martes, marzo 31, 2009

Lewis Carroll // Alicia en el País de las Maravillas

Valoración: 4.5/5.0
(Cerca del cielo)

No creo que haya mejor libro sobre la niñez que este. No solo porque Carroll es un autor extraordinario en el sentido en el que un hombre obsesionado con la niñez (o con una niña, pero no vamos a criticar aquí esas conductas extrañas de nuestros autores favoritos), puede escribir un libro y acercarse a ese mundo. Lo que más me fascina de este libro es la frescura que posee. Como si realmente fuera un gran sueño. Esa lógica surrealista, onírica y completamente adelantada a su tiempo es, quizás, lo más cercano al mundo de fantasía complejísimo que supone saberse un niño. Y lo que más me gusta es cómo puede variar nuestra lectura según la perspectiva. No del modo "juego de espejos" que vemos en la secuela de esta novela, sino en el sentido más específico de la palabra, según el cual cada hecho, palabra o escena escrita puede cobrar un valor inusitado y completamente nuevo según el lector decida incorporarse a la narración.

No creo que haya muchos libros que te permitan elegir una perspectiva tan rica en texturas, variedades y lecturas. Posiblemente el gran valor de este libro es ser el precursor de esta lógica del sueño en la cual todo puede darse, pero que tiene que ser contada de manera magistral, para que podamos sumergirnos como lectores desprevenidos en las locuras de un hombre que, valgan verdades, tenía que creer en esa demencia para podérnosla contar.

Personalmente, este libro significa diversas lecturas en diferentes contextos. Hoy en día, creo que es mi libro bandera en lo que se refiere a la búsqueda de una simpleza personal perdida. No tanto por la búsqueda de Alicia en sí (ese intento por volver al mundo real mientras se está en el País de las Maravillas), sino por la búsqueda del autor de encontrar un laberinto del cual no haya escapatoria. Sin embargo, la irrupción final de un golpe de realismo tiene, por fuerza, que dejarnos entender que el tiempo no culmina nunca y que también Alicia algún día crecerá, olvidará el sueño, dejará de ser la mujer que Carroll ama y admira solo por su condición de niña, de amor prohibido.

Solo que yo no soy más un niño y eso quiere decir que ninguno de esos personajes se aparecería en mis sueños a hacerme soñar con que el mundo puede o debe ser así. Quizás esa es la única esperanza que nos queda al crecer: que un día, en algún sueño, un agujero de conejo nos lleve al lugar donde perdemos el control y podemos sabernos nuevamente lo suficientemente puros, lo suficientemente auténticos para solo seguir el camino en busca de un conejo blanco. Y que ese lugar no sea el abismo de la locura, sino el piso franco e incomprendido de la cordura que este mundo, en su incesante velocidad, todavía no ha aprendido a reconocer.

Se lo regalaría a: Si tuviera un hijo, a ella o a él. Como no lo tengo, probablemente a Billy Corgan o a nuestro querido parvulito.

Personalidad: Un pedófilo psicópata que fue acusado de ser Jack el Destripador (pero que, insisto, no deja de ser uno de nuestros favoritos).

domingo, marzo 15, 2009

De niño, de noche

Es curioso cómo al jugar arrastramos los pedazos de tiempo que nos quedan. Como si el tiempo nunca hubiese sido tiempo y los años hubiesen pasado más por un asunto de manía que una cuestión de esencia.

Un sábado diferente, de esos que te sacian la sed de vivir algo edificante. La mañana fue tranquila y quizás demasiado apegada a la noción del mundo (trabajar un sábado nunca satisface a nadie demasiado). He estado usando relajantes para tratar la lesión de mi espalda de una maldita vez y resulta que los efectos reguladores del sueño (como era de esperarse) multiplican su efecto en mí. La tarde me la paso cansado, luego nos vamos juntos a dormir a casa un rato. Por la noche, E. me lleva a una fiesta infantil. La hija de una de sus mejores amigas cumple 2 años y yo automáticamente sé que será una fiesta más de esas en las que el que inventa la diversión es uno mismo.

