viernes, noviembre 23, 2007

El ojo // Vladimir Nabokov

Si hay alguien que sabe jugar con la identidad, ese es sin duda Nabokov. Sus personajes son siempre contradictorios (y quién no lo es, finalmente), cambiantes, poco confiables. Es como si al tomar alguno de los libros de este autor magnífico, uno estuviera metiéndose en un duelo de habilidad e inteligencia para no sentir que se le toma a uno el pelo. Pero si fuera solo una cuestión de entrar a un juego idiota del escondite, difícilmente Nabokov sería el gran autor que es. Más bien el golpe de dados está en que esos personajes cambian frente a nuestros ojos solo porque nosotros lo permitimos: las historias cambian de acuerdo al ojo con el que las leamos y allí es donde entra la mano del autor para tejer esa red fina y sutil que nos abre esa posibilidad.

El ojo es, pues, un paradigma de esa forma de literatura, que probablemente encuentra su mejor exponente (y me atrevo a decir que no solo en la obra nabokovniana) en la a todas luces extraordinaria Pálido fuego. La obra nos presenta a un extraño personaje cuya vida parece condenada a la más absoluta mediocridad, pero un giro dramático en su vida lo convierte en un expectador de un extraño y sospechoso palco escénico que transcurre en una casa de inmigrantes rusos, donde un enigmático personaje, Smúrov, intenta cortejar a una de las muchachas de la familia.

En una prosa limpia y magistral, con esa forma narrativa que tienta al lector a la desconfianza o la credibilidad, esta obra es un inicio perfecto para quien nunca ha leído a Nabokov, pero también un tour de force para todo aquel iniciado. Embellecida además por escenas típicamente nabokovnianas, este libro nos permite perdernos en la identidad de uno u otro personaje, jugar a ser nosotros mismos o nuestra imagen de fantasía del yo, observar desde un palco de lujo, o ser protagonistas de la obra.
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Recomendable: Para cuando queremos jugar a que el alma se nos sale del cuerpo y podemos vernos ahí abajo.
Se lo regalaría a: Gente de mente cerrada, lean este libro para que sepan que "el ojo" puede (y debe) ser de cualquiera.

Ficha técnica:
Nabokov, Vladimir
El ojo - Anagrama (Compactos)
1999
112 p.; 12x19 cm.
ISBN: 9788433966278





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"Algún tiempo después, si es que es posible hablar aquí de tiempo, quedó claro que el pensamiento humano mantiene su ímpetu después de la muerte. Me encontraba completamente enfajado: ¿era una mortaja?, ¿era simplemente la tensa oscuridad? Lo recordaba todo -mi nombre, la vida en la tierra- con perfecta claridad, y sentí un bienestar maravilloso en la idea de que ahora no había que preocuparse de nada. Con lógica maliciosa y despreocupada avancé de la sensación incomprensible de vendas apretadas a la idea de un hospital e, inmediatamente, obedeciendo a mi voluntad, se materializó a mi alrededor una espectral sala de hospital, y tenía vecinos, momias como yo, tres a cada lado. ¡Qué poderoso era el pensaiento huano, capaz de lanzarse como un rayo más allá de la muerte! Dios sabe por cuánto tiempo seguiría latiendo y creando imágenes después de que mi difunto cerebro hubiera dejado de servir para algo. El cráter familiar de un diente ahuecado seguía conmigo y, paradójicamente, esto me proporcionaba un alivio cómico. Sentía cierta curiosidad por saber cómo me habían enterrado, si había habido una misa de réquiem, y quién había asistido al funeral."

domingo, noviembre 18, 2007

Identidad

Intentar rescatarse puede consistir en eso. Por veces ella, que me salva de días como hoy, por veces los amigos que a la vez faltan y están, por veces uno mismo, por veces el mundo. La supervivencia efímera de arrancarle trozos de salvación al vacío, temerla a nada, por lo tanto no tener deseos. Me lastima no amar, así como me lastima anhelarlo. Vacío, suicida, enfermo. Las pastillas curan el insomnio, pero ya no cumplen su fin. Suman al problema cuando la dosis aumenta y yo sigo siendo mi enemigo. Pero sé que mañana veré el rostro de ella y no habrá cambiado. Yo, por otro lado, me echo a dormir sólo para hallar el mismo sueño recurrente: me miro al espejo y mi rostro es otro. Y el problema no es no reconocerme, sino no poder recordar cómo era yo antes del sueño.

