Sabías que no era sencillo, o pensaste que tal vez podías hacerlo mejor. Yo no sé mucho de eso. Afuera las señoras encendían velas para meditar. Nuestros caballeros favoritos dormían en sus casas la tempestad, mientras que tú te interponías entre los disparos. Las balas silbaron al pasarme al lado. Te lo juro, muchacha, no titubeé ni un instante.
Y cerramos los ojos, allí en el remanso, nos cerramos. Queríamos comerlo todo, tragar la luz del sol, exponernos cara a cara con la marejada y los perros que corrían bajo la sombra en la bahía, querías descubrir por qué,
y se supone que debió ser mejor, que esperábamos más que la primera vez.
Pecamos porque te incluía a ti también, porque aunque fuera un trecho largo yo busqué un atajo que cortara a través del mar. En vez de eso alguien murmuraba en la cocina sobre los precios del almacén y lo apolillado de los reposteros y otro lobo aullaba y no era yo...
Nos dejaron todas sus caricias, nos robaron parte de la piel. Los fantasmas se mostraron como sangre que caía desde el techo y mojaba las paredes con un líquido negro y nos empapaban hasta que nos conertíamos en una masa informe de color,
y hubo noches (recuérdalo bien) en que tu ciudad me forzó a verme en la candela, y hubo noches (recuérdalo también) de agua y acertijos y una pinza de tu pelo me formaba estrellas,
pero todas las ciudades se inclinaban. Pecamos porque a nadie le debía una respuesta más que a ti, el mar cedió en su superficie falsa y yo solo te pensaba cuando
no es ningún salvavidas, no. Amor, no hay nadie que me haya habitado
tantas veces.
Capaz porque uno lee con los sentidos más que con la erudición. Porque el whisky sabe mejor cuando estás con amigos que cuando estás catando. Porque leer no se trata de hurgar en los cimientos, sino de sentir. Porque nadie puede estar a la intemperie mucho rato. Porque de vez en cuando dan ganas de decir algo.
miércoles, mayo 12, 2010
El lugar que habitamos
martes, mayo 11, 2010
Del día fugitivo
Nada tiene salvación, no, nada, nada
nada tiene salvación,
permaneceremos recostados
sobre las espaldas del otro
mientras la noche canta con melismas que desdobla
como nos desdoblamos.
Y me verás correr,
correr a ti, me verás correr,
pero no llegaré jamás, porque nunca he sido
un fugitivo.
No sé por qué crees
que para mí la libertad es sinónimo de huir.
Si urge tanto arder, adelántate tú,
o échame sin miramientos a la llama,
si tanto te urge llegar antes que yo, adelántate
o pierde nuestras proviciones
apostándole al sol de la mañana
cuando nada,
nada tiene salvación.
nada tiene salvación,
permaneceremos recostados
sobre las espaldas del otro
mientras la noche canta con melismas que desdobla
como nos desdoblamos.
Y me verás correr,
correr a ti, me verás correr,
pero no llegaré jamás, porque nunca he sido
un fugitivo.
No sé por qué crees
que para mí la libertad es sinónimo de huir.
Si urge tanto arder, adelántate tú,
o échame sin miramientos a la llama,
si tanto te urge llegar antes que yo, adelántate
o pierde nuestras proviciones
apostándole al sol de la mañana
cuando nada,
nada tiene salvación.
Este whisky tiene:
dolor
viernes, mayo 07, 2010
Despierta, mira que es de noche
Te he oído nacer
por vez primera, como a la luz de una pantalla desdibujada por el tiempo.
Me he tomado el trabajo de recogerme, de intentar salvarte,
no,
yo también habría muerto.
Por la noche los temblores de las drogas me suscitan al silencio abierto,
pero nada puede más que la fuerza en las muñecas
y la daga sobre el pecho hirviendo.
Imagíname,
cuando no me ames, imagíname, incapaz de hacerle frente a tantas sombras,
retorcido como vivo en este cuerpo joven que a duras penas puede soportar el golpe
de tantos años de derrota.
Recuerdo que decías "lo andaremos. El camino irá sinuoso y lo andaremos".
Si tan solo tuviera la voz de otra persona, podría ser oído,
nunca me he sentido más pobre que esta noche,
solo en la miseria de mi ser que acampa,
cada vez más lejos.
Las estrellas clarean en un cielo que a la vista se hace inmenso,
plagado de constelaciones que no predicen nada más que otra mala noche
de falsos derroches de alcohol, de viento,
de volverme sobre mi costado para ver las paredes desnudas y tu ausencia.
