Todavía no han bajado las primeras gotas
que anuncian la llovizna invernal que jamás será diluvio.
Mi único entretenimiento consiste en perderme entre los pájaros que bajan,
sedientos de migajas, heridos tras rozar el sol,
y el amor en que confío será después de mí solo un papel para arrugar.
Cuando el tiempo se presenta así
y los recuerdos se convierten en paredes de hormigón,
la frente tibia en que chocábamos antes del beso me recuerda a algo,
despojado de mis velos, coronado solo por las lágrimas del miedo,
las pastillas surten bien su efecto: por la mañana ya no seré yo.
Y quisiera desear (es decir, poder pedirlo sin que sea mala acción),
la posibilidad de que me oyeras algo, que no volvieras a sentenciar
"vuelve allá si quieres, olvídate de mí si eso es lo que sientes".
Pero lo único que quiero es recoger una vez más tu mano.
Mis explicaciones sirven un momento, pero las dudas permanecen más.
Podría ser que entiendas lo mucho que llegas a significar,
que mis lágrimas son solo la felicidad de haber huido
de las fauces de un demonio que espinó mi corazón en cada tarde.
Los domingos muestran sus esquinas desoladas,
mañana entre murmullos el único solo seré yo.
Y puede ser que entiendas, que tu sonrisa y tu capacidad de amar
sean más fuertes que mis días de enfermedad y desvarío.
Puede ser que sí podamos ignorar, después de todo, la emoción que me impulsa al filo de la muerte que inventé.
Pero los pájaros siguen llamando sin saber en qué estación volar.
Y el amor que inventas por las noches,
no me alcanza para huir de pesadillas y enfrentar la realidad.
La verdad es que no podría amarte más.
La verdad es que si no dijera, no sabría cómo compartir
las partes de mí a las que les tengo tanto miedo.
Sé que puedes intentar huir, que no es necesario enfrentar el riesgo de mirarnos a la cara.
Pero creo que esta vez podría ser distinto,
que me amas de verdad,
que puedo llorar sin esperar reproches,
que algunas palabras, por mucho que nos hagan daño,
fueron hechas con el mismo amor que los silencios que nos llegan a salvar.
Capaz porque uno lee con los sentidos más que con la erudición. Porque el whisky sabe mejor cuando estás con amigos que cuando estás catando. Porque leer no se trata de hurgar en los cimientos, sino de sentir. Porque nadie puede estar a la intemperie mucho rato. Porque de vez en cuando dan ganas de decir algo.
lunes, abril 26, 2010
Un domingo te pedí perdón
sábado, abril 24, 2010
Arrogante
Puede ser
que detrás de las heridas hayas descubierto
los rastros del gigante.
No hay mucho más que hacer, podemos resignarnos,
a la noche incólumne y marchita.
No somos de ninguna forma consecuencia de ninguno de los actos
a los que les debimos tanta fe.
Puede ser, digo,
que hayan terminado las madrugadas de aplazar el sueño
para vernos un instante más.
Pero yo no sé muy bien
por qué no quieres compartir conmigo la liturgia de tu mano
cuando esos momentos antes de dormir,
después de habernos prometido el cuerpo;
no sé cómo fingir durante el día
que puedo ser feliz con menos de lo que me duele obviar.
De todas formas no he aprendido a despertarme
sin el rencor de las torpezas que tanto me han costado.
No puedo contemplarte demasiado
sin acunarme de inmediato en brazos del insomnio,
no puedo ser yo mismo mucho tiempo
sin ser brutal y tercamente honesto:
te odio.
Y para una criatura como yo,
un montaraz herido y cimarrón,
compartir tu tiempo es más soberbio
que la sed de sangre que me inspira el mundo.
que detrás de las heridas hayas descubierto
los rastros del gigante.
No hay mucho más que hacer, podemos resignarnos,
a la noche incólumne y marchita.
No somos de ninguna forma consecuencia de ninguno de los actos
a los que les debimos tanta fe.
Puede ser, digo,
que hayan terminado las madrugadas de aplazar el sueño
para vernos un instante más.
Pero yo no sé muy bien
por qué no quieres compartir conmigo la liturgia de tu mano
cuando esos momentos antes de dormir,
después de habernos prometido el cuerpo;
no sé cómo fingir durante el día
que puedo ser feliz con menos de lo que me duele obviar.
De todas formas no he aprendido a despertarme
sin el rencor de las torpezas que tanto me han costado.
