lunes, mayo 14, 2007

La casa de cartón // Martín Adán

Hoy se cumple una semana desde mi pequeño paseo a Mar del Plata. El sábado pasado estaba sentado frente a la computadora, en uno de esos momentos en que simplemente estás hastiado de todo, que necesitas sentir que alguna visión te da paz. Y lo único que tenía eran ganas de ir a ver el mar. Así que eso hice. Le pregunté a una amiga dónde había mar cerca, me dijo "Mar del Plata". Era todavía de madrugada, pero la verdad no me importó. Agarré mi mochila, metí adentro la cámara, un cuaderno, unos lapiceros y un libro; escogí una casaca abrigadora y me fui con lo que tenía puesto a la estación de buses de Retiro. Ahí tomé la primera línea que encontré a la vista, compré mi boleto y me embarqué a eso de las 7 de la mañana rumbo a una ciudad que nunca había visto en mi vida, sin itinerario alguno más que ver el mar.

Nada de eso fue planeado. Creo que no pensé nada bien, salvo una cosa: ese libro que llevé. No sabía qué se debe llevar a un viaje así, pero no sé por qué La casa de cartón me hizo un guiño y acerté a tomarlo. Pues déjenme contarles una cosa: desde que volví de Mar del Plata (lo cual ocurrió apenas 24 horas después de iniciado el viaje), muchísimas cosas han cambiado en mi vida, en solamente una semana. Y desde luego, tiene que ver con mil cosas que venían pasando desde antes de ese pequeño arrebato de impulsividad. Pero lo cierto es que ahora para mí siempre tendrá que ver con ese pequeño momento en que me detuve a pensar y decidí tomar el libro correcto.

La primera vez que leí La casa de cartón, me fascinó, pero no lo entendí. O al menos lo entendí de una manera distinta a como lo entiendo hoy. La segunda vez lo entendí, pero me faltó sentirlo. Y esta fue la tercera vez y fue perfecto. Quizás porque antes de leer este libro, hay que haber aprendido a leer el mar. Y si bien es cierto es algo que he hecho toda mi vida, jamás nadie que no lo haya intentado podrá entender por qué un viaje improvisado de 5 horas en bus vale la pena sólo por lograr redescubrir un libro que merecía a todas luces ser encontrado. Pero tiene que ver con que, al leer frente a una playa después de tantos meses, con una necesidad tan urgente que no te deja dormir, no te deja ni siquiera respirar; al hacer uno una locura para anclar en un libro como este, uno termina por leer la verdadera historia del mar y encontrar en ella su propia vida.

Este libro es exactamente eso. Es como pararse a ver el mar, pero porque lo necesitamos. Es como estar tan lleno de todo, que tu vista sólo podría tolerar ver el infinito, ver algo que la libere, ver un abismo que parece no terminar nunca. Y en este mundo, sólo el mar es eso. Este libro es un conjunto de olas, cada una alzándose a su tiempo, a su manera, a su altura. Algunas desaparecen tan rápido como aparecieron, otras son sólo tumbos. Pero otras se alzan imponentes, arrastran la corriente y cubren con su espuma el sol, se convierten en la pleamar de una mañana maravillosa, borran las huellas que quedaban en la orilla. Y hay que leerlo así, como quien mira algo que sabe que se va desgastando, no hay que tratar de mirar la totalidad. Hay que mirar cada movimiento, cada onda que se va formando, cada rezago de algo que nos recuerda a nuestra propia vida. Hay que dejar que el mar cante con su propia música y hay que dejarse llevar por las notas. Nada más.

Podría añadir aquello de que es uno de los relatos fundadores del modernismo literario en el Perú, podría decirse también sobre el estilo, y sobre la obra en sí de Martín Adán, claro. Pero la verdad, me parece que eso ya lo han dicho muchos. Y prefiero decir que aunque dudo que vuelva a tener un arrebato nostálgico por el mar pronto, todavía tengo La casa de cartón en mi mochila. Por si acaso.

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Recomendable: En el verano, de todas maneras. En el invierno, frente al mar. Cuando necesitas sacar cosas de tu cabeza en vez de meter más. Cuando quieres ver el mar y no lo tienes cerca.
Se lo regalaría a: Lb. Supongo que le regalaría mil otros libros, pero no podría dejar de regalarle este. Sencillamente porque no se demoraría tanto como yo en entenderlo. Y seguro hasta entendería lo que le trato de decir con él.

