domingo, febrero 24, 2008

La rosa // Robert Walser

Hay algo en caminar, en mirar las cosas con otros ojos, en detenerse un instante a develar los secretos de las cosas. Algo que siempre me ha apasionado y me seguirá apasionando, perderse en los detalles, en las cosas mismas, buscar la revelación de donde sólo se espera tedio. Esa capacidad de asombro no es sencilla, definitivamente tiene que ver con el arte y particularmente con una manera de mirar la vida. La vida de uno mismo. Y esa posibilidad escapa a muchos, porque para mirar el mundo con los ojos de quien descifra, primero tiene uno que mirar hacia sí mismo y no sentirse un observador ajeno, entender que la emoción, por personal y relativa que sea, puede ser el inventario del universo.

Y probablemente eso es lo que me fascina de Robert Walser. Esa mirada que no es crítica ni analítica, sino profunda, extremadamente profunda. Walser es un caminante del tiempo, posee la paciencia para detenerse a deshojar la corteza de una situación cualquiera, posee el ritmo para no cansarse de andar o de caer, y posee las palabras para describir esas emociones que de otro modo se hubieran perdido en su mundo personal. Habría que hacerle un monumento a los autores como él, quien curiosamente murió un día de navidad, lamentándose no haber logrado ser un autor totalista como Hësse. Pero lo cierto es que Walser es el escritor ícono de la literatura fragmentaria y posee, en este libro, quizás una de las recopilaciones más hermosas de la literatura universal.

Walser, quien por cierto fue el autor predilecto de Kafka, posee la curiosidad del caminante que no tiene un fin claro. Sabe que el camino está plagado de sorpresas y desvíos y extraordinarias oportunidades de descubrir. Así que se dedica a eso. A contar historias que son solo detalles. A perderse en las líneas, a involucrarse sin miedo en su propio contar. Describe su vida, pero nos describe la vida al mismo tiempo. En nadie como en este autor se cumple la consigna de que nadie puede hablar del universo sin aludir a sí mismo y viceversa.

Por eso habría que aprender como él a tener paciencia con la vida cuando la marcha es forzosa y lenta. Habría que detenerse no a encontrar la solución al problema, sino a buscar la belleza en alguno de sus matices. Habría que decidirse a pasear y no a peregrinar. Habría tal vez, como dice Walser, "una persona feliz bien puede desdeñar mucha felicidad, pues está convencida de que le saldrá al encuentro por doquier".

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Recomendable: Para leer en exteriores, para leer cuando uno viaja solo, para recordarse las pequeñas cosas.
Se lo regalaría a: Un viajero cansado.
Whisky con recomendación: Un par de obsesivos se dieron el trabajo de descifrar los minúsculos microgramas que Walser escribió durante los últimos años de su vida en caligrafía diminuta y papeles arrugados. Lo que parecía ser solo los trazos de un demente, resultaron ser una obra hermosa, publicada por Siruela en dos tomos. Tengo el primero y quiero el segundo, pero desde luego, no dejo de recomendarlos desde ya. Si pasan por una librería, échenle un ojo de todas formas, en las páginas de guarda (detrás de la tapa dura), pueden ver las fotos de los microgramas originales.

Ficha técnica:

Walser, Robert
La rosa - Siruela (Libros del tiempo)
2003
96 p.; 15x22.5
ISBN: 8478443819





