jueves, diciembre 24, 2009

Camarada

Una vez alguien me dijo que cuando uno es un niño hacer amigos es más fácil. Que hay menos intereses. Cuando uno crece, sin embargo, la amistad se vuelve más complicada: hay personas que se acercan porque quieren algo de nosotros. Y cuando lo consiguen, ya no necesitan continuar cerca. Recuerdo ahora a destiempo el consejo de esa persona: mantén a tus amigos cerca.

Hoy, después de una reunión con un grupo de amigos de mucho tiempo, me pongo a pensar de nuevo en esa situación. Quizás es cierto que acercar personas es difícil, tanto más con algunas personas, entre las que me incluyo, que prefieren la comodidad del solitario antes que establecer vínculos afectivos demasiado cercanos. Me ha ocurrido: no me importa demasiado la idea de compartir porque para mí eso no supone entregar nada valioso. Y definitivamente soy mejor oyendo que contando.

Y pensando en el asunto de la camaradería, creo que puedo darme el gusto de mirar a mi alrededor y ver personas que están. Definitivamente, no siempre como quiero. Probablemente no siempre cuando las necesito. Con certeza, no porque se los haya pedido. Y entonces, ¿es la misma amistad de infancia que sencillamente se desarrolla o evoluciona o se complejiza pero mantiene su raíz? Creo que no es algo tan simple... Creo, al menos hoy creo y escribo, que la razón por la cual es difícil "hacer" amigos cuando uno crece es porque por más que uno llegue a conocer gente con mucha afinidad, la amistad es algo que se construye desde los cimientos y que no deja de sentir el peso de la obsolescencia. Una vida de decisiones, de momentos y de situaciones que configuran nuestra relación con una persona no puede, definitivamente, transcurrir en vano. Y compartir una vida es algo que pocas personas harían con uno. Muy pocas, si lo pensamos con mucho cuidado.

Eso, al menos en mí, no implica buscar más o menos a personas nuevas con quienes establecer esa amistad, ni apreciar más o menos a los amigos que ya tengo o pasar más o menos tiempo con ellos. Sencillamente me resulta edificante pensar que hay personas por las que estoy dispuesto a dar lo poco bueno que haya en mí aún en mis tiempos más oscuros. Que mi mirada no se ha perdido en mi propia sombra, sino que está prudentemente atenta a lo que ocurre con las personas a mi alrededor. Y, sobre todo lo demás, que esas relaciones no las busco construir piedra por piedra, como quien edifica algo para el futuro. Se trata del ejercicio torpe y hasta infantil de intercambiar unas palabras o un regalo o un juego de mesa, sin saber que en esos instantes de absoluta intrascendencia puede esconderse el secreto de nuestra fortaleza.

martes, diciembre 08, 2009

Sobre el sueño

Debo recordar hacer un ensayo sobre la edición y el sueño. Por lo pronto debo haber encontrado un buen número de profesiones que requieren de las madrugadas para completar su trabajo. Sin embargo, pasa algo interesante con la edición: leer y corregir es casi imposible cuando el sueño empieza a ganarle a uno la partida.

Declaro aquí y ahora que trabajar con las palabras es un estado de semi-consciencia, pero descifrarlas y reorganizarlas uno de absoluta locura privativa de la libertad que supone echarse en la cama, cerrar los ojos y abrazarse a las notas de la canción que nos arrulla.

martes, diciembre 01, 2009

Desapariciones

Solías sacudir la tierra, solías sacudir el mundo en el que piso y todo lo demás se convertía en los recuerdos grises del camino detrás,
y solías también cantar para mí,
después de la tormenta.
Cuando las nubes se juntaban y la tiniebla me llegaba a la fragilidad del cuello,
aparecías y brillabas.

Se llamaba Timón y lo conocían como un vagabundo afortunado: todas las casas eran suyas, todos los caminos
seguían su huella.