Y no me quejo con eso. La idea era un poco decir que no importa demasiado la circunstancia cuando estás bien acompañado, tienes algo en qué pensar y poco que esperar de todas formas. Es más, quizás un sábado por la noche debería ser algo así como una fiesta infantil, porque en las fiestas a las que uno se acostumbra a ir hay mucho de lo mismo, y casi nada de confrontación. Ver cómo celebra un niño su cumpleaños inmediatamente te hace recordar cómo celebrabas tú los tuyos y descubres que el tiempo ha pasado, lo quiera uno o no.

Estábamos, recapitulando, en Los Olivos, regalo sin envolver en mano (un libro, desde luego), auto estacionado al costado de un enorme hueco de aquellos que las municipalidades suelen abrir más por el gusto de fastidiar que para arreglar algo en verdad y luego de las presentaciones respectivas y de tararear un par de canciones que no conocemos, observo que la animadora infantil comienza con la maldita segregación de géneros que hace de mi país un lugar tan machista: "¿quiénes son mejores, los niños o las niñas?". Bien, mientras detrás de ella una suerte de Cenicienta, una Blancanieves y otra princesa que no tengo idea de qué cuento salió, bailan una coreografía de lo más inusual y divertida.

Aquí es donde hago un alto. No voy tanto con la intención de marcar sarcasmo (sé que es dudoso para los que me conocen, pero en fin), sino más bien con las ganas de crear ambiente. E. y yo terminamos no tengo idea de cómo arreglando pulseritas psicodélicas de esas que brillan en la oscuridad para que pasen luego a regalarlas. La piñata es una masacre de niños (E. me dice "te apuesto a que alguien va a llorar" y efectivamente, lo predijo o lo provocó), y luego viene el reparto de la torta y la sorpresa. E. quiere la suya, desde luego, y resulta que el regalo es una de esas pelotas aromatizadas que no veía desde que mi abuela me regaló una hace ya varios años. En ese entonces tenía cinco o seis años y probablemente me hubiera sentido mucho más cercano a ese mundo recreado que a mis observaciones buenamente irónicas.

La cosa tuvo su giro en la trama: después de jugar a no dejar que el globo caiga al piso con unos niños (así, sin proponerlo ellos ni nosotros, muda, inferidamente, como solo pueden jugar los chicos), E. y yo terminamos jugando en la calle algo así como una mezcla de voley, fútbol, mata gente y a ver quién hace el ridículo de la forma más graciosa, mientras al lado la fiesta seguía (los niños retirados, la cerveza reemplazando a los párbulos). Jugamos un rato largo. Y entonces recordé. Recordé lo bueno que es poder sentirse un niño algunas veces. Lo bueno que es no haberlo olvidado. Recordé particularmente un día que estaba sentado en el asiento trasero del auto, mirando por la ventana. Estaba en 6to, así que tendría unos 10 o 9 años. Recuerdo claramente haberme dado cuenta que parte de mí ya no quería sentirse como un niño. Recuerdo haber llorado en silencio y haber dicho "Dios, no dejes nunca que me olvide". Lo cierto es que hoy en día ya no creo en Dios y definitivamente he olvidado muchas cosas. Sin embargo, la lección que me he llevado de esta fiesta ha sido enorme, casi para tatuársela en el cuerpo: y es que en realidad, este mundo del arte, de la literatura, de todo lo que hacemos para fantasear y parafrasear alrededor de nuestra humanidad, no es sino justamente eso, un juego de niños en el que las reglas son tácitas, están implícitas en el solo hecho de jugar. Como si el hecho de que un globo pueda o no tocar el piso resultara muchísimo más trascendente que la caída en las acciones de un banco.

Y lo sorprendente es que, de alguna manera, esa lógica es quizás muchísimo más sensata que la de los señores corredores. Y si no, al menos puedo jurar que se ve considerablemente más sensata cuando es uno el que juega con el globo.

miércoles, febrero 18, 2009

Antología poética // Jaime Gil de Biedma


Valoración: 3.5/5.0
Ahora, esto está bueno


Últimamente me he dado cuenta de algo importante. Desde hace tiempo venía notando un vacío y no sabía muy bien a que se debía. O tal vez sí sabía, pero no encontraba la manera adecuada de llenarlo. Pero de repente (así como cuando ocurren las cosas maravillosas), cuando ya no esperaba nada, apareció alguien que día a día va llenando ese espacio. Y es un sentimiento tan bonito, que nada tiene que envidiar al amor. Precisamente pensando en esto me acordé de unos poemas de Biedma sobre la amistad, donde nos muestra que la amistad puede ser tan importante como el amor, y le dedica varios poemas a este tipo de relación tan trascendente en su vida.