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"Magnífica es la libertad espiritual del solitario, sus pensamientos se convierten al instante en figuras; para el que piensa no hay distancias. Las etapas de la vida quedan superadas. Él mismo traza las fronteras morales y habla con los vivos y con los difuntos. Aquellos cuya ausencia siento también sienten la mía; se han enterado de lo animado que estaba. No me asustan el ruido ni el silencio. Sólo hay que temer los temores. En vez de ir veinte veces al concierto, voy una sola, lo escuchado me resuena luego con fuerza por las salas del recuerdo. Ponderar las palabras, calcular su efecto, es algo que el hablador desaprende con más facilidad que el taciturno. Arroyos de plateado burbujeo se deslizan deliciosamente por la pared rocosa de la imaginación en calma. Aprecio más la vida imaginaria que la real. ¿A quién se le ocurriría censurarme por ello? Ya de joven me gustaba soñar; crecí y volvía a empequeñecerme. La existencia sube y baja como las colinas y sigue siendo importante. La vida no es más impresionante allí donde se habla de cosas importantes. Las discusiones reducen su objeto, reabsorben poco a poco las fuentes. La conversación fatiga. Pasado y presente reaniman por igual al solitario. Si me entran ganas de llorar, ¡qué mal quedaría en sociedad! Aquí lo hago a discreción. Sólo aquí me he enterado de lo bellas que son las lágrimas, de cuán bello es diluirse en el sentimiento."

lunes, enero 28, 2008

En el camino

A veces pasa. Uno va por la vida, cargado de ilusiones, pensamientos bien encaminados, dudas, hechos. Todos los días desayuno, salgo de casa, camino hasta el trabajo, cumplo con mis horarios y vuelvo a casa o acudo a alguna reunión de trabajo o me junto con los amigos, o con mi novia, o mil etcéteras más. Y esa es la vida del día a día, ese es el inevitable mapa de lo que normalmente es uno. Pero algunos días pasa algo en el camino, por insignificante que sea, un detalle que escapa al ojo común, como hoy, por ejemplo, que encontré un perro muerto en la calle y al detenerme a verlo me sentí triste, con lo que llegué a mi oficina y mi jefe me regañó (una vez más) sabrá Dios por qué, pero se detuvo porque percibió mi tristeza, con lo que me quedó tiempo para pensar que quizás no estoy a gusto en este trabajo y me gustaría dedicarme a la idea del negocio propio, lo cual me lleva inevitablemente a la sensación extraña de que algo está cambiando.

Y esos días me pregunto si la vida no estará más bien en ese perro muerto que nadie más que yo recuerda.

lunes, enero 14, 2008

10 cuentos para este verano (o el próximo si vives en el hemisferio norte)

El caso es que mi madre decidió invitarnos a una casa de playa durante los últimos diez días. Estuve volviendo a Lima para ir al trabajo, así que realmente sólo estuve los fines de semana a tiempo completo, pero eso me bastó para recordar qué excelente lugar es la playa para leer. Particularmente si tienes una casa, con lo que, a media tarde, no vas a tener mucho qué hacer si ya recorriste y paseaste a tus anchas durante los primeros días... Entonces, ¿por qué no una nueva lista de Un whisky doble para el alma?

Aquí están, diez cuentos para que el verano esté hasta en lo que lees, diez cuentos que los piratas deberían llevar en su mochila, diez cuentos que, al fin y al cabo, se pueden leer siempre, pero también siempre tienen ese sabor a playa, calor y mar.

Así que hagan sitio en la sombrilla, vaso en mano con el trago de su elección (whisky on the rocks para mí, gracias), y agarren color como sin darse cuenta...


1. El descubrimiento de América - Alfredo Bryce Echenique
Sin ser fanático de Bryce, creo que este es uno de los cuentos más interesantes que tiene. Ideal para el verano adolescente en Lima (aquellas épocas). Ah, una chica me dijo una vez que este cuento describe al 99% de los hombres. Yo creo que estaba muy equivocada, la mayoría no se esforzaría tanto.

2. Una noche de verano - Ambrose Bierce
Cuento con ambiente escalofriante y personajes de esos que no te quieres cruzar en la vida. Sólo Ambrose Bierce podía contar una historia así con un tono tan natural, casual y cotidiano. Una especie de cuento para aquellos que terminan perdidos sabrá Dios dónde después de una fiesta. Para que sepan dónde no quieren estar.

