jueves, octubre 22, 2009

MGx

Vivíamos la noche a escondidas,
como temiendo ser descubiertos por los villanos que creamos.
La calle se consolaba con el humo y tú
te habías conformado con esquivar el filo en mi palabra.
Éramos un juego:
yo te imaginaba cerca, como una fábula. Una niña que se perdía en el bosque solo por curiosidad y encontraba la madriguera del lobo. Luego visitabas al lobo todos los días y le llevabas de comer. Luego le contabas historias y escuchabas su aullido sin temor. El lobo no te devoraba y la historia concluía en que un día ya no lo verías más. Y eras la única que lo iba a descubrir.
Pero acusaste un golpe a destiempo
y rompiste el juego hablando de las reglas:
no a esto, no a aquello. Tú no puedes sentir eso por mí.
Yo no sentía nada más que la textura
de la carne que la niña me llevaba hasta la cueva. Había imaginado el calor de una manta que jamás llegó a cubrirme el lomo cuando el invierno asolaba. Había aprendido a pronunciar tu nombre como si estuviera anexado a los ecos de mi aullido. Así es estar cerca de otros, pensaba; así se siente oír una voz que no es la de mis muros.
Soñé sin esperar mucho, pero eso a la herida rara vez le importa. Quizás un silencio hubiera sido la mejor salida: suficiente para decir "yo puedo verte aunque te escondas".
Pero cuando volvíamos, la noche ya se había vuelto madrugada. El dolor crecía como si jamás hubieras sembrado en mi emoción cualquier otra cosa. Te miré para buscar la calma de tu despedida, para que dijeras "sí me importa", para que entendieras la importancia de no herirnos nunca.
Y tú dijiste
"era una tontería. Mañana no lo voy a recordar".

domingo, octubre 04, 2009

Caído -sanarán las alas antes que su cuerpo-

Viviré con las heridas sobre la ropa,
enemistado con las palabras que pronuncio, demasiado torpes para explicarte nada,
para hallar una solución de adultos.
Quizá porque crecí entre notas musicales
y todo lo que aprendí del mundo lo saqué de libros. No puedo ser mucho mejor que los personajes que morían
o los villanos en que al final me he convertido.
Amo como en los finales imposibles:
es difícil encontrarme libre, desencadenado.
Y amarte me resulta tan sencillo como eso,
pero perdonarme, también por eso mismo,
el único secreto que jamás sabré de mí.

lunes, septiembre 21, 2009

Pirógena

Soy un mal esposo. Sé que lo soy.
Debería amarte siempre, sin fijaciones ni espejos ni temor de ningún tipo.
Pero temo
cuando alzas la voz o quiebras mi aullido,
sé que debería amarte como eres, sin cambiarte en nada, sin exigirte nada para mí;
que debería por ejemplo,
pasear a los perros y ayudarte sin que me lo digas a lavar la vajilla los domingos. Que podría hacer limpiar tu auto por dentro, y sorprenderte con la ropa ordenada,
que debería ser puntual y amarte solo lo necesario,
que no debería buscar tu roce cuando tienes sueño,
que debería respetar tu espacio cuando te enojas y entender
siempre entender,
que no querrás cambiar por nadie.
Pero soy un mal esposo.
Paso las tardes mirando las cartas del tarot y escribiendo en las paredes,
cosechando las flores silvestres de mis castillos de humo,
lamentándome de mi incapacidad de ser más fuerte.
Y solo no puedo amarte,
cómo puedo,
cuando sabes que soy tan sensible, tan emocional, tan frágil
y te pido que me salves con un beso, una palabra a destiempo, un verbo que no espero,
y en vez susurras
"yo sí quiero morir".

sábado, septiembre 19, 2009

Polícromos

Podemos compartir la noche. Podemos dividirla, hastiarnos, convertirla en un reflejo de nuestra incapacidad de discernir colores.
Y tratar de ser felices así,
aferrados a la posibilidad de ser normales.
Pero lo cierto es que las avenidas me poseen
y la luz cambia también el color de mis certezas.
Yo esperaría aquí entre las paredes a que alguien recoja los restos.
Pero antes debo hallarte entre los laberintos.
Y una vez afuera tal vez nos encontremos, pero lo cierto es que no regresaré:
yo no pasaré por uno más,
tú no intentarás detenerlos.

lunes, septiembre 14, 2009

Lista de excusas

Quizás algunos de ustedes se preguntan (más cierto sería decir que yo me lo pregunto) por qué he dejado abandonado tanto tiempo este lugar. Creo que corresponde entonces una lista larga de buenas excusas (al menos para mí son buenas, me he esforzado mucho en encontrarlas), pero al final creo que todo se resume a algunos proyectos de los cuales puedo, ¿por qué no?, hablar aquí de una buena vez.