En la obra de Biedma además podemos ver un sentimiento reflejo siempre constante: la nostalgia. Esa nostalgia por los instantes fugaces de felicidad que hacen que nuestra vida sea verdaderamente una vida.

Biedma parece estar recordando continuamente su pasado y cuando nos habla de su presente lo hace en un tono de inconformismo un tanto irónico. Por ello se dice que también utiliza una poesía política, pues critica a la sociedad a la cual pertenece y la rechaza. Esa ironía es uno de los puntos fuertes que define a este autor y que hace que veamos a su poesía moderna, actual.

Algo diferente en él, y que me gusta en comparación con otros poetas españoles, es esa mezcla de influencias tanto anglosajonas como francesas que se trajo de su estancia en Londres y sus lecturas de autores franceses, llegando incluso a utilizar algunas palabras de esos idiomas en su obra. Respecto al estilo poético, un detalle que me gusta es esa tendencia a interrumpir la frase con paréntesis o con guiones, lo cual dota al poema de espontaneidad... Si recomiendo una antología es porque su obra es muy breve y creo que queda muy bien recogida en un solo libro.

El tiempo, el tiempo y vuelta el tiempo, el tiempo que ya ha pasado y que solo podemos recuperar en nuestros recuerdos, parece ser lo que más obsesiona a este autor. Mirar hacia atrás está bien, pero no creo que sea bueno vivir solo recreándose en el ayer. Hay veces en que es mejor mirar hacia el presente que construimos día a día, pues será el pasado el que en dos pestañeos miraremos con nostalgia, y creo que mientras esté en nuestras manos debemos apresarlo para que no escape, para que lo podamos compartir con quien nos importa, para que esas personas que nos cambian la vida sean parte de nuestro futuro y, justamente por ello, de nuestro pasado.

De ahora en adelante


Como después de un sueño,

no acertaría
a decir en qué instante sucedió.
Llamaban.
Algo, ya comenzado, no admitía espera.

Me sentí extraño al principio,
lo reconozco -tantos años
que pasaron igual que si en la luna...
Decir exactamente qué buscaba,
mi esperanza cuál fue, no me es posible
decirlo ahora,
porque en un instante
determinado todo vaciló: llamaban.
Y me sentí cercano.
Un poco de aire libre,
algo tan natural como un rumor
crece si se le escucha de repente.

Pero ya desde ahora siempre será lo mismo.
Porque de pronto el tiempo se ha colmado
y no da para más. Cada mañana
trae, como dice Auden, verbos irregulares
que es preciso aprender, o decisiones
penosas y que aguardan examen.
Todavía
hay quien cuenta conmigo. Amigos míos,
o mejor: compañeros, necesitan,
quieren lo mismo que yo quiero
y me quieren a mí también, igual
que yo me quiero.

Así que apenas puedo recordar
qué fue de varios años de mi vida,
o adónde iba cuando desperté
y no me encontré solo.

Se lo regalaría: En principio a cualquier tipo de persona, porque habla de temas conocidos por todos.

Personalidad: Alguien de edad madura que piensa que tiempos pasados fueron mejores.

Imagen: dos amigas, una agarrada a la otra por el brazo, ambas con una sonrisa (de las que ya no quedan), entrando al colegio.

lunes, febrero 16, 2009

Amistad es compartir


Un par de copas de whisky,

risas que se comparten,

lágrimas que secarnos mutuamente,

un momento que se cuenta y se hace inolvidable,

un duelo en el que somos la compañía necesaria,

miradas cómplices,

un camino que está hecho para ser andado,

algún adiós que nunca se espera

y llorar, y llorar, y llorar.

