jueves, abril 26, 2007

Sobre esos días

Pero hay días en que uno no se imagina estando donde está. Escucho una canción que dice que hay días en que valdría más no salir de la cama. Pero este no es uno de esos días. Este es un día para jugar billar, pero no hay con quién. Y hay días en que uno quiere llorar y se muerde los labios. Pero no, este no es uno de esos días tampoco. Y hay días para salir a correr sólo por darse el gusto; o gritar en plena madrugada, sin que a uno le importe nada. Pero este no es uno de esos días. Hay días para tomar whisky aunque uno esté solo. Para salir a pasear, para extrañar. Días en que se extraña el mar. Y este no es uno de esos días. Porque hay días que quisiera dedicarte, días que yo mismo dedico a querer hacerte feliz. Hay días en que me pregunto por qué no te tengo, hay días en que lo entiendo y hay días en que no quiero entender nada. Y este no es uno de esos días. Hay días en que te quiero tanto que me duele. Hay días en que escogería odiarte. Hay días en que llueve cuando uno quiere escaparse de todos lados. Hay días que parecen llevar impreso tu nombre y hay días demasiado horribles o demasiado bellos. Y este no es ninguno de esos. Hay días en que quisiera decirte lo que tengo que decirte, hay días que no son para decir nada; hay días en que definitivamente descubro que lo mejor es dejar correr las horas, que el día se termine, que la sensación de que este es uno de esos días se vaya.

Sé que si logro dormir mañana despertaré y ya todo habrá cambiado. Pero ella duerme con las cosas que me salvan de un día como este y nunca como hoy mis sábanas han sido tan frías.

sábado, abril 07, 2007

No me esperen en abril // Alfredo Bryce Echenique

Hay algunos libros, muy pocos en la vida de un lector, que se terminan convirtiendo en libros recurrentes y uno nunca llega a enterarse de por qué. Eso es lo que me pasa a mí con este libro, y por eso reseñarlo puede resultar algo peligroso. Pero vale la pena, creo, porque de cualquier forma este libro ya nunca será "mi" libro, debido a una horrible (en lo personal), pero reveladora circunstancia: un día, hace ya algunos años, mandaron a leer No me esperen en abril en el curso de literatura de mi colegio. Y extrañamente, a la mayoría de mi promoción le gustó, lo cual me pareció sumamente extraño por sus muchas referencias históricas (yo lo había leído un par de años antes, pues estaba en la biblioteca de mi madre, vaya uno a saber por qué). Pero entonces se me reveló el misterio cuando una de las personas de mi promoción me dijo que sólo había leído las partes del romance entre Manongo y Tere, los protagonistas, y se había saltado lo demás.

Ciertamente, es un libro que puede a primera instancia interpretarse como un libro adolescente. Pero si alguno de ustedes ha leído antes un libro de Bryce, se dará cuenta de inmediato que dista mucho de eso. O que, en todo caso, todos los libros de Bryce tienen ese olor a juventud, y que siempre es más por nostalgia que por ingenuidad. No me esperen en abril no es sólo un libro sobre el amor o la amistad, sino sobre el tiempo. Por eso el título es tan sugerente (personalmente es mi título favorito entre las obras de Bryce) al respecto, y por eso la novela es tan voluminosa: es la historia de toda una vida, la vida de Manongo Sterne Tovar y de Teresa, un adolescente distraído de la alta clase limeña, cuya historia nos empieza en los años 50 de Nat King Cole, San Isidro y el Hotel Country, y que termina (si se le puede poner un final), en algo así como la actualidad. Su vida es solitaria y eso que se dice "incomprendida" cuando un suceso de lo más trivial termina por marcar su reputación y finaliza en su expulsión del colegio. Pero es entonces que su vida da un giro: conoce a un grupo de amigos y, en una fiesta, a quien será luego el gran amor de su vida, la joven Tere Mancini. Allí es donde la novela empieza a desarrollarse como una larga y delicada carta de amor, como el ejemplo de un amor inquebrantable y delicioso, inocente y lleno de experiencia, porque tanto Manongo como Tere son personas que van más allá de lo meramente humano para confesarse su amor: se aman y toman todo lo que les rodea como parte de su relación.

