Para todos los que tienen pésima suerte con eso del ETA.
Se lo regalaría a: La chica con la que siempre fui mejor por carta. La chica con la que siempre seré mejor en persona. La que sabe que le estoy dedicando este libro por razones obvias.
Una curiosidad: Me acabo de dar cuenta que voy tres reseñas al hilo de autores peruanos. La verdad no fue a propósito. A lo mejor estoy extrañando más de lo que pensaba.

Ficha técnica:

Bryce Echenique, Alfredo
La amigdalitis de Tarzán - Alfaguara; 1999
328 p.; 13x21 cm.
ISBN: 8420430765






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"Nunca hubo una pareja que se separara en un aeropuerto con una fe tan grande en el futuro, con tantas ilusiones compartidas y tantos proyectos comunes, como Fernanda y yo. ¿Fue simple buen gusto, simple deseo de que acabara con besos y sonrisas esa semanita que terminó por convertirse en un sueño realmente vivido y compartido? Ahora que muchos de esos intensos deseos pertenecen al pasado, ahora que nada nos salió del todo mal ni tampoco bien, ahora que sólo quedan un montón de cartas de Mía, alguno que otro trozo escrito por mí y también algunas de mis cartas posteriores al robo de Oakland, muchísimo cariño y amistad, y la misma confianza y complicidad de siempre, tal vez lo único que podríamos decir Fernanda y yo es que hay despertares sumamente inesperados y que, incluso, a veces, en nuestro afán de no causarle daño alguno a terceros, terminamos convertidos nosotros en esos terceros. Y bien dañaditos, la verdad."

sábado, mayo 19, 2007

Buenas noches, Buenos Aires

Buenos Aires se parece mucho a la vida. Como no tienes idea. Despiadada, cristalina, falaz. Buenos Aires es una ciudad llena de espinas, pero todas ellas han robado ya sangre y sin embargo no están saciadas. Y es que Buenos Aires es una ciudad que no se cansa. Le he ganado una partida a la vida al conocerte, de eso no me cabe duda. Pero he perdido otra al haberte hecho mía, al intentar poseerte, al dejarme inundar por ti. Al dejarme arañar el alma con tus dedos sin filo, al dejarme arrullar por tu voz que según tú nunca fue muy agraciada y a mí me parece la única música que he oído de verdad en toda mi vida. Yo no sé, pero sólo en esta ciudad aprendí que nunca tuve nada. Y que jamás lo voy a tener tampoco. Pero tú te entregaste libremente, llegaste a este cuarto siempre demasiado pequeño, compartiste tus secretos y las texturas de un vino conmigo, me dejaste secar lágrimas que se cristalizaban en mis dedos, me besaste con el único beso que es imposible arrancar de la memoria y te aseguraste de forzar en mí una promesa de olvido que me va a vivir doliendo para siempre.

Yo también sé a dónde nos lleva la vida, no creas que no. Yo también lo sé, pero a veces es bueno mentirse, sabes. Algunas veces es hermoso fingir que no sabemos que la vida es un verdugo. Es cuestión de sensatez escaparse por la fantasía cuando la vida pretende aplastarnos con el peso de una realidad que no podemos soportar. Y yo no puedo soportar el futuro. Sé que preferiría quererte, y sé que quererte debería ser una sonrisa añadida a esta bitácora que por ahora sólo lleva huellas de la sangre que esta ciudad me hizo derramar. Y tú eres mil sonrisas y mil deslices de alegría; lo eres, lo juro. Pero también he descubierto lo egoísta que es pelear una guerra para morir. He descubierto lo terriblemente cruel que es obligarte a creer que una muerte compartida es una buena forma de terminarlo todo. Pero no, porque las muertes que consisten en un sueño son todas iguales. Y yo te debo mucho más que eso. Te debo el valor para decir adiós cuando tenga que hacerlo. Te lo debo porque decirte adiós es el máximo gesto de amor que puedo ofrecerte. Porque al hacerlo te habré dicho que te amo como absolutamente nadie más lo hará nunca. Y porque te daré una libertad que mereces, una libertad que quiero que tengas. Después yo me encargaré de recoger mis propios pedazos cuando el mar me vea nuevamente y quiera darme la bienvenida y mi casa nunca más sea mi casa.

Quiero imaginarme ese momento porque no quiero que llegue nunca. Por eso todas las noches me despido con la misma consigna; porque tú, actriz de este mundo, debes saber mejor que nadie que cuando un parlamento, cuando una frase es demasiado difícil de pronunciar, es mejor decirla mecánicamente, fríamente, sin afectación alguna. Y para eso hay que repetirla hasta el cansancio. Y por eso seguiré diciéndote la misma frase todas las noches, hasta el hartazgo, soñando con miedo con el momento en que la diga por última vez. Y todas las noches la seguiré sintiendo también. Porque esta mecánica de decirla nunca vencerá lo que tú me haces sentir por esa combinación de sonidos. Tú eres más fuerte que mi deseo de seguridad.

Y me veo entonces parado frente a los azules de esta ciudad absolutamente terrible, idéntica a la vida, rodeado de espejos que tenían otro rostro cuando entré en ella y ahora reflejarán el tuyo para inmortalizarlo en mis pupilas; quiero imaginarme sin una sola lágrima y quiero imaginarme devastado, agotado por una lucha incansable, casi a punto de morir (pero no llegaré a tener mi final ambicioso, no podré morir por ti; y en mi fantasía las heridas son lo más cercano que me queda a la idea del consuelo), pero aún de pie, aún con la sangre en la cara y tu beso atrapado entre mis puños; sin fuerza alguna para decirlo, pero decirlo igual: “buenas noches, Buenos Aires”… No habrá duda de que es mi última noche aquí, luego inclinar la cabeza como el protagonista que pronuncia la última línea del último acto del último día de una obra y sabe que no volverá a pisar un escenario. Dar media vuelta, andar con pasos lentos… Pero el final se me borra y mi esperanza dice que vienes tras de mí; o yo me doy la vuelta y caigo rendido, pero tus brazos me sujetan a tiempo… Pero no. Buenas noches, Buenos Aires; habré dicho, una sola vez; y juntaré los dientes para no volver la vista atrás, para que esta ciudad cierre sus puertas y no tenga que cruzar ese umbral ya nunca.

Y quiero decirlo así porque Buenos Aires sólo me ha dejado dos heridas sin cerrar: el sabor a muerte y tú. Pero algunas veces me siento inundado de un color extraño y entonces amo a esta ciudad. Y la amo con una locura tal que sé que podré sobrevivir mientras tú estés conmigo, mientras me dejes convertir todo lo terrible de esta ciudad en una especie de anécdota y me digas “buenas noches, Buenos Aires” tú también, como quien dice una trivialidad con toda la afectación del mundo; y tus manos vuelvan a cerrar mis párpados, y el final no lo podamos ver, pero en mi garganta se entrecrucen un caudal terrible de gritos que no lleguen a nacer y el sabor de tu primer beso (cigarros, vino, un olor dulcísimo que nunca se me ha ido del alma); y ese sabor se convierta en el sabor de Buenos Aires, y ya nunca recuerde lo que significa haber muerto en esta ciudad, haberte dejado, haberme convertido en un hombre que cumple sus promesas y se ha atrevido a decirle adiós a la única cosa de este mundo que ha sentido suya alguna vez.