Capaz porque uno lee con los sentidos más que con la erudición. Porque el whisky sabe mejor cuando estás con amigos que cuando estás catando. Porque leer no se trata de hurgar en los cimientos, sino de sentir. Porque nadie puede estar a la intemperie mucho rato. Porque de vez en cuando dan ganas de decir algo.
domingo, agosto 01, 2010
Canción de Achim
domingo, marzo 15, 2009
De niño, de noche
Un sábado diferente, de esos que te sacian la sed de vivir algo edificante. La mañana fue tranquila y quizás demasiado apegada a la noción del mundo (trabajar un sábado nunca satisface a nadie demasiado). He estado usando relajantes para tratar la lesión de mi espalda de una maldita vez y resulta que los efectos reguladores del sueño (como era de esperarse) multiplican su efecto en mí. La tarde me la paso cansado, luego nos vamos juntos a dormir a casa un rato. Por la noche, E. me lleva a una fiesta infantil. La hija de una de sus mejores amigas cumple 2 años y yo automáticamente sé que será una fiesta más de esas en las que el que inventa la diversión es uno mismo.
Y no me quejo con eso. La idea era un poco decir que no importa demasiado la circunstancia cuando estás bien acompañado, tienes algo en qué pensar y poco que esperar de todas formas. Es más, quizás un sábado por la noche debería ser algo así como una fiesta infantil, porque en las fiestas a las que uno se acostumbra a ir hay mucho de lo mismo, y casi nada de confrontación. Ver cómo celebra un niño su cumpleaños inmediatamente te hace recordar cómo celebrabas tú los tuyos y descubres que el tiempo ha pasado, lo quiera uno o no.
Estábamos, recapitulando, en Los Olivos, regalo sin envolver en mano (un libro, desde luego), auto estacionado al costado de un enorme hueco de aquellos que las municipalidades suelen abrir más por el gusto de fastidiar que para arreglar algo en verdad y luego de las presentaciones respectivas y de tararear un par de canciones que no conocemos, observo que la animadora infantil comienza con la maldita segregación de géneros que hace de mi país un lugar tan machista: "¿quiénes son mejores, los niños o las niñas?". Bien, mientras detrás de ella una suerte de Cenicienta, una Blancanieves y otra princesa que no tengo idea de qué cuento salió, bailan una coreografía de lo más inusual y divertida.
Aquí es donde hago un alto. No voy tanto con la intención de marcar sarcasmo (sé que es dudoso para los que me conocen, pero en fin), sino más bien con las ganas de crear ambiente. E. y yo terminamos no tengo idea de cómo arreglando pulseritas psicodélicas de esas que brillan en la oscuridad para que pasen luego a regalarlas. La piñata es una masacre de niños (E. me dice "te apuesto a que alguien va a llorar" y efectivamente, lo predijo o lo provocó), y luego viene el reparto de la torta y la sorpresa. E. quiere la suya, desde luego, y resulta que el regalo es una de esas pelotas aromatizadas que no veía desde que mi abuela me regaló una hace ya varios años. En ese entonces tenía cinco o seis años y probablemente me hubiera sentido mucho más cercano a ese mundo recreado que a mis observaciones buenamente irónicas.