domingo, noviembre 11, 2007

Cómo me hice monja // César Aira

Esos libros que uno recupera. De esos que llegan a tus manos tiempo después de haberlos leído. Y tiempo después de haberlos visto en tu estantería. No se sabe bien cómo, pero de alguna manera nos renuevan el cariño y la curiosidad. Cuando me mudé de Buenos Aires y volví a Lima, una de las cosas que tuve que dejar detrás fue una caja con libros y otros apuntes. Básicamene porque aunque realmente me dolió dejarlos, los libros pesan mucho y (oh, maldita aviación comercial) pagar el exceso de equipaje no es algo muy recomendable que digamos. Supongo que vale la pena con algunos libros y créanme, moría de ganas de pagarlo. Pero no. Hay que ser fiel a los principios y no darle más dinero del que ya nos roban esas malditas aerolíneas.

Así que dejé un número x de cosas en casa de una tía en Buenos Aires, esperando irlas recuperando de a pocos. Y hace una semana volvieron con una persona que viajó para allá una serie de apuntes, cuadernos de mi carrera en los que había bocetos de una que otra historia y un par de los libros que dejé. La mayoría los metí en la estantería casi sin mirarlos, o sin recordar que los tenía, otros me alegré de recuperarlos y en eso me quedé con este en la mano y sencillamente me sentí mal por haberlo dejado detrás.

Cómo me hice monja es un ejemplo absolutamente magnífico de lo que es la libertad narrativa de Aira. Esa libertad subversiva, estimulante y ácrata que es una búsqueda de identidad. Un adulto evoca sus recuerdos de infancia, su mudanza del pequeño pueblo de Coronel Pringles a la ciudad de Rosario, donde empiezan a desencadenarse hechos extraños, divertidos y fantásticos que cambian la vida de este personaje y su familia. Y ese personaje es fragmento y variación, no admite ningún orden establecido, alterna la temporalidad y el espacio como si ese cantar no estuviera hecho para los oídos del narrador (y dicho sea de paso, del autor). Aunque sencilla en apariencia, esta novela nos interna al extraño mundo de caos que tanto fascina al argentino César Aira, donde la Niña, el protagonista de la novela, alterna su género con el masculino, entrecruza el umbral que divide lo real de lo imposible y desafía el tiempo narrativo o el accionar de los personajes, cambiando de rumbo, voluntad y objetivo, dejando de lado la intención de contar la historia de cómo la Niña se hizo monja para pasar a contarnos sobre su vocación literaria sin mayor explicación que la lógica particular del autor.

Sobre todo porque es una novela basada en el recuerdo, que todo lo distorsiona, lo desordena, lo convierte en fábula. Porque eso es, finalmente, recordar lo que significa ser un niño, sentir de nuevo esa opresión en la garganta y esa libertad para transformar el mundo con nada más que un guiño de ojos, ese dejarse estar que lo libera a uno de la realidad y mitifica los hechos para convertirlos en pequeños momentos triviales que terminan por definir nuestra vida, nuestra forma de ser, nuestro día a día.

Llena de desvarío, desorden, contradicción y verborragia, la prosa de César Aira nos ofrece una singularidad digna de admiración: lograr, en novelas de a veces no más de treinta páginas, un caudal narrativo inagotable.

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Recomendable: Cuando todo lo que importa es sentirte libre. Cuando estás harto de los protocolos. Cuando vale la pena subvertir todo con la mente porque la realidad jode.
Se lo regalaría a: Dado el caso, supongo que a cualquiera que quiera empezar a leer a este autor a todas luces recomendable. Es un excelente punto de partida.