Whisky con link: Una noche de verano


3. Al pie del acantilado - Julio Ramón Ribeyro
Una de las joyas de esta lista, el maestro Ribeyro aparece aquí con un cuento que pasa por más de un momento de absoluta genialidad. Emocionante, conmovedor, crudo. Este es uno de los fundamentales para el verano en cualquier lugar del mundo. Frase extraordinaria: "El mar da, el mar también quita". Como quien dice la vida, pero muy veraniegamente, eso sí.


4. Nube - Augusto Monterroso
La nota minimalista con este genio del llamado "microcuento". Como para no olvidarnos de qué se tratan las estaciones de la vida.

Whisky con link: Nube


5. Fue en verano... - Franz Kafka
Qué se puede decir cuando se trata de Kafka... Cuento brillante a la El proceso. Ambiente onírico como en una pesadilla, espacios inquietantes, situaciones escalofriantes, en fin, Kafka en su máximo esplendor.


6. El navaja - Vladimir Nabokov
Cuento escalofriante de principio a fin que ocurre un caluroso día de verano. Nabokov nos ofrece en él una situación tensa, al más fiel estilo nabokovniano. Consejo: léanlo antes de ir a la peluquería, nunca está de más algo de masoquismo psicológico.

Whisky con link: El navaja (Denle abrir y luego busquen con ctrl+f "el navaja")


7. Asomándose desde la abrupta costa - Ítalo Calvino
Cuento extraordinario de uno de los mejores autores italianos de su generación. Pocas veces un autor logra una narrativa de tal calidad descriptiva y semejante fuerza narrativa. Fascinante historia que el autor nos va revelando a través de la extraña visión del mundo del protagonista, cuyos pensamientos sumergen al lector en un universo dotado de un singular e inquietante hálito de misterio.


8. El mar cambia - Ernest Hemingway
Quizás valga la pena recordar que la novela más famosa de Hemingway, El viejo y el mar, lo sitúa como uno de los autores clásicos de cualquier lectura veraniega. Quizás hay muchos más relatos para elegir tratándose de este gigante de la literatura estadounidense, pero aquí ocurre lo que hace memorables la mayoría de aventuras que le ocurren a uno en cualquier estación del año: la humanidad cobra fuerza por encima del tiempo y sitúa una historia íntima en el ojo de una inusitada pero desgarradora realidad. Eso y que, cuanta razón tiene Hemingway, el mar cambia. El mar siempre cambia.

Whisky con link: El mar cambia


9. La autopista del sur - Julio Cortázar
Para leer cuando se atora el tráfico de regreso a la ciudad por culpa de ______ (llenar con el nombre de tu funcionario público favorito para insultar en estas circunstancias). Quizá uno de los mejores cuentos de Cortázar, donde lleva su absurdismo a límites insospechados y convierte una situación cotidiana en un evento literario de la más alta jerarquía.

Whisky con link: La autopista del sur


10. La dama del perrito - Anton Chejov
Si hiciera un top 10 de cuentos, probablemente este estaría allí. Creo que es uno de los cuentos más pulcros y perfectos de la literatura universal, un cuento que no destella como ese sol radiante que saca a todos de sus casas, sino como esa luz discreta que hay el día que caminas por la playa y ocurre alguno de los momentos más especiales de tu vida. Así, como quien le cuenta una historia a un amigo y consigue que el amigo se vea en el lugar del otro. Así como solo este cuentista extraordinario supo hacer. Cierto que ya reseñé este cuento. Me estoy poniendo repetitivo, pero es que este cuento tenía que ir a la lista, sí o sí.