Pero sabes que la noche es un alud irreemplazable, que el día siempre calla.
Así aprendimos desde niños a vivir a la fuerza para no saber morir,
y dije no, no dejaré que me destruya,
no lo haré, no lo haré.

Y Timón esperaba con el oído aguzado, para decirnos "estará bien todo",
para mirar contigo la tormenta
para burlarse de las iglesias profanas y lo sábados de profecía.

Nos tomamos de la mano, extendimos nuestros rostros al universo y su llovizna, nos dejamos empapar. Nos dijimos dame fuerzas, resistiremos, por el dolor de nuestra tierra y nuestro corazón anclado en esta casa,
resistiremos.

Timón inició el viaje sin nosotros, dejó detrás la huella, los perfumes de enero y las canciones que cantabas para adormecerlo antes del mar,
antes de que todo fuera verdaderamente nuestro.
Y yo lo contemplaba todo desde mi escondite abierto,
vano en el silencio, joven como jamás me he permitido,
perverso como una bruja que maldice entre las llamas
y dice un nombre que no conoce todavía.

Llegará un tiempo, lo verás, con nombres parecidos a los míos.

Nos aferramos, cómo no hacerlo. Nos aferramos a lo que no sabíamos para naufragar entre los otros cuerpos. Vimos la verdad de otros y enfrentamos el engaño de ser nosotros mismos. Por eso me sostengo. Me sostengo y no me dejaré caer. Te sostengo y no me dejarías nunca.

Y Timón llegaría al último desierto: donde nadie puede pronunciarnos. Y sabría en el recuerdo del dolor y las señales y las marcas en tus brazos y diría no,
sostente, no puedes caer, no desistas nunca,
aférrate
a los nombres que soportan la marea.

Y yo te dije, llegará algún día un tiempo, lo verás, y aprenderás mi nombre para hacerlo un nombre, aprenderás los nombres que soplaban desde su recuerdo: Fen, dirás, Asobi, tiempo... Volverás la vista al mar y dejarás que la calma se convierta en nuestro escudo. Yo diré algo intrascendente y tú sacudirás mi pelo.

Por eso sé que resistiremos,
resistiremos.

viernes, noviembre 13, 2009

La vida, instrucciones de uso :: Geroges Perec

Valoración: 5.0/5.0
(Estoy enamorado de ti)



Una tarde armaba un rompecabezas con esposa. Nos aburrimos después de un rato de no encajar nada y nos fuimos a dormir. La noche siguiente, la encontré con su parte mucho más avanzada que el día anterior. Me dijo, sonriendo: "por un momento parece que faltaran piezas. Luego te distraes, te concentras en otra cosa. Y cuando vuelves, todo se ve distinto, como con otra perspectiva. Y te das cuenta que las piezas siempre estuvieron ahí". Y siempre estuvieron ahí.

Todavía hoy me gusta armar rompecabezas. Es una afición que me empezó desde muy chico, con mi abuela. Lo triste es que no encuentras demasiados rompecabezas hoy en día. Bueno, al menos no en mi ciudad (hago la anotación mental de intentar hacer alguna línea de eso con la editorial, aunque solo sea para darme el gusto). Y es cierto. En la paciencia de recrear el mundo debe estar congregada la esencia misma de escribir, del arte, de la vida. Y eso es algo que debe haber sabido demasiado bien el genial francés Georges Perec cuando se decidió a crear este rompecabezas que no es sino una novela magnífica disfrazada de muchas otras cosas.

Imaginen un edificio parisino y luego imaginen que la fachada es invisible, de manera que pueden ver la estructura de la construcción como en un plano. Verían entonces cada habitación, cada fragmento de la vida de las personas que habitan allí, podrían describirlo de manera casi exacta. Y describir es lo que hace Perec. Siguiendo esta estructura monumental, nos inserta a cada habitación de ese edificio y analiza, de forma taxativa y minuciosa, cada objeto, cada fragmento y cada fantasma que habita en esos cuartos. Si hay una persona, su historia acompaña la descripción. Si allí vivió alguien antes, también su recuerdo es evocado. Pronto descubrimos que esta inusual forma de insertarnos en ese pequeño universo no es sino una excusa para armar un rompecabezas gigantesco: los personajes y sus historias no son sino un pretexto narrativo del más alto calibre, la posibilidad de crear una enumeración del mundo en la cual terminemos por descifrarnos a nosotros mismos.