Ficha técnica:

Martín Adán
La casa de cartón - Peisa; 1997
109 p.; 14x21 cm. (Biblioteca Peruana)
ISBN: 997240015X






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"Malecón, el último de Barranco yendo a Chorrillos, zigzagueante, marina en relieve tallada a cuchillo, juguete de marinero, tan diferente del malecón de Chorrillos, demasiada luz, horizonte excesivo, cielo obeso en cura de mar. Malecón de Chorrillos, superpanorama, con una cuarta dimensión, de soledad... Y todo el mar varía con los malecones -en éste, viaje de transatlántico; en ése, ruta de Asia; en aquél, la primera enamorada-. Y el mar es un río de Salgari, o una orilla de Loti, o un barco fantástico de Verne, y nunca es el mar glauco, de zonas lívidas, incoloras, con hilos de patillos, pleno de costas mínimas y lejanías flacas. El mar es un alma que tuvimos, que no sabemos dónde está, que apenas recordamos nuestra -un alma que siempre es otra en cada uno de los malecones-. Y el mar nunca es el mar frío y nervudo que nos apretaba, en sus lujurias estivales, la niñez y las vacaciones-. Malecón lleno de perros lobos y niñeras inglesas, mar doméstico, historia de familia, el bisabuelo capitán de fragata o filibustero del mar de las Antillas, millonario y barbudo. Malecón con jardines antiguos de rosales débiles y palmeras enanas y sucias; un fox-terrier ladra al sol; la soledad de los ranchos se asoma a las ventanas a contemplar el mediodía; un obrero sin trabajo, y luz, la luz del mar, húmeda y cálida. Malecón con cuadros de césped seco, la inquietud de la pruimera cita con la muchacha que no amábamos del todo -sobre este malecón hay un cielo diverso, que denota junto al cielo del mar-. Malecón con sólo una hora de quietud: la de las seis de la tarde, los dos cielos gemelos, uno, sin solución de continuidad, los dos con las mismas gaviotas y melancolías."

miércoles, mayo 09, 2007

Primera contemplación del mar

Esa primera visión: ese primer momento, como la primera desnudez, como un atisbo de esperanza, una mirada que nos pierde y nos salva a la vez; esa primera contemplación del mar, la sensación de que volcamos nuestra vista en un barranco que sólo puede conducir al infinito.

sábado, mayo 05, 2007

Prosas apátridas // Julio Ramón Ribeyro

Es raro y a la vez extremadamente delicioso cuando un libro lo puedes leer una y otra y otra vez. Cuando algo sencillo y a la vez extremadamente rico te toca en el alma, pero puede volver a hacerlo, siempre con las mismas palabras. Cuando las mismas frases encierran mil sentimientos diferentes dependiendo del momento en que decidas abrir esas páginas. Y hay pocos libros así en la vida. Demasiado pocos como para no atreverse a buscarlos.

Prosas apátridas no es una novela. Ni tampoco una colección de cuentos, ni nada que pretenda un fin. Es fragmento. Son fragmentos. Pequeños pedazos de literatura arrancados al vacío, pedazos que no pretenden formar nada más que eso. Desde luego, una dispersión constante siempre da una ilusión de concentración, por supuesto que la obra, leída de continuo, tiene un peso total. Pero lo cierto es que la intención no es esa. Los fragmentos que nos deja Ribeyro son pequeñas reflexiones que se le arrancan a la vida, instantáneas, pensamientos, desvaríos, gritos o susurros. Y su idea no es más que agotarse en el fragmento: brillar por un breve momento. Luego, haberlo subvertido todo.

Lo extraño es que la voz de este autor es como un paseo, donde nuestro acompañante es tan lúcido, tiene una voz tan terriblemente irónica algunas veces, tan hermosamente nostálgica otras, que uno no siente más que la necesidad de dejarle hablar, arrancarle trozos de sabiduría a los eventos más mínimos, a las visiones más cotidianas. Y es que la elegancia de Ribeyro consiste en eso, en mirar al mundo como la suma de millones de pequeños fragmentos que pueden ser rescatados de cuando en cuando, como un observador que se vuelve el gran catalizador del universo y de pronto divisa un fenómeno invisible a todo el resto de personas, haciendo que su existencia dependa de él, de su mirada, de sus pensamientos, de su capacidad de revelarlo al resto.

Resulta fascinante encontrar lo mejor de Ribeyro en un libro que se aleja tanto de su proyecto de retratar a la sociedad peruana en sus cuentos... Y sin embargo, aunque el Ribeyro cuentista es también digno de la más absoluta admiración, es aquí donde encontramos al Ribeyro más honesto. Y, verdades sean dichas, la honestidad rara vez es una cualidad en un escritor. A menos que seas Ribeyro.

Y ahora es cuando dejo de escribir, porque hay mucho más qué decir, pero también inútil. Desde luego, para libros como éste, uno siempre creerá que no ha dicho suficiente, pero como siempre digo, decir sobre lo escrito es redundar cuando la obra vale la pena. Quizás sólo agregar que este es un libro para leer siempre, una cualidad que tampoco muchos libros poseen. Y yo tengo a mi lado las Prosas, es un día gris allá afuera, después de uno de esos días difíciles, demasiado duros como para no acusar huella, o al menos cansancio; así que con su permiso, voy a entretenerme un rato con la maravilla. Digo, para esta vez sacarle yo la lengua al mundo.