Y el final no es sino el inicio cuando todo se termina y nada empieza.

jueves, febrero 12, 2009

La hora azul // Alonso Cueto

Valoración: 4.0/5.0
(Potencia)


Lo dijo el brillante David Lynch: "los secretos son peligrosos". Nadie mejor que él para decirlo, él que ha dedicado su vida y obra a revelarnos lo que yace debajo de la común y aparente superficie. Creo que hay diferentes maneras de hacer esto en el arte. Digo, revelarnos lo grotesco que es el mundo, pese a que nos hemos acostumbrado a él. Los secretos que esconde un pueblito pequeño en apariencia feliz, una persona de la que nadie sospechó la más sórdia vida oculta, una familia de la que solo se espera cháchara para la hora del té. David Lynch lo hace, claro, mostrándonos un mundo que empieza a absorber esa superficie, nos va adentrando en esa cosmología oculta del pueblerino que termina por entender que todo lo que vivió, todo lo que creyó cierto, en realidad tenía sus cimientos en lo más retorcido del alma humana: el secreto que revela la historia real, la aventura, la verdad.

La hora azul quizás es la antítesis de este tipo de estética. Fiel al estilo de Carver y con la filosa crudeza del realismo urbano, Alonso Cueto logra una auténtica proeza narrativa: superar con creces el hecho real para cargar la anécdota de sentido. Eso me hace recordar que alguna vez gané la enemistad de una periodista que me entrevistaba. Me preguntó mi opinión sobre la obra de Roncagiollo (que por esas épocas acbaba de iconizarse como el héroe de la literatura peruana) y yo recuerdo claramente lo que dije (porque finalmente lo he repetido por ahí alguna otra vez): odio la literatura testimonial. Odio la literatura que pretende superar la realidad porque la realidad siempre será más cruda y más violenta y más terrible que cualquier libro. Basta con ver el sufrimiento de una persona para que el libro de su vida pierda toda la importancia del mundo. Eso, en mi país, lo sabemos quienes hemos visto el terrorismo de cerca, quienes nos hemos molestado en descifrar la verdadera magnitud que esos destrozos dejaron en la vida de tantas personas. Y es ahí a donde apunta el blanco literario de Alonso Cueto. Ahí a donde ya se han escrito tantas otras obras, y donde tantos otros han fracasado sumergidos en un baño de sangre y en un esquema de teleteatro que se precia solo de la violencia, la visceralidad y la morbosidad humana para lograr emoción.

Es en ese sentido que esta obra es particularmente brillante. Su sutileza no deja de lado su terrible dureza como reproche a la sociedad y principalmente a la naturaleza humana. El protagonista es un abogado de condición acomodada, lo justo para que su personaje pueda sentirse extraño en un mundo completamente inhumano, pero también para que sus preocupaciones oscilen constantemente entre lo que conoce y lo que preferiría no haber visto nunca.

Adrián Ormache, un abogado de cierto prestigio, descubre, tras la muerte de su padre, que este estuvo a cargo de una división en Ayacucho, durante la época de la guerra antiterrorista. Al conocer las atrocidades que se cometieron en aquel lugar, empieza a investigar una serie de claves que lo llevan a revelar más de un secreto. Secretos guardados no solo en su familia, sino en la vida de los habitantes de los pueblos que sufrieron los embates de la guerra.

Quizás lo más poderoso en esta novela es el choque. El choque entre un mundo en apariencia perfecto (siempre en la mente del doctor) y la crudeza de una realidad que no deja demasiado lugar al olvido o a la ficción. Y es allí donde se produce la extraña inversión del mundo: donde el ser humano se acostumbra a la muerte y la vida se convierte entonces en la fábula.

Escena favorita personal: el encuentro del protagonista con un personaje místico y misterioso durante su viaje a Ayacucho y su contemplación de la famosa danza de tijeras. Uno de esos momentos literarios que se graban en la mente y se convierten ya para siempre en un referente al cual volver cuando, por ejemplo, descubrimos de la forma más difícil que, efectivamente, los secretos son y seguirán siendo siempre peligrosos.