Whisky con link: La dama del perrito

martes, enero 08, 2008

Verano (Algunos días)

Así comienza el verano, con neblinas dolientes, con un precipicio de arrecifes que cuenta vidas, una playa donde hicimos el amor intentando no hacer ruido, un día que pasa entre la ciudad y el mar, pero el mar ya no es el mar de antes, hay cuentos de calor y hay cuentos para el frío y yo no sé cuál soy, y hay recuerdos y hay fantasmas y hay sombras segando el futuro como la cabeza de un enemigo distraído y estoy yo y están las pesadillas y el ruido del mar me calma como siempre ha hecho, pero ni siquiera su vaivén de arpegios apaga mis gritos por la madrugada cuando me despierto con violencia, sudando una alfaguara gélida, dejándome la vida en intentar retener mi sueño, pero en cambio es de verano y el océano nos regala una visión, pero se lleva consigo los recuerdos.

lunes, enero 07, 2008

La rambla paralela // Fernando Vallejo

Vale decir que todos merecemos vacaciones. Así que me tomé las mías, lejos de Lima, lejos de las computadoras, cerca de los libros. Ahora, este libro no está ni por asomo entre los libros que me llevé a la playa, pero es el que pensaba postear antes de este (no sé si merecido) receso. ¿Y cuál es la idea? Que nos encanta putear. Pero que pocos pueden hacerlo con estilo. Vallejo es uno de ellos, y creo que este libro tiene el condimento especial de agregar una dimensión absolutamente trascendente: la renuncia última, la dicotomía entre la vida y la no-vida, o como el autor lo pondría, la muerte y la otra muerte.

Todos tenemos días en que nos podemos poner a gritar irrepetibles groserías a voz en cuello. Porque todos tenemos familias, jefes, vecinos, etc. Y si alguien ha sabido hacer maestría de ese eterno renegar contra todo, es este autor, que, según escribe, no odia a negros, asiáticos o blancos porque sean negros asiáticos o blancos, sino sencillamente porque son seres humanos y a los seres humanos los desprecia a todos por igual.
Enfocándonos por otro lado en la capacidad narrativa, creo que vale la pena mencionar que la prosa de Vallejo es particularmente precisa para efectuar un trance narrativo de este tipo. Primero porque a un tipo que putea a diestra y siniestra le importan un bledo las leyes del espacio y el tiempo, segundo porque lo hace mediante un personaje cuyo pulso podría haber dejado de latir hace tiempo, y tercero porque lo hace con la autoridad de quien se deja llevar por la rabia, pero con un afilado filo que lo diferencia de un viejo pesimista más: la ironía.
Y así transitamos por ciudades diferentes, sin mayor restricción que la pluma del autor, vemos dentro de las personas y dentro del mundo, aprendemos que a veces vale la pena renunciar, pero que cuando se hace, se debe hacer con los cinco sentidos puestos en ello: mirar a tu jefe a la cara, decir absolutamente todo lo que tienes que decir -plagiar un par de frases brillantes de este libro- y largarte riéndote, porque cuando se hace con estilo, cualquier insulto puede convertirse en arte.

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Recomendable: Para cuando queremos sacarlo TODO de adentro con palabras irrepetibles en este pulcro y honorable blog.
Se lo regalaría a: No estoy muy seguro de que sea un libro que se regala. Podría ser tomado como una ofensa.
Whisky con locura: Dicen los pasillos que cuando Vallejo ganó el premio Rómulo Gallegos, donó el dinero a la asociación de perros callejeros de colombia o una cosa así... Supongo que si has leído esta novela o Desbarrancadero, no te extraña tanto.
Whisky con link: El discurso de Vallejo al recibir el premio Rómulo Gallegos... Sólo para que vean cómo putea también en vivo y en directo...
Ficha técnica:

Vallejo, Fernando
La rambla paralela - Alfaguara
2002
200 p.
ISBN: 9788420444574

martes, diciembre 18, 2007

Carta de renuncia

he jurado matarlos antes que sus labios asquerosos me dirijan otra orden
él con su cara lastimera efímera estúpida sonrisa
y ella con su alquitrán blanco seco hedor ácido
y cortar en dos sus palabras sucias y sus pieles de cuero roídas
un enorme filo en sus entrañas
profundo clavado profundo fijado en el estómago sangrante piel podrida
ritmo cadencioso regocijo espasmos
y volver silbando
descubrir las sábanas de casa limpias cuando llegas
y decir hola a todo el mundo
y todo el mundo que sonría
nadie sospechará nunca que la sangre en que voy bañado por ahí
esa sangre espesa verde contaminada vieja
perteneció a ellos y nadie nunca me preguntará por qué
es navidad y a nadie le interesa
sus hijos son monstruos
y sus enemigos muchos
y yo hermoso como un lobo agazapado entre la niebla

martes, diciembre 11, 2007

Tres rosas amarillas // Raymond Carver

Dice Arquíloco: "El zorro sabe muchas cosas pequeñas, el erizo solo sabe una, pero es una cosa grande". Y entonces me doy cuenta inmediatamente, que la grandeza tiene poco o nada que ver con la complejidad. Quizás es más una cuestión de desgaste. Supongo que hay autores que son como el erizo. Pero también hay algunos que son como el zorro. Y lo más interesante, hay algunos que son como el zorro precisamente porque no desean o no se sienten capaces de internarse en la totalidad, en el absoluto, en lo deslumbrante.

Nunca he sido fanático ni del naturalismo, ni del realismo, ni del costumbrismo ni de ninguna clase de obra lineal. No estoy seguro de por qué. Quizás amo el caos, o quizás son simples ganas de dar la contra. Pero cuando una obra sobrepasa cualquier clase de prejuicio o concepto general, sabes que estás frente a una gran obra. Y sin duda alguna, Tres rosas amarillas es uno de los trabajos más pulcros, limpios y brillantes que he encontrado en mucho tiempo. Y lo mejor de todo es que no brilla con un pasmo deslumbrante, sino que va sorprendiéndote de una manera sutil y humana. Humana en el sentido de que parece escrita, justamente, por un mortal cualquiera, como si no se necesitara ser un gran autor para haber construido esos siete maravillosos cuentos que componen este volumen. Pero la realidad es que Carver era un autor brillante, que quizás incluso llega a rozar la genialidad. Basta con leer "Quienquiera que hubiera dormido en esta cama" o el cuento que le da título al libro y que es una verdadera obra maestra, donde se narran los últimos días de Chéjov. Sobran palabras. Cualquier añadido a Carver es una palabra de más.

Seguidor del realismo de Chéjov (lejos de los malabarismos impresionantes de Flaubert), se podría decir que Carver es más bien un escritor de modesta lucidez, un escritor que no trata de deslumbrarnos sino que nos cuenta una historia maravillosa como si no conociera su valor. Ilusión absolutamente falsa, claro, porque basta con mirar de cerca para descubrir que cada línea ha sido pulida hasta su máximo esplendor y forma, pero de una manera tan minuciosa y natural, que al ojo menos experimentado resulta absolutamente invisible. Y ahí se sitúa este tipo de liteartura: donde se encuentran temas donde nadie busca temas; donde los personajes no son héroes ni villanos; donde no se busca una gloria ajena al mundo, sino por el contrario, se abraza la humanidad con absoluto rigor, una humanidad que finalmente nos recuerda el tedio y la sencilla mortalidad de la vida cotidiana, en contraposición contra la perfección o la inmortalidad a la que aspiran esos autores que, al igual que el erizo, solo saben una cosa, una cosa grande.

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Recomendable: Cuando queremos sentirnos humanos, mortales y curiosos de la vida cotidiana. Cuando la perfección nos resulta una alienación.
Se lo regalaría a: Mmm me dan ganas de decir "Hugo Chávez" o "George Bush". Pero dejémoslo en cualquier persona con delirios de grandeza.
Whisky con cacha: Me río de ti, Jorge Herralde, que empiezas tu contratapa con "Seis magníficos relatos (...)". Son siete, oh, señor de los editores, SIETE.
Whisky con link: "Tres rosas amarillas"

Ficha técnica:
Carver, Raymond
Tres rosas amarillas - Anagrama (Compactos)
5ta edición, 2005
160 p., 12x19 cm.
ISBN: 84-339-1484-7