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Recomendable: Siempre. Para cuando estás solo y no tienes nada qué hacer. Para cuando estás con alguien y quieres pasar un buen rato. En un parque cuando hay lindo día. Para cuando llueve. Para cuando odias todo. Cuando estás de buen humor. Cuando extrañas. Cuando quieres hacer algo diferente con tu enamorada. Cuando todo da vueltas. Cuando estás borracho. Cuando tienes la desgracia de no estarlo. Cuando vas en colectivo. Cuando esperas demasiado por uno. Cuando tienes necesidad de escuchar. Hoy. Todos los días que se pueda.
Se lo regalaría a: N.

Ficha técnica:

Ribeyro, Julio Ramón
Prosas apátridas - Seix Barral; 2007
144 p.; 13x23 cm. (Biblioteca breve)
ISBN: 843221230X








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Por la misma vereda desierta por donde yo camino, un hombre viene hacia mí, a unos cien metros de distancia. La vereda es ancha, de modo que hay sitio de más para que pasemos sin tocarnos. Pero a medida que el hombre se acerca, la especie de radar que todos llevamos dentro se descompone, tanto el hombre como yo vacilamos, zigzagueamos, tratamos de evitarnos, pero con tanta torpeza que no hacemos sino precipitarnos hacia una inminente colisión. Ésta finalmente no se produce, pues faltando unos centímetros logramos frenar, cara contra cara. Y durante una fracción de segundo, antes de proseguir nuestra marcha, cruzamos una fulminante mirada de odio.

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Mi error ha consistido en haber querido observar la entraña de las cosas, olvidando el precepto de Joubert: "Cuídate de husmear bajo los cimientos." Como el niño con el juguete que rompe, no descubro bajo la forma admirable más que el vil mecanismo. Y al mismo tiempo que descompongo el objeto destruyo la ilusión.

129
Hay veces en que el itinerario que habitualmente seguimos, sin mayor contratiempo, se puebla de toda clase de obstáculos: un enorme camión nos impide cruzar la pista, un taxi está a punto de atropellarnos, un viejo gordo con bastón y bolsa obstruye toda la vereda, una zanja que el día anterior no estaba allí nos obliga a dar un rodeo, un perro sale de un portal y nos ladra, no encontramos sino luces rojas en los cruces, empieza a llover y no hemos traído paraguas, recordamos haber olvidado en casa la billetera, algún imbécil que no queremos saludar nos aborda, en fin, todos aquellos pequeños accidentes que en el curso de un mes se dan aisladamente, se conecentran en un solo viaje, por un desfallecimiento en el mecanismo de las probabilidades, como cuando la ruleta arroja veinte veces seguidas el color negro. Extrapolando esta obervación de una jornada a la escala de una vida, es esa falla lo que diferencia la felicidad de la infelicidad. A unos les toca un mal día como a otros una mala vida.

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Hay momentos en que el sufrimiento alcanza tal grado de incandescencia que diríase nos cristaliza y nos vuelve por ello indestructibles."

lunes, abril 30, 2007

Breve historia del espejo roto

Al ver el espejo destrozado en mil pedazos, descubrí que esos pedazos ya no eran más un espejo. Pero ello no impedía que cada una de esas piezas me reflejara todavía. Ya no eran más un todo, pero el todo tampoco importaba más. Ahora se trataba del reflejo de los miles de trozos, se trataba del desorden, se trataba de alguna pieza que se habría perdido debajo de la alfombra y ya no aparecería nunca. Porque esa pieza perdida, la intocable, la que nadie más podría ver, la que no aparecería nunca más, esa pieza, tendría el único reflejo que verdaderamente podría llegar a importar alguna vez.

domingo, abril 29, 2007

Seda // Alessandro Baricco

Hay libros que son universales. Son pocos y son clásicos, pero son extraordinarios porque pertenecen a esa lista muy corta de libros que uno podría decir "estos son los libros que todo el mundo debería leer alguna vez en la vida". Claro, ¿quién no se ha sentido una cucaracha una vez? ¿Quién no ha confundido gigantes con molinos de viento? ¿Quién no ha sido un extranjero? Pero luego están esos otros libros. Esos libros que también todo el mundo debería leer, pero no porque se hagan universales, sino todo lo contrario. Son los libros que se hacen íntimos, que parece que hubieran sido escritos sólo para uno y sólo para el momento en que son leídos. Eso es Seda.