Pero como toda carta de amor, sobretodo en una novela de Bryce, hay un factor condicionante que lo cambia todo: el tiempo. Y la novela continúa desenvolviéndose, contándonos sucesos de aquí y allá en el Perú de ese entonces, haciendo un larguísimo y a veces extremadamente pertinente recorrido por algunos de los sucesos más importantes con ese humor que sólo Bryce en su estilo absolutamente único saber hilvanar; y en estos sucesos se ven envueltos nuestros personajes, cuyo amor a primera vista hermoso y apasionado, termina volviéndose frágil frente a la inexpugnabilidad de una vida que lo contempla todo desde la frialdad del designio, un reloj que marca los meses y los obliga a pasar las páginas muy antes de lo que deberían o quisieran. Así la opción de crecer aparece frente a ellos sin que la hayan buscado, pero Manongo Sterne no busca crecer u olvidar toda la felicidad que vive como adolescente, sino que piensa cargar consigo esa época, a sus amigos de entonces y sus amores y fantasmas. Manongo busca, con toda su fuerza y todos los logros de su vida, recuperar aquello que el tiempo, que la realidad se llevaron y no lo han dejado volver a ver. ¿Pero es su vida una ensoñación sin sentido? ¿O es que los demás no pueden ver lo que él ha descubierto en sus constantes desvaríos?

Extraordinario ensayo sobre la soledad y la nostalgia, sobre el pasado y los recorridos de la vida en sí, esta novela es una obra absolutamente esencial para todos los que, como Manongo, las emociones no nos son rasgos ailsados que uno se da el lujo de seleccionar, sino justamente una integridad que está llena de sabores diferentes que sólo uno (o dos si tenemos suerte), podemos descifrar de manera correcta.

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Recomendable: Ni idea. Capaz cuando estás enamorado y quieres torturarte. Definitivamente cuando estás nostálgico. No todo el tiempo, porque no lo terminas. Cuando estás harto del siglo XXI.

Ficha técnica:

Bryce Echenique, Alfredo
No me esperen en abril - Anagrama; 1995.
611 p.; 14x22 cm. (Panorama de narrativas)
ISBN: 8433909886






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"Y tú encantada de la vida. O sea que yo no pude ir a buscarte. Ni te busqué en otra mujer ni nada. Ni siquiera te molesté. Lo que hice fue meterme en mi mundo para poderte esperar siempre ahí y fingir que la vida cotidiana también me era posible. Encontré toda una vida de sedantes en mis amigos y me reía y los hice reír y canté y me emborraché y trabajé y empecé a eso que se dice triunfar y bailé (pésimo siempre) y narices respingadas hubo, por decirlo de alguna manera, y algunas cruelmente mejor respingadas que las tuyas pero bastaba siempre con acercarme bien para que nadie fuera como tú eres así. Y mi esperanza fue por dentro. Sigue yendo por dentro. Y a veces se ríe o se burla de mí cuando en la vida cotidiana hasta parece que fuera un canalla, unas veces; un cretino, otras, o aquel muchacho que empezó desde cero por eso de que, cuando iluminé un MG rojo, faltaban pocos meses para terminar el colegio y el baile de promoción era sagrado y cada uno debía asistir con la chica más maravillosa de su vida."

miércoles, abril 04, 2007

Los años, los meses, los espectros

Hace unos días, el día de mi cumpleaños, uno más. Pues sí, como no soy de esos que les gusta celebrar, termino siempre por pensar de más en un día que preferiría fuera uno más que sumar a la cuenta de tiempo muerto. Pero en ese día, ese día en que uno se pone a hacer matemáticas para descubrir todo lo que ha pasado por su vida hasta ese momento; ése es el día en que uno está obligado a mirarse las manos y leer su historia allí. Es el día en el que estamos obligados a contar el tiempo y pagar nuestro diezmo correspondiente a la vida que hemos llevado.

Tal vez odio mis cumpleaños porque llevo una racha terrible de sucesos desde hace muchos años. Paradoja al respecto: este año todos mis amigos escribieron para saludarme un día después. Por un momento se me ocurre pensar que conforme voy envejeciendo, mi imagen se hace más confusa para los que están lejos, y ya ni siquiera están seguros de que yo sea una persona, de que haya sido real. Luego esa idea se hace todavía más fuerte: qué si yo soy el único que todavía se acuerda del antes, de los ratos que he atesorado como los momentos más felices de mi vida, los mismos momentos que compartí con ellos. Qué si yo soy el único tan nostálgico, tan loco y tan absolutamente anticuado que todavía vive en los rezagos de un tiempo que fue y murió con todos los demás tiempos (tanto ha cambiado mi país, tanto ha cambiado el mundo y seguirá cambiando) y mientras todos ellos crecen y el olvido los ayuda a sobrevivir a esa constante transformación, yo me he convertido en un fantasma de los tiempos que amé y no pude retener conmigo. Entonces ellos me deben ver con lástima, mientras yo me ufano inútilmente por intentar que todo sea como antes.