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"A Chejov, no obstante, le produjo una honda impresión el solícito gesto de aquella visita. Pero, a diferencia de Tolstoi, Chejov no creía, jamás había creído, en una vida futura. No creía en nada que no pudiera percibirse a través de cuando menos uno de los cinco sentidos. En consonancia con su concepción de la vida y la escritura, carecía -según confesó en cierta ocasión- de una 'visión del mundo filosófica, religiosa o política. Cambia todos los meses, así que tendré que conformarme con describir la forma en que mis personajes aman, se desposan, procrean y mueren. Y cómo hablan'."

domingo, diciembre 02, 2007

Perfección

La cuestión es que lo perfecto es perfecto siempre, en todo momento, en todo lugar, de cualquier manera. La perfección no es algo fugaz, algo que puede pretenderse y que pasa con el tiempo. Es algo que perdura, algo que no deja de ser perfecto aunque el objeto en sí se extinga. ¿Qué existe en este mundo que tenga semejantes características? Nada. Así de sencillo. Los seres humanos no hemos sido creados para la perfección. Entonces uno se rebela contra ese que se hace llamar Dios y se pregunta por qué. Por qué demonios no podemos acceder a esa facultad absolutamente inexpugnable.

Finalmente, he llegado a la conclusión de que la perfección nos hace daño. Al igual que aquellas cosas que sobrepasan nuestra capacidad como humanos, así como no podemos entender nuestro pensamiento porque nos excede, porque sencillamente nuestro límite somos nosotros mismos, la perfección es algo que no nos es concedido porque, de tenerla, no la soportaríamos. Una memoria perfecta, un sentimiento perfecto, un mundo perfecto no sería más que la nada, aquello que no puede ser mejorado nunca, de ninguna forma; aquello que no puede ser cuestionado ni replanteado por nadie, aquello que no necesita de errores para perfeccionarse porque justamente no hay manera de encontrarlos. Y todo eso atenta contra la humanidad, contra lo que somos. La perfección, en el ser humano, solo significa sufrimiento. Por eso no es tan descarado pensar que el estado más perfecto al que puede aspirar un hombre, es la autodestrucción.

viernes, noviembre 23, 2007

El ojo // Vladimir Nabokov

Si hay alguien que sabe jugar con la identidad, ese es sin duda Nabokov. Sus personajes son siempre contradictorios (y quién no lo es, finalmente), cambiantes, poco confiables. Es como si al tomar alguno de los libros de este autor magnífico, uno estuviera metiéndose en un duelo de habilidad e inteligencia para no sentir que se le toma a uno el pelo. Pero si fuera solo una cuestión de entrar a un juego idiota del escondite, difícilmente Nabokov sería el gran autor que es. Más bien el golpe de dados está en que esos personajes cambian frente a nuestros ojos solo porque nosotros lo permitimos: las historias cambian de acuerdo al ojo con el que las leamos y allí es donde entra la mano del autor para tejer esa red fina y sutil que nos abre esa posibilidad.

El ojo es, pues, un paradigma de esa forma de literatura, que probablemente encuentra su mejor exponente (y me atrevo a decir que no solo en la obra nabokovniana) en la a todas luces extraordinaria Pálido fuego. La obra nos presenta a un extraño personaje cuya vida parece condenada a la más absoluta mediocridad, pero un giro dramático en su vida lo convierte en un expectador de un extraño y sospechoso palco escénico que transcurre en una casa de inmigrantes rusos, donde un enigmático personaje, Smúrov, intenta cortejar a una de las muchachas de la familia.