Este libro, que por cierto es el que catapultó a Alessandro Baricco a la fama internacional, es una de esas proezas que se logran raramente: una flecha directo a le emoción estética. El punto es que en la literatura de ambiente las sensaciones fluyen y se mueven dentro de uno conforme avanza en la novela, la mayoría de veces se trata de una prosa ornamentada, otras de descripciones desvariadas pero concisas... Pero en Seda todo es ritmo. Seda es como leer música, es como algo volátil, frágil, delicado (qué pertinente es el título). Desde luego, no se trata sólo de la fascinante entrega literaria y su consecución por la técnica. Tiene que ver también con la historia, una historia simple, pero desgarradoramente emocionante.

Quizás sólo quede agregar algo sobre esta novela (denominación que, por cierto, su autor rechaza tajantemente), y es que está escrita por una voz absolutamente angelical. No es una voz rasposa e íntima, sino una voz aflautada, que casi te adormece, pero que te emociona porque es imposible no emocionarse con la belleza.

Pocas veces algo tan estético es también tan íntimo, tan poco frío. Pero hay días raros, en que uno también se siente volátil, en que no está profundamente herido, ni tampoco feliz. Quizás un poco melancólico. Luego te despiertas y no recuerdas cómo era esa sensación. Por eso este libro es una especie de tesoro, porque pocas veces se puede abrir un libro con la certeza de que te espera no sólo una especie de viaje, sino también una especie de sensación.

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Recomendable: Para leer con silencio. Como quien escucha música, pero no de fondo, sino con audífonos. En tu cuarto, cuando estás solo. Para esos días.

Ficha técnica:

Baricco, Alessandro
Seda - Anagrama; 1997
180 p.; 14x21 cm. (Panorama de narrativas)
ISBN: 8433908405










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"Baldabiou siguió escuchando, en silencio, hasta el final, hasta el tren de Eberfeld.
No pensaba en nada.
Escuchaba.
Le hizo daño oír, al final, cómo Hervé Joncour decía en voz baja
- Ni siquiera llegué a oír nunca su voz.
Y al cabo de un momento:
- Es un dolor extraño. En voz baja.
- Morir de nostalgia por algo que no vivirás nunca.
Recorrieron el parque caminando uno junto al otro. Lo único que Baldabiou dijo, fue
- Pero ¿por qué diablos hace este maldito frío?
Dijo, una vez."

jueves, abril 26, 2007

Sobre esos días

Pero hay días en que uno no se imagina estando donde está. Escucho una canción que dice que hay días en que valdría más no salir de la cama. Pero este no es uno de esos días. Este es un día para jugar billar, pero no hay con quién. Y hay días en que uno quiere llorar y se muerde los labios. Pero no, este no es uno de esos días tampoco. Y hay días para salir a correr sólo por darse el gusto; o gritar en plena madrugada, sin que a uno le importe nada. Pero este no es uno de esos días. Hay días para tomar whisky aunque uno esté solo. Para salir a pasear, para extrañar. Días en que se extraña el mar. Y este no es uno de esos días. Porque hay días que quisiera dedicarte, días que yo mismo dedico a querer hacerte feliz. Hay días en que me pregunto por qué no te tengo, hay días en que lo entiendo y hay días en que no quiero entender nada. Y este no es uno de esos días. Hay días en que te quiero tanto que me duele. Hay días en que escogería odiarte. Hay días en que llueve cuando uno quiere escaparse de todos lados. Hay días que parecen llevar impreso tu nombre y hay días demasiado horribles o demasiado bellos. Y este no es ninguno de esos. Hay días en que quisiera decirte lo que tengo que decirte, hay días que no son para decir nada; hay días en que definitivamente descubro que lo mejor es dejar correr las horas, que el día se termine, que la sensación de que este es uno de esos días se vaya.

Sé que si logro dormir mañana despertaré y ya todo habrá cambiado. Pero ella duerme con las cosas que me salvan de un día como este y nunca como hoy mis sábanas han sido tan frías.

sábado, abril 07, 2007

No me esperen en abril // Alfredo Bryce Echenique

Hay algunos libros, muy pocos en la vida de un lector, que se terminan convirtiendo en libros recurrentes y uno nunca llega a enterarse de por qué. Eso es lo que me pasa a mí con este libro, y por eso reseñarlo puede resultar algo peligroso. Pero vale la pena, creo, porque de cualquier forma este libro ya nunca será "mi" libro, debido a una horrible (en lo personal), pero reveladora circunstancia: un día, hace ya algunos años, mandaron a leer No me esperen en abril en el curso de literatura de mi colegio. Y extrañamente, a la mayoría de mi promoción le gustó, lo cual me pareció sumamente extraño por sus muchas referencias históricas (yo lo había leído un par de años antes, pues estaba en la biblioteca de mi madre, vaya uno a saber por qué). Pero entonces se me reveló el misterio cuando una de las personas de mi promoción me dijo que sólo había leído las partes del romance entre Manongo y Tere, los protagonistas, y se había saltado lo demás.