El fin que me espera puede ser terrible o hermoso, dependiendo de si me doy cuenta o si muero en mi ilusión. Pero si ellos han olvidado mi cumpleaños, quizás terminen por olvidarme también, pues soy solo un eco de algo que debe, necesita ser dejado atrás. Termino pensando que no me da miedo envejecer, pero un escalofrío me recorre la espalda cada vez que pienso que me estoy haciendo viejo.

jueves, marzo 29, 2007

La dama del perrito // Anton Chejov

El realismo... ese movimiento maravilloso del cual aparecieron algunos de los autores más importantes de la literatura universal. Bien, sólo por nombrar un par (y sólo por fastidiar un poco), podríamos recordar a Flaubert y sus increíbles técnicas literarias; un autor que no sólo inventó la simultaneidad para la literatura, sino que abrió un campo de posibilidades infinitas para todos los que vinieron después. Pero también podríamos traer a alguien mucho más discreto (al menos en apariencia) y probablemente igual de genial. Se trata de Anton Chejov, ese infatigable autor ruso que publicaría tantas obras de teatro y tantos relatos célebres.

"La dama del perrito" narra el amor de dos personas aparentemente diferentes, y que sin embargo encuentran el único reflejo de ellos mismos en el otro. Por un lado está el maduro y serio Dmitri Dmítrievich Gúrov, hombre de pocos amigos, muchos romances y harto del sosiego y la monotonía, cuya única ambición al inicio de este cuento es, justamente, deshacerse del tedio que parece acosarlo en todas sus acciones. Por otro lado la frágil y todavía ingenua Anna Serguéyevna, uno de los personajes femeninos más memorables de la literatura universal. Lo más hermoso de Anna no es su melancolía, o esos arrebatos inesperados de lágrimas que, ciertamente son conmovedores (está esa escena particularmente memorable en que Anna declara "Nunca he sido feliz, ahora soy desgraciada y nunca, nunca seré feliz, ¡nunca!). No. Lo más hermoso de Anna es su cotidianidad, su sosiego que tranquilamente podría pasar por melancolía. Anna Serguéyevna es el modelo de una mujer cuyas lágrimas son producto de su aburrimiento, pero cuya sonrisa la define como un milagro. Sus eternos ojos grises, su cotidianidad, todo ello es justamente el núcleo de un amor que golpea a cualquiera, porque esta no es una novela sobre seres que afrontan una tormenta invencible, sino una novela de dos seres humanos que sufren, se enamoran y son incapaces de franquear las debilidades sencillas pero inquebrantables de la sociedad humana. Es un amor real en todo el sentido de la palabra, porque ni Gúrov ni Anna pueden ya vivir el uno sin el otro, y para ellos la realidad ha cambiado completamente, aunque ello no les haga la vida más fácil.

Este es un cuento especialmente recomendable no sólo por el extraordinario talento narrativo de Chéjov, que, como él decía, no es el tío que se sienta en la mesa a contar un relato fantástico, sino aquél amigo al que empezamos oyendo por compasión y en el que terminamos identificándonos como humanos. Este cuento vale la pena por esa terrible sensación de fragilidad que esos personajes nos transmiten, y porque esa fragilidad también la compartimos. Después de todo, no somos más que esos seres frágiles, fugaces, que buscan en otros lo que de ninguna manera puede lograr uno solo: saber que, aunque el tiempo aceche en cada esquina, quizás en nuestra capacidad de dejar un rezago de nosotros en otra persona se encuentra uno de los ingredientes de nuestra verdadera fortaleza.

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Recomendable: Como todo lo realista, cuando uno está harto de desvariar.

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"En Oreanda se sentaron en un banco, no lejos de la iglesia, y estuvieron mirando abajo, al mar, en silencio. A través de la niebla del amanecer, Yalta casi no se veía, en las cumbres de las montañas se mantenían inmóviles las nubes blancas. Las hojas no se movían en los árboles, chirriaban las cigarras, y el monótono y sordo rumor del mar, que llegaba desde abajo, les hablaba de paz, del sueño eterno que nos espera.
Así sonaba el mar allí abajo, cuando aún no estaban aquí ni Yalta, ni Oreanda, así seguía ahora el rumor y así seguiría, igual de indiferente y sordo, cuando no estuviéramos. Y en esta inmutabilidad, en la completa indiferencia hacia la vida y la muerte de cada uno de nosotros se esconde, quizá, el secreto de nuestra salvación eterna, del ininterrumpido movimiento dela vida en la tierra, del constante perfeccionamiento."

viernes, marzo 23, 2007

Canción imposible

No hay canción. Contigo no hay canción posible. Es decir, ni lo uno ni lo otro. Ni la canción que suene a melodía ni posibilidad de que eso cambie. En el fondo simplemente pasa por decir algo que más bien he enmudecido: que contigo fui feliz y el resto ya es esa canción que no existirá nunca.