En una prosa limpia y magistral, con esa forma narrativa que tienta al lector a la desconfianza o la credibilidad, esta obra es un inicio perfecto para quien nunca ha leído a Nabokov, pero también un tour de force para todo aquel iniciado. Embellecida además por escenas típicamente nabokovnianas, este libro nos permite perdernos en la identidad de uno u otro personaje, jugar a ser nosotros mismos o nuestra imagen de fantasía del yo, observar desde un palco de lujo, o ser protagonistas de la obra.
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Recomendable: Para cuando queremos jugar a que el alma se nos sale del cuerpo y podemos vernos ahí abajo.
Se lo regalaría a: Gente de mente cerrada, lean este libro para que sepan que "el ojo" puede (y debe) ser de cualquiera.

Ficha técnica:
Nabokov, Vladimir
El ojo - Anagrama (Compactos)
1999
112 p.; 12x19 cm.
ISBN: 9788433966278





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"Algún tiempo después, si es que es posible hablar aquí de tiempo, quedó claro que el pensamiento humano mantiene su ímpetu después de la muerte. Me encontraba completamente enfajado: ¿era una mortaja?, ¿era simplemente la tensa oscuridad? Lo recordaba todo -mi nombre, la vida en la tierra- con perfecta claridad, y sentí un bienestar maravilloso en la idea de que ahora no había que preocuparse de nada. Con lógica maliciosa y despreocupada avancé de la sensación incomprensible de vendas apretadas a la idea de un hospital e, inmediatamente, obedeciendo a mi voluntad, se materializó a mi alrededor una espectral sala de hospital, y tenía vecinos, momias como yo, tres a cada lado. ¡Qué poderoso era el pensaiento huano, capaz de lanzarse como un rayo más allá de la muerte! Dios sabe por cuánto tiempo seguiría latiendo y creando imágenes después de que mi difunto cerebro hubiera dejado de servir para algo. El cráter familiar de un diente ahuecado seguía conmigo y, paradójicamente, esto me proporcionaba un alivio cómico. Sentía cierta curiosidad por saber cómo me habían enterrado, si había habido una misa de réquiem, y quién había asistido al funeral."

domingo, noviembre 18, 2007

Identidad

Intentar rescatarse puede consistir en eso. Por veces ella, que me salva de días como hoy, por veces los amigos que a la vez faltan y están, por veces uno mismo, por veces el mundo. La supervivencia efímera de arrancarle trozos de salvación al vacío, temerla a nada, por lo tanto no tener deseos. Me lastima no amar, así como me lastima anhelarlo. Vacío, suicida, enfermo. Las pastillas curan el insomnio, pero ya no cumplen su fin. Suman al problema cuando la dosis aumenta y yo sigo siendo mi enemigo. Pero sé que mañana veré el rostro de ella y no habrá cambiado. Yo, por otro lado, me echo a dormir sólo para hallar el mismo sueño recurrente: me miro al espejo y mi rostro es otro. Y el problema no es no reconocerme, sino no poder recordar cómo era yo antes del sueño.

domingo, noviembre 11, 2007

Cómo me hice monja // César Aira

Esos libros que uno recupera. De esos que llegan a tus manos tiempo después de haberlos leído. Y tiempo después de haberlos visto en tu estantería. No se sabe bien cómo, pero de alguna manera nos renuevan el cariño y la curiosidad. Cuando me mudé de Buenos Aires y volví a Lima, una de las cosas que tuve que dejar detrás fue una caja con libros y otros apuntes. Básicamene porque aunque realmente me dolió dejarlos, los libros pesan mucho y (oh, maldita aviación comercial) pagar el exceso de equipaje no es algo muy recomendable que digamos. Supongo que vale la pena con algunos libros y créanme, moría de ganas de pagarlo. Pero no. Hay que ser fiel a los principios y no darle más dinero del que ya nos roban esas malditas aerolíneas.

Así que dejé un número x de cosas en casa de una tía en Buenos Aires, esperando irlas recuperando de a pocos. Y hace una semana volvieron con una persona que viajó para allá una serie de apuntes, cuadernos de mi carrera en los que había bocetos de una que otra historia y un par de los libros que dejé. La mayoría los metí en la estantería casi sin mirarlos, o sin recordar que los tenía, otros me alegré de recuperarlos y en eso me quedé con este en la mano y sencillamente me sentí mal por haberlo dejado detrás.