Discúlpame si he sido torpe, si en mi libertad no existe nada tan valioso
como para comprar el abismo que separa el mar de nuestros lechos de costumbre.
Pero aquí la sombra ya se erige vencedora sobre toda la colina,
los pájaros del día trinan aunque sé no están despiertos, mi aullido quiebra los filamentos de la noche en su melancolía y sé que no me queda mucho tiempo.
Mi piel sigue espasmando para despertar al monstruo que se arrulla sobre mí
y mi ropa está empapada de las lágrimas que mis drogas desintegran;
solamente así, vencido como un ser tullido y repugnante,
me atrevo a clamar mi himno de guerra:
defiéndeme si no es de mí,
perdóname si es lo de menos,
ven si quieres probar cómo se siente,
pero ámame si muero en el intento.
por vez primera, como a la luz de una pantalla desdibujada por el tiempo.
Me he tomado el trabajo de recogerme, de intentar salvarte,
no,
yo también habría muerto.
Por la noche los temblores de las drogas me suscitan al silencio abierto,
pero nada puede más que la fuerza en las muñecas
y la daga sobre el pecho hirviendo.
Imagíname,
cuando no me ames, imagíname, incapaz de hacerle frente a tantas sombras,
retorcido como vivo en este cuerpo joven que a duras penas puede soportar el golpe
de tantos años de derrota.
Recuerdo que decías "lo andaremos. El camino irá sinuoso y lo andaremos".
Si tan solo tuviera la voz de otra persona, podría ser oído,
nunca me he sentido más pobre que esta noche,
solo en la miseria de mi ser que acampa,
cada vez más lejos.
Las estrellas clarean en un cielo que a la vista se hace inmenso,
plagado de constelaciones que no predicen nada más que otra mala noche
de falsos derroches de alcohol, de viento,
de volverme sobre mi costado para ver las paredes desnudas y tu ausencia.
Discúlpame si he sido torpe, si en mi libertad no existe nada tan valioso
como para comprar el abismo que separa el mar de nuestros lechos de costumbre.
Pero aquí la sombra ya se erige vencedora sobre toda la colina,
los pájaros del día trinan aunque sé no están despiertos, mi aullido quiebra los filamentos de la noche en su melancolía y sé que no me queda mucho tiempo.
Mi piel sigue espasmando para despertar al monstruo que se arrulla sobre mí
y mi ropa está empapada de las lágrimas que mis drogas desintegran;
solamente así, vencido como un ser tullido y repugnante,
me atrevo a clamar mi himno de guerra:
defiéndeme si no es de mí,
perdóname si es lo de menos,
ven si quieres probar cómo se siente,
pero ámame si muero en el intento.
Después de
No sé si caigo en el proceso repetido de ver la vida como una continuación de lo que fue una vez. Como si fuera un escritor mediocre abocado al oficio de componer segundas partes. Y en ese continuo recrear versiones originales de mí, si en realidad he dado ya mi mejor salto en la forma única, espléndida e irrepetible de haber nacido.
Este whisky tiene:
yo
miércoles, mayo 05, 2010
Después del encierro
Ciégame en la noche impenetrable,
escúdame en serio, amor,
que las criaturas vigilantes andan rondando los surcos del jardín
y he oído un grito ronco detrás de los portones apolillados y las baldosas de geranios,
ciégame si deseo ver
la criatura inasible que genera todo el canto
que es la noche misma cuando todo tiembla.
Y déjame entrever por tus dedos
mi capacidad de alertar al vecindario.
Salven primero a los niños y las muchachas,
que no corran porque perderán las piernas
si los llega a capturar el íncubo maligno.
De verdad, no dejes de cubrir mis ojos
hasta que cada espacio de mi cuerpo se halle degollado
por las zarpas furiosas de una criatura que encerramos
hace tanto tiempo.
Oigo los golpes de sus pasos, las pastillas no funcionan para atarme al sueño, los consejos son estorbos, las personas nada temen, ya no tiemblan,
pero cuando venga y sepan lo mucho que se han equivocado
ya será muy tarde.
Ciégame para nunca comprender
que su máscara ha sido mi piel durante todo este tiempo,
ciégame para no ver
la devastación que he causado.
escúdame en serio, amor,
que las criaturas vigilantes andan rondando los surcos del jardín
y he oído un grito ronco detrás de los portones apolillados y las baldosas de geranios,
ciégame si deseo ver
la criatura inasible que genera todo el canto
que es la noche misma cuando todo tiembla.