Ciertamente, es un libro que puede a primera instancia interpretarse como un libro adolescente. Pero si alguno de ustedes ha leído antes un libro de Bryce, se dará cuenta de inmediato que dista mucho de eso. O que, en todo caso, todos los libros de Bryce tienen ese olor a juventud, y que siempre es más por nostalgia que por ingenuidad. No me esperen en abril no es sólo un libro sobre el amor o la amistad, sino sobre el tiempo. Por eso el título es tan sugerente (personalmente es mi título favorito entre las obras de Bryce) al respecto, y por eso la novela es tan voluminosa: es la historia de toda una vida, la vida de Manongo Sterne Tovar y de Teresa, un adolescente distraído de la alta clase limeña, cuya historia nos empieza en los años 50 de Nat King Cole, San Isidro y el Hotel Country, y que termina (si se le puede poner un final), en algo así como la actualidad. Su vida es solitaria y eso que se dice "incomprendida" cuando un suceso de lo más trivial termina por marcar su reputación y finaliza en su expulsión del colegio. Pero es entonces que su vida da un giro: conoce a un grupo de amigos y, en una fiesta, a quien será luego el gran amor de su vida, la joven Tere Mancini. Allí es donde la novela empieza a desarrollarse como una larga y delicada carta de amor, como el ejemplo de un amor inquebrantable y delicioso, inocente y lleno de experiencia, porque tanto Manongo como Tere son personas que van más allá de lo meramente humano para confesarse su amor: se aman y toman todo lo que les rodea como parte de su relación.

Pero como toda carta de amor, sobretodo en una novela de Bryce, hay un factor condicionante que lo cambia todo: el tiempo. Y la novela continúa desenvolviéndose, contándonos sucesos de aquí y allá en el Perú de ese entonces, haciendo un larguísimo y a veces extremadamente pertinente recorrido por algunos de los sucesos más importantes con ese humor que sólo Bryce en su estilo absolutamente único saber hilvanar; y en estos sucesos se ven envueltos nuestros personajes, cuyo amor a primera vista hermoso y apasionado, termina volviéndose frágil frente a la inexpugnabilidad de una vida que lo contempla todo desde la frialdad del designio, un reloj que marca los meses y los obliga a pasar las páginas muy antes de lo que deberían o quisieran. Así la opción de crecer aparece frente a ellos sin que la hayan buscado, pero Manongo Sterne no busca crecer u olvidar toda la felicidad que vive como adolescente, sino que piensa cargar consigo esa época, a sus amigos de entonces y sus amores y fantasmas. Manongo busca, con toda su fuerza y todos los logros de su vida, recuperar aquello que el tiempo, que la realidad se llevaron y no lo han dejado volver a ver. ¿Pero es su vida una ensoñación sin sentido? ¿O es que los demás no pueden ver lo que él ha descubierto en sus constantes desvaríos?

Extraordinario ensayo sobre la soledad y la nostalgia, sobre el pasado y los recorridos de la vida en sí, esta novela es una obra absolutamente esencial para todos los que, como Manongo, las emociones no nos son rasgos ailsados que uno se da el lujo de seleccionar, sino justamente una integridad que está llena de sabores diferentes que sólo uno (o dos si tenemos suerte), podemos descifrar de manera correcta.

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Recomendable: Ni idea. Capaz cuando estás enamorado y quieres torturarte. Definitivamente cuando estás nostálgico. No todo el tiempo, porque no lo terminas. Cuando estás harto del siglo XXI.

Ficha técnica:

Bryce Echenique, Alfredo
No me esperen en abril - Anagrama; 1995.
611 p.; 14x22 cm. (Panorama de narrativas)
ISBN: 8433909886






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"Y tú encantada de la vida. O sea que yo no pude ir a buscarte. Ni te busqué en otra mujer ni nada. Ni siquiera te molesté. Lo que hice fue meterme en mi mundo para poderte esperar siempre ahí y fingir que la vida cotidiana también me era posible. Encontré toda una vida de sedantes en mis amigos y me reía y los hice reír y canté y me emborraché y trabajé y empecé a eso que se dice triunfar y bailé (pésimo siempre) y narices respingadas hubo, por decirlo de alguna manera, y algunas cruelmente mejor respingadas que las tuyas pero bastaba siempre con acercarme bien para que nadie fuera como tú eres así. Y mi esperanza fue por dentro. Sigue yendo por dentro. Y a veces se ríe o se burla de mí cuando en la vida cotidiana hasta parece que fuera un canalla, unas veces; un cretino, otras, o aquel muchacho que empezó desde cero por eso de que, cuando iluminé un MG rojo, faltaban pocos meses para terminar el colegio y el baile de promoción era sagrado y cada uno debía asistir con la chica más maravillosa de su vida."