Cómo me hice monja es un ejemplo absolutamente magnífico de lo que es la libertad narrativa de Aira. Esa libertad subversiva, estimulante y ácrata que es una búsqueda de identidad. Un adulto evoca sus recuerdos de infancia, su mudanza del pequeño pueblo de Coronel Pringles a la ciudad de Rosario, donde empiezan a desencadenarse hechos extraños, divertidos y fantásticos que cambian la vida de este personaje y su familia. Y ese personaje es fragmento y variación, no admite ningún orden establecido, alterna la temporalidad y el espacio como si ese cantar no estuviera hecho para los oídos del narrador (y dicho sea de paso, del autor). Aunque sencilla en apariencia, esta novela nos interna al extraño mundo de caos que tanto fascina al argentino César Aira, donde la Niña, el protagonista de la novela, alterna su género con el masculino, entrecruza el umbral que divide lo real de lo imposible y desafía el tiempo narrativo o el accionar de los personajes, cambiando de rumbo, voluntad y objetivo, dejando de lado la intención de contar la historia de cómo la Niña se hizo monja para pasar a contarnos sobre su vocación literaria sin mayor explicación que la lógica particular del autor.

Sobre todo porque es una novela basada en el recuerdo, que todo lo distorsiona, lo desordena, lo convierte en fábula. Porque eso es, finalmente, recordar lo que significa ser un niño, sentir de nuevo esa opresión en la garganta y esa libertad para transformar el mundo con nada más que un guiño de ojos, ese dejarse estar que lo libera a uno de la realidad y mitifica los hechos para convertirlos en pequeños momentos triviales que terminan por definir nuestra vida, nuestra forma de ser, nuestro día a día.

Llena de desvarío, desorden, contradicción y verborragia, la prosa de César Aira nos ofrece una singularidad digna de admiración: lograr, en novelas de a veces no más de treinta páginas, un caudal narrativo inagotable.

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Recomendable: Cuando todo lo que importa es sentirte libre. Cuando estás harto de los protocolos. Cuando vale la pena subvertir todo con la mente porque la realidad jode.
Se lo regalaría a: Dado el caso, supongo que a cualquiera que quiera empezar a leer a este autor a todas luces recomendable. Es un excelente punto de partida.

Ficha técnica:

Aira, César
Cómo me hice monja - Beatriz Viterbo Editora
1999
256 p.; 12x19 cm.
ISBN: 9789508450746
Notas: Incluye la novela La costurera y el viento.





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"Mi mamá era mi mejor amiga. Pero no por una elección que me definiera, ni por una elección de cualquier otro tipo, sino por ncesidad. Estábamos solas, aisladas, ¿qué nos quedaba sino tenernos la una a la otra? En esos casos la necesidad se hace virtud, y no es menos virtud por eso. Ni menos necesidad. La nuestra no era profunda, no tenía raíces o concomitancias. Era una necesidad casual, de momento. Difícilmente podría encontrarse dos seres con menos afinidades que nosotras dos. Ni siquiera éramos opuesto complementarios, porque nos parecíamos. Ella también era una soñadora. Habría preferido ocultármelo, pero lo descubrí por alguna señal mínima. Las personalidades secretas se revelan en lo furtivo , y eso era lo que yo captaba antes ue nada, de modo que la pobre mamá no tuvo ninguna chance de hacerse imperceptible conmigo. Mis ojos horadantes de monstruo impedían que ningún ser vivo se mimetizara con mi vida."

lunes, noviembre 05, 2007

Buenas costumbres

Mamá me dijo ponte el saco. Y yo me vi al espejo y era otro. Yo le dije a mamá que el otro tenía mi cuerpo. Mamá dijo que estábamos apurados,

si no llevas el saco no eres elegante.

El otro reía.