Todo hombre avezado busca su tormenta. Todo aquél que pretende el heroísmo es alguna vez un náufrago. Y buscan tantos sueños locos y buscan amores que golpeen como un rayo feroz y aplastante, como un giro de espada sobre un cuello desnudo y entregado. Y buscan mujeres convertidas en fantasmas y las capturan en vitrinas para sentirse orgullosos. Pero no saben que jamás las poseerán completamente; que el fantasma, intangible como es, no puede ser detenido por un muro.

Y yo era como ellos. Basta con mirar esas canciones que sí fueron. La mujer que desbocaba mi cordura, el ángel que ofreció salvarme, la muchacha que sólo contemplé desde el silencio de unos pocos ratos. Nacieron desde la miseria de mi nombre, de mi incapacidad de hallarles, de mis ansias de contemplar lo que es inexpugnable.

Pero ese no es más mi sueño. En el fondo, jamás lo fue. Hoy entiendo que el imposible es justamente eso. Y lo es para que aprendamos sólo del andar a él o con él, o para él, o no aprendamos nada si ese es su capricho. Pero finalmente, eso es lo de menos. En ti no busqué nada, pero he encontrado; en ti no necesité canción porque tus palabras echaron velo en el silencio; a ti pude quererte porque no había nada más que hacer contigo. Y en ti existe aquello que ningún fantasma tendrá nunca: un don cotidiano, una sonrisa que no golpea pero llena, una mirada que me cautiva sin llegar al miedo, una voz que sabe conducirme a reír de un mundo que también rió a costa mía.

jueves, febrero 08, 2007

El viejo y el mar // Ernest Hemingway

Lo que me gusta de Hemingway es que para él todo es una lucha continua contra la naturaleza. Y lo que me fascina de él es que esa lucha se lleva a cabo en el terreno no de lo metafísico o lo espiritual, sino de lo estrictamente técnico, del conocimiento pequeño que el hombre ha dominado de manera casi primitiva. Y en eso, definitivamente El viejo y el mar es un paradigma no sólo de su obra, sino de la literatura universal.

Esta novela no es la historia de una guerra pre-fabricada. Es la historia de un pescador que va armado sin saber que está armado, porque para él la idea de la guerra contra el mar es la de algo tan natural como comer. No se trata de exigirse lo que no puede alcanzar, sino justamente de hacer lo que sabe hacer. El quiebre está en todo caso, en que este pescador se atreve a hacer lo que nunca antes hizo: adentrarse en aguas más profundas. ¿La recompensa? Bueno, habría que empezar por preguntarse si se le puede llamar así. Y la respuesta ha de ser aquello que más nos conmueva de esta novela absolutamente brillante.

La trama es bastante conocida: Santiago, un pescador artesanal (casi diríase arcaico), parte en su día 85 de temporada sin pesca hacia aguas que jamás había navegado, equipado con unos metros de cordel, un arpón, anzuelos y un pequeño cuchillo. En su mente oscilan los recuerdos de una orilla donde duermen los leones, su amor por el béisbol y su jugador favorito, Joe Di Maggio. Navega en esas aguas intranquilas, infestadas de tiburones hasta que se encuentra cara a cara con el reto: el pez más grande que ha visto nunca en su vida.

Pero ese pez no es sólo un actor externo al que hacer frente. No se trata de una cacería común. Ese pez es su reflejo, es con él mismo con quien Santiago tiene que luchar. Pero no de la manera en que lo hace el ser atormentado que se duela o se quiebra interiormente. Simplemente que la lucha lo refleja. Afuera las leyes las dicta el océano, debajo el pez lucha con tanta pasión como él mismo, pero, solo como está, Santiago no se deja llevar por la introspección, no pretende hallar el significado de su búsqueda, ni siquiera se pregunta si puede haber un significado. Santiago simplemente hace lo que sabe hacer mejor.