Asombroso ejercicio sobre la inmortalidad y la fugacidad del ser humano, me confieso un admirador total de esta obra, la cual, seguramente, está entre mis libros favoritos, no solo por sus innegables cualidades narrativas, sino también por su esencia primal: somos las piezas que faltan para completar el rompecabezas de un mundo que no es sino nuestro mundo. Y por ser nosotros mismos las piezas que faltamos, pasamos toda la vida buscándola en otros solo para descubrir (con suerte no demasiado tarde), que la pieza siempre estuvo ahí, que nunca habrá forma de completar el rompecabezas, que todo lo que creímos el mundo, no es en realidad sino una pieza más del armazón de otro.

Voy a terminar compartiendo con ustedes las razones de una fecha especial. Algunas pocas veces en la vida uno encuentra una pieza que lo hace a uno sentirse absolutamente completo. Menos veces aun tiene uno la suerte de compartir su vida entera con ella. Decir gracias es poco. Por suerte para eso se han escrito los libros: no habría nada peor que vivir toda una vida de excesos, aventuras y peripecias, solo para descubrir, en mis últimos instantes, que la única pieza que necesitaba la dejé ir en vez de dejarme completar con ella. Y decirle a esa persona (la persona más importante de mi vida), que el único gesto de amor del que podría ser capaz entonces es el de esperar que también yo pueda ser el uno que te hace tanta falta.


Se lo regalaría a: Todas las personas que gustan de armar rompecabezas. ¡Que vivan las costumbres anticuadas!

martes, noviembre 03, 2009

Finales inesperados

Habrás vivido para descubrir
que los días pasarán cambiando de color,
un paseo sublimal a fuerza de volvernos viejos. Pero ya no podríamos esperarnos en los refugios de siempre, en el poyal de la chimenea junto al fuego fatuo.
Tal vez ya te he dejado,
quizás ahora entiendo que los finales están escritos
por momentos que no llegamos a imaginar.

Y en cambio hoy ya ni siquiera procuré buscarte,
inerme como siempre he sido, anclado al cobijo absurdo de mi calle, mirando todo retorcerse, aprendiendo a descubrir
que ni siquiera puedes verme, que ya estoy demasiado lejos.

Ha sido un día feliz.
Has de haber oído los silbidos ceseantes de la estación que llega,
de los ciclos y las cosas que han caído en gigantescos agujeros invisibles,
donde cae también la posibilidad de olvido,
la palabra que enseña a desaprender
el idioma en que decimos los finales.

Y sabré que no podrías alcanzarme, que el dolor de todo lo que no dolía irá desvaneciéndose
pero de nada servirá
si yo estaré tan lejos.

lunes, octubre 26, 2009

T.S. Eliot - La canción de amor de J. Alfred Prufrock

Creo que hay momentos que uno vive solo para saber. Como si uno quisiera tentar al universo, probarse cosas que ya sabe, tratar de sorprenderse. Supongo que no me explico demasiado bien. Veámoslo así: ¿alguna vez han hecho algo "incorrecto" por el solo placer de hacerlo? Me refiero a esa sensación. Creo que la búsqueda por las pasiones del alma tiene que ver con esa intensidad de sentir cuando estamos sometidos al tedio. Y que el arte tiene mucho que ver con eso: ahí es donde el arte brota principalmente como un arma humana para aferrarse a la emoción de la vida: no como un instrumento contra el dolor, sino contra el aburrimiento.

