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sábado, septiembre 05, 2009

Sanbar

No todos los días ni todos los motivos. No soy sino un pedazo de los recuerdos que no logro conciliar. No el sueño ni el amor ni la sensación de ahogarse bajo el mar,
no la visión.
El instante en el que corres y rozas la arena con tus dedos y tu perro te sigue y el mar calma los aullidos falsos de la tarde.
El amor que se destiende entre las sábanas y tus gemidos y el momento en el que tiemblo bajo el chasquido de tus dientes.
No soy el punto indeciso entre el abismo y la muerte natural.
No estoy triste, no puedo estarlo.
Soy los momentos a los que me debo y van dejándome memorias
que pueden ser la libertad
o su completa renuncia.

lunes, noviembre 10, 2008

Canción en E

La noche se pierde entre susurros y canciones y también nosotros

sabemos el significado de que el mundo no nos halle.

El mar nos recoge y en su rumor descubro las historias que aprendí desde que era un niño y tú

y tus manos

y tus miedos

y tu beso que me dura en los labios

me ayudan a redescubrir el mundo. En ti el mar se vuelve otra vez algo que se redescubre (la magia extraña y pavorosa de ya no sentirse solo).

Y piérdeme si te es posible,

piérdete conmigo.

martes, enero 08, 2008

Verano (Algunos días)

Así comienza el verano, con neblinas dolientes, con un precipicio de arrecifes que cuenta vidas, una playa donde hicimos el amor intentando no hacer ruido, un día que pasa entre la ciudad y el mar, pero el mar ya no es el mar de antes, hay cuentos de calor y hay cuentos para el frío y yo no sé cuál soy, y hay recuerdos y hay fantasmas y hay sombras segando el futuro como la cabeza de un enemigo distraído y estoy yo y están las pesadillas y el ruido del mar me calma como siempre ha hecho, pero ni siquiera su vaivén de arpegios apaga mis gritos por la madrugada cuando me despierto con violencia, sudando una alfaguara gélida, dejándome la vida en intentar retener mi sueño, pero en cambio es de verano y el océano nos regala una visión, pero se lleva consigo los recuerdos.

lunes, julio 02, 2007

Síndrome del viajero

Irte lejos para que el sentimiento de ahogo no te persiga no siempre funciona. Después de todo, funcionó la última vez. No podías esperar que se repita, tampoco anticipar la derrota. Y no te lamentes, no todas las batallas se ganan.

Quizás porque en estos tiempos, cada vez tienes que irte más lejos para estar lejos. Hace dos noches, el balneario de Pimentel, donde mi madre pasó su infancia. Hoy de nuevo Buenos Aires y su frío desgarrador que vive burlándose de mí. Demasiados kilómetros demasiado pronto. Demasiados aires que no saben igual. Demasiadas voces que se me confunden. No sé qué tengo, pero sé qué es lo que no.

Quizás en este mundo uno se acostumbra a todo. He sido un extranjero los años más importantes de mi vida. Y quizás ya no sé ser otra cosa. Amo mi prisión. Amo ser parte de algo de lo que no soy parte.

Te estás poniendo nostálgico, me grita una cuerda negra tendida sobre mi mesa. La miro tentado, pero rechazo la idea. La vida se ríe y me dice: “no perteneces a nada”. Pero seré yo quien ría luego. Ahora puedo darme el lujo de construir todo desde el comienzo, digo.

Sí, sé que tengo razón. Pero también es cierto que no estoy sonriendo.

lunes, mayo 14, 2007

La casa de cartón // Martín Adán

Hoy se cumple una semana desde mi pequeño paseo a Mar del Plata. El sábado pasado estaba sentado frente a la computadora, en uno de esos momentos en que simplemente estás hastiado de todo, que necesitas sentir que alguna visión te da paz. Y lo único que tenía eran ganas de ir a ver el mar. Así que eso hice. Le pregunté a una amiga dónde había mar cerca, me dijo "Mar del Plata". Era todavía de madrugada, pero la verdad no me importó. Agarré mi mochila, metí adentro la cámara, un cuaderno, unos lapiceros y un libro; escogí una casaca abrigadora y me fui con lo que tenía puesto a la estación de buses de Retiro. Ahí tomé la primera línea que encontré a la vista, compré mi boleto y me embarqué a eso de las 7 de la mañana rumbo a una ciudad que nunca había visto en mi vida, sin itinerario alguno más que ver el mar.

Nada de eso fue planeado. Creo que no pensé nada bien, salvo una cosa: ese libro que llevé. No sabía qué se debe llevar a un viaje así, pero no sé por qué La casa de cartón me hizo un guiño y acerté a tomarlo. Pues déjenme contarles una cosa: desde que volví de Mar del Plata (lo cual ocurrió apenas 24 horas después de iniciado el viaje), muchísimas cosas han cambiado en mi vida, en solamente una semana. Y desde luego, tiene que ver con mil cosas que venían pasando desde antes de ese pequeño arrebato de impulsividad. Pero lo cierto es que ahora para mí siempre tendrá que ver con ese pequeño momento en que me detuve a pensar y decidí tomar el libro correcto.