Allí radica lo emocionante y terriblemente desgarrador de esta lucha: no se trata de una pelea que se libra con el espíritu, o al menos no sólo con el espíritu. Es una lucha de los hechos, del conocimiento del cordel, de los anzuelos, de guardar las fuerzas para que las manos ensangrentadas puedan sostener el arpón cuando sea hora de dar esa estocada final. Esta es una guerra en la que los movimientos del pescador hablan por el personaje. Esta es una lucha donde la derrota no tiene lugar porque la lucha engrandece a quien la libra; esta es una lucha demasiado grande porque el mar es cruel para un pescador artesanal solo en su pequeña barca, tratando de remolcar a un pez en aguas infestadas de tiburones. Pero, justamente, esta no es la historia de una lucha que se conmemora con una leyenda. Esta es sólo la historia de una guerra que llega a ser librada aunque la recompensa se la lleve ese océano inexpugnable y la historia se hunda con los restos, lejos, hasta el fondo del mar.

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Recomendable: Para los momentos de lucha. Para cuando se tiene que decidir si se sale al mar o no. Cuando uno cree que está a punto de ser destruido. En una guerra cualquiera, en el momento que se te ocurra. Cuando estás perdiendo. Cuando estás ganando.

Ficha Técnica:

Hemingway, Ernest
El viejo y el mar - Debolsillo.
160 p. ; 19x13 cm.- (Contemporánea)







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"Era demasiado bueno para durar, pensó. Ahora pienso que ojalá hubiera sido un sueño y que jamás hubiera pescado el pez y que me hallara solo en la cama sobre los periódicos.

- Pero el hombre no está hecho para la derrota -dijo-. Un hombre puede ser destruido, pero no derrotado."

viernes, febrero 02, 2007

Victoria o desolación

Entonces mi amiga me dijo: "Pero uno no siempre obtiene lo que quiere. Es más fácil obtener lo que uno dice que quiere en todo caso."

Debe haber algo de verdad en eso. Supongo, siempre he pensado, que todos queremos lo que no podemos tener. Que parte de la naturaleza humana es perseguir aquello que nos es esquivo porque aunque no sepamos qué hacer con ello luego, la caza en sí es lo suficientemente atractiva para tomarse la molestia. El punto es, ¿qué pasa cuando el objeto de nuestra cacería resulta estar a nuestro nivel? Mi amiga es una persona sumamente inteligente, muy hábil, quizás demasiado perspicaz. Y sin embargo, eso la aburre, porque termina haciendo sus retos fáciles. Y es que definitivamente es más sencillo poseer que dejar ir.

La gran pregunta viene después, ¿en qué consiste la victoria, cuándo puede uno sentirse satisfecho? ¿Es cuando uno posee algo completamente, o cuando uno procura poseer lo que sea y ese objeto nos rehuye de una manera inexpugnable? Quizás para algunos la victoria se centra en el desafío, para otros en el objetivo. Lo cierto es que ya sea que se trate de una pareja, un cáncer o un sueño que perseguimos desde hace mucho tiempo, el fin de la búsqueda siempre será incierto. No importa que consigamos estar con esa pareja o que nos enamoremos pero la perdamos, no importa si el cáncer nos consume o logramos su completa remisión, no importa si ese sueño se nos cumple y nos damos por servidos en la vida o si finalmente lo descubrimos imposible y tenemos que contentarnos con un pequeño rezago de él. Nada de eso importa porque es ajeno a nuestro control. Lo que importa es cómo leemos esa historia finalmente, cómo logramos, con el único fin de sobrevivir, escapar de una derrota.

sábado, enero 20, 2007

La negativa // Franz Kafka

La negativa es uno de esos relatos tempranos de Kafka en los que asoman desde ya tanto la ironía como ese conocido toque kafkiano de resignación. Llama la atención la pertinencia, el golpe de dados de un relato que bien podría ser una fotografía de una calle en este siglo XXI. Sobre Kafka se ha escrito y se sabe demasiado. Pocos autores hay tan estudiados como él, y eso es absolutamente comprensible, si aceptamos que el alemán tiene, probablemente, la obra narrativa más importante del siglo XX. Así que no pienso alargar demasiado esta reseña, primero porque es uno de mis autores favoritos, y probablemente al que más recurro cuando es necesario refugiarse en la genialidad (lo que implica muchos posts venideros sobre Kafka, claro); y segundo porque me he tomado la molestia de transcribir este relato. Y sobre lo escrito, sobre todo cuando lo ha escrito Kafka, poner más palabras puede resultar hasta una especie de herejía.