Pensaba esto porque hace no mucho me di la licencia de enferentarme a la condición humana. Digámoslo así: soy malo con las personas y nunca he tenido demasiado reparo en aprender de ello. Casi siempre la lección ha sido que es mejor no confiarse y escribirse solo. Pero cada tanto me dan ganas de hacer el pequeño experimento de acercarme a alguien, como para terminar de convencerme. Hasta ahora creo que no he tenido suerte (o más bien la he tenido, qué sé yo), porque el resultado suele ser volver a la reclusión inicial, asumirme un caso más de los que no pueden conectarse con el resto del mundo en su desesperada y caótica personalidad, demasiado ambivalente para el bien de otros. Y la verdad es que se está muy bien así. Las decepciones no duran demasiado cuando uno sopesa la realidad del momento y se dice "pero no valió la pena".

Solo que considerándolo a la escala de una vida, ¿qué queda después? Todavía no soy lo suficientemente viejo como para sentir que mi vida se queda vacía. Para el caso, no podría ser así. Si bien es cierto las personas que tengo cerca no siempre lo están tanto (algunas me dijeron que no debería YO tratar de acercarme tanto y supongo que eso vale), están todavía lo bastante pendientes de mí como para no poder darme por un perfecto ermitaño o algo así. Pero me pregunto cada vez más: ante la imposibilidad de conectar realmente, de darme a entender con transparencia, de compartir lo oscuro y lo complejo y lo incomprensible, ¿dónde queda mi posibilidad como ser humano? Si mi vida se resumiera a eso, entendería que algunas cosas transcurren y se van repitiendo en el camino, que hay preguntas que uno se hace una y otra vez y, aunque la respuesta va cambiando, nunca llega a ser la que uno necesita.

Creo que este poema se trata sobre eso. Bueno, se trata sobre muchas cosas más, pero en este momento es ese punto específico el que me interesa. No solo porque es un poema amplísimo en el sentido en el que una vida entera puede verse reflejada en él, sino porque el ritmo que marca es el de un camino que se realiza con la incertidumbre del hombre que duda de todo, se acerca a demasiado y consigue nada. La desesperación más absoluta tiene que provenir del desacierto. Y lo peor es que no conozco otra manera de aprender.

Bien entonces, me quedan muchas preguntas todavía. Seguramente la primera es si encontraré alguna vez a una persona que entienda. No conozco a ninguna todavía. Otra puede ser si las personas que ya están cerca entenderán esa necesidad o la respetarán un poco más de lo que hacen. Vale la pena preguntarles, pero si les interesa realmente, espero que sean ellos los que me pregunten a mí.

Solo una última advertencia: esta canción de amor no es una canción de amor. O al menos no como el cliché manda que sea. Este es el amor del que desconfía, se acerca y entrega demasiado. El amor del que no entiende por qué el amor tiene que dar miedo. Un amor por el cual vale la pena preguntarse si uno se atreve a vivir.

Recomendable: No sé bien, pero sé que si lo lee uno en medio de una depresión de esas de la vida, puede tener efectos nefastos sobre el instinto de conservación.
Se lo regalaría a: Todo aquel que tenga que lidiar con una persona que se confunde demasiado, dice a destiempo y escucha lo que quiere. Así que a prácticamente todo el mundo.

Vayamos, pues, tú y yo
cuando la tarde se haya tendido contra el cielo
como un paciente eterizado sobre una mesa;
vayamos, entonces, por calles casi desiertas,
murmurantes retrocesos
de noches inquietas en hoteles baratos de una noche
y empolvadas fondas con conchas de ostras;
calles que se prolongan como un argumento aburrido
de intención tediosa
que te llevan a una pregunta abrumadora...
Oh, no preguntes “¿qué es?”,
vayamos a hacer nuestra visita.

En la habitación, las mujeres vienen y van
hablando de Miguel Ángel.

