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sábado, abril 10, 2010

Sobre empacar

Odio empacar. Lo hace todo tan real. Tan objetivo. Me parece demasiado mundano, vaciar cajones, buscar en las esquinas de un cuarto, mirar debajo de la cama y recordar de pronto los escondites caprichosos donde se perdía nuestra ropa. Algunas esquinas guardan un olor, otras alguna frase que nos dimos el lujo de esculpir con cuidado. En otras todo se me hace anónimo. Y entonces la partida ya no me resulta nostálgica, sino lejana, casi impersonal.

No quiero viajar sin llevar conmigo lo importante. Y de todo lo que llevo, es justamente eso lo que dejo. Preferiría no tomar nada, dejarlo todo aquí. Viajar liviano, libre, como sin saber exactamente a dónde voy o cómo solucionaré la ausencia de las cosas a las que me he acostumbrado demasiado.

Cuando esa sensación me asalta de golpe y de repente me doy cuenta de que del otro lado no estarás, me concentro en el vacío que queda cuando dejamos un lugar desocupado. El anonimato vuelve. Parte de ello me parece espantoso: he borrado en menos de una hora lo que tardé días en construir con mi desorden y mis ganas de repartirte por todos los espacios. Y ahora, al borde de la cama destendida, me sorprende la sensación asfixiante de la angustia. Ya es bastante malo irse. Pero empacar, ¿no es como preparar nuestra propia soga?

lunes, octubre 08, 2007

Génesis

Un hombre que vuelve debe:

hacerse productivo,
rebuscar entre las cosas de su cuarto,
procurar no emborracharse (demasiado seguido)
cambiar su dieta,
memorizar el nombre de las calles (evitar perderse a toda costa),
dormir a horas decentes,
cumplir con la medicación,
llamar a los amigos (organizar encuentros imposibles de cumplir),
abrir una cuenta bancaria,
pasar tiempo con sus mascotas,
besar a una muchacha (de preferencia recién conocida),
evitar caer,
no temerle al fin,
volver a los inicios.

domingo, agosto 05, 2007

Ya en casa

Uno llega a deshacerse de su pasado por capricho, pero retomarlo, eso ya es cuestión de estupidez. Uno puede pretender no estar más cuando el tiempo lo devora, uno puede culparse o analizar situaciones que pudieron ser cambiadas pero sencillamente permanecieron como están, por cobardía, falta de tiempo o falta de algo irreconocible ya, pues el recorrido de lo que jamás pasó siempre conduce al misterio de una interrogante. Ese día, sus ojos cerrados. Ellos han sido mi interrogante por demasiado y ya tan poco tiempo. Ella, una especie de juez terrible que ha acosado mi conciencia, mi vida, mis sentimientos y hasta mis sueños en una ciudad lejana y terrible, a donde quiero llevarla y que ella ni siquiera conoce. Injusto referirme a ello como algo separado del hoy, como una simple consecuencia de un pasado que prefiero no mirar. Injusto porque vamos, yo sé que la culpa sigue siendo mía, aunque algunas veces sea más fácil sonreír y pretender que no hay culpables, que seré yo mismo pronto. Pero no sé si eso es cierto. Sé sólo que la quiero y que quererla es bastante difícil de por sí. Y saberla con alguien que no tendrá seguro los mismos recuerdos que yo, me hace la vida imposible y las noches más solas. Si mis intenciones son lo que son, me da igual ahora. Quererla ha sido algo así como mi última esperanza de sobrevivir a aquello a lo que uno no puede sobrevivir por más que se aferre a la vida con los dientes, por más que se arañen las faldas de cualquier ladera para evitar una caída que conlleva algo hasta peor que la muerte: la caída. Entonces sí que todo esto se me vuelve una especie de mezcla ácida en la garganta, entre ese recuerdo de sus ojos cerrados y mis ganas terribles de besarlos y despertarla para poder despertar también. Pero si sólo fuera eso lo haría. El problema es que quiero despertar a su costado.

Cuando uno juega a algo peligroso, la única manera de asegurar una victoria es no tener nada que perder. Pero al perder algo, uno se vuelve débil, uno se vuelve Aquiles y su talón al mismo tiempo, uno expone el cuerpo, la vida, la existencia y hasta esa esperanza que es lo que lo mantiene a uno a flote. El resto, por supuesto, es simple consecuencia de lo que ocurra o no ocurra luego. Y si yo la pierdo a ella, habré perdido también. Con mi pasado, con ella, conmigo, con el tipo que la tenga; pero de nuevo y sobretodo conmigo, con la ciudad plateada, con la gris, con mis soledades y mis memorias de humo, con estos días que se me hacen puñales en cualquier reloj que vea, con sus ojos cerrados ese día hace ya tanto y tan poco tiempo.