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Recomendable: Para cuando sales a bailar y no te dan bola ni las moscas. Para cuando te das cuenta que las mujeres mienten, y aunque no sea su culpa, te jode.
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"Si me encuentro a una muchachita bonita y le pido: "Sé buena, ven conmigo", y pasa de largo sin decir una palabra, su actitud significa:
"Tú no eres un duque con apellido rimbombante; ningún americano atlético con la estatura de un indio, con ojos horizontales y contemplativos, con una piel acariciada por el aire de las praderas y de los ríos que fluyen por ellas. No has viajado a los Grandes Lagos, ni los has surcado, aunque no sé ni dónde se encuentran. Así que dime, por qué yo, una muchacha bonita, tendría que ir contigo".
"Olvidas que no te llevan en automóvil por la calle, balanceándote con sus sacudidas; no veo ir detrás de ti a los señores pertenecientes a tu séquito, embutidos en sus trajes y murmurándote piropos. Tus pechos quedan bien comprimidos por el corsé, pero tus muslos y caderas se resarcen por esa sobriedad. Llevas un vestido de tafetán con pliegues, como el que nos alegró tanto a todos el pasado otoño y, sin embargo, con ese peligro mortal en el cuerpo, sólo te ríes de vez en cuando".
"Sí, los dos tenemos razón y, para no ser conscientes de ello de un modo irrefutable, preferimos irnos solos a casa, ¿verdad?". "

Desconcierto

No es raro escuchar a las mujeres quejándose de que los hombres carecen de sensibilidad, que sus intenciones son demasiado superficiales; ulteriormente, que no las entienden. Pero lo interesante del tema es que, efectivamente, los hombres no las entendemos, o al menos no en el sentido en que ellas quisieran. Y por otro lado, ellas creen que sí nos entienden y eso es también una gran mentira.

Paso una noche en la playa de Asia, en una discoteca. Mis amigos y yo intentamos sacar a varios grupos de chicas a bailar, pero siempre con el mismo resultado, en diferentes versiones: "tengo enamorado", "estoy en grupo", "después". Eventualmente una que otra acepta, algunas con mejor cara, otras con más o menos educación. Llega un momento de la noche en que algunos "no" pasan de lo descortés y empiezan a sonar como si aceptar el baile fuera una herejía, una especie de violación a un código sagrado. Al respecto, sólo se me ocurre la posibilidad de que en algún rincón remoto de esas chicas, esa proposición es una invitación a mucho más. Que uno las ha visto como algo inaccesible, algo que se desea de manera hasta hiriente. Y supongo también que se siente bien poder decir que no, con la actitud de que se es mejor que eso que te saca a bailar. Pero la verdad es que esa especie de acuerdo no escrito es esa absurda barrera invisible para que tanto ellas como nosotros nos simplifiquemos la vida. Habría que aprender que tanto las mujeres como los hombres, en determinados momentos, sólo queremos bailar.

Al fin y al cabo, lo curioso es que las mujeres en particular diseñan un patrón de señas, un lenguaje propio, pero finalmente no transmiten la manera de descifrarlo y esperan que nosotros desvivamos esfuerzos para leer esa extrañísima serie de señales crípticas. Iluso de su parte y descortés de la nuestra no intentarlo más. Es triste que vivamos resignados a ello, porque nos perjudica a ambos, pero nadie hace nada por remediarlo. Y es que toda mujer, alguna vez en la vida, ha dicho que no al chico que la sacó a bailar, aunque se muriera de ganas y lo que es peor, de aburrimiento.

miércoles, enero 10, 2007

El monte de las ánimas // Gustavo Adolfo Bécquer

La verdad es que Bécquer no es de mis autores favoritos. Quizás porque nunca me gustó mucho el romanticismo en general, tal vez porque no leo tanta poesía y la poca que leo no se orienta mucho hacia las Rimas de este español que, sin embargo, influenció a algunos de mis poetas favoritos, como Rubén Darío. Sea como sea, su cuento, o leyenda, como lo llamarían probablemente los becquerianos, El monte de las ánimas, es uno de mis cuentos de terror favoritos. Y como en el caso de la mayoría de libros que vengo reseñando aquí, no puedo decir exactamente por qué.

Bueno, para contar la historia completa, estuve dedicándole un par de días a reordenar mi biblioteca (sí, al fin todo ordenado por editoriales y todo), y saqué de entre esa pila de libros que uno ya ni recuerda que tiene, una antología de cuentos de terror ("horror", en realidad, es lo que se lee en la portada). Y allí, entre algunos cuentos clásicos y otros bastante mediocres, está este cuento del que supe por primera vez de manera oral, gracias a un tío que, durante muchos años, nos contó a mi hermano y a mí toda clase de cuentos. Durante un par de semanas, pues, mi tío sacó del baúl, a petición nuestra, muchos clásicos de terror que me estoy dando el trabajo de cazar de nuevo por estos días. Ahí va la dedicatoria para mi tío, y ahora vamos con este cuento en particular...