La niebla amarilla que lava su espalda en el cristal de las vidrieras,
el humo amarillo que lava su hocico en el cristal de las vidrieras
pasó su lengua por el interior de las esquinas de la tarde,
se quedó suspenso largo tiempo sobre los charcos de las cunetas,
dejó caer sobre su espalda el tizne que cae de las chimeneas,
se deslizó por la terraza, dio un salto súbito,
y, viendo que era una noche suave de octubre,
se enroscó una vez a la casa y se quedó dormido.

Y, en verdad, habrá tiempo
para el humo amarillo que se desliza a lo largo de la calle,
frotando su espalda sobre el cristal de las vidrieras;
habrá tiempo, habrá tiempo
para preparar un rostro que acepte los rostros que encuentres,
habrá tiempo para matar, habrá tiempo para crear
y tiempo para todas las labores y los días hábiles
que levanten y dejen caer una pregunta en tu plato;
habrá tiempo para ti y habrá tiempo para mí,
y habrá tiempo incluso para cien indecisiones,
y habrá tiempo para cien visiones y revisiones
antes de que tomemos una tostada y té.

En la habitación, las mujeres vienen y van
hablando de Miguel Ángel.

Y en verdad habrá tiempo
para preguntarse “¿me atrevo?” y, “¿me atrevo?”.
Habrá tiempo para volverse atrás y bajar la escalera
con un espacio calvo en la mitad de mi pelo.
(Dirán: “¡qué ralo se le está poniendo el pelo!”.)
Mi traje matinal, mi cuello que sube firmemente al mentón,
mi corbata, rica y modesta, pero asegurada por un simple alfiler.
(Dirán: “pero, ¡qué delgados son sus brazos y sus piernas!”.)
¿Me atrevo
a perturbar el universo?
En un minuto hay tiempo
para decisiones y revisiones que un minuto revocarán.

Porque ya las he conocido a todas, a todas ellas:
he conocido las noches, las mañanas, las tardes,
he medido mi vida con cucharillas de café;
conozco las voces que mueren poco a poco
bajo la música llegada de un cuarto distante.
Entonces, ¿cómo podría yo atreverme?

Y he conocido ya los ojos, todos ellos:
los ojos que nos fijan en una frase formulada,
y cuando esté yo formulado, debatiéndome en un alfiler,
cuando yo esté clavado y retorciéndome en la pared,
¿cómo podría entonces empezar
a escupir todas las colillas de mis días y de mis costumbres?
¿Y cómo podría atreverme?

Y he conocido ya los brazos, todos ellos:
brazos con brazaletes y blancos y desnudos.
(¡Pero bajo la lámpara poblados de claros vellos castaños!)
¿Es acaso el pefume de un vestido
lo que así me hace divagar?
Brazos que reposan sobre una mesa o se envuelven en un chal.
¿Y podría yo entonces atreverme?
¿Y cómo podría empezar?

¿Diré: fui al crepúsculo por calles estrechas
y contemplé el humo que sale de las pipas de hombres solitarios,
asomados a sus ventanas, en mangas de camisa?

Yo debí ser un par de manos andrajosas
que rasaron los suelos de mares silenciosos.

¡Y la tarde, la noche, duerme tan apaciblemente!
Alisada por largos dedos,
dormida... fatigada... o bien se hace la enferma,
extendida en el suelo, aquí junto a ti y a mí.
¿Tendría yo, después del té y los pasteles y los helados,
la fuerza para forzar el momento a su crisis?
Pero aunque he llorado y ayunado, llorado y orado,
y aunque vi mi cabeza (ya un poco calva) traída en una bandeja,
no soy profeta (pero esto no importa mucho);
he visto flaquear el momento de mi grandeza
y he visto al eterno lacayo recibir mi abrigo y sonreír estúpida­mente,
y, en suma, tuve miedo.