Se lo regalaría a: Algún extranjero verdaderamente interesado en la historia oculta del Perú. A las personas que creen que los secretos pueden permanecer ocultos para siempre. A David Lynch.
Personalidad: Un aficionado a la fotografía que se pone a escuchar historias pueblerinas. Parte de él sabe que hay mucho de invento en ello, pero la otra parte no deja de fascinarse con la forma en que puede cambiar el mundo con solo unas horas de viaje.

viernes, febrero 06, 2009

En secreto

Ocúltalo en la oscuridad antes de que haga demasiado daño,

y no lo dejes nunca descubrir el lado puro de la luz, no dejes nunca

que admire el brillo de tus ojos o la facción exacta de un movimiento que no buscabas dar. Ocúltame,

bajo la superficie, entiérrame como si nunca hubiera existido, como si fuera un gran error que no se puede resolver, como si te humillara. Viérteme en el rostro los rezagos del temor, parte en dos mi vientre y destroza mis rodillas para que no me atreva a andar

en busca del reflejo de verdad, la condición de un ser humano que se precia de bailar ligero, ante los ojos de todos. No me dejes ser nunca más que la sangre que brota

cuando el prisionero escupe la lengua degollada por sus propios dientes.

miércoles, febrero 04, 2009

El secuestro // Georges Perec

Valoración: 2,5/5
(Pudiste ser mucho mejor...)


No creo que se trate de un libro malo. Probablemente si hubiera que hacerle justicia, tendría que decirse que tiene sus arrebatos de genialidad. Como todo lo que hace Perec, bueno. Pero el caso es que estamos ante un experimento que no pasa de eso. Creo que en algún post mencioné la premisa del OuLi Po (ese movimiento literario que inauguró Raymond Queneau en los 60'): la restricción formal. La fórmula es sencilla: ponte una restricción, véncela, la obra está creada. Y la verdad es que hermosas obras han aparecido de ese movimiento fantástico (habría que mencionar La vida, instrucciones de uso de Perec o Si un caminante una tarde de invierno... de Calvino).

Pero este libro me deja con la sensación de que falta algo (irónica oración para quienes han leído el libro). Desde luego, esa es exactamente la gracia: algo falta en este libro, y el reto del lector es hallar esa pieza perdia. No solo la ha perdido el lector, sino que uno de los personajes desaparece ante su ausencia y Perec nos narra, en este libro que fue descrito por un desafortunado crítico que fue despedido al día siguiente de publicar su reseña, como "una extraña novela policial en un lenguaje incomprensible". Seamos justos, la novela tiene sus lados fuertes. Hay que admirar la tenacidad de cualquier autor que se embarca a la tarea colosal de crear un libro y jugar con un argumento tan envolvente en medio de una marea de palabras que el lector podría terminar por encontrar demasiado forzadas. Quizás eso es lo que me pasa. Siento que El secuestro es una versión forzada de algo a lo que no se le pudo dar un acabado elegante y por lo tanto se entregó de manera funcional.

He pensado muchas veces que fue la traducción. Recuerdo haberla leído en un avión, hace ya unos años, camino o vuelta de Buenos Aires. Y recuerdo haber pensado que toda la nota de los editores me parecía sumamente densa, que un libro en el cual existía una tesis completa de por qué SÍ era posible traducir este libro al español, tenía por fuerza que contener su propio antagonismo. Es decir, la imposibilidad.

Ampliamente recomendable, sin embargo, para quienes buscan un libro en el cual el ejercicio de estilo sea claro. Casi lectura obligatoria de taller de narrativa donde se estudie técnica o estilo. Pero no la clase de lectura que eligiría para leer con whisky o con compañía. Para eso, prefiero al Perec genio que al Perec secuestrado por su genialidad.


"No el fin (por mucho que el fin fuese obvio en todo momento), no el tormento (por mucho que el tormento no dejó de sentirse), sino sobre todo omisión: un no, un nombre, un hueco:
Todo es como de costumbre, todo puede seguir siendo como de costumbre, pero después del próximo crepúsculo, dentro de ocho noches, dentro de un mes, dentro de doce meses, todo puede ser solo podredumbre: veremos el lento extenderse de un huevo, olvido ciclópeo, pozo sin fondo, cerco de lo negro. Uno por uno, enmudeceremos por siempre
".