La cosa tuvo su giro en la trama: después de jugar a no dejar que el globo caiga al piso con unos niños (así, sin proponerlo ellos ni nosotros, muda, inferidamente, como solo pueden jugar los chicos), E. y yo terminamos jugando en la calle algo así como una mezcla de voley, fútbol, mata gente y a ver quién hace el ridículo de la forma más graciosa, mientras al lado la fiesta seguía (los niños retirados, la cerveza reemplazando a los párbulos). Jugamos un rato largo. Y entonces recordé. Recordé lo bueno que es poder sentirse un niño algunas veces. Lo bueno que es no haberlo olvidado. Recordé particularmente un día que estaba sentado en el asiento trasero del auto, mirando por la ventana. Estaba en 6to, así que tendría unos 10 o 9 años. Recuerdo claramente haberme dado cuenta que parte de mí ya no quería sentirse como un niño. Recuerdo haber llorado en silencio y haber dicho "Dios, no dejes nunca que me olvide". Lo cierto es que hoy en día ya no creo en Dios y definitivamente he olvidado muchas cosas. Sin embargo, la lección que me he llevado de esta fiesta ha sido enorme, casi para tatuársela en el cuerpo: y es que en realidad, este mundo del arte, de la literatura, de todo lo que hacemos para fantasear y parafrasear alrededor de nuestra humanidad, no es sino justamente eso, un juego de niños en el que las reglas son tácitas, están implícitas en el solo hecho de jugar. Como si el hecho de que un globo pueda o no tocar el piso resultara muchísimo más trascendente que la caída en las acciones de un banco.
Y lo sorprendente es que, de alguna manera, esa lógica es quizás muchísimo más sensata que la de los señores corredores. Y si no, al menos puedo jurar que se ve considerablemente más sensata cuando es uno el que juega con el globo.
domingo, agosto 31, 2008
Tengo fe en el septiembre que vendrá
Y es que verán, yo tengo fe en el septiembre que vendrá. Quizás todos los meses sean enemigos. Pero agosto es especialmente despiadado y septiembre es el mes que toda mi vida me ha prometido cobijo y nunca me lo ha dado. Septiembre es el mes que vive dándome la espalda cuando más lo necesito. Pero yo tengo fe. Porque aunque uno pueda estar golpeado, destruido o incluso derrotado, a veces la vida consiste en mirar el siguiente mes como el refugio que no es, de aceptar sus cosas malas y vivirlo con fe, aunque sea una falsa ilusión. Hay mentiras que sencillamente son demasiado hermosas como para no creerlas aunque sea unos momentos.
Y así como en agosto uno tiene el reto terrible de buscar cómo sobrevivirlo, y así como, mirando al cielo de esta ciudad eternamente gris, descubro que todas las cosas que espero, las que me duelen y las que no, son sencillamente ese milagro; yo siempre tendré fe en septiembre, en ese mes que nunca dejará de traicionarme. Y es que, así como agosto siempre será cruel y siempre estará rodeado de fantasmas, septiembre es ese ratito de la vida en que todo puede salir mal, pero uno descubre que las cosas pasan demasiado rápido como para no arrancarles el milagro que encierran. Y que el tiempo pasa, aunque las huellas queden. El tiempo siempre, por mucho que nos duela o reconforte, se consume junto con nuestras vidas. Y en septiembre, después de haber padecido un mes entero de caídas, tenemos la promesa tácita de que esas huellas se conviertan en lo más fuerte de nosotros. Y, si tenemos fe, de ser nosotros mismos esas huellas.
domingo, septiembre 23, 2007
Sedición del tiempo
Pero yo insisto en llamar a mi novia, en escuchar a mis amigos, conversar con mi jefe, pasar tiempo con mis padres. Y eso que algunos llaman ser buen tipo no es más que un intento desesperado de llevarme su tiempo y sumarlo al mío, recordar lo que se sentía no usar reloj, qué sé yo, ser solamente un niño.
lunes, julio 23, 2007
Farewell and goodnight
Pero en el camino a casa me quedo pensando en esta idea y me pregunto, ¿pero no es acaso mucho mejor así? ¿No es mejor vivir sin saber cuándo tiene uno que despedirse, sin programar los adioses más que para la mera coincidencia? Creo que ella recuerda esa historia porque justamente no pudo despedirse. Recuerda su cara, recuerda esa despedida fugaz, recuerda las palabras que todavía le parecen demasiado ligeras para alguien que tiene que dar la única despedida definitiva. Pero creo que es hermoso que no recuerde su nombre. Creo que es hermoso porque de haberse despedido como ella quería, probablemente no recordaría lo que le dijo, no recordaría su rostro porque hubiera detenido ese momento para memorizarlo, y la memoria siempre olvida, a diferencia de la emoción. Recordaría el nombre, claro, pero habría olvidado a la persona. Y es que, cuando uno se despide de algo a sabiendas de que no volverá, termina por recurrir, inevitablemente, al alivio tremendo que nos significa el olvido. En cambio cuando una despedida es fugaz, el siguiente encuentro no es ya un adiós que reivindicar, sino una conversación que se retoma.