Ficha técnica:

Aira, César
Cómo me hice monja - Beatriz Viterbo Editora
1999
256 p.; 12x19 cm.
ISBN: 9789508450746
Notas: Incluye la novela La costurera y el viento.





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"Mi mamá era mi mejor amiga. Pero no por una elección que me definiera, ni por una elección de cualquier otro tipo, sino por ncesidad. Estábamos solas, aisladas, ¿qué nos quedaba sino tenernos la una a la otra? En esos casos la necesidad se hace virtud, y no es menos virtud por eso. Ni menos necesidad. La nuestra no era profunda, no tenía raíces o concomitancias. Era una necesidad casual, de momento. Difícilmente podría encontrarse dos seres con menos afinidades que nosotras dos. Ni siquiera éramos opuesto complementarios, porque nos parecíamos. Ella también era una soñadora. Habría preferido ocultármelo, pero lo descubrí por alguna señal mínima. Las personalidades secretas se revelan en lo furtivo , y eso era lo que yo captaba antes ue nada, de modo que la pobre mamá no tuvo ninguna chance de hacerse imperceptible conmigo. Mis ojos horadantes de monstruo impedían que ningún ser vivo se mimetizara con mi vida."

lunes, noviembre 05, 2007

Buenas costumbres

Mamá me dijo ponte el saco. Y yo me vi al espejo y era otro. Yo le dije a mamá que el otro tenía mi cuerpo. Mamá dijo que estábamos apurados,

si no llevas el saco no eres elegante.

El otro reía.

martes, octubre 30, 2007

Toda Mafalda // Quino

¿Oye qué? ¿Pero este no es un blog de literatura? Bueno, sí. Pero qué diablos. Es un blog sobre lo que dan ganas de leer. Y qué es y qué no es literatura es un debate milenario. Y como no pretendo pronunciarme al respecto, mejor me sigo divirtiendo como el día del censo con esta obra extraordinaria.

Lo único malo de reseñar Toda Mafalda, es que creo que ya no hay mucho más qué decir. Que son personajes a todas luces memorables, es casi redundante. Que no han perdido vigencia también. Que hay una adoración casi inexplicable por las tiras de Joaquín Salvador Lavado ya es como repetir alguna frase de algún periódico de alguna de las miles de reseñas que debe haber tenido Mafalda a lo largo de su historia.

Puedo decir, eso sí, que tiene algo de especial meterlos en esta especie de "blog literario", al costado de Kafka, Borges, Cortázar y demás maestros. Y no es que Quino no merezca ese lugar de excepción. Es cierto que la tira cómica dista mucho de la intención literaria como género. ¿Pero importa verdaderamente eso? A veces creo que nos pasamos demasiado tiempo cuestionando el "deber ser" y nos olvidamos de lo que podemos disfrutar en la aceptación irresoluta del ahora. Como un censo que se puede convertir en el mejor día de tu vida si te lo propones. O en el peor si te sientes encerrado. Y quizás eso pasa con este libro. Podemos debatir respecto a su condición en nuestro anaquel personal de libros, o podemos sentarnos a leer y descubrir que, al igual que en las grandes novelas, Mafalda existe no para resolver nuestros problemas, sino para darnos preguntas que nos ayuden a entender las soluciones.

También porque reír es algo esquivo en este siglo. Y porque esta obra ha logrado la inmortalidad del modo más válido que puede hacerlo cualquier obra: golpeando de lleno en la emoción estética. Es decir, porque Mafalda nos conmueve, pichiruchis.

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Recomendable: Toda Mafalda (o sea el libro grande que tiene las 12 tiras y las inéditas), supongo que en tu casa para no cargar semejante bulto por ahí. Pero aplausos para todos los fanáticos que van por los colectivos del mundo con Mafalda en las piernas. Fuera de esa acotación, creo que en cualquier lugar: sala, comedor, dormitorio, baños o cocina. Da igual. Y en cualquier momento. Reírse no es algo que necesite programación.
Se lo regalaría a: Bush, aunque seguro no lo entendería. También a todos los compañeros anti-sopistas que hay por ahí, un salud por nosotros.
Ficha técnica:
Quino
Toda Mafalda - Ediciones De la Flor
2001
658 p.; 21x32 cm.
ISBN: 9789505156948




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viernes, octubre 26, 2007

Censo

El domingo 21 de octubre de 2007, se realizaría un censo nacional de población y vivienda en el Perú.