¿Y habría valido la pena, después de todo,
después de las tazas, la mermelada, el té,
entre la porcelana, entre alguna conversación sobre ti y sobre mí,
hubiera valido la pena
haber hincado el diente en el asunto con una sonrisa,
haber comprimido el universo en una bola
para rodarlo hacia alguna pregunta abrumadora,
para decir: “Soy Lázaro, vuelto de entre los muertos,
vuelto para decírselo todo, se lo diré todo”.
Si una, acomodando una almohada junto a su cabeza,
dijera: “No es eso lo que quise decir, no es eso.
No se trata, en absoluto, de eso”?

¿Y hubiera valido la pena, después de todo,
hubiera valido la pena,
después de los ocasos y de los patios y de las calles regadas,
después de las novelas, después de las tazas de café, después
de las faldas que arrastran por el piso
(y esto, y tanto más)?
¡Es imposible decir exactamente lo que quiero decir!
Pero como si una linterna mágica proyectara los nervios en
modelos sobre una pantalla:
¿Habría valido la pena
si una, acomodando una almohada o quitádose un chal
y volviéndose hacia la ventana, hubiera dicho:
“No es eso, en absoluto,
no es eso lo que quise decir, en absoluto”?

¡No! No soy el príncipe Hamlet ni es mi intención serlo,
soy un señor cortesano, uno que servirá
para llenar una pausa, iniciar una escena o dos,
aconsejar al príncipe; sin duda, un instrumento dócil,
obediente, contento de servir,
político, precavido, meticuloso,
lleno de altos conceptos, pero un poquito obtuso;
a veces, en verdad, casi rídiculo:
casi, a veces, el Bufón.

Envejezco... Envejezco...
Usaré enrollados los extremos de mi pantalón.
¿Me peinaré el cabello hacia atrás?
¿Me atrevo a comer un melocotón?
Me pondré pantalones de franela blanca y caminaré por la playa.
Allí he oído a las sirenas cantándose una a otra.

No creo que canten para mí.

Las he visto cabalgar sobre las olas, mar adentro,
peinando los blancos cabellos de las olas revueltas
cuando el soplo del viento vuelve el agua blanca y negra.

Nos hemos quedado en los dormitorios del mar
al lado de muchachas marinas
coronadas de algas marinas rojas y pardas
hasta que voces humanas nos despiertan, y nos ahogamos.

jueves, octubre 22, 2009

MGx

Vivíamos la noche a escondidas,
como temiendo ser descubiertos por los villanos que creamos.
La calle se consolaba con el humo y tú
te habías conformado con esquivar el filo en mi palabra.
Éramos un juego:
yo te imaginaba cerca, como una fábula. Una niña que se perdía en el bosque solo por curiosidad y encontraba la madriguera del lobo. Luego visitabas al lobo todos los días y le llevabas de comer. Luego le contabas historias y escuchabas su aullido sin temor. El lobo no te devoraba y la historia concluía en que un día ya no lo verías más. Y eras la única que lo iba a descubrir.
Pero acusaste un golpe a destiempo
y rompiste el juego hablando de las reglas:
no a esto, no a aquello. Tú no puedes sentir eso por mí.
Yo no sentía nada más que la textura
de la carne que la niña me llevaba hasta la cueva. Había imaginado el calor de una manta que jamás llegó a cubrirme el lomo cuando el invierno asolaba. Había aprendido a pronunciar tu nombre como si estuviera anexado a los ecos de mi aullido. Así es estar cerca de otros, pensaba; así se siente oír una voz que no es la de mis muros.
Soñé sin esperar mucho, pero eso a la herida rara vez le importa. Quizás un silencio hubiera sido la mejor salida: suficiente para decir "yo puedo verte aunque te escondas".
Pero cuando volvíamos, la noche ya se había vuelto madrugada. El dolor crecía como si jamás hubieras sembrado en mi emoción cualquier otra cosa. Te miré para buscar la calma de tu despedida, para que dijeras "sí me importa", para que entendieras la importancia de no herirnos nunca.
Y tú dijiste
"era una tontería. Mañana no lo voy a recordar".