No puedo contemplarte demasiado
sin acunarme de inmediato en brazos del insomnio,
no puedo ser yo mismo mucho tiempo
sin ser brutal y tercamente honesto:
te odio.
Y para una criatura como yo,
un montaraz herido y cimarrón,
compartir tu tiempo es más soberbio
que la sed de sangre que me inspira el mundo.
sábado, abril 10, 2010
Sobre empacar
Odio empacar. Lo hace todo tan real. Tan objetivo. Me parece demasiado mundano, vaciar cajones, buscar en las esquinas de un cuarto, mirar debajo de la cama y recordar de pronto los escondites caprichosos donde se perdía nuestra ropa. Algunas esquinas guardan un olor, otras alguna frase que nos dimos el lujo de esculpir con cuidado. En otras todo se me hace anónimo. Y entonces la partida ya no me resulta nostálgica, sino lejana, casi impersonal.
No quiero viajar sin llevar conmigo lo importante. Y de todo lo que llevo, es justamente eso lo que dejo. Preferiría no tomar nada, dejarlo todo aquí. Viajar liviano, libre, como sin saber exactamente a dónde voy o cómo solucionaré la ausencia de las cosas a las que me he acostumbrado demasiado.
Cuando esa sensación me asalta de golpe y de repente me doy cuenta de que del otro lado no estarás, me concentro en el vacío que queda cuando dejamos un lugar desocupado. El anonimato vuelve. Parte de ello me parece espantoso: he borrado en menos de una hora lo que tardé días en construir con mi desorden y mis ganas de repartirte por todos los espacios. Y ahora, al borde de la cama destendida, me sorprende la sensación asfixiante de la angustia. Ya es bastante malo irse. Pero empacar, ¿no es como preparar nuestra propia soga?
No quiero viajar sin llevar conmigo lo importante. Y de todo lo que llevo, es justamente eso lo que dejo. Preferiría no tomar nada, dejarlo todo aquí. Viajar liviano, libre, como sin saber exactamente a dónde voy o cómo solucionaré la ausencia de las cosas a las que me he acostumbrado demasiado.
Cuando esa sensación me asalta de golpe y de repente me doy cuenta de que del otro lado no estarás, me concentro en el vacío que queda cuando dejamos un lugar desocupado. El anonimato vuelve. Parte de ello me parece espantoso: he borrado en menos de una hora lo que tardé días en construir con mi desorden y mis ganas de repartirte por todos los espacios. Y ahora, al borde de la cama destendida, me sorprende la sensación asfixiante de la angustia. Ya es bastante malo irse. Pero empacar, ¿no es como preparar nuestra propia soga?
miércoles, marzo 24, 2010
Indiana
Aunque tenga que morir el último vestigio de lo que haya sido,
me aferraré al silencio fiel.
Cuando era niño
me cuidaba un perro pequeño que le ladraba a las sombras
y yo dormía tranquilo,
protegido por el sonido exagerado y hosco
de la misma criatura con la que aprendí lo que era dar cariño.
En esos tiempos
debajo de las sábanas yo conciliaba el sueño,
como a sabiendas de que los fantasmas se arrinconaban sobre el umbral,
incapaces de dar un paso dentro.
Un día todo se volvió luminoso.
Pude entonces distinguir la silueta de mi guardián
y lo encontré indefenso, delicado, efímero.
Lo tomé con los brazos y prometí cuidarlo.
Ese día tomaron la casa y desde entonces,
hemos sido prisioneros de los juegos que yo mismo inventé.
Pero los perros viven menos que los hombres,
y hoy ya no recuerdo el nombre
del lugar donde enterré sus huesos.
Solo sé que aquí, en la casa, no está permitido hacer velorios
por los espejismos de la infancia.
Llorar exageradamente era la única ventaja de ser niño,
pero tampoco puedo recordar dónde enterré
mis recuerdos de alguna vez haberlo sido.
me aferraré al silencio fiel.
Cuando era niño
me cuidaba un perro pequeño que le ladraba a las sombras
y yo dormía tranquilo,
protegido por el sonido exagerado y hosco
de la misma criatura con la que aprendí lo que era dar cariño.
En esos tiempos
debajo de las sábanas yo conciliaba el sueño,
como a sabiendas de que los fantasmas se arrinconaban sobre el umbral,
incapaces de dar un paso dentro.
Un día todo se volvió luminoso.
Pude entonces distinguir la silueta de mi guardián
y lo encontré indefenso, delicado, efímero.
Lo tomé con los brazos y prometí cuidarlo.