Se dio orden de inamovilidad para ese día: nadie podría salir de casa.

La orden se terminaba a las 6 pm.

La gente se quejó durante toda la semana previa al censo.

El día del censo, la gente, ansiosa y aburrida, esperaba el fin del encierro.

A las 5:59 las personas se amontonaban frente a la puerta para invadir las calles.

A las 6 todas las puertas se abrieron y la población en pleno inundó plazas, avenidas y locales en su desesperación por librarse de la claustrofobia.

A las 6:05, todos se miraron las caras, dijeron “ahora qué mierda hacemos” y regresaron a sus casas a tomar el lonche.

jueves, octubre 11, 2007

Historias de cronopios y de famas // Julio Cortázar

Justificación paranoica
"Pero... ¿no acabas de reseñar a Cortazar?". Sí, ciertamente, hace poquito escribí ese post sobre Rayuela, pero también es cierto que hace mucho tenía ganas de reseñar sobre Historias de cronopios y de famas y que la ocasión se me presentó. Y además, reivindico un poco al gran autor que es Cortázar poniendo este extraordinario libro que, en mi opinión, es el mejor de este argentino que ha sido influenciado por casi todo lo que me gusta.

¿Por qué se me presentó la ocasión? Un hecho pequeño pero divertido, cotidiano pero definitivamente de los que te dejan pensando, corto pero, con suerte, de los que dejan buenas lecciones. O sea... sí, este post viene con historia. Pero en serio, sigan leyendo. Creo que la causa es buena.

¿Qué leo?
Fue el sábado pasado, yo sentado en una tribuna mirando un concurso de equitación y entre esas conversaciones con personas que conoces de vista, alguien me comentó que le encantaba leer. La conversación se extendió y esta persona me cuenta que ha leído siempre mucho, pero casi todo en inglés, y que además tiene muchas dudas sobre lo que debería leer. Prometí recomendarle algo, así que acá está este post. Cierto que pude haber mandado un mail con una lista, pero la verdad si hay que dar explicaciones, fue una pregunta que no me habían hecho hace mucho. Llegué a mi casa pensando en ella. ¿Por qué la obsesión? Porque lo primero que me pasó por la cabeza fue que si pudiera trazar un camino perfecto como lector, es decir, si se me diera la oportunidad de volver atrás y escoger el orden en que leería cada libro de mi vida, la elección sería sumamente difícil. Llega un punto, en el medio, en que descubres tu propio camino. Y el final no lo sabemos nunca. Pero, ¿y el comienzo?

Así que a esa persona: es una pregunta muy complicada la que me hiciste. Pero me pediste que te recomendara algo y este blog es en parte para eso. Compartir la experiencia de libros y también cambiar opiniones. Seguro que hay diferentes tipos de lectores y diferentes tipos de libros. Pero alguien que quiere empezar a leer en español... ¿Un clásico? ¿Algo muy moderno? ¿Algo muy antiguo? ¿Algo muy personal? ¿Algo muy popular? Pero la respuesta, como siempre, está en el tiempo. Creo que ya sé qué contestarte. O qué contestarme, en todo caso. "Vuelve a los inicios". Siempre volver a los inicios.

Comienzos posibles
Pensé muchísimos trazados diferentes para esa ruta de empezar a leer en español. Desde luego, una obra traducida no tenía mucho sentido. Entonces... ¿Cervantes, Lope de Vega, Quevedo, Góngora? Bueno... sí, son grandes autores y todo. Pero esa forma convencional de empezar, ese orden maniático y cronológico (tan de colegio), ¿es verdaderamente el mejor? Quizás sería bueno empezar por un grande, o un autor vivo. O quizás por mi libro favorito... O quizás...