domingo, octubre 04, 2009

Caído -sanarán las alas antes que su cuerpo-

Viviré con las heridas sobre la ropa,
enemistado con las palabras que pronuncio, demasiado torpes para explicarte nada,
para hallar una solución de adultos.
Quizá porque crecí entre notas musicales
y todo lo que aprendí del mundo lo saqué de libros. No puedo ser mucho mejor que los personajes que morían
o los villanos en que al final me he convertido.
Amo como en los finales imposibles:
es difícil encontrarme libre, desencadenado.
Y amarte me resulta tan sencillo como eso,
pero perdonarme, también por eso mismo,
el único secreto que jamás sabré de mí.

lunes, septiembre 21, 2009

Pirógena

Soy un mal esposo. Sé que lo soy.
Debería amarte siempre, sin fijaciones ni espejos ni temor de ningún tipo.
Pero temo
cuando alzas la voz o quiebras mi aullido,
sé que debería amarte como eres, sin cambiarte en nada, sin exigirte nada para mí;
que debería por ejemplo,
pasear a los perros y ayudarte sin que me lo digas a lavar la vajilla los domingos. Que podría hacer limpiar tu auto por dentro, y sorprenderte con la ropa ordenada,
que debería ser puntual y amarte solo lo necesario,
que no debería buscar tu roce cuando tienes sueño,
que debería respetar tu espacio cuando te enojas y entender
siempre entender,
que no querrás cambiar por nadie.
Pero soy un mal esposo.
Paso las tardes mirando las cartas del tarot y escribiendo en las paredes,
cosechando las flores silvestres de mis castillos de humo,
lamentándome de mi incapacidad de ser más fuerte.
Y solo no puedo amarte,
cómo puedo,
cuando sabes que soy tan sensible, tan emocional, tan frágil
y te pido que me salves con un beso, una palabra a destiempo, un verbo que no espero,
y en vez susurras
"yo sí quiero morir".

sábado, septiembre 19, 2009

Polícromos

Podemos compartir la noche. Podemos dividirla, hastiarnos, convertirla en un reflejo de nuestra incapacidad de discernir colores.
Y tratar de ser felices así,
aferrados a la posibilidad de ser normales.
Pero lo cierto es que las avenidas me poseen
y la luz cambia también el color de mis certezas.
Yo esperaría aquí entre las paredes a que alguien recoja los restos.
Pero antes debo hallarte entre los laberintos.
Y una vez afuera tal vez nos encontremos, pero lo cierto es que no regresaré:
yo no pasaré por uno más,
tú no intentarás detenerlos.

lunes, septiembre 14, 2009

Lista de excusas

Quizás algunos de ustedes se preguntan (más cierto sería decir que yo me lo pregunto) por qué he dejado abandonado tanto tiempo este lugar. Creo que corresponde entonces una lista larga de buenas excusas (al menos para mí son buenas, me he esforzado mucho en encontrarlas), pero al final creo que todo se resume a algunos proyectos de los cuales puedo, ¿por qué no?, hablar aquí de una buena vez.

La cosa es que para mí esta es como una nueva fase, y supongo que es oportuno señalar también a los lectores que algo de eso habrá en mis ganas de empezar a bloggear más seguido. Dicho sea de paso, ese verbo no tardará en incorporarse al ilustrísimo diccionario de la RAE, lo cual no sé si me hace sentir bien o terriblemente asustado. Probablemente ninguna de las dos.

Han sido días del todo adultos. Cuando digo adultos, quiero decir aburridos. Básicamente trabajo en la editorial, acomodar algunos papeles para tramitar cosas (como estúpidas cuentas bancarias y cosas por el estilo) y uno que otro trabajo realmente divertido, como diseñar, corregir un par de buenos textos y darme por entero a un proyecto que ha capturado casi toda mi atención, en prejuicio de mi pobre blog: mi nueva novela. Terminados todos estos proyectos, he tenido que ponerme a punto rápidamente con la librería que estamos por inaugurar en el distrito de Barranco en poco, muy muy poco tiempo, con lo cual el pobre whisky doble siguió pasando debajo de una serie de tareas pendientes con un gigantesco rótulo de "impostergables".