Se lo regalaría a: Alguna persona distraída. A ver si se da cuenta del "truco" del libro.
Personalidad: Esos inventores que te llenan una sala de aparatos, pero ninguno funciona o sirve para lo que fue creado. No dejarías de visitarlo de vez en cuando, sin embargo.

lunes, enero 12, 2009

Automutilación

Cuando muere un pedazo de mí no sé qué hacer con sus restos. A veces me desdoblo en el falso interés de dejarlo donde está y ver cómo se encarga de expandir la infección a lo que queda. A veces sueño con enterrarlo y dejar que lo consuma el tiempo y los gusanos. A veces también lloro.

En mis sueños personales, donde nadie más puede entrar, ese pedazo de mí es velado como yo quisiera serlo algún día. Sin aspavientos, con música, con pocas lágrimas. De noche.

El entierro solo ocurre cuando logro perdonarme haberlo dejado morir. Atado en una balsa, con cuerdas de soga, aferrado únicamente a mi espada y el dolor inevitable de decir adiós a todo, lanzado al mar, al compás de las olas que me mecen mientras todo arde, y entonces ese pedazo de mí se consume en las lenguas delicadas y todo lo demás es humo, y aunque no logre perdonarme nunca, sé que ese pedazo ya descansa allí, durmiendo como los reyes que han tocado el piso del mar, convertidos en ceniza que los peces no se atreven a tocar, mientras yo sigo durmiendo en la cama helada y lo único que veo del fuego es la sensación de ardor cuando los ojos se me empiezan a humedecer.

lunes, diciembre 22, 2008

Feliz navidad para mí

Ayer veía por enésima vez un capítulo de Twin Peaks (del absolutamente genial David Lynch) antes de dormir (no funciona muy bien, porque creo que más bien te quita el sueño). Y hoy me vienen ganas de citar una escena pequeña, pero memorable. Ocurre justo después de que el fantástico agente del FBI, Dale Cooper, se ha recuperado de una herida de bala y decide continuar su investigación contra las indicaciones del doctor. Cooper llega, junto con el sheriff del pueblo, a interrogar a una testigo en un café conocido del lugar. Cuando terminan, la camarera les ofrece un café y el sheriff lo rechaza aludiendo que llevan prisa, pero Cooper lo detiene y pide el café. Entonces dice: "Te voy a contar un pequeño secreto. Todos los días, una vez al día, date a ti mismo un pequeño regalo. No lo planees, no lo esperes, solo déjalo ocurrir".

Así que este es mi regalo para mí de navidad: han nominado Rigor mortis a la categoría de mejor libro de cuentos en una encuesta de Internet en esta página. Me regalo el atrevimiento de pedirles que, si quieren apoyarme, entren y voten por Rigor mortis en la categoría de "Mejor libro de cuentos".

Feliz navidad para mí. Feliz navidad para ustedes. No se olviden de darse ese regalo hoy día.

miércoles, diciembre 10, 2008

Lullaby

Dime qué canción cantas a tus sueños por las noches, dime qué noción del día tienes de mí. Y dime si necesitas de mi voz para llevarte más lejos aun.

Quién se puede complacer con esto de no pertenecer al mundo, quién como nosotros de la locura que nos abstrae de él. Quién hace lo justo donde otros buscan daño.

O cantaría mi canción para escuchar tu voz entrelazada con la mía. O dejaría oír tu voz en la noche alrededor.

Es un momento que he esperado siempre.

Continúo en este andar porque es más fácil que dejarlo. Continúo para pasar tiempo contigo. Y si cantaras una canción a tus sueños por las noches,

podría unir mi voz si quieres. Y dejarnos conocer por un momento que he esperado siempre.

O decir te amo.