Y déjame entrever por tus dedos
mi capacidad de alertar al vecindario.
Salven primero a los niños y las muchachas,
que no corran porque perderán las piernas
si los llega a capturar el íncubo maligno.
De verdad, no dejes de cubrir mis ojos
hasta que cada espacio de mi cuerpo se halle degollado
por las zarpas furiosas de una criatura que encerramos
hace tanto tiempo.
Oigo los golpes de sus pasos, las pastillas no funcionan para atarme al sueño, los consejos son estorbos, las personas nada temen, ya no tiemblan,
pero cuando venga y sepan lo mucho que se han equivocado
ya será muy tarde.
Ciégame para nunca comprender
que su máscara ha sido mi piel durante todo este tiempo,
ciégame para no ver
la devastación que he causado.
domingo, mayo 02, 2010
Mirada (Canción de Lita)
Esta noche el silencio se me ha hecho impropio,
inalcanzable por las paredes anónimas,
descubierto como si no pudiera ocultar mi identidad
en cajas.
Sin medallas que mostrar ni versos en los cuales refugiarme,
sin caballos que carguen el sueño a la presencia del desvarío,
antes del ritual de la navaja y la forma oscura del espejo,
me acosan los recuerdos no vividos.
Pero nunca me enseñaron a decir adiós,
a sentirlo verdaderamente.
Recuerdo solo un intercambio de miradas.
Tú dijiste "qué ojos tan lindos tienes"
y yo, asustado, te miré en silencio sin saber por qué brillabas tanto.
"Realmente son hermosos", repetiste, antes que alguien te llevara del brazo.
La música ha borrado el resto,
nunca pude decirte que los tuyos inspiraban algo cálido,
nunca sabré por qué
nunca llegarás a enseñarme lo que habías visto en mí,
nunca me dirás como un secreto
"ninguno de los otros puede verlos,
ninguno puede oírlos",
nunca hasta que el silencio hubo llegado a devorarte,
pude comprender lo vital
de callar nuestro secreto yo también.
inalcanzable por las paredes anónimas,
descubierto como si no pudiera ocultar mi identidad
en cajas.
Sin medallas que mostrar ni versos en los cuales refugiarme,
sin caballos que carguen el sueño a la presencia del desvarío,
antes del ritual de la navaja y la forma oscura del espejo,
me acosan los recuerdos no vividos.
Pero nunca me enseñaron a decir adiós,
a sentirlo verdaderamente.
Recuerdo solo un intercambio de miradas.
Tú dijiste "qué ojos tan lindos tienes"
y yo, asustado, te miré en silencio sin saber por qué brillabas tanto.
"Realmente son hermosos", repetiste, antes que alguien te llevara del brazo.
La música ha borrado el resto,
nunca pude decirte que los tuyos inspiraban algo cálido,
nunca sabré por qué
nunca llegarás a enseñarme lo que habías visto en mí,
nunca me dirás como un secreto
"ninguno de los otros puede verlos,
ninguno puede oírlos",
nunca hasta que el silencio hubo llegado a devorarte,
pude comprender lo vital
de callar nuestro secreto yo también.
lunes, abril 26, 2010
Un domingo te pedí perdón
Todavía no han bajado las primeras gotas
que anuncian la llovizna invernal que jamás será diluvio.
Mi único entretenimiento consiste en perderme entre los pájaros que bajan,
sedientos de migajas, heridos tras rozar el sol,
y el amor en que confío será después de mí solo un papel para arrugar.
Cuando el tiempo se presenta así
y los recuerdos se convierten en paredes de hormigón,
la frente tibia en que chocábamos antes del beso me recuerda a algo,
despojado de mis velos, coronado solo por las lágrimas del miedo,
las pastillas surten bien su efecto: por la mañana ya no seré yo.
Y quisiera desear (es decir, poder pedirlo sin que sea mala acción),
la posibilidad de que me oyeras algo, que no volvieras a sentenciar
"vuelve allá si quieres, olvídate de mí si eso es lo que sientes".
Pero lo único que quiero es recoger una vez más tu mano.
Mis explicaciones sirven un momento, pero las dudas permanecen más.
Podría ser que entiendas lo mucho que llegas a significar,
que mis lágrimas son solo la felicidad de haber huido
de las fauces de un demonio que espinó mi corazón en cada tarde.
Los domingos muestran sus esquinas desoladas,
mañana entre murmullos el único solo seré yo.