domingo, julio 15, 2007
Porque no puedo cambiarlo
Yo sé. Siempre lo he pensado. Vivir en el pasado es fútil. Cambiarlo imposible. Pero si me dieras la oportunidad, juro que lo haría todo distinto. Probaría cualquier otra cosa menos esa maldita manía de decir las cosas a la mitad para tener siempre a mano la puerta de escape. Te demostraría que nunca mentí concediéndote el único lujo que no podía darme en ese momento: la verdad. Y no porque no te la merecieras, no porque no te la quisiera dar. Simplemente que sacrificarme me hubiera destruido. Pero también eso te lo hubiera contado. Te hubiera explicado paso por paso qué es lo que me llevó a estar allí, qué me motivó a empezar a decir las cosas y luego recular cuando ya era demasiado tarde. Te hubiera pedido perdón como sé que hubieras entendido. Me hubiera quedado callado cuando el silencio era la respuesta justa. Te hubiera dicho lo que querías oír y no para satisfacerte, sino para que los dos pudiéramos coincidir en la maravilla esquiva de que yo sintiera lo que tú esperabas.
Capaz hubiera reescrito la historia cien, mil, un millón de veces, todas las veces que fueran necesarias para que te dieras cuenta que no era una mentira, que nada de esto lo es. Pero así es la vida, ¿no? Ni tú me perdonarás ni la vida me dará otra oportunidad. Y yo, yo que si algo he tenido de sobra siempre han sido palabras, no encontré las palabras justas para ti. Hoy las tengo y las puedo convertir en mil historias que no son más que la misma historia. Y ahora ya lo sabes y no te basta.
Tampoco sabrás nunca cuánto me duele. En un par de días, lo he perdido todo. Aquello en lo que mi mundo de cristal se alzaba, se ha derrumbado sobre mí, me ha cubierto en escombros. Y yo sigo pensando en escribir la misma historia que sigues siendo tú. Me voy a alzar porque no puedo permitirme la derrota. Voy a ganar porque me conoces y sabes que así soy yo. Pero mientras mi mundo está hecho pedazos, puedo darme el lujo endiabladamente raro de disfrutar del caos más absoluto. Y sin embargo, ya ves que con toda la libertad que eso significa, mi único afán, la única cosa por la que cambiaría todo el tiempo, sería para decirte ese par de palabras que me faltaron en el momento en que más las necesité.
jueves, mayo 24, 2007
Fragmentos de nosotros
Ayer yo mismo, en la mañana un amigo, por la noche mi hermana, luego otra amiga más. Tema recurrente este de las parejas pasadas, eso de las personas que alguna vez estuvieron, pero que luego se vuelven fantasmas que aparecen y desaparecen en nuestras relaciones presentes según un capricho y algunas voluntades que nos son difíciles de leer. Yo supongo y pienso que la amistad con una persona a la que hemos dejado rebasar el límite de la intimidad es imposible. Siempre puede uno llevarse bien, tener una relación agradable o hasta de sincera confianza. ¿Pero amistad? Ya no creo que se le llame así. Al menos no sólo así.