La primera vez que leí La casa de cartón, me fascinó, pero no lo entendí. O al menos lo entendí de una manera distinta a como lo entiendo hoy. La segunda vez lo entendí, pero me faltó sentirlo. Y esta fue la tercera vez y fue perfecto. Quizás porque antes de leer este libro, hay que haber aprendido a leer el mar. Y si bien es cierto es algo que he hecho toda mi vida, jamás nadie que no lo haya intentado podrá entender por qué un viaje improvisado de 5 horas en bus vale la pena sólo por lograr redescubrir un libro que merecía a todas luces ser encontrado. Pero tiene que ver con que, al leer frente a una playa después de tantos meses, con una necesidad tan urgente que no te deja dormir, no te deja ni siquiera respirar; al hacer uno una locura para anclar en un libro como este, uno termina por leer la verdadera historia del mar y encontrar en ella su propia vida.

Este libro es exactamente eso. Es como pararse a ver el mar, pero porque lo necesitamos. Es como estar tan lleno de todo, que tu vista sólo podría tolerar ver el infinito, ver algo que la libere, ver un abismo que parece no terminar nunca. Y en este mundo, sólo el mar es eso. Este libro es un conjunto de olas, cada una alzándose a su tiempo, a su manera, a su altura. Algunas desaparecen tan rápido como aparecieron, otras son sólo tumbos. Pero otras se alzan imponentes, arrastran la corriente y cubren con su espuma el sol, se convierten en la pleamar de una mañana maravillosa, borran las huellas que quedaban en la orilla. Y hay que leerlo así, como quien mira algo que sabe que se va desgastando, no hay que tratar de mirar la totalidad. Hay que mirar cada movimiento, cada onda que se va formando, cada rezago de algo que nos recuerda a nuestra propia vida. Hay que dejar que el mar cante con su propia música y hay que dejarse llevar por las notas. Nada más.

Podría añadir aquello de que es uno de los relatos fundadores del modernismo literario en el Perú, podría decirse también sobre el estilo, y sobre la obra en sí de Martín Adán, claro. Pero la verdad, me parece que eso ya lo han dicho muchos. Y prefiero decir que aunque dudo que vuelva a tener un arrebato nostálgico por el mar pronto, todavía tengo La casa de cartón en mi mochila. Por si acaso.

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Recomendable: En el verano, de todas maneras. En el invierno, frente al mar. Cuando necesitas sacar cosas de tu cabeza en vez de meter más. Cuando quieres ver el mar y no lo tienes cerca.
Se lo regalaría a: Lb. Supongo que le regalaría mil otros libros, pero no podría dejar de regalarle este. Sencillamente porque no se demoraría tanto como yo en entenderlo. Y seguro hasta entendería lo que le trato de decir con él.

Ficha técnica:

Martín Adán
La casa de cartón - Peisa; 1997
109 p.; 14x21 cm. (Biblioteca Peruana)
ISBN: 997240015X






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"Malecón, el último de Barranco yendo a Chorrillos, zigzagueante, marina en relieve tallada a cuchillo, juguete de marinero, tan diferente del malecón de Chorrillos, demasiada luz, horizonte excesivo, cielo obeso en cura de mar. Malecón de Chorrillos, superpanorama, con una cuarta dimensión, de soledad... Y todo el mar varía con los malecones -en éste, viaje de transatlántico; en ése, ruta de Asia; en aquél, la primera enamorada-. Y el mar es un río de Salgari, o una orilla de Loti, o un barco fantástico de Verne, y nunca es el mar glauco, de zonas lívidas, incoloras, con hilos de patillos, pleno de costas mínimas y lejanías flacas. El mar es un alma que tuvimos, que no sabemos dónde está, que apenas recordamos nuestra -un alma que siempre es otra en cada uno de los malecones-. Y el mar nunca es el mar frío y nervudo que nos apretaba, en sus lujurias estivales, la niñez y las vacaciones-. Malecón lleno de perros lobos y niñeras inglesas, mar doméstico, historia de familia, el bisabuelo capitán de fragata o filibustero del mar de las Antillas, millonario y barbudo. Malecón con jardines antiguos de rosales débiles y palmeras enanas y sucias; un fox-terrier ladra al sol; la soledad de los ranchos se asoma a las ventanas a contemplar el mediodía; un obrero sin trabajo, y luz, la luz del mar, húmeda y cálida. Malecón con cuadros de césped seco, la inquietud de la pruimera cita con la muchacha que no amábamos del todo -sobre este malecón hay un cielo diverso, que denota junto al cielo del mar-. Malecón con sólo una hora de quietud: la de las seis de la tarde, los dos cielos gemelos, uno, sin solución de continuidad, los dos con las mismas gaviotas y melancolías."

miércoles, mayo 09, 2007

Primera contemplación del mar

Esa primera visión: ese primer momento, como la primera desnudez, como un atisbo de esperanza, una mirada que nos pierde y nos salva a la vez; esa primera contemplación del mar, la sensación de que volcamos nuestra vista en un barranco que sólo puede conducir al infinito.