sábado, mayo 19, 2007

Buenas noches, Buenos Aires

Buenos Aires se parece mucho a la vida. Como no tienes idea. Despiadada, cristalina, falaz. Buenos Aires es una ciudad llena de espinas, pero todas ellas han robado ya sangre y sin embargo no están saciadas. Y es que Buenos Aires es una ciudad que no se cansa. Le he ganado una partida a la vida al conocerte, de eso no me cabe duda. Pero he perdido otra al haberte hecho mía, al intentar poseerte, al dejarme inundar por ti. Al dejarme arañar el alma con tus dedos sin filo, al dejarme arrullar por tu voz que según tú nunca fue muy agraciada y a mí me parece la única música que he oído de verdad en toda mi vida. Yo no sé, pero sólo en esta ciudad aprendí que nunca tuve nada. Y que jamás lo voy a tener tampoco. Pero tú te entregaste libremente, llegaste a este cuarto siempre demasiado pequeño, compartiste tus secretos y las texturas de un vino conmigo, me dejaste secar lágrimas que se cristalizaban en mis dedos, me besaste con el único beso que es imposible arrancar de la memoria y te aseguraste de forzar en mí una promesa de olvido que me va a vivir doliendo para siempre.

Yo también sé a dónde nos lleva la vida, no creas que no. Yo también lo sé, pero a veces es bueno mentirse, sabes. Algunas veces es hermoso fingir que no sabemos que la vida es un verdugo. Es cuestión de sensatez escaparse por la fantasía cuando la vida pretende aplastarnos con el peso de una realidad que no podemos soportar. Y yo no puedo soportar el futuro. Sé que preferiría quererte, y sé que quererte debería ser una sonrisa añadida a esta bitácora que por ahora sólo lleva huellas de la sangre que esta ciudad me hizo derramar. Y tú eres mil sonrisas y mil deslices de alegría; lo eres, lo juro. Pero también he descubierto lo egoísta que es pelear una guerra para morir. He descubierto lo terriblemente cruel que es obligarte a creer que una muerte compartida es una buena forma de terminarlo todo. Pero no, porque las muertes que consisten en un sueño son todas iguales. Y yo te debo mucho más que eso. Te debo el valor para decir adiós cuando tenga que hacerlo. Te lo debo porque decirte adiós es el máximo gesto de amor que puedo ofrecerte. Porque al hacerlo te habré dicho que te amo como absolutamente nadie más lo hará nunca. Y porque te daré una libertad que mereces, una libertad que quiero que tengas. Después yo me encargaré de recoger mis propios pedazos cuando el mar me vea nuevamente y quiera darme la bienvenida y mi casa nunca más sea mi casa.

Quiero imaginarme ese momento porque no quiero que llegue nunca. Por eso todas las noches me despido con la misma consigna; porque tú, actriz de este mundo, debes saber mejor que nadie que cuando un parlamento, cuando una frase es demasiado difícil de pronunciar, es mejor decirla mecánicamente, fríamente, sin afectación alguna. Y para eso hay que repetirla hasta el cansancio. Y por eso seguiré diciéndote la misma frase todas las noches, hasta el hartazgo, soñando con miedo con el momento en que la diga por última vez. Y todas las noches la seguiré sintiendo también. Porque esta mecánica de decirla nunca vencerá lo que tú me haces sentir por esa combinación de sonidos. Tú eres más fuerte que mi deseo de seguridad.

Y me veo entonces parado frente a los azules de esta ciudad absolutamente terrible, idéntica a la vida, rodeado de espejos que tenían otro rostro cuando entré en ella y ahora reflejarán el tuyo para inmortalizarlo en mis pupilas; quiero imaginarme sin una sola lágrima y quiero imaginarme devastado, agotado por una lucha incansable, casi a punto de morir (pero no llegaré a tener mi final ambicioso, no podré morir por ti; y en mi fantasía las heridas son lo más cercano que me queda a la idea del consuelo), pero aún de pie, aún con la sangre en la cara y tu beso atrapado entre mis puños; sin fuerza alguna para decirlo, pero decirlo igual: “buenas noches, Buenos Aires”… No habrá duda de que es mi última noche aquí, luego inclinar la cabeza como el protagonista que pronuncia la última línea del último acto del último día de una obra y sabe que no volverá a pisar un escenario. Dar media vuelta, andar con pasos lentos… Pero el final se me borra y mi esperanza dice que vienes tras de mí; o yo me doy la vuelta y caigo rendido, pero tus brazos me sujetan a tiempo… Pero no. Buenas noches, Buenos Aires; habré dicho, una sola vez; y juntaré los dientes para no volver la vista atrás, para que esta ciudad cierre sus puertas y no tenga que cruzar ese umbral ya nunca.

Y quiero decirlo así porque Buenos Aires sólo me ha dejado dos heridas sin cerrar: el sabor a muerte y tú. Pero algunas veces me siento inundado de un color extraño y entonces amo a esta ciudad. Y la amo con una locura tal que sé que podré sobrevivir mientras tú estés conmigo, mientras me dejes convertir todo lo terrible de esta ciudad en una especie de anécdota y me digas “buenas noches, Buenos Aires” tú también, como quien dice una trivialidad con toda la afectación del mundo; y tus manos vuelvan a cerrar mis párpados, y el final no lo podamos ver, pero en mi garganta se entrecrucen un caudal terrible de gritos que no lleguen a nacer y el sabor de tu primer beso (cigarros, vino, un olor dulcísimo que nunca se me ha ido del alma); y ese sabor se convierta en el sabor de Buenos Aires, y ya nunca recuerde lo que significa haber muerto en esta ciudad, haberte dejado, haberme convertido en un hombre que cumple sus promesas y se ha atrevido a decirle adiós a la única cosa de este mundo que ha sentido suya alguna vez.

4 comentarios:

Mabel dijo...

Nunca digas "Nunca". Las ciudades sólo tienen el color que nosotros querramos darle. Ellas nos esperan, nos ven caminar sus calles y también despedirnos. Nada hacen para atraparnos, eso lo hacemos nosotros con nuestros miedos, nuestras ausencias y nuestros deseos. ¡Buenas noches Daniel! (En cualquier ciudad del mundo)

Lic. Pix dijo...

que traumatico que mabel visite estos lugares, ya no hay intimidad.

Anónimo dijo...

creo que ha nacido un cuento...

FRUTILLA dijo...

hola a todos, alguien sabe como se llama y quien canta una de las canciones de buenas noches buenos aires, donde el estribillo decia...la pereza no lo deja, no lo deja trabajar, tralarala, rala, rala, que barbaridad! y asi seguia.
Estoy buscando por todos lados esa cancion y nada... Saludos y gracias
analia