Ese día tomaron la casa y desde entonces,
hemos sido prisioneros de los juegos que yo mismo inventé.
Pero los perros viven menos que los hombres,
y hoy ya no recuerdo el nombre
del lugar donde enterré sus huesos.
Solo sé que aquí, en la casa, no está permitido hacer velorios
por los espejismos de la infancia.
Llorar exageradamente era la única ventaja de ser niño,
pero tampoco puedo recordar dónde enterré
mis recuerdos de alguna vez haberlo sido.
lunes, enero 18, 2010
Arkabas
Novedades editoriales... A partir de hoy a las 00:00 horas empezó nuestra nueva etapa de publicaciones editoriales. Así que a todo aquel interesado y/o curioso que desee revisar los artículos sobre edición y afines, pueden hacerlo aquí.
Gracias por los comentarios desde ya y salud con todos.
Gracias por los comentarios desde ya y salud con todos.
jueves, enero 07, 2010
Swing
Hace dos días me contaron una historia que me llamó mucho la atención. Sabemos que el whisky Swing (ese whisky de Johnnie Walker que todos quisiéramos tener en nuestro bar) viene en una presentación poco común: se trata de una botella que, al ser colocada sobre una superficie, se mece de un lado a otro, por lo que no cae aún cuando la empujen o la muevan.
Resulta que ese whisky fue preparado especialmente para un capitán de barco... En una superficie plana, en movimiento, cualquier objeto caería (es lo que ocurría con los whiskys no tan sofisticados que tomaba el dichoso capitán), así que el sr. Alexander II creó especialmete esta botella, la cual, debido a su constante movimiento, podía adaptarse a la inestabilidad del barco.
Y entonces, solo puedo encontrar muy pertinente venir a este blog a preguntarme... ¿No es finalmente eso lo que he tratado de hacer? ¿Estamos más seguros parados sobre la superficie y aferrados a ella? ¿O es que nuestra única posibilidad de permanecer es mecernos con la marea, dejarnos llevar en un oscilamiento constante y ajeno a nuestro control? Quizás, al igual que esa botella, permaneceremos en movimiento, pero lejos de la destrucción que seguramente nos alcanzaría si buscáramos un único centro en el cual fijar nuestra vida.
Ajenos a ese movimiento, a veces la ilusión de nuestra propia debilidad nos hace buscar ese centro, asustados como estamos de perdernos en la oscuridad de los extremos, sin saber que no mucho más allá, lejos del tumulto que se aglutina en busca de una falsa salvación, existe un espacio donde podríamos dormir seguros, sostenidos en los extremos de una red que solo pide, como único precio para darnos la protección de su abrazo, que la acompañemos en su incesante movimiento.
Resulta que ese whisky fue preparado especialmente para un capitán de barco... En una superficie plana, en movimiento, cualquier objeto caería (es lo que ocurría con los whiskys no tan sofisticados que tomaba el dichoso capitán), así que el sr. Alexander II creó especialmete esta botella, la cual, debido a su constante movimiento, podía adaptarse a la inestabilidad del barco.
Y entonces, solo puedo encontrar muy pertinente venir a este blog a preguntarme... ¿No es finalmente eso lo que he tratado de hacer? ¿Estamos más seguros parados sobre la superficie y aferrados a ella? ¿O es que nuestra única posibilidad de permanecer es mecernos con la marea, dejarnos llevar en un oscilamiento constante y ajeno a nuestro control? Quizás, al igual que esa botella, permaneceremos en movimiento, pero lejos de la destrucción que seguramente nos alcanzaría si buscáramos un único centro en el cual fijar nuestra vida.
Ajenos a ese movimiento, a veces la ilusión de nuestra propia debilidad nos hace buscar ese centro, asustados como estamos de perdernos en la oscuridad de los extremos, sin saber que no mucho más allá, lejos del tumulto que se aglutina en busca de una falsa salvación, existe un espacio donde podríamos dormir seguros, sostenidos en los extremos de una red que solo pide, como único precio para darnos la protección de su abrazo, que la acompañemos en su incesante movimiento.
jueves, diciembre 24, 2009
Mis 25 discos de 2009
Odio hacer listas de libros. Al menos de "libros del año". En realidad, me encantan las listas... seguramente los lectores más antiguos lo habrán notado. Pero los libros tienen un defecto relativamente molesto: rara vez descubre uno un libro el año en que es lanzado. Y si lo hace, pues, nada garantiza que esté traducido ya (sigo esperando la última novela de Lobo Antunes con bastante ansiedad). Con lo cual hacer un top 25 de libros se vuelve terriblemente difícil. Con los discos me pasa algo diferente: la información es más sencilla de obtener y, sobre todo, el tema del idioma no es un problema serio. Digo, salen en su idioma y así se escuchan. Entonces, es lo que hay para compartir hoy.
