Primera y posiblemente última vez que posteo sobre una obra dramática. Bueno, quizás algún día Shakespeare. Pero creo que todas las obras teatrales que leí las leí mientras estuve en el colegio. O sea, lo impresicindible. Me divirtieron sana y buenamente, me gustaron algunas más que otras, y de aquellas he visto representadas muy pocas. Pero hay un par en especial que sí se me quedaron pendientes en la mente, como en estado latente hasta el día en que pudiera darles una reinterpretación. El punto es que como amo la narrativa, estoy acostumbrado a admirarme por recursos estilísticos, técnica, estructura. En la obra dramática hay de todo eso, pero en una forma absolutamente distinta. Y cuando esos recursos me faltan, siento lo que leo ligero, como una historia en bruto. Pero eso no quita que tenga la capacidad de golpearte. De hecho, si lo pienso muy muy bien, probablemente lo hace incluso mejor cuando pasa.
Esta obra la leí ya no me acuerdo ni cuando. Me acuerdo dos cosas muy puntuales: que me encantó y que me enamoré perdidamente del personaje de Isabel. No estaría mal hacer un top 10 de amores literarios, y creo que ella estaría ahí. Probablemente poca gente la pondría en el suyo, pero qué importa, déjenme con mis gustos raros. Cuestión, nunca podré explicar exactamente qué es lo que me pasa con este libro. No lo he leído tantas veces como averiguarlo, capaz nunca lo haga. Hoy lo habría leído y no lo tengo a mano. Mañana probablemente preferiré leer otro. Me acuerdo que la escena en que describen los ojos de Isabel fue el momento en que pensé que uno sí se puede enamorar de un fantasma literario. Y me acuerdo que el momento en que la abuela afronta la verdad sobre el final de la obra, me parece una de las escenas más desgarradoras de la literatura universal.
Hoy me hubiera gustado tenerlo. Pero al menos encontré un fragmento en uno de mis cuadernos. No es suficiente para recuperar el sentimiento. Pero sí para hacer lo que tengo que hacer y llevarme esa lección que dejó Casona, por si algún día alguien la necesitaba. Él dice que los árboles mueren de pie. Yo digo entonces que sí, que pase lo que pase, morir no es tan malo, pero que, ciertamente, sobrevivir no es tampoco tan perfecto como parece.
Se lo regalaría a: ¿Ahorita? A mí.
Ficha técnica:
Los árboles mueren de pie - Edaf S.A.
1984
112 p.; 11x17 cm.
ISBN: 8471668882
"Balboa: Pero, ¿De dónde vas a sacar fuerzas?
Abuela: Es el último día, Fernando. Que no me vean caída. Muerta por dentro, pero de pie. Como un árbol."