miércoles, abril 04, 2007

Los años, los meses, los espectros

Hace unos días, el día de mi cumpleaños, uno más. Pues sí, como no soy de esos que les gusta celebrar, termino siempre por pensar de más en un día que preferiría fuera uno más que sumar a la cuenta de tiempo muerto. Pero en ese día, ese día en que uno se pone a hacer matemáticas para descubrir todo lo que ha pasado por su vida hasta ese momento; ése es el día en que uno está obligado a mirarse las manos y leer su historia allí. Es el día en el que estamos obligados a contar el tiempo y pagar nuestro diezmo correspondiente a la vida que hemos llevado.

Tal vez odio mis cumpleaños porque llevo una racha terrible de sucesos desde hace muchos años. Paradoja al respecto: este año todos mis amigos escribieron para saludarme un día después. Por un momento se me ocurre pensar que conforme voy envejeciendo, mi imagen se hace más confusa para los que están lejos, y ya ni siquiera están seguros de que yo sea una persona, de que haya sido real. Luego esa idea se hace todavía más fuerte: qué si yo soy el único que todavía se acuerda del antes, de los ratos que he atesorado como los momentos más felices de mi vida, los mismos momentos que compartí con ellos. Qué si yo soy el único tan nostálgico, tan loco y tan absolutamente anticuado que todavía vive en los rezagos de un tiempo que fue y murió con todos los demás tiempos (tanto ha cambiado mi país, tanto ha cambiado el mundo y seguirá cambiando) y mientras todos ellos crecen y el olvido los ayuda a sobrevivir a esa constante transformación, yo me he convertido en un fantasma de los tiempos que amé y no pude retener conmigo. Entonces ellos me deben ver con lástima, mientras yo me ufano inútilmente por intentar que todo sea como antes.

El fin que me espera puede ser terrible o hermoso, dependiendo de si me doy cuenta o si muero en mi ilusión. Pero si ellos han olvidado mi cumpleaños, quizás terminen por olvidarme también, pues soy solo un eco de algo que debe, necesita ser dejado atrás. Termino pensando que no me da miedo envejecer, pero un escalofrío me recorre la espalda cada vez que pienso que me estoy haciendo viejo.

jueves, marzo 29, 2007

La dama del perrito // Anton Chejov

El realismo... ese movimiento maravilloso del cual aparecieron algunos de los autores más importantes de la literatura universal. Bien, sólo por nombrar un par (y sólo por fastidiar un poco), podríamos recordar a Flaubert y sus increíbles técnicas literarias; un autor que no sólo inventó la simultaneidad para la literatura, sino que abrió un campo de posibilidades infinitas para todos los que vinieron después. Pero también podríamos traer a alguien mucho más discreto (al menos en apariencia) y probablemente igual de genial. Se trata de Anton Chejov, ese infatigable autor ruso que publicaría tantas obras de teatro y tantos relatos célebres.

"La dama del perrito" narra el amor de dos personas aparentemente diferentes, y que sin embargo encuentran el único reflejo de ellos mismos en el otro. Por un lado está el maduro y serio Dmitri Dmítrievich Gúrov, hombre de pocos amigos, muchos romances y harto del sosiego y la monotonía, cuya única ambición al inicio de este cuento es, justamente, deshacerse del tedio que parece acosarlo en todas sus acciones. Por otro lado la frágil y todavía ingenua Anna Serguéyevna, uno de los personajes femeninos más memorables de la literatura universal. Lo más hermoso de Anna no es su melancolía, o esos arrebatos inesperados de lágrimas que, ciertamente son conmovedores (está esa escena particularmente memorable en que Anna declara "Nunca he sido feliz, ahora soy desgraciada y nunca, nunca seré feliz, ¡nunca!). No. Lo más hermoso de Anna es su cotidianidad, su sosiego que tranquilamente podría pasar por melancolía. Anna Serguéyevna es el modelo de una mujer cuyas lágrimas son producto de su aburrimiento, pero cuya sonrisa la define como un milagro. Sus eternos ojos grises, su cotidianidad, todo ello es justamente el núcleo de un amor que golpea a cualquiera, porque esta no es una novela sobre seres que afrontan una tormenta invencible, sino una novela de dos seres humanos que sufren, se enamoran y son incapaces de franquear las debilidades sencillas pero inquebrantables de la sociedad humana. Es un amor real en todo el sentido de la palabra, porque ni Gúrov ni Anna pueden ya vivir el uno sin el otro, y para ellos la realidad ha cambiado completamente, aunque ello no les haga la vida más fácil.