Así como Bécquer no es un autor que me fascine particularmente, este cuento no tiene tampoco nada que lo convierta en algo espectacular. No es, definitivamente, la clase de cuento que mete un gol de media cancha, ni el que uno recuerda para toda la vida. Pero sí es un jugador de repetición, sí es el cuento que llamó mi atención tan pronto pasé sobre él mientras ordenaba absolutamente toda mi biblioteca.

El monte de las ánimas ocurre durante el Día de todos los Santos. Día en que la caza de nuestro protagonista, Alonso, termina temprano: deben alejarse del Monte de las Ánimas antes que anochezca. Su prima, Beatriz, quien viene desde Francia, no comprende por qué, pero Alonso le cuenta la historia de la terrible guerra que allí se libró, así como los terribles relatos que han nacido de ella: los ruidos extraños, el repicar de las campanas, el aullido de los lobos que se oyen todos venir del monte en ese día de los difuntos... Y sin embargo, quizás porque lo considera una falsa habladuría campechana, quizás por curiosidad, quizás porque es mujer y tiene que hacer honor a su género, Beatriz se las ingenia para enviar a Alonso a ese monte durante la noche en busca de un lazo que ella perdió allí, completamente solo... Y entonces el motor de la aventura ha empezado aandar por el gesto más trivial, más insustancial del mundo; que termina siendo, en manos de una mujer, el nudo maravilloso de este cuento por todos los medios recomendable.

Dos cosas vale la pena añadir: primero, que entre los muchos cuentos de terror que mi tío me contó hace muchos años, este fue el único que me dejó una noche en vela. Segundo, que en este tipo de obra, la prosa descriptiva de Bécquer y su eterna fijación con la naturaleza la dotan de un ambiente único. Así que les recomiendo conseguirlo (o imprimirlo, pues está disponible en varias páginas de internet) y llevarlo a la playa, como uno de los fundamentales para leer de noche, a la luz de una fogata.

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Recomendable: En un campamento, para asustar a las chicas y a los cobardes del grupo.

Ficha técnica:

Bécquer, Gustavo Adolfo
Rimas y leyendas - Alfaguara.
216 p. - (Serie Roja Alfaguara)






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"- Tú lo sabes porque lo habrás oído mil veces: en la ciudad, en toda Castilla, me llaman el rey de los cazadores. No habiendo aún podido probar mis fuerzas en los combates, como mis ascendientes, he llevado a esta diversión, imagen de la guerra, todos los bríos de mi juventud; todo el ardor hereditario en mi raza. La alfombra que pisan tus pies son despojos de fieras que he muerto por mi mano. Yo conozco sus guaridas y sus costumbres; yo he combatido con ellas de día y de noche, a pie y a caballo, solo y en batida, y nadie dirá que me ha visto huir del peligro en ninguna ocasión. Otra noche volaría por esa banda, y volaría gozoso como a una fiesta; y sin embargo, esta noche..., esta noche, ¿a qué ocultártelo?, tengo miedo. ¿Oyes? Las campanas doblan, la oración ha sonado en San Juan del Duero, las ánimas del monte comenzarán ahora a levantar sus amarillentos cráneos de entre las malezas que cubren sus fosas... ¡Las ánimas!, cuya sola vista puede helar de horror la sangre del más valiente, tornar sus cabellos blancos o arrebatarle en el torbellino de su fantástica carrera como una hoja que arrastra el viento sin que se sepa a dónde.

Mientras el joven hablaba, una sonrisa imperceptible se dibujó en los labios de Beatriz, que cuando hubo concluido exclamó con un tono indiferente y mientras atizaba el fuego del hogar, donde saltaba y crujía la leña. arrojando chispas de mil colores:

- ¡Oh! Eso de ningún modo. ¡Qué locura! ¡Ir ahora al monte por semejante friolera! ¡Una noche tan oscura, noche de difuntos, y cuajado el camino de lobos!"

Antojos femeninos

Me pregunto, ¿qué tendrán las mujeres que tienen la capacidad de manejar el curso de las cosas sin mayor requerimiento que el capricho? Y peor aún, ¿por qué lo hacen?

¿Se trata de simple crueldad? ¿Es su naturaleza dominarnos a nosotros, machos brutos que por siglos las hemos sometido a las más variadas humillaciones? ¿Es entonces una forma de venganza? Pero al fin y al cabo una venganza requiere, para ser verdaderamente válida, el esfuerzo de capturar a una presa digna. Ellas, sin embargo, parecen no necesitar de mucho esfuerzo para colgarnos en su pared como una anécdota más qué contar. No somos ni siquiera un trofeo. Para dominarnos; para conducirnos a donde de ningún otro modo hubiéramos ido, les basta una sonrisa, una palabra clave que suena absolutamente trivial, una mirada que intriga y a la vez no dice nada.