Todos estos discos me parecen realmente geniales. 2009 ha sido un año extraordinario para la música y si no lo han sentido así, pues quizás quieran echar un ojo a esta listita. Subjetiva como lo son todas siempre, no deja de ser muy personal y muy limitada (consideremos que muchos discos llegan tarde a nuestras vidas también). Pero sí creo que estos 25 discos valen mucho. Y merecen ser recomendados. Si hay algo olvidado por ahí, no duden en comentarlo.
Todos estos discos me parecen realmente geniales. 2009 ha sido un año extraordinario para la música y si no lo han sentido así, pues quizás quieran echar un ojo a esta listita. Subjetiva como lo son todas siempre, no deja de ser muy personal y muy limitada (consideremos que muchos discos llegan tarde a nuestras vidas también). Pero sí creo que estos 25 discos valen mucho. Y merecen ser recomendados. Si hay algo olvidado por ahí, no duden en comentarlo.
Feliz navidad, pues.
- The Decemberists - The Hazards Of Love
- Mumford & Sons - Sigh No More
- Grizzly Bear - Veckatimest
- St. Vincent - Actor
- Manic Street Preachers - Journal For Plague Lovers
- Dirty Projectors - Bitte Orca
- The Flaming Lips - Embryonic
- Antony and the Johnsons - The Crying Light
- The Pains Of Being Pure At Heart - The Pains Of Being Pure At Heart
- A Place To Bury Strangers - Exploding Head
- Real Estate - Real Estate
- Yo La Tengo - Popular Songs
- The Horrors - Primary Colours
- Times New Viking - Born Again Revisited
- The Sleepover Disaster - Hover
- The Vandelles - Del Black Aloha
- The Warlocks - The Mirror Explodes
- Japandroids - Post-Nothing
- Dinosaur Jr. - Farm
- Sunset Rubdown - Dragonslayer
- Built To Spill - There Is No Enemy
- Sonic Youth - The Eternal
- Atlas Sound - Logos
- The Mars Volta - Octahedron
- Wilco - Wilco (The Album)
Camarada
Una vez alguien me dijo que cuando uno es un niño hacer amigos es más fácil. Que hay menos intereses. Cuando uno crece, sin embargo, la amistad se vuelve más complicada: hay personas que se acercan porque quieren algo de nosotros. Y cuando lo consiguen, ya no necesitan continuar cerca. Recuerdo ahora a destiempo el consejo de esa persona: mantén a tus amigos cerca.
Hoy, después de una reunión con un grupo de amigos de mucho tiempo, me pongo a pensar de nuevo en esa situación. Quizás es cierto que acercar personas es difícil, tanto más con algunas personas, entre las que me incluyo, que prefieren la comodidad del solitario antes que establecer vínculos afectivos demasiado cercanos. Me ha ocurrido: no me importa demasiado la idea de compartir porque para mí eso no supone entregar nada valioso. Y definitivamente soy mejor oyendo que contando.
Y pensando en el asunto de la camaradería, creo que puedo darme el gusto de mirar a mi alrededor y ver personas que están. Definitivamente, no siempre como quiero. Probablemente no siempre cuando las necesito. Con certeza, no porque se los haya pedido. Y entonces, ¿es la misma amistad de infancia que sencillamente se desarrolla o evoluciona o se complejiza pero mantiene su raíz? Creo que no es algo tan simple... Creo, al menos hoy creo y escribo, que la razón por la cual es difícil "hacer" amigos cuando uno crece es porque por más que uno llegue a conocer gente con mucha afinidad, la amistad es algo que se construye desde los cimientos y que no deja de sentir el peso de la obsolescencia. Una vida de decisiones, de momentos y de situaciones que configuran nuestra relación con una persona no puede, definitivamente, transcurrir en vano. Y compartir una vida es algo que pocas personas harían con uno. Muy pocas, si lo pensamos con mucho cuidado.