Y puede ser que entiendas, que tu sonrisa y tu capacidad de amar
sean más fuertes que mis días de enfermedad y desvarío.
Puede ser que sí podamos ignorar, después de todo, la emoción que me impulsa al filo de la muerte que inventé.
Pero los pájaros siguen llamando sin saber en qué estación volar.
Y el amor que inventas por las noches,
no me alcanza para huir de pesadillas y enfrentar la realidad.
La verdad es que no podría amarte más.
La verdad es que si no dijera, no sabría cómo compartir
las partes de mí a las que les tengo tanto miedo.
Sé que puedes intentar huir, que no es necesario enfrentar el riesgo de mirarnos a la cara.
Pero creo que esta vez podría ser distinto,
que me amas de verdad,
que puedo llorar sin esperar reproches,
que algunas palabras, por mucho que nos hagan daño,
fueron hechas con el mismo amor que los silencios que nos llegan a salvar.
que anuncian la llovizna invernal que jamás será diluvio.
Mi único entretenimiento consiste en perderme entre los pájaros que bajan,
sedientos de migajas, heridos tras rozar el sol,
y el amor en que confío será después de mí solo un papel para arrugar.
Cuando el tiempo se presenta así
y los recuerdos se convierten en paredes de hormigón,
la frente tibia en que chocábamos antes del beso me recuerda a algo,
despojado de mis velos, coronado solo por las lágrimas del miedo,
las pastillas surten bien su efecto: por la mañana ya no seré yo.
Y quisiera desear (es decir, poder pedirlo sin que sea mala acción),
la posibilidad de que me oyeras algo, que no volvieras a sentenciar
"vuelve allá si quieres, olvídate de mí si eso es lo que sientes".
Pero lo único que quiero es recoger una vez más tu mano.
Mis explicaciones sirven un momento, pero las dudas permanecen más.
Podría ser que entiendas lo mucho que llegas a significar,
que mis lágrimas son solo la felicidad de haber huido
de las fauces de un demonio que espinó mi corazón en cada tarde.
Los domingos muestran sus esquinas desoladas,
mañana entre murmullos el único solo seré yo.
Y puede ser que entiendas, que tu sonrisa y tu capacidad de amar
sean más fuertes que mis días de enfermedad y desvarío.
Puede ser que sí podamos ignorar, después de todo, la emoción que me impulsa al filo de la muerte que inventé.
Pero los pájaros siguen llamando sin saber en qué estación volar.
Y el amor que inventas por las noches,
no me alcanza para huir de pesadillas y enfrentar la realidad.
La verdad es que no podría amarte más.
La verdad es que si no dijera, no sabría cómo compartir
las partes de mí a las que les tengo tanto miedo.
Sé que puedes intentar huir, que no es necesario enfrentar el riesgo de mirarnos a la cara.
Pero creo que esta vez podría ser distinto,
que me amas de verdad,
que puedo llorar sin esperar reproches,
que algunas palabras, por mucho que nos hagan daño,
fueron hechas con el mismo amor que los silencios que nos llegan a salvar.
sábado, abril 24, 2010
Arrogante
Puede ser
que detrás de las heridas hayas descubierto
los rastros del gigante.
No hay mucho más que hacer, podemos resignarnos,
a la noche incólumne y marchita.
No somos de ninguna forma consecuencia de ninguno de los actos
a los que les debimos tanta fe.
Puede ser, digo,
que hayan terminado las madrugadas de aplazar el sueño
para vernos un instante más.
Pero yo no sé muy bien
por qué no quieres compartir conmigo la liturgia de tu mano
cuando esos momentos antes de dormir,
después de habernos prometido el cuerpo;
no sé cómo fingir durante el día
que puedo ser feliz con menos de lo que me duele obviar.
De todas formas no he aprendido a despertarme
sin el rencor de las torpezas que tanto me han costado.
No puedo contemplarte demasiado
sin acunarme de inmediato en brazos del insomnio,
no puedo ser yo mismo mucho tiempo
sin ser brutal y tercamente honesto:
te odio.
Y para una criatura como yo,
un montaraz herido y cimarrón,
compartir tu tiempo es más soberbio
que la sed de sangre que me inspira el mundo.
que detrás de las heridas hayas descubierto
los rastros del gigante.
No hay mucho más que hacer, podemos resignarnos,
a la noche incólumne y marchita.
No somos de ninguna forma consecuencia de ninguno de los actos
a los que les debimos tanta fe.
Puede ser, digo,
que hayan terminado las madrugadas de aplazar el sueño
para vernos un instante más.