En fin. Debo decir que no estoy convencido de haber elegido la mejor opción posible. Pero sí estoy seguro de una cosa. He elegido la opción que, personalmente, me daría a mí mismo si tuviera que elegir otra historia para mi propia vida de lector. Mi primer libro fue El conde de Montecristo. Y por razones que algún día comentaré en este blog, nunca lo terminé. Pero gracias a ese libro y a la persona que me lo regaló, nunca he vuelto a dejar de leer aunque sea una página antes de dormir.

Y creo que ese es el punto. Que cada comienzo es personal, relativo y único. Depende del contexto, de la edad, del momento, de la persona. Esto que hago, darle un comienzo a alguien, es todo lo que puedo ofrecer. Que sirva o no, sólo es algo que puedo esperar y que escapa absolutamente a mis manos. También quizás por eso mi colegio frustró a tantos potenciales lectores. En fin... Lo cierto es que cuando pensé que la respuesta era volver a los inicios, supe que este era el libro que quería recomendar. Y punto.

Ahora sí, Cortázar

Y ahora. ¿Por qué Historias de cronopios y de famas? Porque cuando leo, me pasa como con la música. Doy siempre un paso atrás. A Poe lo conocí leyendo Kafka. A Faulkner, leyendo Lobo Antunes. A Flaubert, leyendo a Vargas Llosa. Lo que digo es que buscar las influencias es una buena manera de hacerse lector. Es una forma de conocer las bases de nuestros autores favoritos, y a la vez de llegar a nuevas cosas que pueden gustarnos. Con la gran oferta que existe hoy en día, elegir el libro correcto es difícil, pero una vez que uno tiene una piedra angular en base a la cual moverse, creo que el camino se vuelve más fácil. Con esto no digo que uno se encierra en un canon, sino más bien que uno construye un margen que puede irse extendiendo hasta abarcar los libros más diversos que uno llegue a leer en su vida.

Historias de cronopios y de famas es un libro del absurdo. Es una de las obras cumbre de la literatura fantástica, surrealista y experimental; pero también de la literatura latinoamericana. Y sobre todo, es la apertura ideal para este gran y enigmático autor que es Julio Cortázar, uno de los mejores cuentistas de todos los tiempos. Y sobre todo, es una puerta. Creo que es un libro lleno de curiosidades y que no se agota rápido. Es un libro que te hace preguntar más, que te hace buscar hacia atrás, que te hace descubrir lo maravilloso que es querer leer más de un autor y de aquellos que lo influyeron. Porque pese a ser experimental; es también básico y esencial. Porque vuelve al inicio. Y, porque pasa lo que en las grandes obras: que cuando salimos de ellas tenemos la sensación de salir transformados de una habitación que no conocíamos y en la que descubrimos algo maravilloso. Pero el comienzo no es nada más que ese vistazo de curioso a través de un ojo de cerradura.

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Recomendable: Divertido e irreverente, para cuando a uno le da la gana de no hacerle caso al mundo. Para cuando el absurdo tiene sentido, aunque solo sea para uno mismo. Para empezar.
Se lo regalaría a: L., la persona que inspiró este post. También le agradecería haberme pedido esa recomendación que derivó en una reflexión tan intrincada. En fin, suele pasar. Es un verdadero gusto haberte conocido, y cuéntame si sirvió de algo la recomendación.

Ficha técnica:
Cortázar, Julio
Historias de cronopios y de famas - Punto de Lectura
(Narrativa); 2007
160 p.; 11x18 cm.
ISBN: 9788466320290



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"Qué maravillosa ocupación cortarle la pata a una araña, ponerla en un sobre, escribir Señor Ministro de Relaciones Exteriores, agregar la dirección, bajar a saltos la escalera, despachar la carta en el correo de la esquina.