La cosa es que para mí esta es como una nueva fase, y supongo que es oportuno señalar también a los lectores que algo de eso habrá en mis ganas de empezar a bloggear más seguido. Dicho sea de paso, ese verbo no tardará en incorporarse al ilustrísimo diccionario de la RAE, lo cual no sé si me hace sentir bien o terriblemente asustado. Probablemente ninguna de las dos.

Han sido días del todo adultos. Cuando digo adultos, quiero decir aburridos. Básicamente trabajo en la editorial, acomodar algunos papeles para tramitar cosas (como estúpidas cuentas bancarias y cosas por el estilo) y uno que otro trabajo realmente divertido, como diseñar, corregir un par de buenos textos y darme por entero a un proyecto que ha capturado casi toda mi atención, en prejuicio de mi pobre blog: mi nueva novela. Terminados todos estos proyectos, he tenido que ponerme a punto rápidamente con la librería que estamos por inaugurar en el distrito de Barranco en poco, muy muy poco tiempo, con lo cual el pobre whisky doble siguió pasando debajo de una serie de tareas pendientes con un gigantesco rótulo de "impostergables".

Lo positivo es que con algo de trabajo duro estos meses, al fin, decía, tengo algo de tiempo para mis ocios favoritos, entre los cuales está este espacio que no pienso abandonar nuevamente por tanto tiempo, al menos en un futuro próximo.

¿Recapitulando? Las buenas noticias son que definitivamente empezaré a postear más reseñas. Acuso el hecho de que, con la nueva librería, voy a tener más de un título interesante y poco conocido entre manos. Dicho sea de paso, me encuentro revisando la obra de HH Ewers, un autor del que sabía poco hasta que me reencontré con "La araña", un cuento del cual seguramente postearé más adelante. En fin, decía que se vienen más reseñas, si todo sale como espero, aunque hace poco recibí una crítica lapidaria hacia una de ellas (vino, felizmente, de una literata que me criticó por no hacer crítica literaria formal o algo así de ridículo), pero luego me puse a pensar que la señorita me-importa-más-quedar-bien-frente-a-mis-profesores-y-ridículos-compañeros-yuppies-como-yo era, probablemente, una honesta amante de la intelectualidad literaria, y yo, que soy más un aficionado a todo que un profesional de algo, no tengo otras palabras que las mías para referirme a lo que leo. ¿Estamos claros en que no vale decepcionarse si no hago una tesis comparativa respecto a las mecánicas internas de la técnica literaria en la narrativa moderna? Genial. Estamos de acuerdo entonces en que en este lugar hacemos lo que nos da la gana.

Respecto a la librería, les daré los datos pronto, ¡lo prometo! Por ahora déjenme contarles que dos muchachas muy geniales han llegado a un acuerdo con nosotros y harán las galas de decoradoras y organizadoras del lugar, así que estamos trabajando para que el local sea lo más cálido y cómodo posible para todos ustedes.

Sobre Arkabas, se vienen novedades pronto, como una nueva línea de poesía que tendré a bien comentar en un próximo post también. Ufff... son muchas cosas para un próximo post. Pero al menos eso me compromete a que haya uno pronto. Respecto a lo demás, mi última queja iría dirigida a quien sea que decidió destruir la pista frente a la editorial. Nunca había temblado tanto en un solo día. Además del hecho de que el camino es prácticamente el campo de entrenamiento ideal para cualquier asesino serial (tienes lugares donde matar Y donde esconder el cuerpo en un solo espacio, más la posibilidad de enterrarlo todo con solo un empujón de caterpillar), he descubierto que la no utilización de mi calle genera escasez de estacionamientos y embotellamientos de tráfico dignos de un cuento de Cortázar.