Este es un cuento especialmente recomendable no sólo por el extraordinario talento narrativo de Chéjov, que, como él decía, no es el tío que se sienta en la mesa a contar un relato fantástico, sino aquél amigo al que empezamos oyendo por compasión y en el que terminamos identificándonos como humanos. Este cuento vale la pena por esa terrible sensación de fragilidad que esos personajes nos transmiten, y porque esa fragilidad también la compartimos. Después de todo, no somos más que esos seres frágiles, fugaces, que buscan en otros lo que de ninguna manera puede lograr uno solo: saber que, aunque el tiempo aceche en cada esquina, quizás en nuestra capacidad de dejar un rezago de nosotros en otra persona se encuentra uno de los ingredientes de nuestra verdadera fortaleza.

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Recomendable: Como todo lo realista, cuando uno está harto de desvariar.

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"En Oreanda se sentaron en un banco, no lejos de la iglesia, y estuvieron mirando abajo, al mar, en silencio. A través de la niebla del amanecer, Yalta casi no se veía, en las cumbres de las montañas se mantenían inmóviles las nubes blancas. Las hojas no se movían en los árboles, chirriaban las cigarras, y el monótono y sordo rumor del mar, que llegaba desde abajo, les hablaba de paz, del sueño eterno que nos espera.
Así sonaba el mar allí abajo, cuando aún no estaban aquí ni Yalta, ni Oreanda, así seguía ahora el rumor y así seguiría, igual de indiferente y sordo, cuando no estuviéramos. Y en esta inmutabilidad, en la completa indiferencia hacia la vida y la muerte de cada uno de nosotros se esconde, quizá, el secreto de nuestra salvación eterna, del ininterrumpido movimiento dela vida en la tierra, del constante perfeccionamiento."

viernes, marzo 23, 2007

Canción imposible

No hay canción. Contigo no hay canción posible. Es decir, ni lo uno ni lo otro. Ni la canción que suene a melodía ni posibilidad de que eso cambie. En el fondo simplemente pasa por decir algo que más bien he enmudecido: que contigo fui feliz y el resto ya es esa canción que no existirá nunca.

Todo hombre avezado busca su tormenta. Todo aquél que pretende el heroísmo es alguna vez un náufrago. Y buscan tantos sueños locos y buscan amores que golpeen como un rayo feroz y aplastante, como un giro de espada sobre un cuello desnudo y entregado. Y buscan mujeres convertidas en fantasmas y las capturan en vitrinas para sentirse orgullosos. Pero no saben que jamás las poseerán completamente; que el fantasma, intangible como es, no puede ser detenido por un muro.

Y yo era como ellos. Basta con mirar esas canciones que sí fueron. La mujer que desbocaba mi cordura, el ángel que ofreció salvarme, la muchacha que sólo contemplé desde el silencio de unos pocos ratos. Nacieron desde la miseria de mi nombre, de mi incapacidad de hallarles, de mis ansias de contemplar lo que es inexpugnable.

Pero ese no es más mi sueño. En el fondo, jamás lo fue. Hoy entiendo que el imposible es justamente eso. Y lo es para que aprendamos sólo del andar a él o con él, o para él, o no aprendamos nada si ese es su capricho. Pero finalmente, eso es lo de menos. En ti no busqué nada, pero he encontrado; en ti no necesité canción porque tus palabras echaron velo en el silencio; a ti pude quererte porque no había nada más que hacer contigo. Y en ti existe aquello que ningún fantasma tendrá nunca: un don cotidiano, una sonrisa que no golpea pero llena, una mirada que me cautiva sin llegar al miedo, una voz que sabe conducirme a reír de un mundo que también rió a costa mía.

jueves, febrero 08, 2007

El viejo y el mar // Ernest Hemingway

Lo que me gusta de Hemingway es que para él todo es una lucha continua contra la naturaleza. Y lo que me fascina de él es que esa lucha se lleva a cabo en el terreno no de lo metafísico o lo espiritual, sino de lo estrictamente técnico, del conocimiento pequeño que el hombre ha dominado de manera casi primitiva. Y en eso, definitivamente El viejo y el mar es un paradigma no sólo de su obra, sino de la literatura universal.

Esta novela no es la historia de una guerra pre-fabricada. Es la historia de un pescador que va armado sin saber que está armado, porque para él la idea de la guerra contra el mar es la de algo tan natural como comer. No se trata de exigirse lo que no puede alcanzar, sino justamente de hacer lo que sabe hacer. El quiebre está en todo caso, en que este pescador se atreve a hacer lo que nunca antes hizo: adentrarse en aguas más profundas. ¿La recompensa? Bueno, habría que empezar por preguntarse si se le puede llamar así. Y la respuesta ha de ser aquello que más nos conmueva de esta novela absolutamente brillante.