Qué maravillosa ocupación ir andando por el bulevar Arago contando los árboles, y cada cinco castaños detenerse un momento sobre un solo pie y esperar que alguien mire, y entonces soltar un grito seco y breve, girar como una peonza, con los brazos bien abiertos, idéntico al ave cakuy que se duele en los árboles del norte argentino.
Qué maravillosa ocupación entrar en un café y pedir azúcar, otra vez azúcar, tres o cuatro veces azúcar, e ir formando un montón en el centro de la mesa, mientras crece la ira en los mostradores y debajo de los delantales blancos, y exactamente en medio del montón escupir suavemente, y seguir el descenso del pequeño glaciar de saliva, oír el ruido de piedras rotas que lo acompaña y que nace de las gargantas contraídas de cinco parroquianos y del patrón, hombre honesto a sus horas.

Qué maravillosa ocupación tomar el ómnibus, bajarse delante del Ministerio, abrirse paso a golpes de sobres con sellos, dejar atrás al último secretario y entrar, firme y serio, en el gran despacho de espejos, exactamente en el momento en que un ujier vestido de azul entrega al Ministro una carta, y verlo abrir el sobre con una plegadera de origen histórico, meter dos dedos delicados y retirar la pata de araña, quedarse mirándola, y entonces imitar el zumbido de una mosca y ver cómo el Ministro palidece, quiere tirar la pata pero no puede, está atrapado por la pata, y darle la espalda y salir, silbando, anunciando en los pasillos la renuncia del Ministro, y saber que al día siguiente entrarán las tropas enemigas y todo se irá al diablo y será un jueves de un mes impar de un año bisiesto.
"

lunes, octubre 08, 2007

Génesis

Un hombre que vuelve debe:

hacerse productivo,
rebuscar entre las cosas de su cuarto,
procurar no emborracharse (demasiado seguido)
cambiar su dieta,
memorizar el nombre de las calles (evitar perderse a toda costa),
dormir a horas decentes,
cumplir con la medicación,
llamar a los amigos (organizar encuentros imposibles de cumplir),
abrir una cuenta bancaria,
pasar tiempo con sus mascotas,
besar a una muchacha (de preferencia recién conocida),
evitar caer,
no temerle al fin,
volver a los inicios.

domingo, septiembre 30, 2007

Príncipe // Ib Michael

Príncipe es la primera traducción al español de este autor danés de gran reconocimiento en su país de origen. Y aunque no he leído nada más de él, creo que si el resto de su obra está en el nivel de esta novela, tal reconocimiento es más que justificable. Algo que me gusta de este libro de manera particular es que todo, técnica, estructura y estilo, están puestos al servicio de una narración absolutamente sensorial. Cierto es que lo han comparado con el realismo mágico (que en mi opinión siempre ha sido una forma bonita de decir "cualquier cosa parecida a Cien años de soledad"), pero creo que en este caso hay un quiebre importante entre una intención y otra: en Príncipe, la fantasía está apartada de la realidad "real" por una línea muy fina: el tiempo. No es extraño, pues, que el protagonista sea un niño, el único capaz de trasladarse de una realidad a otra sin mayor dificultad que la de ponerse a soñar. Y es allí donde esta novela cobra una consistencia absolutamente única, donde obtiene su mayor fuerza narrativa y alcanza un grado de incandescencia que conmueve y asombra.

El argumento es sencillo y a la vez terriblemente complejo. Podría decirse que es la historia de Malte, un niño de doce años que pasa sus vacaciones de verano en un pequeño pueblo pesquero de la costa danesa. Pero es cierto también que, como dije antes, aquí todo se confabula como una especie de trampa, como una enredadera que mezcla trama, estructura y palabras, y por ello lo que pareciera ser la tendencia natural de la historia, encuentra giros insólitos que, narrados con una magistralidad francamente sorprendente, dan como resultado una novela no solamente convincente literariamente hablando, sino sobre todo envolvente, de esas que se colocan justo donde salta el fuego de la emoción estética.

Y dejando de lado los artificios literarios, quizás lo más interesante de esta novela es la forma en que aborda el tema de la infancia. Primero porque la mayoría de veces esa idealización de la fantasía como contrapropuesta a la adultez resulta tan evidente que simplemente se vuelve un cliché. Y segundo porque pocas veces se da una convivencia clara de ambos mundos en una obra literaria sin que choquen de alguna manera. Pero en eso destaca Príncipe, porque, nuestro narrador (un extraño ser que salta de cuerpos convirtiéndose en animales u objetos), está por encima de la capacidad del tiempo, y comprende ambos mundos sin prejuicios ni preconceptos. Y el lector es un espectador de lujo, pues se sitúa en este plano intermedio por momentos, en el corazón de Malte por otros, en los adultos que conviven en este mundo agreste por lógica absolutamente natural.