Pero yo no sé muy bien
por qué no quieres compartir conmigo la liturgia de tu mano
cuando esos momentos antes de dormir,
después de habernos prometido el cuerpo;
no sé cómo fingir durante el día
que puedo ser feliz con menos de lo que me duele obviar.
De todas formas no he aprendido a despertarme
sin el rencor de las torpezas que tanto me han costado.
No puedo contemplarte demasiado
sin acunarme de inmediato en brazos del insomnio,
no puedo ser yo mismo mucho tiempo
sin ser brutal y tercamente honesto:
te odio.
Y para una criatura como yo,
un montaraz herido y cimarrón,
compartir tu tiempo es más soberbio
que la sed de sangre que me inspira el mundo.
sábado, abril 10, 2010
Sobre empacar
Odio empacar. Lo hace todo tan real. Tan objetivo. Me parece demasiado mundano, vaciar cajones, buscar en las esquinas de un cuarto, mirar debajo de la cama y recordar de pronto los escondites caprichosos donde se perdía nuestra ropa. Algunas esquinas guardan un olor, otras alguna frase que nos dimos el lujo de esculpir con cuidado. En otras todo se me hace anónimo. Y entonces la partida ya no me resulta nostálgica, sino lejana, casi impersonal.
No quiero viajar sin llevar conmigo lo importante. Y de todo lo que llevo, es justamente eso lo que dejo. Preferiría no tomar nada, dejarlo todo aquí. Viajar liviano, libre, como sin saber exactamente a dónde voy o cómo solucionaré la ausencia de las cosas a las que me he acostumbrado demasiado.
Cuando esa sensación me asalta de golpe y de repente me doy cuenta de que del otro lado no estarás, me concentro en el vacío que queda cuando dejamos un lugar desocupado. El anonimato vuelve. Parte de ello me parece espantoso: he borrado en menos de una hora lo que tardé días en construir con mi desorden y mis ganas de repartirte por todos los espacios. Y ahora, al borde de la cama destendida, me sorprende la sensación asfixiante de la angustia. Ya es bastante malo irse. Pero empacar, ¿no es como preparar nuestra propia soga?
No quiero viajar sin llevar conmigo lo importante. Y de todo lo que llevo, es justamente eso lo que dejo. Preferiría no tomar nada, dejarlo todo aquí. Viajar liviano, libre, como sin saber exactamente a dónde voy o cómo solucionaré la ausencia de las cosas a las que me he acostumbrado demasiado.
Cuando esa sensación me asalta de golpe y de repente me doy cuenta de que del otro lado no estarás, me concentro en el vacío que queda cuando dejamos un lugar desocupado. El anonimato vuelve. Parte de ello me parece espantoso: he borrado en menos de una hora lo que tardé días en construir con mi desorden y mis ganas de repartirte por todos los espacios. Y ahora, al borde de la cama destendida, me sorprende la sensación asfixiante de la angustia. Ya es bastante malo irse. Pero empacar, ¿no es como preparar nuestra propia soga?
miércoles, marzo 24, 2010
Indiana
Aunque tenga que morir el último vestigio de lo que haya sido,
me aferraré al silencio fiel.
Cuando era niño
me cuidaba un perro pequeño que le ladraba a las sombras
y yo dormía tranquilo,
protegido por el sonido exagerado y hosco
de la misma criatura con la que aprendí lo que era dar cariño.
En esos tiempos
debajo de las sábanas yo conciliaba el sueño,
como a sabiendas de que los fantasmas se arrinconaban sobre el umbral,
incapaces de dar un paso dentro.
Un día todo se volvió luminoso.
Pude entonces distinguir la silueta de mi guardián
y lo encontré indefenso, delicado, efímero.
Lo tomé con los brazos y prometí cuidarlo.
Ese día tomaron la casa y desde entonces,
hemos sido prisioneros de los juegos que yo mismo inventé.
Pero los perros viven menos que los hombres,
y hoy ya no recuerdo el nombre
del lugar donde enterré sus huesos.
Solo sé que aquí, en la casa, no está permitido hacer velorios
por los espejismos de la infancia.
Llorar exageradamente era la única ventaja de ser niño,
pero tampoco puedo recordar dónde enterré
mis recuerdos de alguna vez haberlo sido.
me aferraré al silencio fiel.
Cuando era niño
me cuidaba un perro pequeño que le ladraba a las sombras
y yo dormía tranquilo,
protegido por el sonido exagerado y hosco
de la misma criatura con la que aprendí lo que era dar cariño.