lunes, julio 23, 2007

Farewell and goodnight

Una tarde de verano, pero nublada. Sentado, tras una noche de Kafka, junto a una amiga. Hablamos de la idea de lo fugaz, conversación natural, ya que ella es doctora. Entonces me cuenta esta historia: Años atrás, su primera paciente. Como es aún estudiante, sólo la ve por las mañanas: se trata de una señora anciana, condición delicada, en el límite del desvarío. Pero una mañana entra a su habitación y la encuentra rejuvenecida, lúcida, viva. Mi amiga la anima diciéndole que sus síntomas han mejorado, pero la anciana niega con la cabeza y dice, simplemente, “es que ya me voy a morir”. Mi amiga responde preguntándole por qué dice eso, y la anciana contesta: “¿Nunca lo oíste? Cuando uno se va a morir, recupera la lucidez”. La estudiante, la desanima de la idea y se despide con un cortés “hasta mañana”, parte a sus clases y va a dormir. Pero nunca vuelven a encontrarse. Mi amiga regresa al día siguiente, pero su paciente la ha superado en el diagnóstico.

Luego mi amiga me dice que nunca lo olvidará, no sólo porque fue la primera paciente que perdió, sino también porque se despidió como quien espera ver a esa persona al día siguiente. Que de haberle creído se hubiera despedido de otra forma, habría dicho algo distinto. “Y es curioso”, dice para terminar la historia, “recuerdo perfectamente su cara, pero no recuerdo su nombre”.

Pero en el camino a casa me quedo pensando en esta idea y me pregunto, ¿pero no es acaso mucho mejor así? ¿No es mejor vivir sin saber cuándo tiene uno que despedirse, sin programar los adioses más que para la mera coincidencia? Creo que ella recuerda esa historia porque justamente no pudo despedirse. Recuerda su cara, recuerda esa despedida fugaz, recuerda las palabras que todavía le parecen demasiado ligeras para alguien que tiene que dar la única despedida definitiva. Pero creo que es hermoso que no recuerde su nombre. Creo que es hermoso porque de haberse despedido como ella quería, probablemente no recordaría lo que le dijo, no recordaría su rostro porque hubiera detenido ese momento para memorizarlo, y la memoria siempre olvida, a diferencia de la emoción. Recordaría el nombre, claro, pero habría olvidado a la persona. Y es que, cuando uno se despide de algo a sabiendas de que no volverá, termina por recurrir, inevitablemente, al alivio tremendo que nos significa el olvido. En cambio cuando una despedida es fugaz, el siguiente encuentro no es ya un adiós que reivindicar, sino una conversación que se retoma.

jueves, julio 05, 2007

El viaje de Baldassare // Amin Maalouf

"Cuatro largos meses nos separan todavía del año de la Bestia, y ya la tenemos ahí. Su sombra vela nuestros pechos y las ventanas de nuestras casas". Así empieza esta novela del franco-libanés Amin Maalouf, autor que todavía da vueltas en la lista de los nominados al Nobel y que tiene toda una legión de seguidores entre los cuales se encuentra una ex mía y que seguro me hubiera dejado por él de haberlo conocido. Pero bueno, dejando la remembranza de lado, no fue gracias a ella que conocí a este autor, sino casualmente, en mi primer año de economía en Lima. Había oído hablar de él, pero creo que jamás se me hubiera ocurrido ponerlo en la lista de prioridades si no hubiera sido porque en la clase de lengua nos pasaron una separata y lo primero que leí fueron esas líneas.

Levanté la mano ipso facto para preguntarle al profesor si recomendaba al autor, y el profe se mandó una perorata bastante precisa, ahora que lo pienso bien, pero también bastante poco convincente. Me recomendó Las cruzadas vistas por los árabes, ensayo que era bastante pertinente debido a que acababa de explotar el conflicto Irak-Estados Unidos (los locales primero), y el cual conseguí no me acuerdo bien cómo. Pero ahí quedó la cuestión, porque la no-ficción me gusta eventualmente, y casi siempre cuando ya conozco al autor, pocas veces como carta de presentación.

Pero como el destino a veces es bueno conmigo, un día caminando en librerías Crisol, volteo y ahí estaba un título conocido. "¡Muérome!", exclamé (bueno, no fue tan exagerado, pero sí me emocionó un poquito) y sí... era El viaje de Baldassare, ahí dejado en una góndola que ni siquiera le correspondía. Amo cuando esas cosas me pasan. Puedo ser comprador compulsivo... de hecho, trato de no llevar ni plata ni tarjetas cuando entro a una librería. Pero cuando veo un libro que me suena y se aparece... no sé, en la sección cocina, o se ve que alguien lo iba a comprar pero lo dejó en otro lado, la tentación es demasiada para soportarla.

Igual me lo llevé junto con un libro de Fernando Vallejo que leí primero, y finalmente ahí quedó la novela de Maalouf medio olvidada, hasta que viajé a Buenos Aires y al momento de decidir qué libros me iba a llevar, pues lo eché a la maleta casi sin fijarme. Ah, inconsciente, sabio inconsciente.