Quizás esta reseña hubiera sido más pertinente en verano. Pero haciendo como el personaje de la novela, es decir, intentando ser un poco niño para no olvidar del todo lo que eso significa, creo que un excelente primer paso es olvidarse un poco del tiempo y construir uno propio. Cosa difícil para uno hoy en día, pero absolutamente necesaria. Bueno saber que hay libros como este, para echarnos una mano antes que sea demasiado tarde.

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Recomendable: Excelente lectura de playa, pero sobre todo, en esos momentos en que uno juega a que todavía puede ser un niño.
Se lo regalaría a: ¿Billy Corgan?

Ficha técnica:
Michael, Ib
Príncipe - Salamandra
(Narrativa); 2002
320 p.; 14x22 cm.
ISBN: 9788478887903






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"Un instante a la luz, la felicidad de un día, ¿compensa la soledad de cien años? Veranos fugaces, días que no terminaban nunca, noches de cristal azul oscuro... Pero nada dura para siempre. Al final del verano espera un sol que va desinflándose hasta oscurecer en medio del día. Nacemos a la conciencia de esas moscas de vida efímera que alumbran un instante en la noche y luego desaparecen. Pienso en un chico. También sus días están contados, pronto lo borrará el tiempo, como a todos los demás. Viajé para volver a sentir esa emoción que normalmente dejamos atrás al crecer. Mientras sientes curiosidad eres inmortal. El mundo era una cámara del tesoro, un recipiente sin fondo de vivencias del que bebía y bebía sin conseguir vaciarlo. Lo que se apoderó de mí al final no fue la desidia, ni mi tendencia innata a la melancolía: morí obstinado. En el cenit de mi trayectoria."

domingo, septiembre 23, 2007

Sedición del tiempo

Ese maldito vicio de tratar de robar tiempo. A las personas, a las noches, al trabajo y a los cajeros automáticos. Cuando me despierto, solo mis perros me miran con algún atisbo de paz, invitándome a quedarme ahí, a olvidar el mundo y solamente dormir.

Pero yo insisto en llamar a mi novia, en escuchar a mis amigos, conversar con mi jefe, pasar tiempo con mis padres. Y eso que algunos llaman ser buen tipo no es más que un intento desesperado de llevarme su tiempo y sumarlo al mío, recordar lo que se sentía no usar reloj, qué sé yo, ser solamente un niño.

martes, septiembre 18, 2007

El extranjero // Albert Camus

No se trata de la extranjería en el sentido de sentirse ajeno. Al menos no es eso solamente. Creo que se trata de la extranjería en el sentido en que uno no se pertenece a sí mismo. O, como en el caso de este libro, en el sentido de que uno sólo pertenece a sí mismo. Y creo que la pertenencia también es una forma de extranjería cuando el hogar es el yo. ¿Por qué? Porque se crea una dicotomía hermosa, pero al mismo tiempo terriblemente hiriente: cuando el hogar es uno mismo, cuando uno mismo es ancla y bandera y puerto seguro, siempre está en casa, pero también siempre es un extranjero, vaya a donde vaya. Y a mi manera de leer, que es absolutamente relativa y personal, claro, esa es la razón por la cual El extranjero es una de las grandes obras maestras de la literatura universal.

Creo que todos, en alguna medida, nos hemos sentido alguna vez un extranjero. Algunos por experiencia empírica y real, otros porque la consigna que cité unas líneas atrás nos alcanza tarde o temprano, aunque sea por un breve, muy pequeño instante, alguna vez en la vida. En ese sentido, Meursault resulta no un paradigma de la sociedad o del hombre vacío de capacidad de adaptación. Creo que si solo fuera eso, la novela no sería lo maravillosa que es. Es que Meursault es, pese a su absoluta carencia de emoción, simplemente un hombre.