Quizás más que esa trivialidad de cómo debería denominarse o no la relación, sería más inteligente pensar en por qué nos preocupa tanto. No me refiero a nuestro propio pasado, sino al de la otra persona. Empezamos a salir con alguien e instantáneamente sentimos curiosidad por saber de su vida pasada, de lo que hizo, de lo que no hizo, de las cosas que vivieron antes de que las conociéramos, en un mundo y un espacio que nos es imposible llenar más que con sus historias y los recuerdos que nos comparten. Y siempre hay una especie de fascinación hasta morbosa por eso de los así llamados “ex”. Puede incluso llegar a molestarnos, a provocarnos una especie de disgusto por ese recuerdo ajeno. Pero queremos saber. Indagamos de todas maneras.
Una amiga sugiere que se trata de simple masoquismo. Pero no sé si estoy de acuerdo. Quizás es simplemente que a una pareja uno le comparte una parte de su vida, de su todo; más allá de qué tan profundo sea el sentimiento, las personas con las que hemos llegado a ese grado de intimidad simplemente nos poseen por un momento, se llevan parte de nosotros. Y cuando uno conoce a otra persona y quiere aprender de su pasado, tiene por fuerza que buscar las piezas que no encuentra, como un cazador. Pero esas piezas ahora le pertenecen a otro. No sé si sea posible robarlas de vuelta y devolverlas a su lugar, o si en todo caso se trata de una búsqueda estricta de conocimiento. Lo cierto es que conforme uno crece, parte de uno queda con las personas de nuestra vida. Esas personas que pertenecen al pasado son nuestro pasado. Verlos es como reflejar miles de momentos y miles de cosas que fuimos y que se han perdido, y sólo perduran y permanecen en la existencia de esa persona que se cruza de vez en cuando. Cuando ya no nos reconocemos en esa persona, cuando descubrimos que somos muy distintos, su irrupción es terriblemente dura, porque es como un anacronismo que no podemos soportar del todo. Otras veces nos es más leve, podemos incluso convivir con esas personas, porque estamos en paz con lo que hicimos. Y cuando nosotros queremos conocer por completo a otra persona, amarla, volvernos parte de ella, tenemos que buscar las piezas faltantes en los osados exploradores que estuvieron antes y dejaron allí su bandera. No porque el objeto de nuestro deseo quiera o no darnos esas piezas. Sencillamente que ya hace mucho no le pertenecen.
Esos “ex” no son, finalmente, sino una forma de recordarnos lo poco dueños que somos de nosotros mismos.
miércoles, abril 04, 2007
Los años, los meses, los espectros
Tal vez odio mis cumpleaños porque llevo una racha terrible de sucesos desde hace muchos años. Paradoja al respecto: este año todos mis amigos escribieron para saludarme un día después. Por un momento se me ocurre pensar que conforme voy envejeciendo, mi imagen se hace más confusa para los que están lejos, y ya ni siquiera están seguros de que yo sea una persona, de que haya sido real. Luego esa idea se hace todavía más fuerte: qué si yo soy el único que todavía se acuerda del antes, de los ratos que he atesorado como los momentos más felices de mi vida, los mismos momentos que compartí con ellos. Qué si yo soy el único tan nostálgico, tan loco y tan absolutamente anticuado que todavía vive en los rezagos de un tiempo que fue y murió con todos los demás tiempos (tanto ha cambiado mi país, tanto ha cambiado el mundo y seguirá cambiando) y mientras todos ellos crecen y el olvido los ayuda a sobrevivir a esa constante transformación, yo me he convertido en un fantasma de los tiempos que amé y no pude retener conmigo. Entonces ellos me deben ver con lástima, mientras yo me ufano inútilmente por intentar que todo sea como antes.
El fin que me espera puede ser terrible o hermoso, dependiendo de si me doy cuenta o si muero en mi ilusión. Pero si ellos han olvidado mi cumpleaños, quizás terminen por olvidarme también, pues soy solo un eco de algo que debe, necesita ser dejado atrás. Termino pensando que no me da miedo envejecer, pero un escalofrío me recorre la espalda cada vez que pienso que me estoy haciendo viejo.