Lo positivo es que con algo de trabajo duro estos meses, al fin, decía, tengo algo de tiempo para mis ocios favoritos, entre los cuales está este espacio que no pienso abandonar nuevamente por tanto tiempo, al menos en un futuro próximo.

¿Recapitulando? Las buenas noticias son que definitivamente empezaré a postear más reseñas. Acuso el hecho de que, con la nueva librería, voy a tener más de un título interesante y poco conocido entre manos. Dicho sea de paso, me encuentro revisando la obra de HH Ewers, un autor del que sabía poco hasta que me reencontré con "La araña", un cuento del cual seguramente postearé más adelante. En fin, decía que se vienen más reseñas, si todo sale como espero, aunque hace poco recibí una crítica lapidaria hacia una de ellas (vino, felizmente, de una literata que me criticó por no hacer crítica literaria formal o algo así de ridículo), pero luego me puse a pensar que la señorita me-importa-más-quedar-bien-frente-a-mis-profesores-y-ridículos-compañeros-yuppies-como-yo era, probablemente, una honesta amante de la intelectualidad literaria, y yo, que soy más un aficionado a todo que un profesional de algo, no tengo otras palabras que las mías para referirme a lo que leo. ¿Estamos claros en que no vale decepcionarse si no hago una tesis comparativa respecto a las mecánicas internas de la técnica literaria en la narrativa moderna? Genial. Estamos de acuerdo entonces en que en este lugar hacemos lo que nos da la gana.

Respecto a la librería, les daré los datos pronto, ¡lo prometo! Por ahora déjenme contarles que dos muchachas muy geniales han llegado a un acuerdo con nosotros y harán las galas de decoradoras y organizadoras del lugar, así que estamos trabajando para que el local sea lo más cálido y cómodo posible para todos ustedes.

Sobre Arkabas, se vienen novedades pronto, como una nueva línea de poesía que tendré a bien comentar en un próximo post también. Ufff... son muchas cosas para un próximo post. Pero al menos eso me compromete a que haya uno pronto. Respecto a lo demás, mi última queja iría dirigida a quien sea que decidió destruir la pista frente a la editorial. Nunca había temblado tanto en un solo día. Además del hecho de que el camino es prácticamente el campo de entrenamiento ideal para cualquier asesino serial (tienes lugares donde matar Y donde esconder el cuerpo en un solo espacio, más la posibilidad de enterrarlo todo con solo un empujón de caterpillar), he descubierto que la no utilización de mi calle genera escasez de estacionamientos y embotellamientos de tráfico dignos de un cuento de Cortázar.

Una última cosa, hoy estuve pensando seriamente en algunas cosas y creo que ha llegado el momento de sacar una edición del cuaderno blanco que implique más que el experimento de mediados de año. Reunión con el staff entonces, es hora de hacer algunas aventuras editoriales de no muy alto vuelo, pero hartas ganas. Como diría una crítica por ahí: "pierdes tu tiempo". Lo cual, considerando el mundo de hoy, puede ser considerado un enorme halago. No todos tienen el lujo de tener tiempo para desperdiciar.

Salud con todos,

- daniel

sábado, septiembre 05, 2009

Sanbar

No todos los días ni todos los motivos. No soy sino un pedazo de los recuerdos que no logro conciliar. No el sueño ni el amor ni la sensación de ahogarse bajo el mar,
no la visión.
El instante en el que corres y rozas la arena con tus dedos y tu perro te sigue y el mar calma los aullidos falsos de la tarde.
El amor que se destiende entre las sábanas y tus gemidos y el momento en el que tiemblo bajo el chasquido de tus dientes.
No soy el punto indeciso entre el abismo y la muerte natural.
No estoy triste, no puedo estarlo.
Soy los momentos a los que me debo y van dejándome memorias
que pueden ser la libertad
o su completa renuncia.