El efecto Borges
Cuando me mudé a Buenos Aires una de las primeras cosas que pensé fue que por fin iba a poder conversar con prácticamente cualquiera sobre Borges. No me pregunten por qué. Me acuerdo clarito que mientras el avión salía y yo pensaba cuánto iba a extrañar Lima, ese era uno de mis argumentos de auto-consuelo. De hecho supongo que me imaginé a Buenos Aires como un lugar donde todo el mundo andaba con su Borges de bolsillo bajo el brazo. Pero, oh ironía, a poco más de tres meses de regresar a mi país, todos mis muchos intentos de tener esa maravillosa conversación sobre la obra de Borges han fracasado miserablemente.
Desde luego, es injusto sacar cualquier conclusión sobre esto. Pero hay algo interesante, sin embargo: lo que ocurrió cuando intenté tener esa conversación, cuando saqué el nombre de Borges como uno de mis autores favoritos, cuando traté de descubrir qué se sentía ser del país de donde nació el que es probablemente el autor de habla hispana más importante de todos los tiempos. Pues con la gente digámosle "mayor", casi siempre la respuesta fue positiva, y pocas veces no terminó en la clásica frase "era un genio". Lo interesante fue lo que ocurrió con la gente de mi generación: la gran mayoría no lo había leído, o habían leído muy poco de él. Y todos coincidían en la razón: "tienes que haber leído demasiado para poder leer a Borges". Suena al típico miedo del lector promedio: no entender. De más decir que siempre he creído que ningún autor es hermético para nadie, o el que fracasa no es el lector, sino el autor. Pero aquello de encontrame a tanta gente que consideraba a Borges un autor oscuro me hizo replantearme seriamente su obra.
No he llegado a una conclusión clara. Supongo que algunos de sus cuentos utilizan mucho la relación intertextual y conllevan a sentir que uno tiene, efectivamente, que haber leído todas esas referencias para entender totalmente el texto. Supongo también que tiene cuentos particularmente "difíciles", especialmente aquellos que podrían ser considerados más descriptivos. Pero Borges es un genio justamente porque su obra no se limita a las referencias o a las descripciones complejas. Es un genio porque su obra se universaliza, se hace transparente, penetra en nuestra vida.
"El otro"
El cuento es extraordinario en la temática de por sí, pero definitivamente gana en cuanto resolvemos un detalle particular, uno que encierra toda la belleza de este cuento: el título. Lo fantásticamente sugerente que resulta que Borges se refiera a esa versión joven de él como "el otro". Y es que él y su otro yo son, definitivamente, dos personas absolutamente diferentes. Borges nos revela una esencia maravillosa, nos revela que nada permanece, que todo está en un constante proceso de cambio y cuando dos versiones de uno mismo chocan, definitivamente el choque es traumático, difícil, temible. Y es que ver nuestro pasado es ver aquello que nosotros decidimos dejar, sea por la razón que sea. Vernos a nosotros mismos es un anacronismo que causa pasmo, ya sea que nos veamos en una fotografía, en un recuerdo, en una conversación, en una persona que vuelve a nuestra vida y trae con ella imágenes de aquello que nos enfrenta a esa realidad que hasta se asemeja absurda.
Este cuento no es una narración del encuentro de Borges consigo mismo. Es la historia de todos nosotros todos los días: nuestro eterno chocar con lo que alguna vez fue y no puede repetirse; pero sobre todo nuestra necesidad imperiosa de olvidarlo, porque de lo contrario seremos atormentados por una versión anterior que, incapaz de comprendernos o nosotros a ella, aparece con el único fin de provocarnos la terrible duda de si, en nuestro pasado, no habremos soñado alguna vez con esto en que nos hemos convertido.
Whisky con vínculo: El otro
Ficha Técnica: Borges, Jorge Luis. "El otro", en El libro de arena
"- Si esta mañana y este encuentro son sueños, cada uno de los dos tiene que pensar que el soñador es él. Tal vez dejemos de soñar, tal vez no. Nuestra evidente obligación, mientras tanto, es aceptar el sueño, como hemos aceptado el universo y haber sido engendrados y mirar por los ojos y respirar.
- ¿Y si el sueño durara? - dijo con ansiedad.
Para tranquilizarlo y tranquilizarme, fingí un aplomo que ciertamente no sentía. Le dije:
- Mi sueño ha durado ya setenta años. Al fin y al cabo, al recordarse, no hay persona que no se encuentre consigo misma. Es lo que nos está pasando ahora, salvo que somos dos. ¿No querés saber de mi pasado, que es el porvenir que te espera?"