Eso, al menos en mí, no implica buscar más o menos a personas nuevas con quienes establecer esa amistad, ni apreciar más o menos a los amigos que ya tengo o pasar más o menos tiempo con ellos. Sencillamente me resulta edificante pensar que hay personas por las que estoy dispuesto a dar lo poco bueno que haya en mí aún en mis tiempos más oscuros. Que mi mirada no se ha perdido en mi propia sombra, sino que está prudentemente atenta a lo que ocurre con las personas a mi alrededor. Y, sobre todo lo demás, que esas relaciones no las busco construir piedra por piedra, como quien edifica algo para el futuro. Se trata del ejercicio torpe y hasta infantil de intercambiar unas palabras o un regalo o un juego de mesa, sin saber que en esos instantes de absoluta intrascendencia puede esconderse el secreto de nuestra fortaleza.
Hoy, después de una reunión con un grupo de amigos de mucho tiempo, me pongo a pensar de nuevo en esa situación. Quizás es cierto que acercar personas es difícil, tanto más con algunas personas, entre las que me incluyo, que prefieren la comodidad del solitario antes que establecer vínculos afectivos demasiado cercanos. Me ha ocurrido: no me importa demasiado la idea de compartir porque para mí eso no supone entregar nada valioso. Y definitivamente soy mejor oyendo que contando.
Y pensando en el asunto de la camaradería, creo que puedo darme el gusto de mirar a mi alrededor y ver personas que están. Definitivamente, no siempre como quiero. Probablemente no siempre cuando las necesito. Con certeza, no porque se los haya pedido. Y entonces, ¿es la misma amistad de infancia que sencillamente se desarrolla o evoluciona o se complejiza pero mantiene su raíz? Creo que no es algo tan simple... Creo, al menos hoy creo y escribo, que la razón por la cual es difícil "hacer" amigos cuando uno crece es porque por más que uno llegue a conocer gente con mucha afinidad, la amistad es algo que se construye desde los cimientos y que no deja de sentir el peso de la obsolescencia. Una vida de decisiones, de momentos y de situaciones que configuran nuestra relación con una persona no puede, definitivamente, transcurrir en vano. Y compartir una vida es algo que pocas personas harían con uno. Muy pocas, si lo pensamos con mucho cuidado.
Eso, al menos en mí, no implica buscar más o menos a personas nuevas con quienes establecer esa amistad, ni apreciar más o menos a los amigos que ya tengo o pasar más o menos tiempo con ellos. Sencillamente me resulta edificante pensar que hay personas por las que estoy dispuesto a dar lo poco bueno que haya en mí aún en mis tiempos más oscuros. Que mi mirada no se ha perdido en mi propia sombra, sino que está prudentemente atenta a lo que ocurre con las personas a mi alrededor. Y, sobre todo lo demás, que esas relaciones no las busco construir piedra por piedra, como quien edifica algo para el futuro. Se trata del ejercicio torpe y hasta infantil de intercambiar unas palabras o un regalo o un juego de mesa, sin saber que en esos instantes de absoluta intrascendencia puede esconderse el secreto de nuestra fortaleza.
Este whisky tiene:
amistad
martes, diciembre 08, 2009
Sobre el sueño
Debo recordar hacer un ensayo sobre la edición y el sueño. Por lo pronto debo haber encontrado un buen número de profesiones que requieren de las madrugadas para completar su trabajo. Sin embargo, pasa algo interesante con la edición: leer y corregir es casi imposible cuando el sueño empieza a ganarle a uno la partida.
Declaro aquí y ahora que trabajar con las palabras es un estado de semi-consciencia, pero descifrarlas y reorganizarlas uno de absoluta locura privativa de la libertad que supone echarse en la cama, cerrar los ojos y abrazarse a las notas de la canción que nos arrulla.
Declaro aquí y ahora que trabajar con las palabras es un estado de semi-consciencia, pero descifrarlas y reorganizarlas uno de absoluta locura privativa de la libertad que supone echarse en la cama, cerrar los ojos y abrazarse a las notas de la canción que nos arrulla.
martes, diciembre 01, 2009
Desapariciones
Solías sacudir la tierra, solías sacudir el mundo en el que piso y todo lo demás se convertía en los recuerdos grises del camino detrás,
y solías también cantar para mí,
después de la tormenta.
Cuando las nubes se juntaban y la tiniebla me llegaba a la fragilidad del cuello,
aparecías y brillabas.
Se llamaba Timón y lo conocían como un vagabundo afortunado: todas las casas eran suyas, todos los caminos
seguían su huella.
Pero sabes que la noche es un alud irreemplazable, que el día siempre calla.