Una última cosa, hoy estuve pensando seriamente en algunas cosas y creo que ha llegado el momento de sacar una edición del cuaderno blanco que implique más que el experimento de mediados de año. Reunión con el staff entonces, es hora de hacer algunas aventuras editoriales de no muy alto vuelo, pero hartas ganas. Como diría una crítica por ahí: "pierdes tu tiempo". Lo cual, considerando el mundo de hoy, puede ser considerado un enorme halago. No todos tienen el lujo de tener tiempo para desperdiciar.

Salud con todos,

- daniel

sábado, septiembre 05, 2009

Sanbar

No todos los días ni todos los motivos. No soy sino un pedazo de los recuerdos que no logro conciliar. No el sueño ni el amor ni la sensación de ahogarse bajo el mar,
no la visión.
El instante en el que corres y rozas la arena con tus dedos y tu perro te sigue y el mar calma los aullidos falsos de la tarde.
El amor que se destiende entre las sábanas y tus gemidos y el momento en el que tiemblo bajo el chasquido de tus dientes.
No soy el punto indeciso entre el abismo y la muerte natural.
No estoy triste, no puedo estarlo.
Soy los momentos a los que me debo y van dejándome memorias
que pueden ser la libertad
o su completa renuncia.

jueves, mayo 21, 2009

Nicho

Hoy me ofrecieron venderme un nicho fúnebre. Algo así como "evitarle problemas a mis familiares", "prevenir lo inevitable", etc. Eso me hace pensar que uno envejece, indefectiblemente. Que la idea que ahora me causa un poco de gracia puede terminar siendo una verdadera preocupación.

Y si voy a envejecer, quiero que sea contigo.

Pensando en todo eso, recordé esta canción. La transcribo traducida, cosa que normalmente no hago, pero esta vez es para alguien más. La canción es de Radiohead y se llama "A reminder". Un recordatorio de todo lo que quiero tener en mente si alguna vez pierdo la cordura. Si alguna vez envejezco demasiado como para recordar lo mucho que necesito ser el hombre que sabe lo que siente. Un recordatorio de lo mejor de mi vida y lo mucho que quiero conservarlo. Un recordatorio de ti. Va:

Un recordatorio

Si envejezco, no me rendiré
Pero si lo hago, recuérdame esto.
Recuérdame que, alguna vez, fui libre.
Alguna vez fui genial, alguna vez fui yo.

Y si me sentara y cruzara los brazos,
Aférrame dentro, de esta canción.

Déjame inconsciente, aplasta mi cerebro
Si tomo una silla, empiezo a hablar mierda...

Si envejezco, recuérdame esto:
La noche en que nos besamos, y realmente lo hice en serio.

No importa qué pase, si todavía hablamos.
Levanta el teléfono, ponme esta canción.

martes, abril 21, 2009

Franz Kafka :: El proceso

Valoración: 4.5/5.0
(Cerca del cielo)

No sé qué tiene la gente con eso de querer juzgar. Y no me refiero solo al vulgar prejuicio, sino a la idea de determinar así a priori por qué uno dice, hace o deja de hacer tal o cual cosa. Seguro les ha pasado. La anécdota me viene de hace unos días. Resulta que en un cierto lugar cuyo nombre no pienso decir pero que empieza con Club Hípico y que termina con Peruano, se les ocurre cobrar una cuota "voluntaria" fuera de las cuotas normales. Tres cifras, ni más ni menos. Pero se les ocurre también, oh descuido, no mencionar el detalle de que es voluntaria. Luego empiezan a cobrarla como si de hecho fuera obligatoria (se llama asedio por carta), sin ningún tipo de consideración por el medio ambiente considerando el exceso de papel que utilizaron para esas cartas.

Su servidor resulta pseudo-engañado por las constantes reiteraciones de pago y envía una carta ya algo molesto pidiendo que me dejen aplazar la fecha de pago (para ese momento no tenía idea de que se trataba de una cuota "voluntaria") y resulta que a los señores Junta Directiva no les gusta mi "forma de escribir". La llamaron irónica y sarcástica (lo considero un halago, ciertamente, pero es hilarante que lo consideren una ofensa) y por último me citan a una junta disciplinaria. Lo encuentro divertido porque siempre quise saber qué había sentido el inefable Joseph K. cuando supo que estaba siendo procesado por un crimen que nunca llega a saber en qué demonios consistía.