Simplemente.

miércoles, noviembre 26, 2008

Dirección única // Walter Benjamin

A mediados de este sorprendente y acontecido (todo en lo personal, claro está) 2008, paseaba yo por el parque Rivadavia de Buenos Aires, pensando en lo mucho que extrañaba todavía esta ciudad. En Lima pocas veces puede uno mezclar el paseo con la literatura. Y así como quien no quiere la cosa, se me vinieron a la mente los nombres de autores varios que han hecho ese ejercicio de pensadores nómadas. Allí el fantástico Robert Walser, allí Cees Nooteboom, Sergio Pitol, WG Sebald. Y finalmente, se me vino a la mente el nombre de este libro de Walter Benjamin, mi favorito entre su extensa pero poco literaria bibliografía. Y, oh sorpresa, allí, en uno de los puestitos de libros usados del parque, una colección muy barata de la Biblioteca de Filosofía de Madrid con una serie de títulos de filosofía e ideología izquierdista, junto a los cuales, no tengo idea de por qué, aparecía este extraordinario Dirección única, el único texto que Benjamin publicó como libro.

Creo que si tuviera que compararlo con algún libro lo compararía con las Prosas apátridas de Ribeyro o con los Microgramas de Walser, con unas gotitas de los Cuadernos en octavo de Kafka. Pero en el fondo no sería hacerle justicia, porque este libro brilla con luz propia. Para un autor que realmente no puede ser considerado como tal en el sentido de la literatura alternativa, esta es una obra brillante en todos sus aspectos: la estructura fragmentaria, el manejo de la técnica que sobrepasa la intención reflexiva, el estilo pulcro y contundente de un Walter Benjamin que nos revela aquí un lado muchísimo más íntimo que en la mayoría de su obra.

Hay quienes dicen que es un libro de amor. Que lo escribió para una muchacha que conoció y del que estaba muy enamorado. Alguna vez lo oí por ahí, no estoy seguro de que sea del todo cierto. Lo que sí sé es que de amor hay en este libro, lo mismo que de observación. Se trata de un hombre que ha observado minuciosamente el mundo que lo rodea y ha llegado a la conclusión de que es falso aquello de que al andar se hace camino, sino que uno hace su camino conforme decide dar un paso en tal o cual dirección. Como el verdadero amor, es decir. El amor que se renueva y se decide revivir en cada instante en que nos es posible. Y ahora que creo en el amor y creo en la forma en que este libro nos lo muestra, se me abre también la posibilidad de interpretar este libro como más que un libro de amor: es un libro sobre la capacidad del ser humano de contemplarse íntegro y por lo tanto darse completamente. Todo lo cual, viene, finalmente a llamarse amor cuando queremos decirlo de una forma más corta.

Dirección única es uno de esos libros que uno puede leer siempre. Que no dejan de sorprender, que tienen alguna frase que siempre se podrá arrancar a los momentos duros. Y lo más importante, es un libro que se puede compartir. Un libro en el que uno se puede perder totalmente porque la condición está dada: hay un único sendero por el cual transitar. Así que si nos perdemos, no será demasiado problema. La ruta siempre seguirá estando al frente. No importa cuánto esfuerzo hagamos por poner nosotros los obstáculos para seguirla transitando.

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Recomendable: Para leer de a dos, para leer en la calle, para leer cuando tenemos tiempo de sobra para detenernos en un fragmento y pensar u observar. Para leer con café.
Se lo regalaría a: Erika, pero no sé si por algunos fragmentos en particular o solo porque me encantaría compartir esta lectura con ella.

Ficha técnica:
Benjamin, Walter
Dirección única - Biblioteca de Filosofía, Madrid.
2002
88 p.
ISBN: 8458137681

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"Abanico. Todo el mundo habrá tenido la experiencia siguiente: cuando se ama a una persona, incluso cuando solo se piensa intensamente en ella, casi no hay libro en el que no se descubra su retrato. Y hasta se presenta como protagonista o antagonista. En los relatos, novelas y cuentos reaparece en metamorfosis siempre nuevas. Y de esto se deduce: la capacidad de la fantasía es el don de interpolar dentro de lo infinitamente pequeño, de inventarle una plenitud nueva, compacta, a cada intensidad que se traduzca en extension; en pocas palabras, de considerar cada imagen como si fuera la de un abanico cerrado que solo toma aliento al desplegarse, y, en su nueva dimensión, exhibe los rasgos de la persona amada que ocultaba en su interior."