Así aprendimos desde niños a vivir a la fuerza para no saber morir,
y dije no, no dejaré que me destruya,
no lo haré, no lo haré.
Y Timón esperaba con el oído aguzado, para decirnos "estará bien todo",
para mirar contigo la tormenta
para burlarse de las iglesias profanas y lo sábados de profecía.
Nos tomamos de la mano, extendimos nuestros rostros al universo y su llovizna, nos dejamos empapar. Nos dijimos dame fuerzas, resistiremos, por el dolor de nuestra tierra y nuestro corazón anclado en esta casa,
resistiremos.
Timón inició el viaje sin nosotros, dejó detrás la huella, los perfumes de enero y las canciones que cantabas para adormecerlo antes del mar,
antes de que todo fuera verdaderamente nuestro.
Y yo lo contemplaba todo desde mi escondite abierto,
vano en el silencio, joven como jamás me he permitido,
perverso como una bruja que maldice entre las llamas
y dice un nombre que no conoce todavía.
Llegará un tiempo, lo verás, con nombres parecidos a los míos.
Nos aferramos, cómo no hacerlo. Nos aferramos a lo que no sabíamos para naufragar entre los otros cuerpos. Vimos la verdad de otros y enfrentamos el engaño de ser nosotros mismos. Por eso me sostengo. Me sostengo y no me dejaré caer. Te sostengo y no me dejarías nunca.
Y Timón llegaría al último desierto: donde nadie puede pronunciarnos. Y sabría en el recuerdo del dolor y las señales y las marcas en tus brazos y diría no,
sostente, no puedes caer, no desistas nunca,
aférrate
a los nombres que soportan la marea.
Y yo te dije, llegará algún día un tiempo, lo verás, y aprenderás mi nombre para hacerlo un nombre, aprenderás los nombres que soplaban desde su recuerdo: Fen, dirás, Asobi, tiempo... Volverás la vista al mar y dejarás que la calma se convierta en nuestro escudo. Yo diré algo intrascendente y tú sacudirás mi pelo.
Por eso sé que resistiremos,
resistiremos.
y solías también cantar para mí,
después de la tormenta.
Cuando las nubes se juntaban y la tiniebla me llegaba a la fragilidad del cuello,
aparecías y brillabas.
Se llamaba Timón y lo conocían como un vagabundo afortunado: todas las casas eran suyas, todos los caminos
seguían su huella.
Pero sabes que la noche es un alud irreemplazable, que el día siempre calla.
Así aprendimos desde niños a vivir a la fuerza para no saber morir,
y dije no, no dejaré que me destruya,
no lo haré, no lo haré.
Y Timón esperaba con el oído aguzado, para decirnos "estará bien todo",
para mirar contigo la tormenta
para burlarse de las iglesias profanas y lo sábados de profecía.
Nos tomamos de la mano, extendimos nuestros rostros al universo y su llovizna, nos dejamos empapar. Nos dijimos dame fuerzas, resistiremos, por el dolor de nuestra tierra y nuestro corazón anclado en esta casa,
resistiremos.
Timón inició el viaje sin nosotros, dejó detrás la huella, los perfumes de enero y las canciones que cantabas para adormecerlo antes del mar,
antes de que todo fuera verdaderamente nuestro.
Y yo lo contemplaba todo desde mi escondite abierto,
vano en el silencio, joven como jamás me he permitido,
perverso como una bruja que maldice entre las llamas
y dice un nombre que no conoce todavía.
Llegará un tiempo, lo verás, con nombres parecidos a los míos.
Nos aferramos, cómo no hacerlo. Nos aferramos a lo que no sabíamos para naufragar entre los otros cuerpos. Vimos la verdad de otros y enfrentamos el engaño de ser nosotros mismos. Por eso me sostengo. Me sostengo y no me dejaré caer. Te sostengo y no me dejarías nunca.
Y Timón llegaría al último desierto: donde nadie puede pronunciarnos. Y sabría en el recuerdo del dolor y las señales y las marcas en tus brazos y diría no,
sostente, no puedes caer, no desistas nunca,
aférrate
a los nombres que soportan la marea.
Y yo te dije, llegará algún día un tiempo, lo verás, y aprenderás mi nombre para hacerlo un nombre, aprenderás los nombres que soplaban desde su recuerdo: Fen, dirás, Asobi, tiempo... Volverás la vista al mar y dejarás que la calma se convierta en nuestro escudo. Yo diré algo intrascendente y tú sacudirás mi pelo.
Por eso sé que resistiremos,
resistiremos.