Desde luego, se trata de la idea del absurdo. De que en la vida, si quitáramos la emoción y dejáramos que el peso de las cosas fuera una inercia absurda, caeríamos en ese vacío de la incomprensión, pero al mismo tiempo superaríamos en alguna manera nuestro entorno, nuestra realidad y nuestro contexto. Meursault lo sabe porque no es un hombre que mata por placer, sino porque algo en el sol le molesta; porque no sufre con la muerte, sino que la encuentra lógica; porque se acepta a sí y en sí mismo sólo cuando ha sido puesto cara a cara con el inexpugnable sistema de los hombres.

Sé que muchos de los lectores de Camus encontrarían mi reseña incompleta si no mencionara en algo al existencialismo. Pero, al igual que Meursault, yo no creo que uno nunca pueda estar completo. Sobre todo cuando uno es inercia e indiferencia. Así pues, dejo la filosofía a los filósofos y me voy a dar el gusto (verdaderamente un gusto cuando se trata de libros como este), de releerlo con la emoción como única brújula. Después de todo, leer esta novela con aquello de lo que carece su protagonista es, quizás, un breve alivio para esa angustiante sensación de la extranjería.

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Recomendable: Para cuando uno está en esos días de vacío. Para cuando uno se quiere emocionar no con la vehemencia, sino con el reflejo. Para cualquier instante y cualquier circunstancia en la que uno sea un extranjero.
Se lo regalaría a: Si no lo ha leído ya, a Lía, amiga a la distancia. Como quien da una mano. Creo que ella sabe por qué.
I'm alive / I'm death / I am the stranger / killing an arab...: Sí, Robert Smith, vocalista de The Cure, compuso esa canción ("Killing An Arab") inspirado en la obra de Camus. Es un dato conocido, pero nunca está de más.
Whisky con link: El extranjero

Ficha técnica:


Camus, Albert
El extranjero - Planeta
2007
160 p.; 14x21 cm.
ISBN: 9788496580206





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"Hoy ha muerto mamá. O quizá ayer. No lo sé. Recibí un telegrama del asilo: "Falleció su madre. Entierro mañana. Sentidas condolencias". Pero no quiere decir nada. Quizá haya sido ayer. El asilo de ancianos está en Marengo, a ochenta kilómetros de Argel. Tomaré el autobús a las dos y llegaré por la tarde. De esa manera podré velarla, y regresaré mañana por la noche. Pedí dos días de licencia a mi patrón y no pudo negármelos ante una excusa semejante. Pero no parecía satisfecho. Llegué a decirle: "No es culpa mía". No me respondió. Pensé entonces que no debí haber dicho esto. Al fin y al cabo, no tenía por qué excusarme. Más bien le correspondía a él presentarme las condolencias. Pero lo hará sin duda pasado mañana, cuando me vea de luto. Por ahora, es un poco como si mamá no estuviera muerta. Después del entierro, por el contrario, será un asunto archivado y todo habrá adquirido un aspecto más oficial."

viernes, septiembre 07, 2007

Inercia

Momentos para huir y no dar la cara, encerrarse, apreciar mi condición de prisionero con una alegría infinita, la capacidad de ser un fantasma, el amor por la sangre, la espera inminente de la muerte y la podredumbre del cuerpo, el vacío en el estómago, el mareo de costumbre, ganas de renunciar y mandarlo todo al carajo, volver a la playa donde fui feliz sólo para descubrir que hace ya tiempo renuncié a mi derecho de serlo de nuevo, largar a los brazos de las muchachas que conquisté pero jamás me amaron, llamar a mis padres (pero pelearme con ellos), abrazar a mi perro, conversar con mi yegua, arrastrar los pies por el jardín (cuidar de no matar ningún insecto), encender la tele y buscar estática, apagar la radio, olvidarme de los discos, no leer nada, sentir el frío, derramarme sobre las sábanas álgidas que no son el mar, dormir y quizás soñar con viajes y arañas, pensar en todo, olvidarse de morir.