A mí se me acusó, entre otras cosas, de llamar "caballos" a los miembros de la junta directiva en cuestión (vamos, ustedes me conocen, ¿por qué demonios haría eso cuando los caballos de hecho me agradan?), y se me citó a una reunión para determinar mi "sanción". Me invitaron agua, eso sí (no galletitas), y me dijeron que admita que lo había hecho para apoyar a una amiga que cayó en desgracia con esa gente (delirio paranoico, le dicen). Obviamente, no había nada que decir sobre ese asunto. Finalmente, resulta que el tipo que empieza a gritarme y a fastidiar ahí en el comité es nada más y nada menos que el hermano del señor presidente de la junta directiva, diciendo que cómo podía criticar a la mejor junta que había tenido ese club y...

Y ahí es donde hago gancho con este libro a todas luces fantástico y dejé de prestar atención a lo que el señor cerdo decía. Resulta que este es un libro en el cual el mundo se comporta como una familia, de la cual el protagonista, Joseph K., queda de alguna manera aislado. Todos saben del caso de Joseph, todos lo ven como un hombre que está pagando caro un error que él ni siquiera recuerda haber cometido. La paradoja de la justicia entra a tallar de manera especial: por un lado, un sistema convencido de que Joseph K. debe ser perseguido, y él, un hombre absolutamente seguro de que nada puede alcanzarlo porque nada ha hecho. No creo que haya mejor ejemplo que ese para demostrar que el mundo no es más el lugar en el que las cosas pasan porque las merecemos o las queremos.

No creo que se necesite más una justificación "justa" para enjuiciar a alguien. Ni siquiera para condenarlo. Le pasa a Joseph K., me pasa a mí, le pasa al señor vecino de la esquina. Sencillamente que el mundo se ha convertido en eso, un juzgado en el que el jurado se impresiona más rápidamente por lo que ve que por lo que ocurre, un mundo donde un hombre no puede escapar al signo de su destino. Me resulta sumamente especial la escena en la que Joseph entra a la catedral y decide aceptar algo que hasta hacía unos días se le hacía imposible: que el mundo está emitiendo un juicio contra él y que, haga lo que haga, la posibilidad de perderlo y sucumbir ante un sistema que no entiende es real, palpable, próxima.

De mis novelas favoritas, sin duda alguna. El hecho de que esté incompleta (Kafka murió antes de poderla terminar) no le resta una gota de calidad. Acaso hasta le da un sabor puro, lo-fi, si se quiere. Una novela sobre aislarse en la humanidad y la razón propia en contra de un mundo que se deja llevar por la lógica de otros, un otro al que jamás veremos ni accederemos porque muy probablemente, como solo podría ser digno de una lógica tan invariablemente humana, ese otro no existiría sin el miedo que nos obligamos a tenerle.


Se lo regalaría a: Diría a las personas que me juzgaron ese día, pero sería desperdiciar más papel y todos sabemos lo importante que es cuidar los árboles.
Personalidad: Un desterrado que odia a su sistema, pero como no puede revelarse contra él, decide hacer algo terriblemente artístico y genial.

sábado, abril 18, 2009

Cerdo juez de disciplina

Arrástralo hasta el surco arrástralo hasta que la sangre deje un rastro (para que el camino a casa sea claro la madrastra no nos pueda dejar

en el medio del bosque con las fieras y los pájaros carnívoros) canta una canción de cuna y lanza el dado avanza fichas hasta gritar bingo salta el humo de la carta recto en el tabique y gancho en el estómago quiebra las costillas quiebra la espina como una varilla para andar roba en tu bolsillo y en tu paga y en las ganas de decir te amo y arman la canción de tres un juez dos jueces tres jueces cuatro jueces con las manos rojas sangre de los niños las esposas y los viejos no te atrevas a decir culpable no te atrevas no culpable culpable culpable no te atrevas y culpable muere mierda muere mierda muere culpable toma la pena como recompensa tómala y sonríe para cámaras llévala al estrado y saluda

déjenme volver ver a mi hija déjenme volver no diré nada no cantaré no criticaré al presidente ni a su hermano no me quejaré cuando haya que besar sus pies alguien haga algo traigan las armas pie de guerra pie de guerra a las armas desterrado desterrado desterrado vamos con los jueces encarcélenme encarcélenme encarcélenme encarcélenme