Este whisky tiene:
amor
viernes, noviembre 13, 2009
La vida, instrucciones de uso :: Geroges Perec
Valoración: 5.0/5.0
(Estoy enamorado de ti)
Una tarde
armaba un rompecabezas con esposa. Nos aburrimos después de un rato de no encajar nada y nos fuimos a dormir. La noche siguiente, la encontré con su parte mucho más avanzada que el día anterior. Me dijo, sonriendo: "por un momento parece que faltaran piezas. Luego te distraes, te concentras en otra cosa. Y cuando vuelves, todo se ve distinto, como con otra perspectiva. Y te das cuenta que las piezas siempre estuvieron ahí". Y siempre estuvieron ahí.
Todavía hoy me gusta armar rompecabezas. Es una afición que me empezó desde muy chico, con mi abuela. Lo triste es que no encuentras demasiados rompecabezas hoy en día. Bueno, al menos no en mi ciudad (hago la anotación mental de intentar hacer alguna línea de eso con la editorial, aunque solo sea para darme el gusto). Y es cierto. En la paciencia de recrear el mundo debe estar congregada la esencia misma de escribir, del arte, de la vida. Y eso es algo que debe haber sabido demasiado bien el genial francés Georges Perec cuando se decidió a crear este rompecabezas que no es sino una novela magnífica disfrazada de muchas otras cosas.
Imaginen un edificio parisino y luego imaginen que la fachada es invisible, de manera que pueden ver la estructura de la construcción como en un plano. Verían entonces cada habitación, cada fragmento de la vida de las personas que habitan allí, podrían describirlo de manera casi exacta. Y describir es lo que hace Perec. Siguiendo esta estructura monumental, nos inserta a cada habitación de ese edificio y analiza, de forma taxativa y minuciosa, cada objeto, cada fragmento y cada fantasma que habita en esos cuartos. Si hay una persona, su historia acompaña la descripción. Si allí vivió alguien antes, también su recuerdo es evocado. Pronto descubrimos que esta inusual forma de insertarnos en ese pequeño universo no es sino una excusa para armar un rompecabezas gigantesco: los personajes y sus historias no son sino un pretexto narrativo del más alto calibre, la posibilidad de crear una enumeración del mundo en la cual terminemos por descifrarnos a nosotros mismos.
Asombroso ejercicio sobre la inmortalidad y la fugacidad del ser humano, me confieso un admirador total de esta obra, la cual, seguramente, está entre mis libros favoritos, no solo por sus innegables cualidades narrativas, sino también por su esencia primal: somos las piezas que faltan para completar el rompecabezas de un mundo que no es sino nuestro mundo. Y por ser nosotros mismos las piezas que faltamos, pasamos toda la vida buscándola en otros solo para descubrir (con suerte no demasiado tarde), que la pieza siempre estuvo ahí, que nunca habrá forma de completar el rompecabezas, que todo lo que creímos el mundo, no es en realidad sino una pieza más del armazón de otro.
Voy a terminar compartiendo con ustedes las razones de una fecha especial. Algunas pocas veces en la vida uno encuentra una pieza que lo hace a uno sentirse absolutamente completo. Menos veces aun tiene uno la suerte de compartir su vida entera con ella. Decir gracias es poco. Por suerte para eso se han escrito los libros: no habría nada peor que vivir toda una vida de excesos, aventuras y peripecias, solo para descubrir, en mis últimos instantes, que la única pieza que necesitaba la dejé ir en vez de dejarme completar con ella. Y decirle a esa persona (la persona más importante de mi vida), que el único gesto de amor del que podría ser capaz entonces es el de esperar que también yo pueda ser el uno que te hace tanta falta.
Se lo regalaría a: Todas las personas que gustan de armar rompecabezas. ¡Que vivan las costumbres anticuadas!
(Estoy enamorado de ti)
Una tarde
Todavía hoy me gusta armar rompecabezas. Es una afición que me empezó desde muy chico, con mi abuela. Lo triste es que no encuentras demasiados rompecabezas hoy en día. Bueno, al menos no en mi ciudad (hago la anotación mental de intentar hacer alguna línea de eso con la editorial, aunque solo sea para darme el gusto). Y es cierto. En la paciencia de recrear el mundo debe estar congregada la esencia misma de escribir, del arte, de la vida. Y eso es algo que debe haber sabido demasiado bien el genial francés Georges Perec cuando se decidió a crear este rompecabezas que no es sino una novela magnífica disfrazada de muchas otras cosas.
