Capaz porque uno lee con los sentidos más que con la erudición. Porque el whisky sabe mejor cuando estás con amigos que cuando estás catando. Porque leer no se trata de hurgar en los cimientos, sino de sentir. Porque nadie puede estar a la intemperie mucho rato. Porque de vez en cuando dan ganas de decir algo.
lunes, enero 28, 2008
En el camino
lunes, enero 14, 2008
10 cuentos para este verano (o el próximo si vives en el hemisferio norte)
4. Nube - Augusto Monterroso
Whisky con link: Nube
5. Fue en verano... - Franz Kafka
6. El navaja - Vladimir Nabokov
Whisky con link: El navaja (Denle abrir y luego busquen con ctrl+f "el navaja")
7. Asomándose desde la abrupta costa - Ítalo Calvino
Whisky con link: Asomándose desde la abrupta costa
8. El mar cambia - Ernest Hemingway
Whisky con link: El mar cambia
9. La autopista del sur - Julio Cortázar
Whisky con link: La autopista del sur
10. La dama del perrito - Anton Chejov
Whisky con link: La dama del perrito
martes, enero 08, 2008
Verano (Algunos días)
lunes, enero 07, 2008
La rambla paralela // Fernando Vallejo
martes, diciembre 18, 2007
Carta de renuncia
él con su cara lastimera efímera estúpida sonrisa
y ella con su alquitrán blanco seco hedor ácido
y cortar en dos sus palabras sucias y sus pieles de cuero roídas
un enorme filo en sus entrañas
profundo clavado profundo fijado en el estómago sangrante piel podrida
ritmo cadencioso regocijo espasmos
y volver silbando
descubrir las sábanas de casa limpias cuando llegas
y decir hola a todo el mundo
y todo el mundo que sonría
nadie sospechará nunca que la sangre en que voy bañado por ahí
esa sangre espesa verde contaminada vieja
perteneció a ellos y nadie nunca me preguntará por qué
es navidad y a nadie le interesa
sus hijos son monstruos
y sus enemigos muchos
y yo hermoso como un lobo agazapado entre la niebla
martes, diciembre 11, 2007
Tres rosas amarillas // Raymond Carver
Ficha técnica:
-0-
"A Chejov, no obstante, le produjo una honda impresión el solícito gesto de aquella visita. Pero, a diferencia de Tolstoi, Chejov no creía, jamás había creído, en una vida futura. No creía en nada que no pudiera percibirse a través de cuando menos uno de los cinco sentidos. En consonancia con su concepción de la vida y la escritura, carecía -según confesó en cierta ocasión- de una 'visión del mundo filosófica, religiosa o política. Cambia todos los meses, así que tendré que conformarme con describir la forma en que mis personajes aman, se desposan, procrean y mueren. Y cómo hablan'."
domingo, diciembre 02, 2007
Perfección
La cuestión es que lo perfecto es perfecto siempre, en todo momento, en todo lugar, de cualquier manera. La perfección no es algo fugaz, algo que puede pretenderse y que pasa con el tiempo. Es algo que perdura, algo que no deja de ser perfecto aunque el objeto en sí se extinga. ¿Qué existe en este mundo que tenga semejantes características? Nada. Así de sencillo. Los seres humanos no hemos sido creados para la perfección. Entonces uno se rebela contra ese que se hace llamar Dios y se pregunta por qué. Por qué demonios no podemos acceder a esa facultad absolutamente inexpugnable.
Finalmente, he llegado a la conclusión de que la perfección nos hace daño. Al igual que aquellas cosas que sobrepasan nuestra capacidad como humanos, así como no podemos entender nuestro pensamiento porque nos excede, porque sencillamente nuestro límite somos nosotros mismos, la perfección es algo que no nos es concedido porque, de tenerla, no la soportaríamos. Una memoria perfecta, un sentimiento perfecto, un mundo perfecto no sería más que la nada, aquello que no puede ser mejorado nunca, de ninguna forma; aquello que no puede ser cuestionado ni replanteado por nadie, aquello que no necesita de errores para perfeccionarse porque justamente no hay manera de encontrarlos. Y todo eso atenta contra la humanidad, contra lo que somos. La perfección, en el ser humano, solo significa sufrimiento. Por eso no es tan descarado pensar que el estado más perfecto al que puede aspirar un hombre, es la autodestrucción.
viernes, noviembre 23, 2007
El ojo // Vladimir Nabokov
"Algún tiempo después, si es que es posible hablar aquí de tiempo, quedó claro que el pensamiento humano mantiene su ímpetu después de la muerte. Me encontraba completamente enfajado: ¿era una mortaja?, ¿era simplemente la tensa oscuridad? Lo recordaba todo -mi nombre, la vida en la tierra- con perfecta claridad, y sentí un bienestar maravilloso en la idea de que ahora no había que preocuparse de nada. Con lógica maliciosa y despreocupada avancé de la sensación incomprensible de vendas apretadas a la idea de un hospital e, inmediatamente, obedeciendo a mi voluntad, se materializó a mi alrededor una espectral sala de hospital, y tenía vecinos, momias como yo, tres a cada lado. ¡Qué poderoso era el pensaiento huano, capaz de lanzarse como un rayo más allá de la muerte! Dios sabe por cuánto tiempo seguiría latiendo y creando imágenes después de que mi difunto cerebro hubiera dejado de servir para algo. El cráter familiar de un diente ahuecado seguía conmigo y, paradójicamente, esto me proporcionaba un alivio cómico. Sentía cierta curiosidad por saber cómo me habían enterrado, si había habido una misa de réquiem, y quién había asistido al funeral."