me he sentado frente al cerdo juez de disciplina y lo he domado bien pero insiste en acosarme y en querer mojar mi cama deja cartas todo el tiempo y me amenaza con no dejarme nunca regresar y que no veré la luz del sol si me atreviese a hablar a pedir ayuda a la ley nadie me acobarda nadie me acobarda pero en vez bajo la cabeza bajo el cuerpo dejo todo ir un puñal oculto en la garganta y ver al cerdo sangrar sangrar sangrar solo en mis sueños en la realidad me clava por la espalda yo solo sueño con sangrar sangrar sangrar sangrar

martes, marzo 31, 2009

Lewis Carroll // Alicia en el País de las Maravillas

Valoración: 4.5/5.0
(Cerca del cielo)

No creo que haya mejor libro sobre la niñez que este. No solo porque Carroll es un autor extraordinario en el sentido en el que un hombre obsesionado con la niñez (o con una niña, pero no vamos a criticar aquí esas conductas extrañas de nuestros autores favoritos), puede escribir un libro y acercarse a ese mundo. Lo que más me fascina de este libro es la frescura que posee. Como si realmente fuera un gran sueño. Esa lógica surrealista, onírica y completamente adelantada a su tiempo es, quizás, lo más cercano al mundo de fantasía complejísimo que supone saberse un niño. Y lo que más me gusta es cómo puede variar nuestra lectura según la perspectiva. No del modo "juego de espejos" que vemos en la secuela de esta novela, sino en el sentido más específico de la palabra, según el cual cada hecho, palabra o escena escrita puede cobrar un valor inusitado y completamente nuevo según el lector decida incorporarse a la narración.

No creo que haya muchos libros que te permitan elegir una perspectiva tan rica en texturas, variedades y lecturas. Posiblemente el gran valor de este libro es ser el precursor de esta lógica del sueño en la cual todo puede darse, pero que tiene que ser contada de manera magistral, para que podamos sumergirnos como lectores desprevenidos en las locuras de un hombre que, valgan verdades, tenía que creer en esa demencia para podérnosla contar.

Personalmente, este libro significa diversas lecturas en diferentes contextos. Hoy en día, creo que es mi libro bandera en lo que se refiere a la búsqueda de una simpleza personal perdida. No tanto por la búsqueda de Alicia en sí (ese intento por volver al mundo real mientras se está en el País de las Maravillas), sino por la búsqueda del autor de encontrar un laberinto del cual no haya escapatoria. Sin embargo, la irrupción final de un golpe de realismo tiene, por fuerza, que dejarnos entender que el tiempo no culmina nunca y que también Alicia algún día crecerá, olvidará el sueño, dejará de ser la mujer que Carroll ama y admira solo por su condición de niña, de amor prohibido.

Solo que yo no soy más un niño y eso quiere decir que ninguno de esos personajes se aparecería en mis sueños a hacerme soñar con que el mundo puede o debe ser así. Quizás esa es la única esperanza que nos queda al crecer: que un día, en algún sueño, un agujero de conejo nos lleve al lugar donde perdemos el control y podemos sabernos nuevamente lo suficientemente puros, lo suficientemente auténticos para solo seguir el camino en busca de un conejo blanco. Y que ese lugar no sea el abismo de la locura, sino el piso franco e incomprendido de la cordura que este mundo, en su incesante velocidad, todavía no ha aprendido a reconocer.

Se lo regalaría a: Si tuviera un hijo, a ella o a él. Como no lo tengo, probablemente a Billy Corgan o a nuestro querido parvulito.

Personalidad: Un pedófilo psicópata que fue acusado de ser Jack el Destripador (pero que, insisto, no deja de ser uno de nuestros favoritos).

domingo, marzo 15, 2009

De niño, de noche

Es curioso cómo al jugar arrastramos los pedazos de tiempo que nos quedan. Como si el tiempo nunca hubiese sido tiempo y los años hubiesen pasado más por un asunto de manía que una cuestión de esencia.