La trama es bastante conocida: Santiago, un pescador artesanal (casi diríase arcaico), parte en su día 85 de temporada sin pesca hacia aguas que jamás había navegado, equipado con unos metros de cordel, un arpón, anzuelos y un pequeño cuchillo. En su mente oscilan los recuerdos de una orilla donde duermen los leones, su amor por el béisbol y su jugador favorito, Joe Di Maggio. Navega en esas aguas intranquilas, infestadas de tiburones hasta que se encuentra cara a cara con el reto: el pez más grande que ha visto nunca en su vida.

Pero ese pez no es sólo un actor externo al que hacer frente. No se trata de una cacería común. Ese pez es su reflejo, es con él mismo con quien Santiago tiene que luchar. Pero no de la manera en que lo hace el ser atormentado que se duela o se quiebra interiormente. Simplemente que la lucha lo refleja. Afuera las leyes las dicta el océano, debajo el pez lucha con tanta pasión como él mismo, pero, solo como está, Santiago no se deja llevar por la introspección, no pretende hallar el significado de su búsqueda, ni siquiera se pregunta si puede haber un significado. Santiago simplemente hace lo que sabe hacer mejor.

Allí radica lo emocionante y terriblemente desgarrador de esta lucha: no se trata de una pelea que se libra con el espíritu, o al menos no sólo con el espíritu. Es una lucha de los hechos, del conocimiento del cordel, de los anzuelos, de guardar las fuerzas para que las manos ensangrentadas puedan sostener el arpón cuando sea hora de dar esa estocada final. Esta es una guerra en la que los movimientos del pescador hablan por el personaje. Esta es una lucha donde la derrota no tiene lugar porque la lucha engrandece a quien la libra; esta es una lucha demasiado grande porque el mar es cruel para un pescador artesanal solo en su pequeña barca, tratando de remolcar a un pez en aguas infestadas de tiburones. Pero, justamente, esta no es la historia de una lucha que se conmemora con una leyenda. Esta es sólo la historia de una guerra que llega a ser librada aunque la recompensa se la lleve ese océano inexpugnable y la historia se hunda con los restos, lejos, hasta el fondo del mar.

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Recomendable: Para los momentos de lucha. Para cuando se tiene que decidir si se sale al mar o no. Cuando uno cree que está a punto de ser destruido. En una guerra cualquiera, en el momento que se te ocurra. Cuando estás perdiendo. Cuando estás ganando.

Ficha Técnica:

Hemingway, Ernest
El viejo y el mar - Debolsillo.
160 p. ; 19x13 cm.- (Contemporánea)







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"Era demasiado bueno para durar, pensó. Ahora pienso que ojalá hubiera sido un sueño y que jamás hubiera pescado el pez y que me hallara solo en la cama sobre los periódicos.

- Pero el hombre no está hecho para la derrota -dijo-. Un hombre puede ser destruido, pero no derrotado."

viernes, febrero 02, 2007

Victoria o desolación

Entonces mi amiga me dijo: "Pero uno no siempre obtiene lo que quiere. Es más fácil obtener lo que uno dice que quiere en todo caso."

Debe haber algo de verdad en eso. Supongo, siempre he pensado, que todos queremos lo que no podemos tener. Que parte de la naturaleza humana es perseguir aquello que nos es esquivo porque aunque no sepamos qué hacer con ello luego, la caza en sí es lo suficientemente atractiva para tomarse la molestia. El punto es, ¿qué pasa cuando el objeto de nuestra cacería resulta estar a nuestro nivel? Mi amiga es una persona sumamente inteligente, muy hábil, quizás demasiado perspicaz. Y sin embargo, eso la aburre, porque termina haciendo sus retos fáciles. Y es que definitivamente es más sencillo poseer que dejar ir.

La gran pregunta viene después, ¿en qué consiste la victoria, cuándo puede uno sentirse satisfecho? ¿Es cuando uno posee algo completamente, o cuando uno procura poseer lo que sea y ese objeto nos rehuye de una manera inexpugnable? Quizás para algunos la victoria se centra en el desafío, para otros en el objetivo. Lo cierto es que ya sea que se trate de una pareja, un cáncer o un sueño que perseguimos desde hace mucho tiempo, el fin de la búsqueda siempre será incierto. No importa que consigamos estar con esa pareja o que nos enamoremos pero la perdamos, no importa si el cáncer nos consume o logramos su completa remisión, no importa si ese sueño se nos cumple y nos damos por servidos en la vida o si finalmente lo descubrimos imposible y tenemos que contentarnos con un pequeño rezago de él. Nada de eso importa porque es ajeno a nuestro control. Lo que importa es cómo leemos esa historia finalmente, cómo logramos, con el único fin de sobrevivir, escapar de una derrota.