domingo, noviembre 18, 2007
Identidad
Intentar rescatarse puede consistir en eso. Por veces ella, que me salva de días como hoy, por veces los amigos que a la vez faltan y están, por veces uno mismo, por veces el mundo. La supervivencia efímera de arrancarle trozos de salvación al vacío, temerla a nada, por lo tanto no tener deseos. Me lastima no amar, así como me lastima anhelarlo. Vacío, suicida, enfermo. Las pastillas curan el insomnio, pero ya no cumplen su fin. Suman al problema cuando la dosis aumenta y yo sigo siendo mi enemigo. Pero sé que mañana veré el rostro de ella y no habrá cambiado. Yo, por otro lado, me echo a dormir sólo para hallar el mismo sueño recurrente: me miro al espejo y mi rostro es otro. Y el problema no es no reconocerme, sino no poder recordar cómo era yo antes del sueño.
domingo, noviembre 11, 2007
Cómo me hice monja // César Aira
Así que dejé un número x de cosas en casa de una tía en Buenos Aires, esperando irlas recuperando de a pocos. Y hace una semana volvieron con una persona que viajó para allá una serie de apuntes, cuadernos de mi carrera en los que había bocetos de una que otra historia y un par de los libros que dejé. La mayoría los metí en la estantería casi sin mirarlos, o sin recordar que los tenía, otros me alegré de recuperarlos y en eso me quedé con este en la mano y sencillamente me sentí mal por haberlo dejado detrás.
Cómo me hice monja es un ejemplo absolutamente magnífico de lo que es la libertad narrativa de Aira. Esa libertad subversiva, estimulante y ácrata que es una búsqueda de identidad. Un adulto evoca sus recuerdos de infancia, su mudanza del pequeño pueblo de Coronel Pringles a la ciudad de Rosario, donde empiezan a desencadenarse hechos extraños, divertidos y fantásticos que cambian la vida de este personaje y su familia. Y ese personaje es fragmento y variación, no admite ningún orden establecido, alterna la temporalidad y el espacio como si ese cantar no estuviera hecho para los oídos del narrador (y dicho sea de paso, del autor). Aunque sencilla en apariencia, esta novela nos interna al extraño mundo de caos que tanto fascina al argentino César Aira, donde la Niña, el protagonista de la novela, alterna su género con el masculino, entrecruza el umbral que divide lo real de lo imposible y desafía el tiempo narrativo o el accionar de los personajes, cambiando de rumbo, voluntad y objetivo, dejando de lado la intención de contar la historia de cómo la Niña se hizo monja para pasar a contarnos sobre su vocación literaria sin mayor explicación que la lógica particular del autor.
Sobre todo porque es una novela basada en el recuerdo, que todo lo distorsiona, lo desordena, lo convierte en fábula. Porque eso es, finalmente, recordar lo que significa ser un niño, sentir de nuevo esa opresión en la garganta y esa libertad para transformar el mundo con nada más que un guiño de ojos, ese dejarse estar que lo libera a uno de la realidad y mitifica los hechos para convertirlos en pequeños momentos triviales que terminan por definir nuestra vida, nuestra forma de ser, nuestro día a día.
Llena de desvarío, desorden, contradicción y verborragia, la prosa de César Aira nos ofrece una singularidad digna de admiración: lograr, en novelas de a veces no más de treinta páginas, un caudal narrativo inagotable.
Se lo regalaría a: Dado el caso, supongo que a cualquiera que quiera empezar a leer a este autor a todas luces recomendable. Es un excelente punto de partida.
Ficha técnica:
Cómo me hice monja - Beatriz Viterbo Editora
1999
256 p.; 12x19 cm.
ISBN: 9789508450746
Notas: Incluye la novela La costurera y el viento.
"Mi mamá era mi mejor amiga. Pero no por una elección que me definiera, ni por una elección de cualquier otro tipo, sino por ncesidad. Estábamos solas, aisladas, ¿qué nos quedaba sino tenernos la una a la otra? En esos casos la necesidad se hace virtud, y no es menos virtud por eso. Ni menos necesidad. La nuestra no era profunda, no tenía raíces o concomitancias. Era una necesidad casual, de momento. Difícilmente podría encontrarse dos seres con menos afinidades que nosotras dos. Ni siquiera éramos opuesto complementarios, porque nos parecíamos. Ella también era una soñadora. Habría preferido ocultármelo, pero lo descubrí por alguna señal mínima. Las personalidades secretas se revelan en lo furtivo , y eso era lo que yo captaba antes ue nada, de modo que la pobre mamá no tuvo ninguna chance de hacerse imperceptible conmigo. Mis ojos horadantes de monstruo impedían que ningún ser vivo se mimetizara con mi vida."
lunes, noviembre 05, 2007
Buenas costumbres
si no llevas el saco no eres elegante.