Primero, que quizás sea válido decir que la obra de Bryce es una larga y sucesiva historia de amor. Segundo, que quizás por eso cuando uno lo lee lee más a Bryce Echenique que al libro. Y tercero, que con La amigdalitis de Tarzán pasa exactamente eso: se repiten los personajes (un artista, una única muchacha que es el gran amor de toda una vida), los escenarios (París, Lima, otro montón de ciudades) y hasta las técnicas (aquello de los detalles que componen una relación, una vida, un código que sólo significa algo para y en la historia). Y bueno, como que Bryce se da el gusto de algo que parece gustarle mucho: incursionar en el género epistolar con el mismo estilo con el que lleva la narrativa. Es decir, mostrar que Bryce es Bryce escriba como escriba y escriba sobre lo que escriba, porque sencillamente dice las cosas como quien las cuenta a un amigo.
Pero entonces, ¿por qué este libro? Ah, porque habla de algo que Bryce siempre ha rozado, pero a lo que nunca le había dedicado toda una novela: ese maldito tema de la distancia. Porque debe haber mil novelas sobre ese mismo tema, y mil novelas sobre cartas de amor de dos personas que, ulteriormente y más allá de todos los avatares de la relación, simplemente se extrañan. Pero Bryce es Bryce, y en eso de las cartas de amor hay pocos que digan las cosas de una manera tan pertinente como él. Porque la distancia es algo de nostalgia y algo de tristeza y algo de resignación, y en la prosa de este escritor de eso hay hasta cansarse. O hasta nunca cansarse, mejor dicho.
Y es que La amigdalitis de Tarzán es una historia sobre el desencuentro. Sobre esas relaciones que fallan no porque falte amor, o ganas, o ni siquiera entendimiento. Simple y llanamente que la vida es la vida. Que uno no siempre elige dónde o con quién quiere estar y que el tiempo es una especie de capricho y a veces eso es difícil de aceptar. Y es que hay personas en la vida que pueden tenerlo todo... Todo menos ese "ETA" (Estimated time of arrival) del que tanto habla Bryce en esta novela, de manera absolutamente irónica, pero también absolutamente cierta. Y, lección difícil de aprender, a veces en el oportunismo está la única esperanza de futuro.
Pues este es uno de esos libros que deben caer así, en el momento justo, como para dedicárselos a alguien, como para sentir que uno los entiende; porque de lo contrario probablemente los pasas por alto. Y pues, como no es un libro que uno leería siempre, hay que hacerlo apenas haya oportunidad, porque sólo entonces encuentra uno en él lo mejor que tiene para ofrecernos. Y es que, así como esta novela empieza con una oración que nos advierte desde el vamos de una historia condenada al fracaso, ese fracaso se reivindica por la acción del imposible, de saber sortearlo. Como esas personas que son para siempre porque nos dan lo mejor de sí en el momento en que más lo necesitamos, aunque en el futuro nos terminen doliendo. Y es que pocas veces en la vida uno llega a robarse algo que valga la pena. Y no importa luego el castigo, no importa cómo se vengue la vida. Lo único que importa es que ya nadie podrá quitarnos lo que tomamos.
Se lo regalaría a: La chica con la que siempre fui mejor por carta. La chica con la que siempre seré mejor en persona. La que sabe que le estoy dedicando este libro por razones obvias.
Una curiosidad: Me acabo de dar cuenta que voy tres reseñas al hilo de autores peruanos. La verdad no fue a propósito. A lo mejor estoy extrañando más de lo que pensaba.
Ficha técnica:Bryce Echenique, Alfredo
La amigdalitis de Tarzán - Alfaguara; 1999
328 p.; 13x21 cm.
ISBN: 8420430765
"Nunca hubo una pareja que se separara en un aeropuerto con una fe tan grande en el futuro, con tantas ilusiones compartidas y tantos proyectos comunes, como Fernanda y yo. ¿Fue simple buen gusto, simple deseo de que acabara con besos y sonrisas esa semanita que terminó por convertirse en un sueño realmente vivido y compartido? Ahora que muchos de esos intensos deseos pertenecen al pasado, ahora que nada nos salió del todo mal ni tampoco bien, ahora que sólo quedan un montón de cartas de Mía, alguno que otro trozo escrito por mí y también algunas de mis cartas posteriores al robo de Oakland, muchísimo cariño y amistad, y la misma confianza y complicidad de siempre, tal vez lo único que podríamos decir Fernanda y yo es que hay despertares sumamente inesperados y que, incluso, a veces, en nuestro afán de no causarle daño alguno a terceros, terminamos convertidos nosotros en esos terceros. Y bien dañaditos, la verdad."