Nostros recaemos, hacemos, desafiamos lo increíble y nos desesperamos intentando impresionarlas. Y al final los aplausos se los lleva el titiritero y la marioneta vuelve a su caja de madera.

miércoles, noviembre 01, 2006

Silencio // Edgar Allan Poe

Venía pensando en postear algo diferente para el 31 de octubre, y pasaron por mi mente muchísimas cosas... Principalmente cuentos bastante clásicos de terror, y considerando que la riqueza del género permitiría citar obras por un buen rato, incluso en un momento consideré hacer una especie de "top 10"... Pero ni el tiempo era muy apropiado ni tampoco la idea terminaba de convencerme, finalmente no soy tan aficionado a la novela negra como para atreverme a hacer semejante tipo de catalogación. Así que recordé un par de antologías que cayeron en mis manos y muchos relatos pasaron por mi cabeza. Finalmente opté por un relato no tan conocido del magistral Edgar Allan Poe, un lado B, como diría un buen amigo. Silencio (Fábula), ese relato de Poe que no se parece a Poe. Por supuesto, de él habría mucho más que citar... Si se trata de hacer honor a un día de terror, valdría la pena comprar su obra completa y echarse a leer, garantizo que si apagan las luces y se dejan iluminar las páginas del libro con únicamente una vela, el resultado es grandioso... La caída de la casa de Usher es sencillamente sublime, El corazón delator, El gato negro, El pozo y el péndulo... En fin, hay demasiados cuentos extraordinarios de este autor que influenciaría la obra de autores tan importantes como Kafka, Borges o Cortázar.

Pero bien, ¿por qué Silencio? Hay algo especialmente magistral en ese relato. Algo que es distinto a todo lo que Poe escribiría, pero además algo distinto a todo lo que el resto de autores del género escribirían. Personalmente, hay un romanticismo detrás de todo eso, claro: ese fue el primer cuento de Poe que me hizo comprar uno de sus libros. Lo leí hace bastantes años, y terminó siendo uno de los cuentos más influyentes en mi propia obra. Y es que hasta que leí Silencio, creo que no se me había ocurrido que se podía escribir de esa manera. Tenía 10 años y mi profesora de lenguaje acababa de jalarme por no presentar un cuento con la estructura inicio-nudo-final. Y entonces apareció ese cuento fantástico y por primera vez en mi vida descubrí que los adultos no siempre tienen la razón. Aunque sean profesores.

Lean este relato de Poe; es sumamente corto y además lo van a encontrar en el internet fácilmente (y aunque a pocos les importe, es perfectamente legal que sea así). Quizás no tenga la extraordinaria calidad rítmica de sus otros cuentos, pero eso es perfectamente coherente, porque se trata de un cuento absolutamente experimental. Y no en el sentido de esos autores que pretenden hacer ruido con las palabras y hacerlo pasar por arte, sino en el olimpo literario de los maestros de la literatura de ambiente, lo cual convierte a Silencio en una obra absolutamente adelantada a su tiempo. Bien, esta es mi sugerencia para Halloween, y si luego se quedan ávidos de más, intenten mi experimento, corran a una librería y regresen con Poe bajo el brazo... Prendan una vela y no dejen de comentarme la experiencia...

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Recomendable: Luz de velas, campamentos, playas, casas viejas, cualquier lugar donde quieras pegarte el susto de tu vida. Mientras escuchas algo tétrico como Mars Volta.

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"Era de noche y caía la lluvia. Y cuando caía, era lluvia; pero caída ya, dijérase sangre.

Encontrábame en medio de la marisma, y cerca de los nenúfares gigantescos, y caía la lluvia sobre mi cabeza, en tanto suspiraban los nenúfares. El cuadro era de una desolación solemne.

De pronto, a través del leve velo de la funérea niebla, se levantó la luna. Una luna roja. Y mis ojos se fijaron entonces en una gran roca gris que se alzaba en la margen del río y a la que aquélla iluminaba. La roca era gris, siniestra, altísima... En ella había unos caracteres grabados. Avancé hacia ella por la larga marisma de nenúfares, hasta que me encontré próximo a la orilla, para poder leer aquellos caracteres grabados en la piedra. Pero no podía descifrarlos. Decidí, en esto, retroceder, y la luna brilló entonces con un rojo más vivo. Me volví y miré otra vez hacia la roca. Volví a mirar los caracteres. Y finalmente, pude leer estas palabras: DESOLACIÓN."