Un sábado diferente, de esos que te sacian la sed de vivir algo edificante. La mañana fue tranquila y quizás demasiado apegada a la noción del mundo (trabajar un sábado nunca satisface a nadie demasiado). He estado usando relajantes para tratar la lesión de mi espalda de una maldita vez y resulta que los efectos reguladores del sueño (como era de esperarse) multiplican su efecto en mí. La tarde me la paso cansado, luego nos vamos juntos a dormir a casa un rato. Por la noche, E. me lleva a una fiesta infantil. La hija de una de sus mejores amigas cumple 2 años y yo automáticamente sé que será una fiesta más de esas en las que el que inventa la diversión es uno mismo.

Y no me quejo con eso. La idea era un poco decir que no importa demasiado la circunstancia cuando estás bien acompañado, tienes algo en qué pensar y poco que esperar de todas formas. Es más, quizás un sábado por la noche debería ser algo así como una fiesta infantil, porque en las fiestas a las que uno se acostumbra a ir hay mucho de lo mismo, y casi nada de confrontación. Ver cómo celebra un niño su cumpleaños inmediatamente te hace recordar cómo celebrabas tú los tuyos y descubres que el tiempo ha pasado, lo quiera uno o no.

Estábamos, recapitulando, en Los Olivos, regalo sin envolver en mano (un libro, desde luego), auto estacionado al costado de un enorme hueco de aquellos que las municipalidades suelen abrir más por el gusto de fastidiar que para arreglar algo en verdad y luego de las presentaciones respectivas y de tararear un par de canciones que no conocemos, observo que la animadora infantil comienza con la maldita segregación de géneros que hace de mi país un lugar tan machista: "¿quiénes son mejores, los niños o las niñas?". Bien, mientras detrás de ella una suerte de Cenicienta, una Blancanieves y otra princesa que no tengo idea de qué cuento salió, bailan una coreografía de lo más inusual y divertida.

Aquí es donde hago un alto. No voy tanto con la intención de marcar sarcasmo (sé que es dudoso para los que me conocen, pero en fin), sino más bien con las ganas de crear ambiente. E. y yo terminamos no tengo idea de cómo arreglando pulseritas psicodélicas de esas que brillan en la oscuridad para que pasen luego a regalarlas. La piñata es una masacre de niños (E. me dice "te apuesto a que alguien va a llorar" y efectivamente, lo predijo o lo provocó), y luego viene el reparto de la torta y la sorpresa. E. quiere la suya, desde luego, y resulta que el regalo es una de esas pelotas aromatizadas que no veía desde que mi abuela me regaló una hace ya varios años. En ese entonces tenía cinco o seis años y probablemente me hubiera sentido mucho más cercano a ese mundo recreado que a mis observaciones buenamente irónicas.

La cosa tuvo su giro en la trama: después de jugar a no dejar que el globo caiga al piso con unos niños (así, sin proponerlo ellos ni nosotros, muda, inferidamente, como solo pueden jugar los chicos), E. y yo terminamos jugando en la calle algo así como una mezcla de voley, fútbol, mata gente y a ver quién hace el ridículo de la forma más graciosa, mientras al lado la fiesta seguía (los niños retirados, la cerveza reemplazando a los párbulos). Jugamos un rato largo. Y entonces recordé. Recordé lo bueno que es poder sentirse un niño algunas veces. Lo bueno que es no haberlo olvidado. Recordé particularmente un día que estaba sentado en el asiento trasero del auto, mirando por la ventana. Estaba en 6to, así que tendría unos 10 o 9 años. Recuerdo claramente haberme dado cuenta que parte de mí ya no quería sentirse como un niño. Recuerdo haber llorado en silencio y haber dicho "Dios, no dejes nunca que me olvide". Lo cierto es que hoy en día ya no creo en Dios y definitivamente he olvidado muchas cosas. Sin embargo, la lección que me he llevado de esta fiesta ha sido enorme, casi para tatuársela en el cuerpo: y es que en realidad, este mundo del arte, de la literatura, de todo lo que hacemos para fantasear y parafrasear alrededor de nuestra humanidad, no es sino justamente eso, un juego de niños en el que las reglas son tácitas, están implícitas en el solo hecho de jugar. Como si el hecho de que un globo pueda o no tocar el piso resultara muchísimo más trascendente que la caída en las acciones de un banco.

Y lo sorprendente es que, de alguna manera, esa lógica es quizás muchísimo más sensata que la de los señores corredores. Y si no, al menos puedo jurar que se ve considerablemente más sensata cuando es uno el que juega con el globo.