El viaje de Baldassare es una de esas novelas que te sorprenden en cada página. La técnica, la prosa, la estructura, todo es endemoniadamente sencillo. Y sin embargo, cada palabra es un golpe de dados, cada situación, cada momento de la novela es un verdadero viaje que no deja de sorprendernos de la manera más estupenda en que se puede sorprender uno. El argumento inicia de la manera más sencilla, pero se difumina conforme avanzamos en la trama (probablemente como cualquier viaje). Es el año 1666, y el mundo se encuentra en una especie de frenesí... Es el año de la bestia, el fin del mundo. Y en esta especie de locura social, el protagonista Baldassare Embriaco parte en busca del libro llamado "El centésimo nombre", el libro que contiene el centésimo nombre de Dios, y acarrea con ello la salvación de su portador frente al inminente Apocalipsis en el año de la Bestia. Sin embargo, Baldassare no parte solo y sus compañeros de viaje no sólo cambiarán rotundamente los destinos y fines del viaje, sino que además lo harán cambiar a él. Aparece la figura del amor en Marta, el amor platónico de Baldassare que súbitamente se une a la empresa; aparece el tema de la fe en su sobrino, fiel creyente de los presagios, que se enfrenta constantemente al excepticismo de su tío; el tema de la extranjería en los diferentes lugares que va recorriendo, la noción de lo que es un hogar, la posibilidad de que, como en ese tan citado poema de Kavafis, a veces Ítaca es el viaje que realizamos antes que la isla que pisamos al final de la jornada.

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Recomendable: Definitivamente para viajes largos. Para cuando no estás seguro de dónde es que queda el norte y dónde queda tu casa. Para cuando te entra la onda fatalista y todo lo que ves son señales y presagios. Si alguien ve esto, la contaminación no nos ha exterminado y no estamos dominados por los marcianos, para el año 2666.
Se lo regalaría a: Cualquier persona que abandona su país, sea por la razón que sea. Debería haber un puestito con este libro al costado de migraciones.
Whisky rebajado: Es que quería dejarles mi parte favorita de la novela, o al menos la que la resume de cuerpo entero, pero me parece que es como contar el final. En vez les dejo un pasaje que de todas formas me fascina (en realidad hay muchos extraordinarios). En fin, cuando lleguen a la parte del 20 de diciembre de 1666, entenderán a qué me refiero.

Ficha técnica:

Maalouf, Amin
El viaje de Baldassare - Alianza Editorial S.A.
(El libro de bolsillo); 2003
448 p.; 11x18 cm.
ISBN: 8420672157






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"En el mar, 9 de noviembre

El mar está permanentemente agitado, y yo permanentemente enfermo. Muchos marineros lo están tanto como yo, si es que esto es un consuelo.

Todas las noches, entre náusea y náusea, rezo para que la naturaleza nos sea más clemente, pero resulta que Domenico me dice que él reza por lo contrario. Sus ruegos, es evidente, son escuchados, y no los míos. Y ahora que me ha explicado sus razones, creo que voy a imitarle.

- Mientras la mar esté encrespada - me dice - estamos a salvo. Pues si los guardacostas nos localizan, no se atreverán a lanzarse en nuestra persecusión. Por eso prefiero navegar en invierno. Así sólo tengo un adversario, el mar, y no es ése el adversario que más temo. Aunque decidiera quedarse con mi vida, no sería tanta la desgracia, porque me haría escapar al suplicio del palo, que me espera el día en que me agarren. Morir en la mar es un destino de hombre, como morir en el combate. Mientras el palo te hace maldecir a la que te ha traído al mundo.

Sus palabras me han reconciliado tanto con la marejada que me he apoyado en la borda, me he colocado de frente para que me salpique el agua y he recogido con la lengua las gotas saladas. Es el sabor de la vida, la cerveza de las tabernas de Londeres y los labios de las mujeres.

Respiro a pleno pulmón y las piernas ya no me flaquean."

lunes, julio 02, 2007

Síndrome del viajero

Irte lejos para que el sentimiento de ahogo no te persiga no siempre funciona. Después de todo, funcionó la última vez. No podías esperar que se repita, tampoco anticipar la derrota. Y no te lamentes, no todas las batallas se ganan.

Quizás porque en estos tiempos, cada vez tienes que irte más lejos para estar lejos. Hace dos noches, el balneario de Pimentel, donde mi madre pasó su infancia. Hoy de nuevo Buenos Aires y su frío desgarrador que vive burlándose de mí. Demasiados kilómetros demasiado pronto. Demasiados aires que no saben igual. Demasiadas voces que se me confunden. No sé qué tengo, pero sé qué es lo que no.

Quizás en este mundo uno se acostumbra a todo. He sido un extranjero los años más importantes de mi vida. Y quizás ya no sé ser otra cosa. Amo mi prisión. Amo ser parte de algo de lo que no soy parte.

Te estás poniendo nostálgico, me grita una cuerda negra tendida sobre mi mesa. La miro tentado, pero rechazo la idea. La vida se ríe y me dice: “no perteneces a nada”. Pero seré yo quien ría luego. Ahora puedo darme el lujo de construir todo desde el comienzo, digo.

Sí, sé que tengo razón. Pero también es cierto que no estoy sonriendo.