Imaginen un edificio parisino y luego imaginen que la fachada es invisible, de manera que pueden ver la estructura de la construcción como en un plano. Verían entonces cada habitación, cada fragmento de la vida de las personas que habitan allí, podrían describirlo de manera casi exacta. Y describir es lo que hace Perec. Siguiendo esta estructura monumental, nos inserta a cada habitación de ese edificio y analiza, de forma taxativa y minuciosa, cada objeto, cada fragmento y cada fantasma que habita en esos cuartos. Si hay una persona, su historia acompaña la descripción. Si allí vivió alguien antes, también su recuerdo es evocado. Pronto descubrimos que esta inusual forma de insertarnos en ese pequeño universo no es sino una excusa para armar un rompecabezas gigantesco: los personajes y sus historias no son sino un pretexto narrativo del más alto calibre, la posibilidad de crear una enumeración del mundo en la cual terminemos por descifrarnos a nosotros mismos.
Asombroso ejercicio sobre la inmortalidad y la fugacidad del ser humano, me confieso un admirador total de esta obra, la cual, seguramente, está entre mis libros favoritos, no solo por sus innegables cualidades narrativas, sino también por su esencia primal: somos las piezas que faltan para completar el rompecabezas de un mundo que no es sino nuestro mundo. Y por ser nosotros mismos las piezas que faltamos, pasamos toda la vida buscándola en otros solo para descubrir (con suerte no demasiado tarde), que la pieza siempre estuvo ahí, que nunca habrá forma de completar el rompecabezas, que todo lo que creímos el mundo, no es en realidad sino una pieza más del armazón de otro.
Voy a terminar compartiendo con ustedes las razones de una fecha especial. Algunas pocas veces en la vida uno encuentra una pieza que lo hace a uno sentirse absolutamente completo. Menos veces aun tiene uno la suerte de compartir su vida entera con ella. Decir gracias es poco. Por suerte para eso se han escrito los libros: no habría nada peor que vivir toda una vida de excesos, aventuras y peripecias, solo para descubrir, en mis últimos instantes, que la única pieza que necesitaba la dejé ir en vez de dejarme completar con ella. Y decirle a esa persona (la persona más importante de mi vida), que el único gesto de amor del que podría ser capaz entonces es el de esperar que también yo pueda ser el uno que te hace tanta falta.
Se lo regalaría a: Todas las personas que gustan de armar rompecabezas. ¡Que vivan las costumbres anticuadas!
martes, noviembre 03, 2009
Finales inesperados
Habrás vivido para descubrir
que los días pasarán cambiando de color,
un paseo sublimal a fuerza de volvernos viejos. Pero ya no podríamos esperarnos en los refugios de siempre, en el poyal de la chimenea junto al fuego fatuo.
Tal vez ya te he dejado,
quizás ahora entiendo que los finales están escritos
que los días pasarán cambiando de color,
un paseo sublimal a fuerza de volvernos viejos. Pero ya no podríamos esperarnos en los refugios de siempre, en el poyal de la chimenea junto al fuego fatuo.
Tal vez ya te he dejado,
quizás ahora entiendo que los finales están escritos
por momentos que no llegamos a imaginar.
Y en cambio hoy ya ni siquiera procuré buscarte,
Y en cambio hoy ya ni siquiera procuré buscarte,
inerme como siempre he sido, anclado al cobijo absurdo de mi calle, mirando todo retorcerse, aprendiendo a descubrir
que ni siquiera puedes verme, que ya estoy demasiado lejos.
Ha sido un día feliz.
Has de haber oído los silbidos ceseantes de la estación que llega,
de los ciclos y las cosas que han caído en gigantescos agujeros invisibles,
donde cae también la posibilidad de olvido,
la palabra que enseña a desaprender
el idioma en que decimos los finales.
Y sabré que no podrías alcanzarme, que el dolor de todo lo que no dolía irá desvaneciéndose
pero de nada servirá
que ni siquiera puedes verme, que ya estoy demasiado lejos.
Ha sido un día feliz.
Has de haber oído los silbidos ceseantes de la estación que llega,
de los ciclos y las cosas que han caído en gigantescos agujeros invisibles,
donde cae también la posibilidad de olvido,
la palabra que enseña a desaprender
el idioma en que decimos los finales.
Y sabré que no podrías alcanzarme, que el dolor de todo lo que no dolía irá desvaneciéndose
pero de nada servirá
si yo estaré tan lejos.
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