En esos tiempos
debajo de las sábanas yo conciliaba el sueño,
como a sabiendas de que los fantasmas se arrinconaban sobre el umbral,
incapaces de dar un paso dentro.
Un día todo se volvió luminoso.
Pude entonces distinguir la silueta de mi guardián
y lo encontré indefenso, delicado, efímero.
Lo tomé con los brazos y prometí cuidarlo.
Ese día tomaron la casa y desde entonces,
hemos sido prisioneros de los juegos que yo mismo inventé.
Pero los perros viven menos que los hombres,
y hoy ya no recuerdo el nombre
del lugar donde enterré sus huesos.
Solo sé que aquí, en la casa, no está permitido hacer velorios
por los espejismos de la infancia.
Llorar exageradamente era la única ventaja de ser niño,
pero tampoco puedo recordar dónde enterré
mis recuerdos de alguna vez haberlo sido.
lunes, enero 18, 2010
Arkabas
Novedades editoriales... A partir de hoy a las 00:00 horas empezó nuestra nueva etapa de publicaciones editoriales. Así que a todo aquel interesado y/o curioso que desee revisar los artículos sobre edición y afines, pueden hacerlo aquí.
Gracias por los comentarios desde ya y salud con todos.
Gracias por los comentarios desde ya y salud con todos.
jueves, enero 07, 2010
Swing
Hace dos días me contaron una historia que me llamó mucho la atención. Sabemos que el whisky Swing (ese whisky de Johnnie Walker que todos quisiéramos tener en nuestro bar) viene en una presentación poco común: se trata de una botella que, al ser colocada sobre una superficie, se mece de un lado a otro, por lo que no cae aún cuando la empujen o la muevan.
Resulta que ese whisky fue preparado especialmente para un capitán de barco... En una superficie plana, en movimiento, cualquier objeto caería (es lo que ocurría con los whiskys no tan sofisticados que tomaba el dichoso capitán), así que el sr. Alexander II creó especialmete esta botella, la cual, debido a su constante movimiento, podía adaptarse a la inestabilidad del barco.
Y entonces, solo puedo encontrar muy pertinente venir a este blog a preguntarme... ¿No es finalmente eso lo que he tratado de hacer? ¿Estamos más seguros parados sobre la superficie y aferrados a ella? ¿O es que nuestra única posibilidad de permanecer es mecernos con la marea, dejarnos llevar en un oscilamiento constante y ajeno a nuestro control? Quizás, al igual que esa botella, permaneceremos en movimiento, pero lejos de la destrucción que seguramente nos alcanzaría si buscáramos un único centro en el cual fijar nuestra vida.
Ajenos a ese movimiento, a veces la ilusión de nuestra propia debilidad nos hace buscar ese centro, asustados como estamos de perdernos en la oscuridad de los extremos, sin saber que no mucho más allá, lejos del tumulto que se aglutina en busca de una falsa salvación, existe un espacio donde podríamos dormir seguros, sostenidos en los extremos de una red que solo pide, como único precio para darnos la protección de su abrazo, que la acompañemos en su incesante movimiento.
Resulta que ese whisky fue preparado especialmente para un capitán de barco... En una superficie plana, en movimiento, cualquier objeto caería (es lo que ocurría con los whiskys no tan sofisticados que tomaba el dichoso capitán), así que el sr. Alexander II creó especialmete esta botella, la cual, debido a su constante movimiento, podía adaptarse a la inestabilidad del barco.
Y entonces, solo puedo encontrar muy pertinente venir a este blog a preguntarme... ¿No es finalmente eso lo que he tratado de hacer? ¿Estamos más seguros parados sobre la superficie y aferrados a ella? ¿O es que nuestra única posibilidad de permanecer es mecernos con la marea, dejarnos llevar en un oscilamiento constante y ajeno a nuestro control? Quizás, al igual que esa botella, permaneceremos en movimiento, pero lejos de la destrucción que seguramente nos alcanzaría si buscáramos un único centro en el cual fijar nuestra vida.
Ajenos a ese movimiento, a veces la ilusión de nuestra propia debilidad nos hace buscar ese centro, asustados como estamos de perdernos en la oscuridad de los extremos, sin saber que no mucho más allá, lejos del tumulto que se aglutina en busca de una falsa salvación, existe un espacio donde podríamos dormir seguros, sostenidos en los extremos de una red que solo pide, como único precio para darnos la protección de su abrazo, que la acompañemos en su incesante movimiento.
Suscribirse a:
Entradas (Atom)